Capítulo 01
El silencio de Espejo de AguaThe Silence of Espejo de AguaO silêncio de Espejo de AguaIl silenzio di Espejo de AguaLe silence d'Espejo de Agua
Villa La Angostura en enero no se parecía en nada al pueblo que Julio Morosini había imaginado cuando aceptó el llamado de Rogelio Andrada. Esperaba algo parecido a Bariloche, sí, pero más chico, más tranquilo; en cambio se encontró con una avenida principal desbordada de autos con patente porteña, familias arrastrando sombrillas y reposeras, y vidrieras que vendían, con el mismo entusiasmo, alfajores de chocolate y cremas antiarrugas importadas. El lago Nahuel Huapi brillaba al fondo, azul casi violento bajo el sol del mediodía, como si él también quisiera competir por la atención de los turistas.
Bajó del micro con una sola valija y el termo bajo el brazo, y antes de buscar el hospedaje se quedó un momento parado en la vereda, dejando que el calor seco de la sierra patagónica —tan distinto al de Santiago del Estero, pensó, aunque también quemaba— le entrara en la piel. A los cincuenta y nueve años, viajar ya no le resultaba una aventura sino un trámite que el cuerpo cobraba caro; sintió el cansancio en la espalda baja y en las rodillas, y pensó, como pensaba cada vez con más frecuencia desde que se había quedado solo, que la vejez era sobre todo eso: una acumulación de trámites que el cuerpo pasaba a cobrar sin previo aviso.
El hospedaje era una casona de troncos con el nombre pintado a mano en un cartel de madera: Los Radales. Lo recibió una mujer de unos setenta años, petisa y de manos ásperas, que se presentó como Etelvina Paredes y que, apenas supo que Julio venía "por lo de la señora del spa", le clavó una mirada larga antes de darle la llave.
—Acá el que pregunta por eso, tarde o temprano se termina yendo con más preguntas que las que trajo —le dijo, sin maldad, como quien constata un hecho meteorológico.
Julio no contestó. Hacía años que había aprendido que la mejor manera de que la gente hablara era no pedirles que lo hicieran.
Rogelio Andrada lo esperaba en un bar sobre la costanera, con dos cafés ya servidos y una carpeta azul cerrada sobre la mesa, como si temiera que el viento se la llevara. Habían compartido curso en la Escuela de Policía más de treinta años atrás, y aunque la vida los había llevado por caminos distintos —Rogelio en Bariloche, primero en la fuerza y después al frente de una agencia de investigaciones privadas; Julio itinerante, resolviendo lo que la Justicia ya había archivado— seguían reconociéndose con la misma facilidad de siempre, sin necesidad de preámbulos. Se había puesto más canoso y más ancho de espaldas desde la última vez que se habían visto, pero conservaba la costumbre de hablar con las manos, como si necesitara dibujar en el aire cada idea antes de terminar de decirla.
—Gracias por venir, Julio. Sé que últimamente elegís tus casos con cuentagotas.
—No los elijo yo. Los eligen las familias que no se conforman con lo que les dicen.
Rogelio sonrió, abrió la carpeta y empujó hacia Julio una fotocopia del certificado de defunción.
—Perla Anzoátegui. Cincuenta y tres años. Dueña de Espejo de Agua, el spa más caro del pueblo, y probablemente la persona más conocida de Villa La Angostura después del intendente. Murió hace diez días, en su propio local, mientras le hacían un tratamiento facial. Shock anafiláctico. El médico de la clínica lo certificó en menos de una hora y la Policía cerró el expediente como accidente antes de que se enfriara el cuerpo.
—¿Y la familia no está conforme?
—La hija no. Milena. Dice que su madre sabía perfectamente a qué era alérgica, que llevaba años haciéndose el mismo tipo de tratamientos sin ningún problema, y que alguien tendría que explicarle por qué, justo esta vez, el cuerpo decidió traicionarla. —Rogelio bajó la voz, aunque no había nadie cerca—. Y hay una póliza de seguro grande de por medio, así que la compañía tampoco quiere pagar sobre un certificado apurado. Hay algunos nombres alrededor de Perla que no le vendría mal a nadie que se miraran con calma: un socio cirujano, una empleada que echó hace poco, una competencia que la venía perdiendo con ella desde hace años. Pero para todo eso vas a tener que hablar con los que la conocían. Yo lo único que puedo darte es esta carpeta, algún contacto, y la promesa de que el que te contrata paga bien y no hace preguntas.
—¿Quién me contrata?
—El estudio jurídico de la familia. Y, extraoficialmente, Milena.
Espejo de Agua ocupaba una casona de dos pisos con vista al lago, rodeada de un jardín tan prolijo que parecía mentira que creciera ahí, en medio del monte patagónico. Un cartel discreto en la entrada anunciaba que el local permanecería cerrado "por duelo familiar", aunque Julio dudó, mirando el jardín perfecto y las cortinas impecables, que ahí adentro alguien se hubiera permitido demasiado desorden ni siquiera para llorar.
Lo recibió una joven de pelo oscuro recogido sin gracia, sin una gota de maquillaje, que contrastaba de manera casi violenta con las fotos enormes que colgaban de las paredes del recibidor: mujeres sonriendo con la piel perfecta, antes y después de tratamientos, todas bajo el mismo logo dorado de un espejo estilizado. Fue ella la que se presentó.
—Milena Anzoátegui. Usted debe ser el que manda Rogelio.
Tenía veintiséis años y la mirada de alguien que llevaba mucho tiempo calculando cada gesto antes de hacerlo, como si hubiera aprendido, desde chica, que en esa casa cualquier detalle podía ser corregido en público. Llevaba puesto un buzo gastado, dos tallas más grande de lo que le correspondía, y Julio pensó que probablemente esa ropa fuera, más que comodidad, una forma silenciosa de decirle algo a una madre que ya no estaba para escucharlo.
—Julio Morosini. Lamento la molestia, sobre todo en estos días.
—La única molestia sería que se fuera sin hacer las preguntas que vino a hacer. —Milena señaló un sillón y se sentó frente a él, con la espalda demasiado recta—. Todos en el pueblo ya decidieron que fue un accidente. Es más fácil creer eso que pensar que alguien pudo entrar acá, a este lugar, y tocar algo que no debía tocar.
—¿Usted qué cree?
