Tapa

Índice

El sepulcro más blanco

  1. 01La invitaciónThe InvitationO conviteL'invitoL'invitation
  2. 02El bienhechorThe BenefactorO benfeitorIl benefattoreLe bienfaiteur
  3. 03La gloria y la caídaGlory and the FallA glória e a quedaLa gloria e la cadutaLa gloire et la chute
  4. 04Las primeras dudasThe First DoubtsAs primeiras dúvidasI primi dubbiLes premiers doutes
  5. 05Un favor entre amigosA Favor Between FriendsUm favor entre amigosUn favore tra amiciUn service entre amis
  6. 06Los números no mienten solosNumbers Don't Lie on Their OwnOs números não mentem sozinhosI numeri non mentono da soliLes chiffres ne mentent pas tout seuls
  7. 07El que nadie nombraThe One Nobody NamesO que ninguém nomeiaQuello che nessuno nominaCelui que personne ne nomme
  8. 08La memoria del puebloThe Town's MemoryA memória do povoadoLa memoria del paeseLa mémoire du village
  9. 09Testimonios cruzadosCrossed TestimoniesDepoimentos cruzadosTestimonianze incrociateTémoignages croisés
  10. 10La casa que nunca visitéThe House I Never VisitedA casa que nunca visiteiLa casa che non visitai maiLa maison que je n'avais jamais visitée
  11. 11La caja de lataThe Tin BoxA caixa de lataLa scatola di lattaLa boîte en fer-blanc
  12. 12PresentaciónPresentaciónPresentaciónPresentaciónPresentación
  13. 13La hija que nadie nombróThe Daughter Nobody NamedA filha que ninguém nomeouLa figlia che nessuno nominòLa fille que personne ne nommait
  14. 14Dos maneras de quebrarseTwo Ways of BreakingDuas formas de se quebrarDue modi di spezzarsiDeux façons de se briser
  15. 15La letra que nadie firmóThe Hand No One SignedA letra que ninguém assinouLa lettera che nessuno firmòL'écriture que personne n'a signée
  16. 16La posta sanitariaThe Health PostO posto de saúdeL'ambulatorioLe dispensaire
  17. 17Una dosis de másOne Dose Too ManyUma dose a maisUna dose in piùUne dose de trop
  18. 18Las iniciales en el corchoThe Initials on the CorkboardAs iniciais na cortiçaLe iniziali sul sugheroLes initiales sur le liège
  19. 19El segundo agujeroThe Second HoleO segundo buracoIl secondo bucoLe deuxième trou
  20. 20Lo que Prudencio cargaba soloWhat Prudencio Carried AloneO que Prudencio carregava sozinhoQuello che Prudencio portava da soloCe que Prudencio portait seul
  21. 21El círculo que no cierraThe Circle That Won't CloseO círculo que não fechaIl cerchio che non si chiudeLe cercle qui ne se referme pas
  22. 22La iglesia vacíaThe Empty ChurchA igreja vaziaLa chiesa vuotaL'église vide
  23. 23Lo que la fe no explicaWhat Faith Doesn't ExplainO que a fé não explicaQuello che la fede non spiegaCe que la foi n'explique pas
  24. 24Un lugar en la filaA Place in the LineUm lugar na filaUn posto nella filaUne place dans la file
  25. 25Los límites de la sospechaThe Limits of SuspicionOs limites da suspeitaI limiti del sospettoLes limites du soupçon
  26. 26La decisión de RosaRosa's DecisionA decisão de RosaLa decisione di RosaLa décision de Rosa
  27. 27Causas naturalesNatural CausesCausas naturaisCause naturaliCauses naturelles
  28. 28HermanoBrotherIrmãoFratelloFrère
  29. 29Dos viudasTwo WidowsDuas viúvasDue vedoveDeux veuves
  30. 30El pueblo que sigue de pieThe Town That Stays StandingO povoado que continua de péIl paese che resta in piediLe village qui reste debout

EMDAI — Relatos donde los vínculos humanos tienen la última palabra

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Capítulo 01

La invitaciónThe InvitationO conviteL'invitoL'invitation

El teléfono sonó dos veces y se cortó antes de que Julio Morosini llegara a atenderlo. Era la señal de siempre. A los pocos segundos volvió a sonar, y esta vez sí levantó el auricular con el escarbadientes todavía entre los dientes, la mirada perdida en la ventana del living, donde el sol de la mañana apenas empezaba a calentar los vidrios.

—Decime que no me vas a hacer viajar para morirme de calor en Santiago en pleno diciembre —dijo, sin saludar, apenas reconoció el silencio cálido y pausado del otro lado.

—El calor acá te va a curtir el cuero, Julio. Para eso están la siesta y la sombra del algarrobo —contestó el Padre Suncho, con esa risa corta y contenida que usaba para las bromas que en el fondo no eran bromas del todo.

Hacía casi un año que no se veían en persona. Las llamadas habían sido frecuentes —como siempre entre ellos, aun en las épocas más ocupadas de cada uno—, pero la vida los había mantenido lejos: Suncho, entre la parroquia y la escuela que había levantado con años de trabajo paciente; Julio, yendo de provincia en provincia detrás de casos que la policía formal ya daba por cerrados y que alguien, en algún juzgado o en alguna comisaría del interior, insistía en reabrir con su ayuda.

—Te llamo por algo lindo, para variar —siguió Suncho—. Dentro de diez días cumplimos doce años del colegio, y encima egresa la primera promoción, los chicos que arrancaron con nosotros el primer día, cuando todavía dábamos clase en dos aulas prestadas. Vamos a hacer un acto como corresponde, con toda la comunidad, con la gente que ayudó a levantarlo piedra por piedra. Y quiero que estés.

—¿Como invitado, o como algo más? —preguntó Julio, ya con la sospecha de siempre. Con Suncho nunca se sabía del todo si lo llamaban para un asado o para un problema.

—Como invitado, Julio. Nada más que eso. Por una vez, dejame convencerte de que no todo lo que te propongo termina con un cadáver de por medio.

Los dos se rieron, aunque en la risa de Julio había un fondo de cansancio que Suncho, del otro lado de la línea, no pudo ver pero sí intuyó. Hacía meses que Julio no paraba. Estancias, pueblos, colegios, comisarías de paso: la vida de consultor itinerante tenía esa trampa silenciosa de no dejarlo nunca del todo quieto.

—Dale. Voy —dijo finalmente—. Aunque más no sea para tomarme unos mates con vos como la gente, sin que se nos muera nadie en el medio.

Faltaban diez días para el acto, y Julio los pasó en Buenos Aires cerrando un par de changas pendientes antes de poder viajar tranquilo. Recién la mañana del doce de diciembre, cuando por fin salía rumbo a Santiago del Estero, mientras terminaba de armar la valija de siempre —la que nunca guardaba del todo en el placard, vestigio de una vida itinerante que no le daba tregua—, se permitió pensar que por una vez el viaje no tendría el peso de una investigación previa, ni la ansiedad de un caso que otros ya habían embarrado antes de llamarlo. Sería, se dijo, casi unas vacaciones.

Empezó a guardar la ropa con el mismo método metódico de siempre: primero lo esencial, después lo que podía llegar a necesitar y probablemente no usaría. La libreta de tapa dura fue lo primero que entró en el bolso de mano, junto con la yerbera y el termo. Nunca viajaba sin eso, ni siquiera cuando el viaje era, en teoría, solo para festejar.

Fue recién al salir, ya con la valija cerrada y las llaves en la mano, cuando la vio.

Un sobre blanco, sin membrete, apoyado contra la puerta de entrada, en el escalón exterior. No había sello, no había remitente, no había nada que indicara cómo había llegado hasta ahí. Julio miró hacia la calle —vacía, con el sol de la mañana pegando de costado sobre los frentes de las casas vecinas— y no vio a nadie que pudiera haberlo dejado.

Lo abrió ahí mismo, parado en la vereda, con la valija todavía en la otra mano.

Adentro había una sola hoja, escrita a máquina, sin firma:

"Hay caminos que uno empieza a recorrer sin darse cuenta de que ya arrancaron. El suyo, comisario, arrancó hace rato, aunque usted todavía no lo sepa. Prepare el alma, no solo la valija: lo que viene no se parece a nada de lo que ha visto hasta ahora. Sepa que hay quien lo observa con más atención de la que usted cree, y que lo respeta más de lo que se imagina."