—Yo creo que mi vieja se pasó cuarenta años cuidando cada centímetro de su cara y de su cuerpo como si fueran de otra persona, y que no iba a arruinar cuarenta años de cuidado usando un producto sin revisarlo tres veces. Ella controlaba todo. Todo. —Milena hizo una pausa, y algo en su voz se quebró apenas, lo justo para no notarse si uno no estaba prestando atención—. Menos, a veces, a mí.
Le contó, sin que Julio tuviera que insistir demasiado, algunos nombres: Yésica Coliqueo, una esteticista que Perla había despedido semanas antes "por no representar la marca"; el doctor Ariel Bregman, socio cirujano del spa, con quien su madre discutía cada vez más seguido a puertas cerradas; Corina Etcheverry, dueña de un spa competidor al otro lado del pueblo, a la que Perla había hundido comercialmente sin ningún pudor. Los mencionó como quien enumera muebles de una casa que ya no le pertenece del todo, sin acusar a ninguno en particular, aunque a Julio no le pasó desapercibido que se demoró un poco más en el nombre de Bregman.
—¿Puedo ver la sala donde pasó?
Milena asintió y lo condujo por un pasillo forrado de espejos hasta un cuarto pequeño, impecable, con una camilla cubierta de una tela blanca y una repisa llena de frascos ordenados por tamaño. Todo ahí parecía demasiado limpio para haber sido escenario de una muerte, y Julio pensó que quizás esa fuera, precisamente, la explicación que buscaba: alguien había tenido tiempo, y cuidado, de dejarlo todo así.
Antes de salir, mientras Milena volvía a la recepción a buscar la carpeta con los datos de los productos usados esa tarde, Julio anotó en su libreta, sin comentario, una frase que la chica había dejado caer sin darle demasiada importancia:
"Mi vieja decía que la belleza es lo único que no se hereda: hay que ganársela todos los días."
No supo todavía por qué la anotaba. Nunca lo sabía, hasta que sí.
Cuando volvió a Los Radales, ya de noche, encontró un sobre sin remitente apoyado contra la puerta de su habitación, tan prolijamente centrado que por un segundo pensó que doña Etelvina se lo habría dejado ahí ella misma. Pero cuando bajó a preguntarle, la mujer negó con la cabeza, extrañada, y le aseguró que nadie había entrado en el pasillo de las habitaciones en toda la tarde.
Adentro, en una sola hoja escrita a máquina, sin firma:
"El espejo más limpio es el que mejor miente. Usted, que busca la verdad en los rostros ajenos, dígame: ¿cuántas veces se mira usted mismo antes de animarse a ver lo que hay detrás del cristal?"
Julio leyó la nota dos veces, la dejó sobre la mesa de luz y se quedó mirándola un rato largo, con esa sensación incómoda —que no lograba nombrar del todo, pero que tampoco era del todo nueva— de haber estado ya, alguna vez, exactamente en ese lugar: leyendo palabras que alguien le dejaba antes de que él supiera todavía qué preguntas hacer.
Villa La Angostura in January looked nothing like the town Julio Morosini had imagined when he accepted Rogelio Andrada's call. He had expected something like Bariloche, yes, but smaller, quieter; instead he found a main avenue overflowing with cars bearing Buenos Aires plates, families dragging beach umbrellas and folding chairs, and shop windows selling, with the same enthusiasm, chocolate alfajores and imported anti-wrinkle creams. Lake Nahuel Huapi shone in the distance, an almost violent blue under the midday sun, as if it too wanted to compete for the tourists' attention.
He got off the bus with a single suitcase and his thermos under his arm, and before looking for lodging he stood a moment on the sidewalk, letting the dry heat of the Patagonian sierra — so different from that of Santiago del Estero, he thought, though it burned just the same — settle into his skin. At fifty-nine, travel no longer felt like an adventure but a toll the body collected; he felt the tiredness in his lower back and knees, and thought, as he thought more and more often now that he had been left alone, that old age was mostly that: an accumulation of tolls the body charged without warning.
The lodging was a log house with the name hand-painted on a wooden sign: Los Radales. He was met by a woman of about seventy, short and rough-handed, who introduced herself as Etelvina Paredes and who, the moment she learned Julio had come "about the lady from the spa," fixed him with a long look before handing him the key.
"Around here, whoever asks about that sooner or later ends up leaving with more questions than they came with," she said, without malice, the way one states a fact about the weather.
Julio didn't answer. He had learned years ago that the best way to get people talking was not to ask them to.
Rogelio Andrada was waiting for him at a bar along the lakeside promenade, two coffees already served and a blue folder closed on the table, as if he feared the wind might carry it off. They had shared a course at the Police Academy more than thirty years before, and although life had taken them down different paths — Rogelio in Bariloche, first on the force and then running a private investigations agency; Julio itinerant, solving what Justice had already filed away — they still recognized each other with the same old ease, no preamble needed. He had gone grayer and broader in the shoulders since the last time they'd seen each other, but he still had the habit of talking with his hands, as if he needed to sketch every idea in the air before he finished saying it.
"Thanks for coming, Julio. I know you've been picking your cases with an eyedropper lately."
"I don't pick them. Families who won't settle for what they're told pick them for me."
Rogelio smiled, opened the folder, and slid a photocopy of the death certificate across to Julio.
"Perla Anzoátegui. Fifty-three years old. Owner of Espejo de Agua, the most expensive spa in town, and probably the best-known person in Villa La Angostura after the mayor. She died ten days ago, in her own establishment, in the middle of a facial treatment. Anaphylactic shock. The clinic's doctor certified it in under an hour, and the police closed the file as an accident before the body was even cold."
"And the family isn't satisfied?"
"The daughter isn't. Milena. She says her mother knew exactly what she was allergic to, that she'd been getting the same kind of treatments for years without a single problem, and that somebody owes her an explanation for why, this one time, of all times, the body decided to betray her." Rogelio lowered his voice, though there was no one nearby. "And there's a big insurance policy involved, so the company doesn't want to pay out on a rushed certificate either. There are a few names around Perla that wouldn't hurt anyone to look at carefully: a surgeon partner, an employee she fired not long ago, a competitor who'd been losing to her for years. But for all that you're going to have to talk to the people who knew her. All I can give you is this folder, a contact or two, and the promise that whoever's hiring you pays well and doesn't ask questions."
"Who's hiring me?"
"The family's law firm. And, unofficially, Milena."
Espejo de Agua occupied a two-story house with a view of the lake, surrounded by a garden so immaculate it seemed impossible that it grew there, in the middle of the Patagonian scrubland. A discreet sign at the entrance announced that the establishment would remain closed "due to family mourning," though Julio doubted, looking at the perfect garden and the spotless curtains, that anyone inside had ever allowed themselves much disorder, even to grieve.
He was received by a young woman with dark hair pulled back without much care, not a trace of makeup, who stood in almost violent contrast to the enormous photographs hanging on the reception walls: women smiling with flawless skin, before and after treatments, all under the same gold logo of a stylized mirror. She was the one who introduced herself.
"Milena Anzoátegui. You must be the one Rogelio sent."
She was twenty-six, with the look of someone who had spent a long time calculating every gesture before making it, as if she'd learned, since she was a girl, that in this house any detail could be corrected in public. She wore a worn-out sweatshirt, two sizes too big for her, and Julio thought that the clothes were probably, more than comfort, a quiet way of saying something to a mother who was no longer around to hear it.
"Julio Morosini. I'm sorry for the intrusion, especially these days."
"The only intrusion would be if you left without asking the questions you came to ask." Milena pointed to an armchair and sat facing him, her back too straight. "Everyone in town has already decided it was an accident. It's easier to believe that than to think someone could have come in here, into this place, and touched something they shouldn't have."
"What do you think?"
"I think my mother spent forty years taking care of every inch of her face and body as if they belonged to someone else, and she wasn't about to ruin forty years of care by using a product without checking it three times. She controlled everything. Everything." Milena paused, and something in her voice cracked, just barely, just enough that you wouldn't notice unless you were paying attention. "Except, sometimes, me."
She told him, without Julio having to press too hard, a few names: Yésica Coliqueo, an esthetician Perla had fired weeks earlier "for not representing the brand"; Dr. Ariel Bregman, the spa's surgeon partner, with whom her mother argued more and more often behind closed doors; Corina Etcheverry, owner of a rival spa on the other side of town, whom Perla had sunk commercially without a shred of remorse. She listed them the way one lists the furniture of a house that no longer entirely belongs to them, without accusing any one of them outright, though it didn't escape Julio's notice that she lingered a little longer on Bregman's name.
"Can I see the room where it happened?"
Milena nodded and led him down a hallway lined with mirrors to a small, immaculate room, with a treatment bed covered in white cloth and a shelf full of bottles arranged by size. Everything there seemed too clean to have been the scene of a death, and Julio thought that this might be, precisely, the explanation he was looking for: someone had had the time, and the care, to leave it all just like this.
Before leaving, while Milena went back to the front desk to fetch the folder with the details of the products used that afternoon, Julio wrote in his notebook, without comment, a phrase the girl had let slip without giving it much weight:
"My mother used to say beauty is the one thing you don't inherit: you have to earn it every day."
He didn't yet know why he was writing it down. He never did, until he did.
When he got back to Los Radales, already at night, he found an envelope with no sender leaning against the door of his room, so neatly centered that for a second he thought Doña Etelvina might have left it there herself. But when he went down to ask her, the woman shook her head, puzzled, and assured him no one had come down the hallway of the rooms all afternoon.
Inside, on a single typewritten page, unsigned:
"The cleanest mirror is the one that lies best. You, who search for the truth in other people's faces — tell me: how many times do you look at yourself before you dare to see what's behind the glass?"
Julio read the note twice, set it on the nightstand, and sat looking at it for a long while, with that uncomfortable feeling — one he couldn't quite name, but that wasn't entirely new either — of having already been, at some point, in exactly this place: reading words someone had left him before he even knew what questions to ask.
Villa La Angostura em janeiro não se parecia em nada com o povoado que Julio Morosini havia imaginado quando aceitou o chamado de Rogelio Andrada. Esperava algo parecido com Bariloche, sim, mas menor, mais tranquilo; em vez disso encontrou uma avenida principal transbordando de carros com placa portenha, famílias arrastando guarda-sóis e espreguiçadeiras, e vitrines que vendiam, com o mesmo entusiasmo, alfajores de chocolate e cremes antirrugas importados. O lago Nahuel Huapi brilhava ao fundo, azul quase violento sob o sol do meio-dia, como se ele também quisesse competir pela atenção dos turistas.
Desceu do ônibus com uma única mala e a garrafa térmica debaixo do braço, e antes de procurar a pousada ficou um momento parado na calçada, deixando que o calor seco da serra patagônica — tão diferente do de Santiago del Estero, pensou, embora também queimasse — lhe entrasse na pele. Aos cinquenta e nove anos, viajar já não lhe parecia uma aventura, mas um trâmite que o corpo cobrava caro; sentiu o cansaço na região lombar e nos joelhos, e pensou, como pensava cada vez com mais frequência desde que tinha ficado sozinho, que a velhice era sobretudo isso: um acúmulo de trâmites que o corpo passava a cobrar sem aviso prévio.
A pousada era um casarão de troncos com o nome pintado à mão numa placa de madeira: Los Radales. Foi recebido por uma mulher de uns setenta anos, baixinha e de mãos ásperas, que se apresentou como Etelvina Paredes e que, assim que soube que Julio vinha "pelo caso da senhora do spa", cravou nele um olhar demorado antes de lhe entregar a chave.
— Aqui quem pergunta por isso, mais cedo ou mais tarde acaba indo embora com mais perguntas do que trouxe — disse ela, sem maldade, como quem constata um fato meteorológico.
Julio não respondeu. Fazia anos que tinha aprendido que a melhor maneira de fazer as pessoas falarem era não pedir que o fizessem.
Rogelio Andrada o esperava num bar à beira do lago, com dois cafés já servidos e uma pasta azul fechada sobre a mesa, como se temesse que o vento a levasse. Tinham feito o curso juntos na Escola de Polícia mais de trinta anos antes, e embora a vida os tivesse levado por caminhos diferentes — Rogelio em Bariloche, primeiro na força e depois à frente de uma agência de investigações particulares; Julio itinerante, resolvendo o que a Justiça já havia arquivado —, continuavam se reconhecendo com a mesma facilidade de sempre, sem necessidade de preâmbulos. Estava mais grisalho e mais largo de ombros desde a última vez que tinham se visto, mas conservava o costume de falar com as mãos, como se precisasse desenhar no ar cada ideia antes de terminar de dizê-la.
— Obrigado por vir, Julio. Sei que ultimamente você escolhe seus casos a conta-gotas.
— Não sou eu que escolho. Quem escolhe são as famílias que não se conformam com o que lhes dizem.