Julio leyó la nota dos veces. Miró de nuevo la calle, esperando encontrar algún indicio, algún vecino que pudiera haber visto a alguien acercarse. Nada. Pensó, por un segundo, en llamar a algún colega para consultarlo, pero enseguida descartó la idea. No había amenaza explícita, ni pedido de dinero, ni nombre propio al que pudiera atarlo. Podía ser una broma pesada de algún conocido —tenía varios con ese tipo de humor negro—, o el exceso de imaginación de alguien que lo había reconocido de alguna nota periodística sobre alguno de sus casos anteriores. En los últimos años, su nombre había circulado más de lo que a él le gustaba en los diarios provinciales.

La guardó en el bolsillo interno del saco, con la intención de mostrársela más tarde a algún amigo para reírse juntos del asunto, y se olvidó de ella con la misma facilidad con la que uno olvida un anuncio publicitario mal escrito. Tenía un viaje por delante, un amigo esperándolo, y una excusa perfecta para no pensar, por una vez, en nada que oliera a crimen.

El viaje hasta Suncho Corral le llevó buena parte del día. Primero el micro hasta Santiago del Estero capital, después un tramo más corto en auto que le consiguió el propio Suncho a través de un conocido del pueblo. El paisaje fue cambiando de a poco: el verde parejo de la llanura bonaerense dando lugar al monte santiagueño, bajo y espinoso, con el quebracho y el algarrobo marcando el horizonte cada tanto, y esa tierra colorada que se le pegaba a los zapatos apenas bajaba del vehículo en cualquier parada.

Suncho Corral lo recibió con el mismo aire de siempre: calles de tierra prolijamente barridas, casas bajas de adobe y ladrillo visto, la plaza central con su iglesia de paredes gruesas y campanario blanco, y esa quietud particular de los pueblos chicos donde todos saben, más o menos, en qué anda el vecino. El colegio, un poco más allá del centro, se veía distinto a como Julio lo recordaba de su única visita anterior, años atrás: un ala nueva, de ladrillo a la vista y techos altos, se sumaba a la construcción original más humilde.

Lo único que le llamó la atención, apenas bajó del auto, fue el clima. Esperaba el bochorno seco y sofocante que Suncho le había prometido por teléfono, y en cambio lo recibió una tarde templada, casi mansa, con una brisa pareja que no era propia de un diciembre santiagueño. Se lo comentó al mismo Suncho, y este, mirando el cielo con una media sonrisa, le contestó que hacía semanas que los viejos del pueblo andaban diciendo que ese diciembre era distinto a todos los que recordaban, como si el verano se hubiera olvidado de mostrar los dientes.

El Padre Suncho lo esperaba en la puerta de la parroquia, con la sotana ya puesta y los brazos abiertos antes de que Julio terminara de bajar del auto.

—Mirá lo que trajo el viento de Buenos Aires —dijo, abrazándolo con esa fuerza contenida que tenía, la misma de siempre desde que eran chicos en el Colegio Don Jaime.

—El viento y el escarbadientes, que no lo dejo ni en vacaciones —contestó Julio, palmeándole la espalda.

Caminaron juntos hacia la casa parroquial, charlando de nada en particular —el clima, el estado de las rutas, alguna anécdota vieja de Bella Vista que ya habían contado mil veces y que sin embargo seguía haciéndolos reír—, mientras el sol empezaba a bajar detrás del monte y las primeras luces del pueblo se encendían una por una.

Fue recién esa noche, ya instalado en el cuarto de huéspedes que Suncho le había preparado, cuando Julio volvió a acordarse de la nota. La sacó del bolsillo del saco, la releyó a la luz del velador, y esta vez sí sintió algo distinto: no miedo, todavía no, pero sí una incomodidad difusa, la sensación de estar leyendo algo que decía más de lo que parecía decir a simple vista.

La guardó entre las páginas de su libreta de tapa dura, en la sección donde solía anotar frases sueltas de sospechosos, sin saber todavía por qué la clasificaba ahí, junto a palabras de gente que mentía.

Afuera, el pueblo dormía tranquilo, ajeno a que en menos de cuarenta y ocho horas uno de sus hijos más queridos y respetados iba a morir frente a todos, en el momento exacto de su mayor gloria pública.

The phone rang twice and cut off before Julio Morosini could reach it. It was the usual signal. A few seconds later it rang again, and this time he did pick up the receiver, toothpick still between his teeth, his gaze lost somewhere out the living room window, where the morning sun was just beginning to warm the glass.

"Tell me you're not making me travel to roast in Santiago in the middle of December," he said, skipping the hello, the moment he recognized the warm, unhurried silence on the other end.

"The heat down here will cure your hide, Julio. That's what siestas and the shade of the algarrobo are for," answered Father Suncho, with that short, contained laugh he used for jokes that, deep down, weren't jokes at all.

It had been almost a year since they'd seen each other in person. The calls had been frequent — as always between them, even in each other's busiest stretches — but life had kept them apart: Suncho, between the parish and the school he'd built up through years of patient work; Julio, going from province to province chasing cases the official police had already closed, that someone in some courthouse or small-town station insisted on reopening with his help.

"I'm calling about something nice, for once," Suncho went on. "In ten days we'll mark twelve years of the school, and on top of that, the first graduating class is finishing — the kids who started with us on day one, back when we were still teaching in two borrowed classrooms. We're going to put on a proper ceremony, with the whole community, with the people who helped raise it stone by stone. And I want you there."

"As a guest, or as something more?" Julio asked, already with his usual suspicion. With Suncho you never quite knew if you were being called for a barbecue or a problem.

"As a guest, Julio. Nothing more than that. For once, let me convince you that not everything I propose ends with a body in the middle of it."

They both laughed, though in Julio's laugh there was an undertone of tiredness that Suncho, on the other end of the line, couldn't see but somehow sensed anyway. Julio hadn't stopped in months. Ranches, small towns, schools, way-station police posts: the life of a traveling consultant had that quiet trap of never leaving him fully still.

"All right. I'll go," he said finally. "If nothing else, to have some proper mate with you for once, without anybody dying in the middle of it."

Ten days remained before the ceremony, and Julio spent them in Buenos Aires wrapping up a couple of pending odd jobs before he could travel with an easy mind. It wasn't until the morning of December twelfth, as he finally set out for Santiago del Estero, finishing packing his usual suitcase — the one he never fully put away in the closet, a relic of a traveling life that gave him no rest — that he allowed himself to think that, for once, the trip wouldn't carry the weight of a prior investigation, nor the anxiety of a case others had already muddied before calling him in. It would be, he told himself, almost a vacation.

He began packing his clothes with the same methodical routine as always: first the essentials, then what he might need and probably wouldn't use. The hardbound notebook was the first thing to go into the carry bag, along with the yerba tin and the thermos. He never traveled without those, not even when the trip was, in theory, only for celebrating.

It was only on his way out, suitcase already closed and keys in hand, that he saw it.

A white envelope, no letterhead, leaning against the front door, on the outside step. No stamp, no return address, nothing to indicate how it had gotten there. Julio looked out at the street — empty, the morning sun hitting the fronts of the neighboring houses at a slant — and saw no one who could have left it.

He opened it right there, standing on the sidewalk, suitcase still in his other hand.

Inside was a single sheet, typewritten, unsigned:

"There are roads a man starts walking without realizing they've already begun. Yours, Commissioner, began a while back, though you don't know it yet. Prepare your soul, not just your suitcase: what's coming is like nothing you've seen before. Know that someone is watching you more closely than you think, and respects you more than you imagine."

Julio read the note twice. He looked at the street again, hoping to find some clue, some neighbor who might have seen someone approach. Nothing. For a second he thought of calling a colleague to ask about it, but quickly dismissed the idea. There was no explicit threat, no demand for money, no proper name he could tie it to. It could be a heavy-handed joke from some acquaintance — he had a few with that kind of dark humor — or the overactive imagination of someone who'd recognized him from some newspaper piece about one of his past cases. In recent years his name had circulated more than he liked in the provincial papers.

He tucked it into his jacket's inside pocket, meaning to show it to some friend later so they could laugh about it together, and forgot about it as easily as one forgets a poorly written advertisement. He had a trip ahead of him, a friend waiting for him, and the perfect excuse not to think, for once, about anything that smelled like crime.

The trip to Suncho Corral took up most of the day. First the bus to the city of Santiago del Estero, then a shorter stretch by car that Suncho himself had arranged through an acquaintance from town. The landscape changed little by little: the even green of the Buenos Aires plain giving way to the Santiago scrubland, low and thorny, quebracho and algarrobo trees marking the horizon here and there, and that red earth that clung to his shoes the moment he stepped out of the vehicle at any stop.

Suncho Corral received him with its same old air: dirt streets neatly swept, low houses of adobe and exposed brick, the central plaza with its thick-walled church and white bell tower, and that particular stillness of small towns where everyone knows, more or less, what the neighbor is up to. The school, a little past the center, looked different from how Julio remembered it from his one previous visit, years back: a new wing, of exposed brick and high ceilings, had been added to the original, humbler building.