Rogelio sorriu, abriu a pasta e empurrou para Julio uma fotocópia da certidão de óbito.
— Perla Anzoátegui. Cinquenta e três anos. Dona de Espejo de Agua, o spa mais caro do povoado, e provavelmente a pessoa mais conhecida de Villa La Angostura depois do prefeito. Morreu há dez dias, no próprio estabelecimento, enquanto fazia um tratamento facial. Choque anafilático. O médico da clínica atestou em menos de uma hora, e a polícia arquivou o caso como acidente antes que o corpo esfriasse.
—E a família não está conformada?
—A filha não. Milena. Diz que a mãe sabia perfeitamente a que era alérgica, que fazia anos que se submetia ao mesmo tipo de tratamento sem problema nenhum, e que alguém vai ter que explicar por que, justo dessa vez, o corpo decidiu traí-la. — Rogelio baixou a voz, embora não houvesse ninguém por perto. — E há uma apólice de seguro grande envolvida, então a seguradora também não quer pagar em cima de um atestado apressado. Há alguns nomes ao redor de Perla que não fariam mal a ninguém se fossem olhados com calma: um sócio cirurgião, uma funcionária que ela demitiu há pouco, uma concorrente que vinha perdendo para ela havia anos. Mas para tudo isso você vai ter que falar com quem a conhecia. Eu só posso te dar esta pasta, algum contato, e a promessa de que quem te contrata paga bem e não faz perguntas.
—Quem me contrata?
—O escritório de advocacia da família. E, extraoficialmente, Milena.
Espejo de Agua ocupava um casarão de dois andares com vista para o lago, cercado por um jardim tão bem cuidado que parecia mentira que crescesse ali, em pleno mato patagônico. Uma placa discreta na entrada anunciava que o estabelecimento permaneceria fechado "por luto familiar", embora Julio duvidasse, olhando o jardim perfeito e as cortinas impecáveis, que ali dentro alguém tivesse se permitido desordem demais nem para chorar.
Recebeu-o uma jovem de cabelo escuro preso sem graça, sem uma gota de maquiagem, que contrastava de maneira quase violenta com as fotos enormes penduradas nas paredes do saguão: mulheres sorrindo com a pele perfeita, antes e depois de tratamentos, todas sob o mesmo logotipo dourado de um espelho estilizado. Foi ela quem se apresentou.
—Milena Anzoátegui. O senhor deve ser o que Rogelio mandou.
Tinha vinte e seis anos e o olhar de quem passava muito tempo calculando cada gesto antes de fazê-lo, como se tivesse aprendido, desde pequena, que naquela casa qualquer detalhe podia ser corrigido em público. Vestia um moletom surrado, dois tamanhos maior do que o seu, e Julio pensou que aquela roupa era, provavelmente, mais do que conforto, uma forma silenciosa de dizer algo a uma mãe que já não estava ali para ouvir.
—Julio Morosini. Lamento o incômodo, ainda mais nestes dias.
—O único incômodo seria o senhor ir embora sem fazer as perguntas que veio fazer. — Milena apontou para uma poltrona e sentou-se diante dele, com as costas rígidas demais. — Todo mundo no povoado já decidiu que foi acidente. É mais fácil acreditar nisso do que pensar que alguém pôde entrar aqui, neste lugar, e mexer em algo que não devia.
—E a senhora, o que acha?
—Acho que a minha velha passou quarenta anos cuidando de cada centímetro do rosto e do corpo como se fossem de outra pessoa, e que não ia estragar quarenta anos de cuidado usando um produto sem checar três vezes. Ela controlava tudo. Tudo. — Milena fez uma pausa, e algo em sua voz vacilou de leve, o suficiente para não se notar se a pessoa não estivesse prestando atenção. — Menos, às vezes, a mim.
Contou-lhe, sem que Julio precisasse insistir muito, alguns nomes: Yésica Coliqueo, uma esteticista que Perla tinha demitido semanas antes "por não representar a marca"; o doutor Ariel Bregman, sócio cirurgião do spa, com quem sua mãe discutia cada vez mais a portas fechadas; Corina Etcheverry, dona de um spa concorrente do outro lado do povoado, que Perla tinha afundado comercialmente sem nenhum pudor. Mencionou-os como quem enumera móveis de uma casa que já não lhe pertence por inteiro, sem acusar nenhum deles em particular, embora não tenha passado despercebido a Julio que ela demorou um pouco mais no nome de Bregman.
—Posso ver a sala onde aconteceu?
Milena assentiu e o conduziu por um corredor forrado de espelhos até um quartinho impecável, com uma maca coberta por um tecido branco e uma prateleira cheia de frascos organizados por tamanho. Tudo ali parecia limpo demais para ter sido palco de uma morte, e Julio pensou que talvez fosse exatamente essa a explicação que buscava: alguém tinha tido tempo, e cuidado, de deixar tudo assim.
Antes de sair, enquanto Milena voltava à recepção para buscar a pasta com os dados dos produtos usados naquela tarde, Julio anotou em seu caderno, sem comentário, uma frase que a moça tinha deixado escapar sem dar muita importância:
"Minha velha dizia que a beleza é a única coisa que não se herda: é preciso conquistá-la todos os dias."
Ainda não soube por que a anotava. Nunca sabia, até que sabia.
Quando voltou a Los Radales, já de noite, encontrou um envelope sem remetente encostado na porta do seu quarto, tão perfeitamente centralizado que por um segundo pensou que dona Etelvina o tivesse deixado ali ela mesma. Mas quando desceu para perguntar, a mulher balançou a cabeça, estranhada, e garantiu que ninguém tinha entrado no corredor dos quartos durante toda a tarde.
Dentro, numa única folha datilografada, sem assinatura:
"O espelho mais limpo é o que melhor mente. O senhor, que busca a verdade nos rostos alheios, me diga: quantas vezes o senhor se olha antes de se atrever a ver o que há atrás do vidro?"
Julio leu o bilhete duas vezes, deixou-o sobre a mesa de cabeceira e ficou olhando para ele por um bom tempo, com aquela sensação incômoda — que não conseguia nomear por completo, mas que também não era de todo nova — de já ter estado, alguma vez, exatamente naquele lugar: lendo palavras que alguém lhe deixava antes mesmo de ele saber que perguntas fazer.