The only thing that caught his attention, the moment he stepped out of the car, was the weather. He'd expected the dry, stifling swelter Suncho had promised him on the phone, and instead found a mild afternoon, almost gentle, with an even breeze that wasn't typical of a Santiago December. He mentioned it to Suncho, who, looking up at the sky with a half-smile, told him that for weeks now the old-timers in town had been saying this December was different from any they remembered, as if summer had forgotten to bare its teeth.

Father Suncho was waiting for him at the parish door, cassock already on, arms open before Julio had even finished getting out of the car.

"Look what the wind blew in from Buenos Aires," he said, hugging him with that contained strength he'd always had, the same since they were boys at Colegio Don Jaime.

"The wind, and the toothpick — I don't put it down even on vacation," Julio answered, patting his back.

They walked together toward the parish house, talking about nothing in particular — the weather, the state of the roads, some old story from Bella Vista they'd already told a thousand times and that still made them laugh — while the sun began to sink behind the scrubland and the town's first lights came on one by one.

It was only that night, already settled into the guest room Suncho had prepared for him, that Julio thought of the note again. He took it out of his jacket pocket, reread it by the bedside lamp, and this time he did feel something different: not fear, not yet, but a diffuse unease, the sense of reading something that said more than it appeared to say at first glance.

He tucked it between the pages of his hardbound notebook, in the section where he usually jotted down stray phrases from suspects, not yet knowing why he filed it there, alongside the words of people who lied.

Outside, the town slept peacefully, unaware that in less than forty-eight hours one of its most beloved and respected sons would die in front of everyone, at the exact moment of his greatest public glory.

O telefone tocou duas vezes e parou antes de que Julio Morosini chegasse a atendê-lo. Era o sinal de sempre. Poucos segundos depois voltou a tocar, e dessa vez sim levantou o fone com o palito de dente ainda entre os dentes, o olhar perdido na janela da sala, onde o sol da manhã mal começava a esquentar os vidros.

—Me diz que você não vai me fazer viajar para morrer de calor em Santiago em pleno dezembro —disse, sem cumprimentar, mal reconheceu o silêncio cálido e pausado do outro lado.

—O calor aí vai te curtir o couro, Julio. Para isso existem a sesta e a sombra do algarrobo —respondeu o Padre Suncho, com aquela risada curta e contida que usava para as piadas que, no fundo, não eram piadas de todo.

Fazia quase um ano que não se viam pessoalmente. As ligações tinham sido frequentes —como sempre entre eles, mesmo nas épocas mais ocupadas de cada um—, mas a vida os tinha mantido longe: Suncho, entre a paróquia e a escola que tinha erguido com anos de trabalho paciente; Julio, indo de província em província atrás de casos que a polícia formal já dava por encerrados e que alguém, em algum tribunal ou em alguma delegacia do interior, insistia em reabrir com a ajuda dele.

—Te ligo por algo bom, para variar —continuou Suncho—. Daqui a dez dias fazemos doze anos de colégio, e ainda por cima se forma a primeira turma, os garotos que começaram conosco no primeiro dia, quando ainda dávamos aula em duas salas emprestadas. Vamos fazer uma cerimônia como deve ser, com toda a comunidade, com a gente que ajudou a erguê-lo pedra por pedra. E quero que você esteja lá.

—Como convidado, ou como algo mais? —perguntou Julio, já com a desconfiança de sempre. Com Suncho nunca se sabia ao certo se o chamavam para um churrasco ou para um problema.

—Como convidado, Julio. Nada mais que isso. Por uma vez, deixa eu te convencer de que nem tudo que eu proponho termina com um cadáver no meio.

Os dois riram, embora na risada de Julio houvesse um fundo de cansaço que Suncho, do outro lado da linha, não pôde ver, mas intuiu. Fazia meses que Julio não parava. Estâncias, povoados, colégios, delegacias de passagem: a vida de consultor itinerante tinha essa armadilha silenciosa de nunca deixá-lo totalmente quieto.

—Combinado. Vou —disse por fim—. Ainda que seja só para tomar uns mates com você como gente, sem que ninguém morra no meio do caminho.

Faltavam dez dias para a cerimônia, e Julio os passou em Buenos Aires fechando alguns bicos pendentes antes de poder viajar tranquilo. Só na manhã do doze de dezembro, quando finalmente saía rumo a Santiago del Estero, enquanto terminava de arrumar a mala de sempre —aquela que nunca guardava de vez no armário, vestígio de uma vida itinerante que não lhe dava trégua—, permitiu-se pensar que, por uma vez, a viagem não teria o peso de uma investigação prévia, nem a ansiedade de um caso que outros já tinham atrapalhado antes de chamá-lo. Seria, disse a si mesmo, quase umas férias.

Começou a guardar a roupa com o mesmo método de sempre: primeiro o essencial, depois o que podia vir a precisar e provavelmente não usaria. O caderno de capa dura foi a primeira coisa a entrar na bolsa de mão, junto com a cuia de erva-mate e a garrafa térmica. Nunca viajava sem isso, nem mesmo quando a viagem era, em tese, só para comemorar.

Foi já na saída, com a mala fechada e as chaves na mão, que a viu.

Um envelope branco, sem timbre, encostado na porta de entrada, no degrau externo. Não havia selo, não havia remetente, não havia nada que indicasse como tinha chegado até ali. Julio olhou para a rua —vazia, com o sol da manhã batendo de lado nas fachadas das casas vizinhas— e não viu ninguém que pudesse tê-lo deixado.

Abriu-o ali mesmo, parado na calçada, com a mala ainda na outra mão.

Dentro havia uma única folha, escrita à máquina, sem assinatura:

"Há caminhos que a gente começa a percorrer sem perceber que já partiram. O seu, comissário, partiu faz tempo, embora o senhor ainda não saiba. Prepare a alma, não só a mala: o que vem por aí não se parece com nada do que viu até agora. Saiba que há quem o observa com mais atenção do que o senhor pensa, e que o respeita mais do que imagina."

Julio leu o bilhete duas vezes. Olhou de novo para a rua, esperando encontrar algum indício, algum vizinho que pudesse ter visto alguém se aproximar. Nada. Pensou, por um segundo, em ligar para algum colega para consultá-lo, mas logo descartou a ideia. Não havia ameaça explícita, nem pedido de dinheiro, nem nome próprio ao qual pudesse atá-la. Podia ser uma brincadeira pesada de algum conhecido —tinha vários com esse tipo de humor negro—, ou o excesso de imaginação de alguém que o tinha reconhecido de alguma matéria de jornal sobre algum de seus casos anteriores. Nos últimos anos, seu nome tinha circulado mais do que gostaria nos jornais provinciais.

Guardou-o no bolso interno do paletó, com a intenção de mostrá-lo mais tarde a algum amigo para rirem juntos do assunto, e esqueceu-se dele com a mesma facilidade com que se esquece um anúncio publicitário mal escrito. Tinha uma viagem pela frente, um amigo esperando por ele, e uma desculpa perfeita para não pensar, por uma vez, em nada que cheirasse a crime.

A viagem até Suncho Corral levou boa parte do dia. Primeiro o ônibus até a capital de Santiago del Estero, depois um trecho mais curto de carro que o próprio Suncho conseguiu através de um conhecido do povoado. A paisagem foi mudando aos poucos: o verde uniforme da planície bonaerense dando lugar ao mato santiagueño, baixo e espinhoso, com o quebracho e o algarrobo marcando o horizonte de vez em quando, e aquela terra vermelha que grudava nos sapatos assim que descia do veículo em qualquer parada.

Suncho Corral o recebeu com o mesmo ar de sempre: ruas de terra caprichosamente varridas, casas baixas de adobe e tijolo aparente, a praça central com sua igreja de paredes grossas e campanário branco, e aquela quietude particular dos povoados pequenos onde todos sabem, mais ou menos, no que anda o vizinho. O colégio, um pouco além do centro, parecia diferente de como Julio o recordava de sua única visita anterior, anos atrás: uma ala nova, de tijolo aparente e tetos altos, se somava à construção original mais humilde.

A única coisa que lhe chamou a atenção, assim que desceu do carro, foi o clima. Esperava o calor seco e sufocante que Suncho tinha prometido por telefone, e em vez disso recebeu-o uma tarde amena, quase mansa, com uma brisa constante que não era própria de um dezembro santiagueño. Comentou isso com o próprio Suncho, e este, olhando para o céu com um meio sorriso, respondeu que fazia semanas que os velhos do povoado andavam dizendo que aquele dezembro era diferente de todos os que se lembravam, como se o verão tivesse se esquecido de mostrar os dentes.

O Padre Suncho o esperava na porta da paróquia, com a batina já vestida e os braços abertos antes mesmo de Julio terminar de descer do carro.

—Olha o que o vento de Buenos Aires trouxe —disse, abraçando-o com aquela força contida que tinha, a mesma de sempre desde que eram garotos no Colégio Don Jaime.

—O vento e o palito de dente, que não largo nem nas férias —respondeu Julio, batendo-lhe nas costas.

Caminharam juntos até a casa paroquial, conversando sobre nada em particular —o clima, o estado das estradas, alguma história antiga de Bella Vista que já tinham contado mil vezes e que, mesmo assim, continuava fazendo-os rir—, enquanto o sol começava a baixar atrás do mato e as primeiras luzes do povoado se acendiam uma a uma.

Foi só naquela noite, já instalado no quarto de hóspedes que Suncho tinha preparado para ele, que Julio voltou a se lembrar do bilhete. Tirou-o do bolso do paletó, releu-o à luz do abajur, e dessa vez sentiu algo diferente: não medo, ainda não, mas um desconforto difuso, a sensação de estar lendo algo que dizia mais do que parecia dizer à primeira vista.

Guardou-o entre as páginas de seu caderno de capa dura, na seção onde costumava anotar frases soltas de suspeitos, sem saber ainda por que o classificava ali, junto a palavras de gente que mentia.

Lá fora, o povoado dormia tranquilo, alheio a que em menos de quarenta e oito horas um de seus filhos mais queridos e respeitados iria morrer diante de todos, no momento exato de sua maior glória pública.

Il telefono squillò due volte e si interruppe prima che Julio Morosini riuscisse a rispondere. Era il segnale di sempre. Pochi secondi dopo tornò a squillare, e questa volta sì sollevò la cornetta con lo stuzzicadenti ancora tra i denti, lo sguardo perso nella finestra del salotto, dove il sole del mattino cominciava appena a scaldare i vetri.

—Dimmi che non mi farai viaggiare per morire di caldo a Santiago in pieno dicembre—disse, senza salutare, non appena riconobbe il silenzio caldo e pacato dall'altra parte.

—Il caldo qui ti concerà la pelle, Julio. Per quello ci sono la siesta e l'ombra dell'algarrobo—rispose Padre Suncho, con quella risata breve e trattenuta che usava per gli scherzi che in fondo non erano scherzi del tutto.

Era quasi un anno che non si vedevano di persona. Le telefonate erano state frequenti—come sempre tra loro, anche nei periodi più impegnati di ciascuno—ma la vita li aveva tenuti lontani: Suncho, tra la parrocchia e la scuola che aveva costruito con anni di lavoro paziente; Julio, andando di provincia in provincia dietro a casi che la polizia ufficiale ormai dava per chiusi e che qualcuno, in qualche tribunale o in qualche commissariato dell'interno, insisteva a riaprire con il suo aiuto.

—Ti chiamo per qualcosa di bello, per cambiare—proseguì Suncho—. Tra dieci giorni compiamo dodici anni di scuola, e per giunta si diploma la prima promozione, i ragazzi che hanno cominciato con noi il primo giorno, quando ancora facevamo lezione in due aule prese in prestito. Faremo una cerimonia come si deve, con tutta la comunità, con la gente che ha aiutato a costruirla pietra su pietra. E voglio che tu ci sia.

—Come ospite, o come qualcos'altro?—chiese Julio, già con il solito sospetto. Con Suncho non si sapeva mai del tutto se lo chiamavano per un asado o per un problema.

—Come ospite, Julio. Niente di più. Per una volta, lasciami convincerti che non tutto quello che ti propongo finisce con un cadavere di mezzo.

Risero entrambi, anche se nella risata di Julio c'era un fondo di stanchezza che Suncho, dall'altra parte della linea, non poteva vedere ma intuì. Erano mesi che Julio non si fermava. Estancias, paesi, scuole, commissariati di passaggio: la vita da consulente itinerante aveva quella trappola silenziosa di non lasciarlo mai del tutto fermo.

—Va bene. Vengo—disse infine—. Anche solo per bermi qualche mate con te come si deve, senza che ci muoia nessuno nel mezzo.

Mancavano dieci giorni alla cerimonia, e Julio li trascorse a Buenos Aires chiudendo un paio di lavoretti in sospeso prima di poter viaggiare tranquillo. Solo la mattina del dodici dicembre, quando finalmente partiva verso Santiago del Estero, mentre finiva di preparare la solita valigia—quella che non riponeva mai del tutto nell'armadio, vestigio di una vita itinerante che non gli dava tregua—si permise di pensare che per una volta il viaggio non avrebbe avuto il peso di un'indagine precedente, né l'ansia di un caso che altri avevano già ingarbugliato prima di chiamarlo. Sarebbe stata, si disse, quasi una vacanza.

Cominciò a mettere i vestiti con lo stesso metodo meticoloso di sempre: prima l'essenziale, poi quello che avrebbe potuto servirgli e probabilmente non avrebbe usato. Il taccuino dalla copertina rigida fu la prima cosa a entrare nella borsa a mano, insieme alla yerbera e al termos. Non viaggiava mai senza quello, nemmeno quando il viaggio era, in teoria, solo per festeggiare.

Fu proprio mentre usciva, con la valigia già chiusa e le chiavi in mano, che la vide.

Una busta bianca, senza intestazione, appoggiata contro la porta d'ingresso, sul gradino esterno. Non c'era francobollo, non c'era mittente, non c'era nulla che indicasse come fosse arrivata fin lì. Julio guardò verso la strada—vuota, con il sole del mattino che batteva di taglio sulle facciate delle case vicine—e non vide nessuno che potesse averla lasciata.

La aprì lì stesso, in piedi sul marciapiede, con la valigia ancora nell'altra mano.

Dentro c'era un solo foglio, scritto a macchina, senza firma:

"Ci sono strade che uno comincia a percorrere senza accorgersi che sono già partite. La sua, commissario, è partita da un pezzo, anche se lei ancora non lo sa. Prepari l'anima, non solo la valigia: ciò che viene non assomiglia a nulla di quanto ha visto finora. Sappia che c'è chi la osserva con più attenzione di quanto lei creda, e che la rispetta più di quanto immagini."

Julio lesse la nota due volte. Guardò di nuovo la strada, sperando di trovare qualche indizio, qualche vicino che potesse aver visto qualcuno avvicinarsi. Niente. Pensò, per un secondo, di chiamare qualche collega per consultarlo, ma scartò subito l'idea. Non c'era minaccia esplicita, né richiesta di denaro, né nome proprio a cui potesse ricollegarla. Poteva essere uno scherzo pesante di qualche conoscente—ne aveva diversi con quel tipo di umorismo nero—o l'eccesso di immaginazione di qualcuno che lo aveva riconosciuto da qualche articolo giornalistico su uno dei suoi casi precedenti. Negli ultimi anni, il suo nome era circolato più di quanto gli piacesse sui giornali provinciali.

La mise nella tasca interna della giacca, con l'intenzione di mostrarla più tardi a qualche amico per riderne insieme, e se ne dimenticò con la stessa facilità con cui si dimentica un annuncio pubblicitario scritto male. Aveva un viaggio davanti, un amico che lo aspettava, e una scusa perfetta per non pensare, per una volta, a niente che sapesse di crimine.

Il viaggio fino a Suncho Corral gli portò via buona parte della giornata. Prima il pullman fino a Santiago del Estero capitale, poi un tratto più breve in auto che lo stesso Suncho gli procurò tramite un conoscente del paese. Il paesaggio cambiò a poco a poco: il verde uniforme della pianura di Buenos Aires che lasciava spazio al monte santiagueño, basso e spinoso, con il quebracho e l'algarrobo a segnare l'orizzonte di tanto in tanto, e quella terra rossastra che gli si attaccava alle scarpe non appena scendeva dal veicolo a ogni sosta.

Suncho Corral lo accolse con la stessa aria di sempre: strade di terra spazzate con cura, case basse di adobe e mattoni a vista, la piazza centrale con la sua chiesa dalle pareti spesse e il campanile bianco, e quella particolare quiete dei paesi piccoli dove tutti sanno, più o meno, cosa combina il vicino. La scuola, un po' più in là del centro, appariva diversa da come Julio la ricordava dalla sua unica visita precedente, anni prima: un'ala nuova, in mattoni a vista e soffitti alti, si aggiungeva alla costruzione originale più modesta.