Villa La Angostura, in gennaio, non assomigliava per niente al paese che Julio Morosini si era immaginato quando aveva accettato la chiamata di Rogelio Andrada. Si aspettava qualcosa di simile a Bariloche, sì, ma più piccolo, più tranquillo; invece si trovò davanti un corso principale invaso da auto con targa di Buenos Aires, famiglie che si trascinavano dietro ombrelloni e sdraio, e vetrine che vendevano, con lo stesso entusiasmo, alfajores al cioccolato e creme antirughe importate. Il lago Nahuel Huapi brillava sullo sfondo, di un blu quasi violento sotto il sole di mezzogiorno, come se anche lui volesse competere per l'attenzione dei turisti.
Scese dal pullman con una sola valigia e il termos sotto il braccio, e prima di cercare l'alloggio rimase un momento fermo sul marciapiede, lasciando che il calore secco della sierra patagonica — così diverso da quello di Santiago del Estero, pensò, anche se scottava ugualmente — gli entrasse nella pelle. A cinquantanove anni, viaggiare non gli sembrava più un'avventura ma un adempimento che il corpo faceva pagare caro; sentì la stanchezza nella parte bassa della schiena e nelle ginocchia, e pensò, come pensava sempre più spesso da quando era rimasto solo, che la vecchiaia era soprattutto questo: un accumulo di conti che il corpo presentava senza preavviso.
L'alloggio era un casale di tronchi con il nome dipinto a mano su un'insegna di legno: Los Radales. Lo accolse una donna di circa settant'anni, minuta e dalle mani ruvide, che si presentò come Etelvina Paredes e che, appena seppe che Julio veniva "per la faccenda della signora dello spa", gli piantò addosso uno sguardo lungo prima di consegnargli la chiave.
«Qui, chi viene a chiedere di quella storia, prima o poi finisce per andarsene con più domande di quante ne abbia portate» gli disse, senza cattiveria, come chi constata un fatto meteorologico.
Julio non rispose. Da anni aveva imparato che il modo migliore per far parlare la gente era non chiederglielo.
Rogelio Andrada lo aspettava in un bar sul lungolago, con due caffè già serviti e una cartellina blu chiusa sul tavolo, come se temesse che il vento gliela portasse via. Avevano frequentato lo stesso corso alla Scuola di Polizia più di trent'anni prima, e sebbene la vita li avesse portati per strade diverse — Rogelio a Bariloche, prima in servizio e poi a capo di un'agenzia investigativa privata; Julio itinerante, a risolvere ciò che la Giustizia aveva già archiviato — continuavano a riconoscersi con la stessa facilità di sempre, senza bisogno di preamboli. Era diventato più brizzolato e più largo di spalle dall'ultima volta che si erano visti, ma conservava l'abitudine di parlare con le mani, come se avesse bisogno di disegnare nell'aria ogni idea prima di finire di dirla.
«Grazie per essere venuto, Julio. So che ultimamente scegli i tuoi casi col contagocce.»
«Non li scelgo io. Li scelgono le famiglie che non si accontentano di quello che gli dicono.»
Rogelio sorrise, aprì la cartellina e spinse verso Julio una fotocopia del certificato di morte.
«Perla Anzoátegui. Cinquantatré anni. Proprietaria di Espejo de Agua, lo spa più caro del paese, e probabilmente la persona più conosciuta di Villa La Angostura dopo il sindaco. È morta dieci giorni fa, nel suo stesso locale, mentre le facevano un trattamento al viso. Shock anafilattico. Il medico della clinica lo ha certificato in meno di un'ora e la Polizia ha chiuso il fascicolo come incidente prima ancora che il corpo si raffreddasse.»
«E la famiglia non è convinta?»
«La figlia no. Milena. Dice che sua madre sapeva perfettamente a cosa era allergica, che da anni si sottoponeva allo stesso tipo di trattamenti senza nessun problema, e che qualcuno dovrebbe spiegarle perché, proprio questa volta, il corpo abbia deciso di tradirla.» Rogelio abbassò la voce, anche se non c'era nessuno vicino. «E c'è di mezzo una grossa polizza assicurativa, quindi neanche la compagnia vuole pagare sulla base di un certificato affrettato. Ci sono alcuni nomi intorno a Perla che a nessuno farebbe male guardare con calma: un socio chirurgo, una dipendente licenziata da poco, una concorrente che ci stava perdendo contro di lei da anni. Ma per tutto questo dovrai parlare con chi la conosceva. L'unica cosa che posso darti è questa cartellina, qualche contatto, e la promessa che chi ti assume paga bene e non fa domande.»
«Chi mi assume?»
«Lo studio legale della famiglia. E, in via non ufficiale, Milena.»
Espejo de Agua occupava un casale di due piani con vista sul lago, circondato da un giardino così curato che sembrava incredibile potesse crescere lì, in mezzo al bosco patagonico. Un cartello discreto all'ingresso annunciava che il locale sarebbe rimasto chiuso "per lutto familiare", anche se Julio dubitò, guardando il giardino perfetto e le tende impeccabili, che lì dentro qualcuno si fosse concesso troppo disordine nemmeno per piangere.
Lo accolse una giovane donna dai capelli scuri raccolti senza grazia, senza un filo di trucco, che contrastava in modo quasi violento con le enormi foto appese alle pareti dell'ingresso: donne che sorridevano con la pelle perfetta, prima e dopo i trattamenti, tutte sotto lo stesso logo dorato di uno specchio stilizzato. Fu lei a presentarsi.
«Milena Anzoátegui. Lei dev'essere quello che manda Rogelio.»
Aveva ventisei anni e lo sguardo di chi da molto tempo calcola ogni gesto prima di farlo, come se avesse imparato, fin da bambina, che in quella casa qualsiasi dettaglio poteva essere corretto in pubblico. Indossava una felpa consumata, due taglie più grande del necessario, e Julio pensò che probabilmente quel vestito fosse, più che comodità, un modo silenzioso di dire qualcosa a una madre che non c'era più per ascoltarlo.
«Julio Morosini. Mi dispiace per il disturbo, soprattutto in questi giorni.»
«L'unico disturbo sarebbe se se ne andasse senza fare le domande che è venuto a fare.» Milena indicò una poltrona e si sedette di fronte a lui, con la schiena troppo dritta. «In paese hanno già tutti deciso che è stato un incidente. È più facile crederlo che pensare che qualcuno sia potuto entrare qui, in questo posto, e toccare qualcosa che non doveva toccare.»
«Lei cosa crede?»