L'unica cosa che gli fece impressione, appena sceso dall'auto, fu il clima. Si aspettava l'afa secca e soffocante che Suncho gli aveva promesso al telefono, e invece lo accolse un pomeriggio mite, quasi mansueto, con una brezza costante che non era propria di un dicembre santiagueño. Lo fece notare allo stesso Suncho, il quale, guardando il cielo con un mezzo sorriso, gli rispose che da settimane i vecchi del paese andavano dicendo che quel dicembre era diverso da tutti quelli che ricordavano, come se l'estate si fosse dimenticata di mostrare i denti.

Padre Suncho lo aspettava sulla porta della parrocchia, con la tonaca già indosso e le braccia aperte prima ancora che Julio finisse di scendere dall'auto.

—Guarda cosa ha portato il vento da Buenos Aires—disse, abbracciandolo con quella forza trattenuta che aveva, la stessa di sempre da quando erano ragazzi al Colegio Don Jaime.

—Il vento e lo stuzzicadenti, che non lascio nemmeno in vacanza—rispose Julio, dandogli una pacca sulla schiena.

Camminarono insieme verso la casa parrocchiale, chiacchierando di nulla in particolare—il clima, lo stato delle strade, qualche vecchio aneddoto di Bella Vista già raccontato mille volte e che tuttavia continuava a farli ridere—mentre il sole cominciava a calare dietro il monte e le prime luci del paese si accendevano una a una.

Fu solo quella notte, ormai sistemato nella stanza degli ospiti che Suncho gli aveva preparato, che Julio tornò a ricordarsi della nota. La tirò fuori dalla tasca della giacca, la rilesse alla luce dell'abat-jour, e questa volta sì sentì qualcosa di diverso: non paura, non ancora, ma un disagio confuso, la sensazione di star leggendo qualcosa che diceva più di quanto sembrasse dire a prima vista.

La conservò tra le pagine del suo taccuino dalla copertina rigida, nella sezione dove era solito annotare frasi sciolte di sospettati, senza sapere ancora perché la classificasse lì, accanto a parole di gente che mentiva.

Fuori, il paese dormiva tranquillo, ignaro che in meno di quarantotto ore uno dei suoi figli più amati e rispettati sarebbe morto davanti a tutti, nel momento esatto della sua massima gloria pubblica.

Le téléphone sonna deux fois et s'arrêta avant que Julio Morosini n'ait le temps de décrocher. C'était le signal habituel. Quelques secondes plus tard, il sonna de nouveau, et cette fois-ci il souleva le combiné, le cure-dent encore entre les dents, le regard perdu vers la fenêtre du salon, où le soleil du matin commençait à peine à réchauffer les vitres.

—Dis-moi que tu ne vas pas me faire voyager pour crever de chaleur à Santiago en plein décembre —dit-il, sans même saluer, dès qu'il reconnut le silence chaud et posé de l'autre côté de la ligne.

—La chaleur d'ici va te tanner le cuir, Julio. C'est fait pour ça, la sieste et l'ombre de l'algarrobo —répondit le Père Suncho, avec ce rire bref et retenu qu'il gardait pour les plaisanteries qui, au fond, n'en étaient pas tout à fait.

Cela faisait presque un an qu'ils ne s'étaient pas vus en personne. Les appels avaient été fréquents —comme toujours entre eux, même dans les périodes les plus chargées pour l'un comme pour l'autre—, mais la vie les avait tenus loin l'un de l'autre : Suncho, partagé entre la paroisse et l'école qu'il avait bâtie au fil d'années de travail patient ; Julio, allant de province en province derrière des affaires que la police officielle considérait déjà closes et que quelqu'un, dans tel tribunal ou tel commissariat de l'intérieur, s'entêtait à rouvrir avec son aide.

—Je t'appelle pour quelque chose de joyeux, pour changer —poursuivit Suncho. —Dans dix jours, l'école fête ses douze ans, et en plus c'est la première promotion qui sort, les gamins qui ont commencé avec nous le premier jour, quand on faisait encore classe dans deux salles empruntées. On va faire une vraie cérémonie, avec toute la communauté, avec les gens qui ont aidé à la bâtir pierre par pierre. Et je veux que tu sois là.

—Comme invité, ou comme autre chose ? —demanda Julio, déjà avec le soupçon habituel. Avec Suncho, on ne savait jamais tout à fait si on l'appelait pour un asado ou pour un problème.

—Comme invité, Julio. Rien de plus. Pour une fois, laisse-moi te convaincre que tout ce que je te propose ne finit pas avec un cadavre au milieu.

Ils rirent tous les deux, bien que dans le rire de Julio il y eût un fond de fatigue que Suncho, de l'autre côté de la ligne, ne pouvait pas voir mais qu'il devina. Cela faisait des mois que Julio ne s'arrêtait pas. Estancias, villages, écoles, commissariats de passage : la vie de consultant itinérant avait ce piège silencieux de ne jamais le laisser tout à fait tranquille.

—D'accord. Je viens —dit-il finalement. —Ne serait-ce que pour prendre quelques mates avec toi comme il se doit, sans que personne ne meure entre-temps.

Il restait dix jours avant la cérémonie, et Julio les passa à Buenos Aires à boucler quelques petits boulots en attente avant de pouvoir voyager l'esprit tranquille. Ce n'est que le matin du douze décembre, alors qu'il partait enfin pour Santiago del Estero, en finissant de préparer la valise de toujours —celle qu'il ne rangeait jamais tout à fait dans le placard, vestige d'une vie itinérante qui ne lui laissait aucun répit—, qu'il se permit de penser que, pour une fois, le voyage n'aurait pas le poids d'une enquête préalable, ni l'anxiété d'une affaire que d'autres avaient déjà embrouillée avant de l'appeler. Ce serait, se dit-il, presque des vacances.

Il se mit à ranger ses vêtements avec la même méthode minutieuse de toujours : d'abord l'essentiel, ensuite ce qu'il pourrait avoir besoin et qu'il n'utiliserait probablement pas. Le carnet à couverture rigide fut la première chose à entrer dans le sac de voyage, avec le pot à yerba et le thermos. Il ne voyageait jamais sans cela, même quand le voyage n'était, en théorie, que pour faire la fête.

Ce n'est qu'en sortant, la valise déjà fermée et les clés à la main, qu'il la vit.

Une enveloppe blanche, sans en-tête, posée contre la porte d'entrée, sur le seuil extérieur. Pas de cachet, pas d'expéditeur, rien qui n'indique comment elle était arrivée là. Julio regarda vers la rue —vide, avec le soleil du matin frappant de biais les façades des maisons voisines— et ne vit personne qui aurait pu la déposer.

Il l'ouvrit sur place, debout sur le trottoir, la valise encore dans l'autre main.

À l'intérieur, il y avait une seule feuille, tapée à la machine, sans signature :

« Il y a des chemins qu'on commence à parcourir sans se rendre compte qu'ils ont déjà commencé. Le vôtre, commissaire, a commencé il y a un moment déjà, même si vous ne le savez pas encore. Préparez votre âme, pas seulement votre valise : ce qui vient ne ressemble à rien de ce que vous avez vu jusqu'à présent. Sachez qu'il y a quelqu'un qui vous observe avec plus d'attention que vous ne le croyez, et qui vous respecte plus que vous ne l'imaginez. »

Julio lut la note deux fois. Il regarda de nouveau la rue, espérant trouver un indice, un voisin qui aurait pu voir quelqu'un s'approcher. Rien. Il pensa, un instant, à appeler un collègue pour lui en parler, mais écarta aussitôt l'idée. Il n'y avait pas de menace explicite, ni de demande d'argent, ni de nom propre auquel la rattacher. Cela pouvait être une mauvaise blague d'une de ses connaissances —il en avait plusieurs avec ce genre d'humour noir—, ou l'excès d'imagination de quelqu'un qui l'avait reconnu grâce à un article de presse sur l'une de ses anciennes affaires. Ces dernières années, son nom avait circulé plus qu'il ne l'aurait souhaité dans les journaux provinciaux.

Il la rangea dans la poche intérieure de sa veste, avec l'intention de la montrer plus tard à un ami pour en rire ensemble, et l'oublia avec la même facilité qu'on oublie une publicité mal rédigée. Il avait un voyage devant lui, un ami qui l'attendait, et une excuse parfaite pour ne penser, pour une fois, à rien qui sente le crime.

Le voyage jusqu'à Suncho Corral lui prit une bonne partie de la journée. D'abord le car jusqu'à la capitale de Santiago del Estero, puis un tronçon plus court en voiture que Suncho lui-même lui avait obtenu grâce à une connaissance du village. Le paysage changea peu à peu : le vert uniforme de la plaine de Buenos Aires cédant la place au monte santiagueño, bas et épineux, avec le quebracho et l'algarrobo marquant l'horizon de temps en temps, et cette terre rouge qui lui collait aux chaussures dès qu'il descendait du véhicule à chaque arrêt.

Suncho Corral l'accueillit avec son air de toujours : rues de terre soigneusement balayées, maisons basses en adobe et en brique apparente, la place centrale avec son église aux murs épais et son clocher blanc, et cette quiétude particulière des petits villages où tout le monde sait, plus ou moins, ce que fait le voisin. L'école, un peu plus loin du centre, paraissait différente de celle dont Julio se souvenait depuis son unique visite précédente, des années auparavant : une nouvelle aile, en brique apparente et aux plafonds hauts, s'ajoutait à la construction d'origine, plus modeste.

La seule chose qui attira son attention, dès qu'il descendit de la voiture, ce fut le temps. Il s'attendait à la chaleur sèche et étouffante que Suncho lui avait promise au téléphone, et il fut accueilli à la place par un après-midi tempéré, presque doux, avec une brise régulière qui n'était pas propre à un mois de décembre santiagueño. Il en fit la remarque à Suncho lui-même, qui, regardant le ciel avec un demi-sourire, lui répondit que cela faisait des semaines que les vieux du village disaient que ce décembre-là était différent de tous ceux dont ils se souvenaient, comme si l'été avait oublié de montrer les dents.

Le Père Suncho l'attendait à la porte de la paroisse, la soutane déjà mise et les bras ouverts avant même que Julio n'ait fini de descendre de la voiture.

—Regarde ce que le vent de Buenos Aires a apporté —dit-il, l'étreignant avec cette force contenue qui était la sienne, la même depuis qu'ils étaient enfants au Colegio Don Jaime.

—Le vent et le cure-dent, que je ne quitte même pas en vacances —répondit Julio, lui tapant dans le dos.

Ils marchèrent ensemble vers la maison paroissiale, parlant de tout et de rien —le temps, l'état des routes, quelque vieille anecdote de Bella Vista qu'ils avaient déjà racontée mille fois et qui pourtant continuait à les faire rire—, tandis que le soleil commençait à descendre derrière le monte et que les premières lumières du village s'allumaient une à une.

Ce n'est que ce soir-là, déjà installé dans la chambre d'amis que Suncho lui avait préparée, que Julio se souvint de nouveau de la note. Il la sortit de la poche de sa veste, la relut à la lumière de la lampe de chevet, et cette fois-ci il ressentit quelque chose de différent : pas de peur, pas encore, mais un malaise diffus, la sensation de lire quelque chose qui disait plus que ce qu'il paraissait dire à première vue.

Il la rangea entre les pages de son carnet à couverture rigide, dans la section où il notait habituellement des phrases isolées de suspects, sans savoir encore pourquoi il la classait là, à côté de paroles de gens qui mentaient.

Dehors, le village dormait tranquillement, ignorant qu'en moins de quarante-huit heures l'un de ses fils les plus chers et les plus respectés allait mourir devant tout le monde, au moment précis de sa plus grande gloire publique.

Cuaderno de Julio MorosiniJulio Morosini's notebookCaderno de Julio MorosiniQuaderno di Julio MorosiniCarnet de Julio Morosini

Suncho me invita a un festejo y yo, que ya no sé vivir sin sospechar, hasta de una invitación desconfío. Guardo la nota en la libreta como si fuera una confesión más. Tal vez lo sea. Tal vez haya gente que confiesa por escrito lo que no se anima a decir de frente, y yo, sin saberlo, ya empecé a escuchar a alguien que todavía no conozco.

Mañana es el acto. Mañana, me digo, por una vez, no va a pasar nada raro. Ya vamos a ver si la vida me deja razón.

Suncho invites me to a celebration, and I, who no longer know how to live without suspecting, find myself distrusting even an invitation. I tuck the note into the notebook as if it were one more confession. Maybe it is. Maybe there are people who confess in writing what they don't dare say to your face, and I, without knowing it, have already begun listening to someone I haven't met yet.

Tomorrow is the ceremony. Tomorrow, I tell myself, for once, nothing strange is going to happen. We'll see if life proves me right.

Suncho me convida para uma comemoração e eu, que já não sei viver sem desconfiar, até de um convite desconfio. Guardo o bilhete no caderno como se fosse mais uma confissão. Talvez seja. Talvez haja gente que confessa por escrito o que não se anima a dizer de frente, e eu, sem saber, já comecei a escutar alguém que ainda não conheço.

Amanhã é a cerimônia. Amanhã, digo a mim mesmo, por uma vez, não vai acontecer nada estranho. Vamos ver se a vida me dá razão.

Suncho mi invita a un festeggiamento e io, che ormai non so vivere senza sospettare, diffido persino di un invito. Conservo la nota nel taccuino come fosse un'ennesima confessione. Forse lo è. Forse c'è gente che confessa per iscritto ciò che non osa dire in faccia, e io, senza saperlo, ho già cominciato ad ascoltare qualcuno che ancora non conosco.

Domani è la cerimonia. Domani, mi dico, per una volta, non succederà niente di strano. Vedremo se la vita mi darà ragione.

Suncho m'invite à une fête et moi, qui ne sais plus vivre sans soupçonner, je me méfie même d'une invitation. Je range la note dans le carnet comme s'il s'agissait d'une confession de plus. Peut-être que c'en est une. Peut-être qu'il y a des gens qui confessent par écrit ce qu'ils n'osent pas dire en face, et moi, sans le savoir, j'ai déjà commencé à écouter quelqu'un que je ne connais pas encore.

Demain, c'est la cérémonie. Demain, me dis-je, pour une fois, il ne se passera rien d'étrange. On verra bien si la vie me donne raison.

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Capítulo 02

El bienhechorThe BenefactorO benfeitorIl benefattoreLe bienfaiteur

Julio se despertó temprano, como le pasaba siempre en las primeras noches en una cama que no era la suya. Por la ventana entraba una luz suave, sin la furia que él esperaba de un mediodía santiagueño, y el aire —todavía fresco a esa hora, y más manso de lo que Suncho le había hecho temer— se colaba junto con el olor a tierra seca y a pan recién horneado en alguna casa vecina. Se vistió despacio, guardó la nota otra vez entre las páginas de la libreta —donde había pasado la noche sin volver a molestarlo, al menos no en sueños— y salió a buscar a Suncho.

Lo encontró en el patio de la casa parroquial, ya con la sotana puesta, cebando mate con una pava que apenas si dejaba salir un hilo de vapor en el aire fresco de la mañana.

—Pensé que ibas a dormir hasta el mediodía, como buen porteño —le dijo, alcanzándole el primero.

—Los porteños dormimos hasta el mediodía cuando no tenemos amigos que nos hagan levantar al alba para ver cómo arman un escenario —contestó Julio, aceptando el mate con gusto.

Caminaron juntos hacia el colegio, que a esa hora ya bullía de actividad. Un grupo de padres armaba un escenario de madera en el patio central, otro se ocupaba de las guirnaldas de banderines celeste y blanco que colgaban entre los árboles, y varias mujeres del pueblo entraban y salían de la cocina comunitaria cargando fuentes cubiertas con repasadores. En el medio de todo ese movimiento, dando indicaciones con una tranquilidad que contrastaba con el nerviosismo general, estaba un hombre mayor, alto todavía pese a los años, con el pelo blanco prolijamente peinado hacia atrás y un bastón que más parecía un accesorio de distinción que una necesidad real.

—Ahí lo tenés —dijo Suncho, bajando un poco la voz, casi con cariño—. Herminio Corvalán Ibáñez. Sin él, este colegio seguiría siendo dos aulas prestadas y una promesa. Fue el primero que puso plata cuando nadie más creía que un cura recién llegado podía levantar algo así en el medio del monte.

Herminio los vio acercarse y abrió los brazos con un gesto teatral, casi de actor consagrado.

—Padre, ¿este es el famoso amigo de Buenos Aires del que tanto habla? —dijo, estrechándole la mano a Julio con firmeza, mientras con la otra le daba una palmada en el hombro a Suncho—. Me tiene loco con sus historias de comisarios y crímenes resueltos. Espero que no venga a buscar trabajo por acá, que en Suncho Corral no pasa nada que valga la pena investigar.

—Vine solo a comer asado y aplaudir en el acto, don Herminio —respondió Julio, con esa cortesía calculada que usaba siempre con los desconocidos que hablaban de más—. Nada de investigaciones.