«Credo che mia madre abbia passato quarant'anni a curare ogni centimetro della sua faccia e del suo corpo come se fossero di un'altra persona, e che non avrebbe rovinato quarant'anni di cura usando un prodotto senza controllarlo tre volte. Controllava tutto. Tutto.» Milena fece una pausa, e qualcosa nella sua voce si incrinò appena, quel tanto che basta per non notarlo se uno non stava prestando attenzione. «Tranne, a volte, me.»
Gli raccontò, senza che Julio dovesse insistere troppo, alcuni nomi: Yésica Coliqueo, un'estetista che Perla aveva licenziato settimane prima "per non rappresentare il marchio"; il dottor Ariel Bregman, socio chirurgo dello spa, con cui sua madre litigava sempre più spesso a porte chiuse; Corina Etcheverry, proprietaria di uno spa concorrente dall'altra parte del paese, che Perla aveva affossato commercialmente senza alcun pudore. Li nominò come chi elenca i mobili di una casa che non le appartiene più del tutto, senza accusare nessuno in particolare, anche se a Julio non sfuggì che si era soffermata un po' di più sul nome di Bregman.
«Posso vedere la stanza dove è successo?»
Milena annuì e lo condusse lungo un corridoio rivestito di specchi fino a una stanzetta piccola, impeccabile, con un lettino coperto da un telo bianco e una mensola piena di flaconi ordinati per grandezza. Tutto lì sembrava troppo pulito per essere stato la scena di una morte, e Julio pensò che forse quella fosse, proprio, la spiegazione che cercava: qualcuno aveva avuto tempo, e cura, di lasciare tutto così.
Prima di uscire, mentre Milena tornava alla reception a cercare la cartellina con i dati dei prodotti usati quel pomeriggio, Julio annotò sul suo taccuino, senza commenti, una frase che la ragazza aveva lasciato cadere senza darle troppa importanza:
«Mia madre diceva che la bellezza è l'unica cosa che non si eredita: bisogna guadagnarsela ogni giorno.»
Non seppe ancora perché la stesse annotando. Non lo sapeva mai, finché non lo sapeva.
Quando tornò a Los Radales, ormai di notte, trovò una busta senza mittente appoggiata contro la porta della sua stanza, così scrupolosamente centrata che per un secondo pensò che fosse stata donna Etelvina a lasciarcela di persona. Ma quando scese a chiederglielo, la donna scosse la testa, sorpresa, e gli assicurò che nel corridoio delle stanze non era entrato nessuno in tutto il pomeriggio.
Dentro, su un unico foglio scritto a macchina, senza firma:
«Lo specchio più pulito è quello che mente meglio. Lei, che cerca la verità nei volti altrui, mi dica: quante volte si guarda allo specchio prima di trovare il coraggio di vedere cosa c'è dietro il vetro?»
Julio lesse il biglietto due volte, lo posò sul comodino e rimase a fissarlo a lungo, con quella sensazione sgradevole — che non riusciva a definire del tutto, ma che non era nemmeno del tutto nuova — di essere già stato, una volta, esattamente in quel punto: a leggere parole che qualcuno gli lasciava prima ancora che lui sapesse quali domande fare.
En janvier, Villa La Angostura ne ressemblait en rien au village que Julio Morosini avait imaginé en acceptant l'appel de Rogelio Andrada. Il s'attendait à quelque chose comme Bariloche, oui, mais plus petit, plus tranquille ; il se retrouva au contraire face à une avenue principale débordant de voitures aux plaques de Buenos Aires, de familles traînant parasols et chaises longues, et de vitrines qui vendaient, avec le même enthousiasme, des alfajores au chocolat et des crèmes antirides importées. Le lac Nahuel Huapi brillait au fond, d'un bleu presque violent sous le soleil de midi, comme s'il voulait lui aussi rivaliser pour l'attention des touristes.
Il descendit du bus avec une seule valise et le thermos sous le bras, et avant de chercher son hébergement, il resta un moment immobile sur le trottoir, laissant la chaleur sèche de la cordillère patagonienne — si différente de celle de Santiago del Estero, pensa-t-il, même si elle brûlait tout autant — lui pénétrer la peau. À cinquante-neuf ans, voyager n'était plus pour lui une aventure mais une formalité que le corps facturait cher ; il sentit la fatigue dans le bas du dos et dans les genoux, et pensa, comme il le pensait de plus en plus souvent depuis qu'il vivait seul, que la vieillesse n'était rien d'autre que cela : une accumulation de formalités que le corps venait réclamer sans préavis.
L'hébergement était une grande maison en rondins avec le nom peint à la main sur un écriteau de bois : Los Radales. Il fut accueilli par une femme d'une soixantaine d'années, menue et aux mains rêches, qui se présenta comme Etelvina Paredes et qui, dès qu'elle sut que Julio venait « pour l'affaire de la dame du spa », lui lança un long regard avant de lui remettre la clé.
— Ici, celui qui pose des questions là-dessus finit tôt ou tard par repartir avec plus de questions qu'il n'en avait apportées, lui dit-elle, sans malice, comme on constate un fait météorologique.
Julio ne répondit pas. Cela faisait des années qu'il avait appris que la meilleure façon de faire parler les gens était de ne pas le leur demander.
Rogelio Andrada l'attendait dans un bar sur la promenade du bord du lac, deux cafés déjà servis et une chemise bleue fermée sur la table, comme s'il craignait que le vent ne l'emporte. Ils avaient suivi la même formation à l'École de police plus de trente ans auparavant, et bien que la vie les eût menés sur des chemins différents — Rogelio à Bariloche, d'abord dans la police puis à la tête d'une agence de détectives privés ; Julio itinérant, résolvant ce que la Justice avait déjà classé — ils continuaient à se reconnaître avec la même facilité qu'autrefois, sans besoin de préambules. Il avait grisonné et épaissi des épaules depuis la dernière fois qu'ils s'étaient vus, mais il avait gardé l'habitude de parler avec les mains, comme s'il avait besoin de dessiner chaque idée dans l'air avant de finir de la dire.
— Merci d'être venu, Julio. Je sais qu'en ce moment tu choisis tes affaires au compte-gouttes.
— Ce n'est pas moi qui les choisis. Ce sont les familles qui ne se contentent pas de ce qu'on leur dit.
Rogelio sourit, ouvrit la chemise et poussa vers Julio une photocopie du certificat de décès.
— Perla Anzoátegui. Cinquante-trois ans. Propriétaire d'Espejo de Agua, le spa le plus cher du village, et probablement la personne la plus connue de Villa La Angostura après le maire. Morte il y a dix jours, dans son propre établissement, pendant qu'on lui faisait un soin du visage. Choc anaphylactique. Le médecin de la clinique l'a certifié en moins d'une heure et la police a classé le dossier comme accident avant même que le corps ait refroidi.
— Et la famille n'est pas satisfaite ?
— La fille, non. Milena. Elle dit que sa mère savait parfaitement à quoi elle était allergique, qu'elle suivait ce genre de traitements depuis des années sans le moindre problème, et que quelqu'un devrait lui expliquer pourquoi, justement cette fois, son corps a décidé de la trahir. — Rogelio baissa la voix, bien qu'il n'y eût personne à proximité. — Et il y a une grosse police d'assurance en jeu, donc la compagnie non plus ne veut pas payer sur la foi d'un certificat expédié à la hâte. Il y a quelques noms autour de Perla que personne ne perdrait à examiner de près : un associé chirurgien, une employée qu'elle a renvoyée récemment, une concurrente qui perdait du terrain face à elle depuis des années. Mais pour tout ça, il va falloir que tu parles à ceux qui la connaissaient. Moi, tout ce que je peux te donner, c'est ce dossier, quelques contacts, et la promesse que celui qui t'engage paie bien et ne pose pas de questions.
— Qui m'engage ?
— Le cabinet juridique de la famille. Et, officieusement, Milena.
Espejo de Agua occupait une grande bâtisse de deux étages avec vue sur le lac, entourée d'un jardin si soigné qu'il semblait impossible qu'il pousse là, en plein milieu du maquis patagonien. Une pancarte discrète à l'entrée annonçait que l'établissement resterait fermé « pour deuil familial », bien que Julio doutât, en regardant le jardin parfait et les rideaux impeccables, qu'à l'intérieur quelqu'un se fût jamais permis trop de désordre, même pour pleurer.
Il fut accueilli par une jeune femme aux cheveux sombres relevés sans grâce, sans une once de maquillage, qui contrastait de façon presque violente avec les photos immenses accrochées aux murs de l'accueil : des femmes souriant, la peau parfaite, avant et après traitements, toutes sous le même logo doré d'un miroir stylisé. Ce fut elle qui se présenta.
— Milena Anzoátegui. Vous devez être celui qu'envoie Rogelio.
Elle avait vingt-six ans et le regard de quelqu'un qui passait son temps à calculer chaque geste avant de le faire, comme si elle avait appris, depuis toute petite, que dans cette maison le moindre détail pouvait être corrigé en public. Elle portait un sweat élimé, deux tailles trop grand pour elle, et Julio pensa que ce vêtement était probablement, plus qu'un confort, une façon silencieuse de dire quelque chose à une mère qui n'était plus là pour l'entendre.
— Julio Morosini. Je suis désolé de vous déranger, surtout ces jours-ci.
— Le seul dérangement serait que vous repartiez sans poser les questions que vous êtes venu poser. — Milena désigna un fauteuil et s'assit face à lui, le dos trop droit. — Tout le monde, au village, a déjà décidé que c'était un accident. C'est plus facile de croire ça que de penser que quelqu'un a pu entrer ici, dans cet endroit, et toucher à quelque chose qu'il ne fallait pas toucher.
— Et vous, qu'en pensez-vous ?
— Je pense que ma mère a passé quarante ans à soigner chaque centimètre de son visage et de son corps comme s'ils appartenaient à quelqu'un d'autre, et qu'elle n'allait pas gâcher quarante ans de précautions en utilisant un produit sans le vérifier trois fois. Elle contrôlait tout. Tout. — Milena marqua une pause, et quelque chose dans sa voix se brisa à peine, juste assez pour ne pas se remarquer si l'on n'y prêtait pas attention. — Sauf, parfois, moi.
Elle lui donna, sans que Julio ait à trop insister, quelques noms : Yésica Coliqueo, une esthéticienne que Perla avait renvoyée quelques semaines plus tôt « pour ne pas représenter la marque » ; le docteur Ariel Bregman, associé chirurgien du spa, avec qui sa mère se disputait de plus en plus souvent à huis clos ; Corina Etcheverry, propriétaire d'un spa concurrent de l'autre côté du village, que Perla avait coulée commercialement sans aucun scrupule. Elle les mentionna comme on énumère les meubles d'une maison qui ne vous appartient plus tout à fait, sans accuser personne en particulier, bien qu'il n'échappât pas à Julio qu'elle s'attarda un peu plus longtemps sur le nom de Bregman.
— Je peux voir la salle où c'est arrivé ?
Milena acquiesça et le conduisit par un couloir tapissé de miroirs jusqu'à une petite pièce impeccable, avec une table de soin recouverte d'un tissu blanc et une étagère pleine de flacons rangés par taille. Tout, là, semblait trop propre pour avoir été le théâtre d'une mort, et Julio pensa que c'était peut-être précisément cela, l'explication qu'il cherchait : quelqu'un avait eu le temps, et le soin, de tout laisser ainsi.
Avant de partir, tandis que Milena retournait à la réception chercher le dossier avec les données des produits utilisés cet après-midi-là, Julio nota dans son carnet, sans commentaire, une phrase que la jeune femme avait laissée échapper sans y accorder trop d'importance :
« Ma mère disait que la beauté est la seule chose qui ne s'hérite pas : il faut la gagner chaque jour. »
Il ne sut pas encore pourquoi il la notait. Il ne le savait jamais, jusqu'au moment où il le savait.
Quand il revint à Los Radales, déjà la nuit tombée, il trouva une enveloppe sans expéditeur posée contre la porte de sa chambre, si soigneusement centrée que, l'espace d'une seconde, il pensa que doña Etelvina l'y avait déposée elle-même. Mais quand il descendit lui demander, la femme secoua la tête, étonnée, et lui assura que personne n'était entré dans le couloir des chambres de tout l'après-midi.
À l'intérieur, sur une seule feuille tapée à la machine, sans signature :
« Le miroir le plus propre est celui qui ment le mieux. Vous qui cherchez la vérité sur les visages des autres, dites-moi : combien de fois vous regardez-vous vous-même avant d'oser voir ce qu'il y a derrière la vitre ? »
Julio lut le mot deux fois, le posa sur la table de nuit et resta un long moment à le regarder, avec cette sensation gênante — qu'il n'arrivait pas tout à fait à nommer, mais qui n'était pas non plus tout à fait nouvelle — d'avoir déjà été, une fois, exactement à cet endroit : lisant des mots que quelqu'un lui laissait avant même qu'il sache encore quelle question poser.