—Así me gusta. Un policía de vacaciones es la mejor compañía posible: cuenta historias y no hace preguntas incómodas —Herminio se rió de su propio chiste con ganas, y varios de los que estaban cerca se rieron con él, como quien acompaña al que manda sin necesidad de que se los pida.

Julio observó, mientras el hombre seguía hablando y repartiendo indicaciones a diestra y siniestra, la forma en que todos a su alrededor parecían orbitar en torno suyo: los que cargaban las mesas le pedían el visto bueno antes de acomodarlas, las mujeres de la cocina le llevaban a probar los primeros bocados de las empanadas, hasta los chicos que corrían entre las mesas bajaban un poco la voz cuando pasaban cerca de él. Era, sin lugar a dudas, el centro gravitacional de aquel pueblo.

Un rato después se acercó una mujer de unos setenta años, vestida con esa elegancia sobria de las señoras de campo que se arreglan para las ocasiones importantes sin perder nunca la sencillez. Rosa Nieva de Corvalán saludó a Suncho con un beso y a Julio con una inclinación de cabeza cordial, aunque algo distante, como si midiera primero a la gente antes de entregarles alguna confianza.

—Herminio no para desde las cinco de la mañana —dijo, mirando a su marido con una mezcla de orgullo y cansancio que Julio conocía bien, la de quien lleva décadas acompañando a alguien acostumbrado a ser el centro de todo—. Va a llegar muerto al acto de tanto controlar cada detalle.

—Que no se lo escuche decir eso ni en broma, doña Rosa —bromeó Suncho, sin sospechar cuánto pesarían esas palabras apenas unas horas más tarde.

Detrás de Rosa venían sus dos hijos. Fabricio Corvalán Nieva, de unos cuarenta y cinco años, tenía la contextura fuerte de quien pasa buena parte del día a caballo o subido a una camioneta recorriendo los campos, y un gesto serio que se quebraba apenas en una sonrisa breve cuando saludó al padre Suncho. Milagros Corvalán Nieva, un poco menor, rondando los cuarenta, llevaba consigo una carpeta con el programa del acto y hablaba con la seguridad de quien coordina, además de la comisión parroquial, buena parte de la vida social del pueblo.

—Espero que el discurso de mi papá no se alargue demasiado —comentó Milagros, con una sonrisa cómplice hacia Suncho—. Ya sabe cómo se pone cuando tiene público.

—Tu papá se merece que se alargue todo lo que quiera —contestó Suncho—. Sin él no habría acto que hacer.

Julio, que observaba más de lo que hablaba, notó algo fugaz en la mirada de Fabricio ante ese comentario: no fue desacuerdo, exactamente, sino una sombra breve, casi imperceptible, que cruzó su rostro y desapareció enseguida detrás de la cortesía de siempre. Lo anotó mentalmente, sin darle mayor peso todavía. Era, después de todo, apenas el gesto de un hijo cansado de vivir a la sombra de un padre demasiado grande.

La mañana siguió entre preparativos, mate y presentaciones. Julio conoció al director actual del colegio, a dos de las maestras fundadoras, y a un grupo de alumnos de la primera promoción —los mismos que esa tarde iban a egresar, con dieciocho años recién cumplidos la mayoría— que hablaban del colegio con el orgullo de quien sabe que fue parte de algo que empezó de la nada. En un momento, cargando cajones de gaseosa hacia la cocina, vio pasar a un hombre de unos treinta y ocho años, morocho, de manos ásperas y mirada baja: Anselmo Toloza, peón de la estancia de los Corvalán, según le comentó de pasada una de las mujeres de la cocina. Nadie se lo presentó formalmente. Nadie pareció, siquiera, registrar del todo su presencia, salvo para pedirle que llevara esto o aquello de un lado a otro. Julio tampoco le dio mayor importancia entonces: era apenas uno más de los tantos brazos que hacían posible que un pueblo entero armara una fiesta en una sola mañana.

Al mediodía, con el sol ya alto y el patio del colegio casi terminado de decorar, Herminio reunió a la comisión organizadora para repasar por última vez el orden del acto. Iba a haber palabras del director, un número de danzas folclóricas de los alumnos más chicos, y como cierre, la entrega de un reconocimiento especial a él mismo, "bienhechor histórico del Colegio Don Bosco de Suncho Corral", según decía la placa que Milagros había hecho grabar en la capital.

—Un poco exagerado el título, ¿no les parece? —dijo Herminio, sin sonar del todo convencido de su propia objeción, con esa falsa modestia de quien en el fondo espera exactamente ese reconocimiento.

—Se lo ganó con creces, don Herminio —respondió el director, y nadie en la mesa dijo lo contrario.

Julio y Suncho se retiraron a almorzar algo liviano a la casa parroquial, antes de que empezara a llegar la gente para el acto de la tarde. Ya en la mesa, con la casa en silencio por primera vez en todo el día, Suncho se quedó un momento mirando el mantel, pensativo.

—¿Todo bien? —preguntó Julio, que conocía demasiado bien esos silencios de su amigo.

—Todo bien —contestó Suncho, aunque tardó un segundo de más en decirlo—. Es raro nomás. Verlo a Herminio ahí, en el centro de todo, después de tantos años de conocerlo. A veces me pregunto si uno termina queriendo más a la idea de una persona que a la persona misma.

Julio no dijo nada. Guardó el comentario, como guardaba todo, en algún rincón de la memoria donde las cosas esperaban pacientemente el momento de volver a ser útiles.

Julio woke early, as always happened to him on the first nights in a bed that wasn't his own. Soft light came through the window, without the fury he expected from a Santiago noon, and the air — still cool at that hour, and gentler than Suncho's warnings had led him to fear — drifted in along with the smell of dry earth and fresh bread baking in some neighboring house. He dressed slowly, tucked the note back between the pages of his notebook — where it had spent the night without troubling him again, at least not in his dreams — and went out to find Suncho.

He found him in the courtyard of the parish house, cassock already on, brewing mate with a kettle that barely let out a thread of steam into the cool morning air.

"I thought you'd sleep till noon, like a good porteño," he said, handing him the first gourd.

"We porteños sleep till noon when we don't have friends who drag us out of bed at dawn to watch a stage get built," Julio answered, taking the mate gladly.

They walked together toward the school, which by that hour was already buzzing with activity. One group of fathers was putting together a wooden stage in the central courtyard, another was busy with strings of light-blue-and-white pennants hung between the trees, and several women from town moved in and out of the communal kitchen carrying trays covered with dish towels. In the middle of all that motion, giving instructions with a calm that stood out against the general nervousness, was an older man, still tall despite his years, his white hair neatly combed back, and a cane that looked more like a mark of distinction than an actual need.

"There he is," said Suncho, lowering his voice a little, almost fondly. "Herminio Corvalán Ibáñez. Without him, this school would still be two borrowed classrooms and a promise. He was the first one to put up money when nobody else believed a newly arrived priest could build something like this in the middle of the scrubland."

Herminio saw them approaching and opened his arms with a theatrical gesture, almost like a seasoned actor's.

"Father, is this the famous friend from Buenos Aires you talk so much about?" he said, shaking Julio's hand firmly while clapping Suncho on the shoulder with the other. "He's driven me half mad with his stories of commissioners and solved crimes. I hope you're not here looking for work — nothing worth investigating ever happens in Suncho Corral."

"I only came to eat asado and applaud at the ceremony, Don Herminio," Julio replied, with that calculated courtesy he always used on strangers who talked too much. "No investigating."

"That's what I like to hear. A policeman on vacation is the best possible company: he tells stories and doesn't ask uncomfortable questions." Herminio laughed heartily at his own joke, and several people nearby laughed along with him, the way people fall in with whoever's in charge without needing to be asked.

Julio noticed, as the man went on talking and handing out instructions left and right, the way everyone around him seemed to orbit him: the men carrying tables asked his approval before setting them down, the women from the kitchen brought him the first bites of empanadas to taste, even the children running between the tables lowered their voices a little when they passed near him. He was, without a doubt, that town's center of gravity.

A while later a woman of about seventy approached, dressed with the sober elegance of country ladies who dress up for important occasions without ever losing their simplicity. Rosa Nieva de Corvalán greeted Suncho with a kiss and Julio with a cordial, if somewhat distant, nod of the head, as if she measured people first before extending them any trust.

"Herminio hasn't stopped since five in the morning," she said, looking at her husband with a mix of pride and weariness that Julio knew well — the look of someone who has spent decades keeping company with a man used to being the center of everything. "He's going to arrive at the ceremony dead tired from checking every last detail."

"Don't let him hear you say that, even in jest, Doña Rosa," Suncho joked, with no idea how heavily those words would weigh only a few hours later.