CUADERNO DE JULIO MOROSINIJULIO MOROSINI'S NOTEBOOKCADERNO DE JULIO MOROSINIQUADERNO DI JULIO MOROSINICARNET DE JULIO MOROSINI
Villa La Angostura, enero.Villa La Angostura, January.Villa La Angostura, janeiro.Villa La Angostura, gennaio.Villa La Angostura, janvier.
Diez días de diferencia entre la muerte de una mujer y la primera pregunta seria sobre esa muerte: ese es, muchas veces, el tamaño exacto de la plata y la reputación juntas. Perla Anzoátegui tenía las dos cosas, y a lo mejor por eso nadie se apuró a mirar dos veces.
Encontré esta noche una nota que no pedí y que tampoco puedo explicar. No es la primera vez —aunque tampoco podría decir, si me lo preguntaran, cuándo fue la primera— que alguien parece saber, antes que yo, en qué pregunta me voy a quedar pensando toda la noche.
Se me ocurre, mientras cebo el último mate del día, que hay gente que pasa la vida entera mirándose al espejo y gente que pasa la vida entera evitándolo. Sospecho que a esta mujer la mató, más que ningún veneno, la costumbre de creer que el espejo nunca miente si uno elige bien la luz.
Mañana empiezo por la empleada que echaron. Después, por el socio médico. Mi hija me preguntó por teléfono, antes de este viaje, si no estaba ya un poco viejo para seguir metiéndome en casas ajenas a buscar lo que las familias prefieren no encontrar. Le dije que no. No sé si le mentí a ella o me mentí a mí.
Ten days between a woman's death and the first serious question about that death: that, often, is the exact measure of money and reputation combined. Perla Anzoátegui had both, and maybe that's why no one bothered to look twice.
I found a note tonight that I didn't ask for and can't explain either. It isn't the first time — though I couldn't say, if asked, when the first time was — that someone seems to know, before I do, which question I'm going to lie awake thinking about.
It occurs to me, while I brew the last mate of the day, that there are people who spend their whole lives looking in the mirror and people who spend their whole lives avoiding it. I suspect what killed this woman, more than any poison, was the habit of believing the mirror never lies, as long as you choose the light well.
Tomorrow I start with the employee they fired. Then the medical partner. My daughter asked me over the phone, before this trip, whether I wasn't already a little too old to keep going into other people's houses looking for what families would rather not find. I told her no. I don't know whether I lied to her or to myself.
Dez dias de diferença entre a morte de uma mulher e a primeira pergunta séria sobre essa morte: esse é, muitas vezes, o tamanho exato do dinheiro e da reputação juntos. Perla Anzoátegui tinha as duas coisas, e talvez por isso ninguém se apressou a olhar duas vezes.
Encontrei esta noite um bilhete que não pedi e que também não consigo explicar. Não é a primeira vez — embora também não pudesse dizer, se me perguntassem, qual foi a primeira — que alguém parece saber, antes de mim, em qual pergunta vou ficar pensando a noite inteira.
Ocorre-me, enquanto cevo o último mate do dia, que há gente que passa a vida inteira se olhando no espelho e gente que passa a vida inteira evitando-o. Suspeito que essa mulher foi morta, mais do que por qualquer veneno, pelo hábito de acreditar que o espelho nunca mente se a pessoa escolhe bem a luz.
Amanhã começo pela funcionária que demitiram. Depois, pelo sócio médico. Minha filha me perguntou por telefone, antes desta viagem, se eu já não estava velho demais para continuar me metendo em casas alheias em busca do que as famílias preferem não encontrar. Disse que não. Não sei se menti para ela ou menti para mim mesmo.
Dieci giorni di distanza tra la morte di una donna e la prima domanda seria su quella morte: questa è, molte volte, la misura esatta del denaro e della reputazione insieme. Perla Anzoátegui aveva entrambe le cose, e forse è per questo che nessuno si è affrettato a guardare due volte.
Ho trovato stasera un biglietto che non ho chiesto e che non so nemmeno spiegarmi. Non è la prima volta — anche se non saprei dire, se me lo chiedessero, quando sia stata la prima — che qualcuno sembra sapere, prima di me, su quale domanda resterò a rimuginare tutta la notte.
Mi viene da pensare, mentre preparo l'ultimo mate della giornata, che ci sono persone che passano tutta la vita a guardarsi allo specchio e persone che passano tutta la vita a evitarlo. Sospetto che questa donna sia stata uccisa, più di ogni veleno, dall'abitudine di credere che lo specchio non menta mai se si sceglie bene la luce.
Domani comincio dalla dipendente che hanno licenziato. Poi, dal socio medico. Mia figlia mi ha chiesto al telefono, prima di questo viaggio, se non fossi ormai un po' vecchio per continuare a intromettermi in case altrui a cercare ciò che le famiglie preferiscono non trovare. Le ho detto di no. Non so se ho mentito a lei o a me stesso.
Dix jours d'écart entre la mort d'une femme et la première question sérieuse sur cette mort : c'est souvent, exactement, la mesure de l'argent et de la réputation réunis. Perla Anzoátegui avait les deux, et c'est peut-être pour ça que personne ne s'est pressé de regarder deux fois.
J'ai trouvé ce soir un mot que je n'avais pas demandé et que je ne peux pas non plus expliquer. Ce n'est pas la première fois — même si je ne saurais pas dire, si on me le demandait, quand ce fut la première — que quelqu'un semble savoir, avant moi, sur quelle question je vais rester à réfléchir toute la nuit.
Il me vient à l'esprit, tandis que je prépare le dernier maté de la journée, qu'il y a des gens qui passent leur vie entière à se regarder dans le miroir et des gens qui passent leur vie entière à l'éviter. Je soupçonne que cette femme a été tuée, plus que par n'importe quel poison, par l'habitude de croire que le miroir ne ment jamais si l'on choisit bien la lumière.
Demain, je commence par l'employée qu'on a renvoyée. Ensuite, par l'associé médecin. Ma fille m'a demandé au téléphone, avant ce voyage, si je n'étais pas déjà un peu vieux pour continuer à me fourrer dans des maisons étrangères, à chercher ce que les familles préfèrent ne pas trouver. Je lui ai dit que non. Je ne sais pas si je lui ai menti à elle ou si je me suis menti à moi-même.