Behind Rosa came their two children. Fabricio Corvalán Nieva, about forty-five, had the sturdy build of someone who spends much of the day on horseback or behind the wheel of a pickup truck riding the fields, and a serious expression that broke only briefly into a smile when he greeted Father Suncho. Milagros Corvalán Nieva, a little younger, around forty, carried a folder with the ceremony's program and spoke with the confidence of someone who coordinates, along with the parish committee, a good part of the town's social life.

"I hope my father's speech doesn't run too long," Milagros remarked, with a knowing smile toward Suncho. "You know how he gets with an audience."

"Your father deserves to run as long as he wants," Suncho answered. "Without him there'd be no ceremony to have."

Julio, who watched more than he spoke, caught something fleeting in Fabricio's eyes at that comment: not disagreement, exactly, but a brief, almost imperceptible shadow that crossed his face and vanished at once behind his usual courtesy. He filed it away mentally, without giving it much weight yet. It was, after all, only the look of a son tired of living in the shadow of a father too large for the room.

The morning went on amid preparations, mate, and introductions. Julio met the school's current headmaster, two of the founding teachers, and a group of students from the first graduating class — the same ones who would graduate that very afternoon, most of them just turned eighteen — who spoke of the school with the pride of people who know they were part of something that started from nothing. At one point, carrying crates of soda toward the kitchen, he saw a man of about thirty-eight pass by, dark-haired, with rough hands and a lowered gaze: Anselmo Toloza, a hand on the Corvalán ranch, one of the kitchen women mentioned in passing. No one introduced him formally. No one seemed to register his presence at all, except to ask him to carry this or that from one place to another. Julio didn't give it much thought either at the time: he was just one more of the many hands that made it possible for an entire town to put together a celebration in a single morning.

At noon, with the sun already high and the school courtyard nearly finished being decorated, Herminio gathered the organizing committee to go over the order of the ceremony one last time. There would be words from the headmaster, a folk dance number by the youngest students, and, as a closing, the presentation of a special recognition to himself — "historic benefactor of the Colegio Don Bosco de Suncho Corral," according to the plaque Milagros had had engraved in the capital.

"A bit much, that title, don't you think?" said Herminio, not sounding entirely convinced by his own objection, with the false modesty of a man who, deep down, expects exactly that recognition.

"You've more than earned it, Don Herminio," the headmaster replied, and no one at the table said otherwise.

Julio and Suncho went back to the parish house for a light lunch before people began arriving for the afternoon ceremony. Already at the table, the house quiet for the first time all day, Suncho sat a moment looking at the tablecloth, thoughtful.

"Everything all right?" Julio asked, who knew his friend's silences all too well.

"Everything's fine," Suncho answered, though he took a second too long to say it. "It's just strange. Seeing Herminio there, at the center of everything, after knowing him all these years. Sometimes I wonder if a person ends up loving the idea of someone more than the person themselves."

Julio said nothing. He filed the comment away, as he filed everything, in some corner of memory where things waited patiently for the moment they'd be useful again.

Julio acordou cedo, como sempre lhe acontecia nas primeiras noites numa cama que não era a sua. Pela janela entrava uma luz suave, sem a fúria que ele esperava de um meio-dia santiagueño, e o ar —ainda fresco àquela hora, e mais manso do que Suncho o tinha feito temer— entrava junto com o cheiro de terra seca e de pão recém-assado em alguma casa vizinha. Vestiu-se devagar, guardou o bilhete de novo entre as páginas do caderno —onde tinha passado a noite sem voltar a incomodá-lo, ao menos não em sonhos— e saiu para procurar Suncho.

Encontrou-o no pátio da casa paroquial, já com a batina vestida, cevando mate com uma chaleira que mal deixava sair um fio de vapor no ar fresco da manhã.

—Pensei que você ia dormir até meio-dia, como bom portenho —disse-lhe, estendendo-lhe o primeiro.

—Os portenhos dormimos até meio-dia quando não temos amigos que nos façam levantar de madrugada para ver como se monta um palco —respondeu Julio, aceitando o mate com gosto.

Caminharam juntos até o colégio, que a essa hora já fervilhava de atividade. Um grupo de pais montava um palco de madeira no pátio central, outro se ocupava das grinaldas de bandeirinhas celeste e branco penduradas entre as árvores, e várias mulheres do povoado entravam e saíam da cozinha comunitária carregando travessas cobertas com panos de prato. No meio de toda aquela movimentação, dando instruções com uma tranquilidade que contrastava com o nervosismo geral, estava um homem mais velho, ainda alto apesar dos anos, com o cabelo branco cuidadosamente penteado para trás e uma bengala que parecia mais um acessório de distinção do que uma necessidade real.

—Aí está ele —disse Suncho, baixando um pouco a voz, quase com carinho—. Herminio Corvalán Ibáñez. Sem ele, este colégio ainda seria duas salas emprestadas e uma promessa. Foi o primeiro a colocar dinheiro quando mais ninguém acreditava que um padre recém-chegado pudesse erguer algo assim no meio do mato.

Herminio os viu se aproximar e abriu os braços com um gesto teatral, quase de ator consagrado.

—Padre, este é o famoso amigo de Buenos Aires de quem tanto fala? —disse, apertando a mão de Julio com firmeza, enquanto com a outra dava um tapinha no ombro de Suncho—. Me deixa maluco com suas histórias de comissários e crimes resolvidos. Espero que não venha buscar trabalho por aqui, que em Suncho Corral não acontece nada que valha a pena investigar.

—Vim só para comer churrasco e aplaudir na cerimônia, seu Herminio —respondeu Julio, com aquela cortesia calculada que usava sempre com os desconhecidos que falavam demais—. Nada de investigações.

—Assim é que eu gosto. Um policial de férias é a melhor companhia possível: conta histórias e não faz perguntas incômodas —Herminio riu da própria piada com vontade, e vários dos que estavam por perto riram junto com ele, como quem acompanha o que manda sem precisar que peçam.

Julio observou, enquanto o homem seguia falando e distribuindo instruções para todos os lados, a forma como todos ao redor pareciam orbitar em torno dele: os que carregavam as mesas pediam sua aprovação antes de arrumá-las, as mulheres da cozinha levavam para ele provar os primeiros bocados das empanadas, até as crianças que corriam entre as mesas baixavam um pouco a voz quando passavam perto dele. Era, sem dúvida, o centro gravitacional daquele povoado.

Pouco depois se aproximou uma mulher de uns setenta anos, vestida com aquela elegância sóbria das senhoras do campo que se arrumam para as ocasiões importantes sem nunca perder a simplicidade. Rosa Nieva de Corvalán cumprimentou Suncho com um beijo e Julio com uma inclinação de cabeça cordial, embora um tanto distante, como se medisse primeiro as pessoas antes de lhes conceder alguma confiança.

—Herminio não para desde as cinco da manhã —disse, olhando para o marido com uma mistura de orgulho e cansaço que Julio conhecia bem, a de quem passa décadas acompanhando alguém acostumado a ser o centro de tudo—. Vai chegar morto na cerimônia de tanto controlar cada detalhe.

—Que não o ouçam dizer isso nem de brincadeira, dona Rosa —brincou Suncho, sem suspeitar o quanto aquelas palavras pesariam poucas horas depois.

Atrás de Rosa vinham seus dois filhos. Fabricio Corvalán Nieva, de uns quarenta e cinco anos, tinha a compleição forte de quem passa boa parte do dia a cavalo ou dirigindo uma caminhonete pelos campos, e um gesto sério que se quebrava apenas num breve sorriso quando cumprimentou o padre Suncho. Milagros Corvalán Nieva, um pouco mais nova, na casa dos quarenta, trazia consigo uma pasta com o programa da cerimônia e falava com a segurança de quem coordena, além da comissão paroquial, boa parte da vida social do povoado.

—Espero que o discurso do meu pai não se estenda demais —comentou Milagros, com um sorriso cúmplice para Suncho—. Já sabe como ele fica quando tem plateia.

—Seu pai merece que se estenda o quanto quiser —respondeu Suncho—. Sem ele não haveria cerimônia nenhuma para fazer.

Julio, que observava mais do que falava, notou algo fugaz no olhar de Fabricio diante desse comentário: não foi desacordo, exatamente, mas uma sombra breve, quase imperceptível, que cruzou seu rosto e desapareceu logo atrás da cortesia de sempre. Anotou mentalmente, sem dar ainda maior peso a isso. Era, afinal, apenas o gesto de um filho cansado de viver à sombra de um pai grande demais.

A manhã seguiu entre preparativos, mate e apresentações. Julio conheceu o diretor atual do colégio, duas das professoras fundadoras, e um grupo de alunos da primeira turma —os mesmos que naquela tarde iam se formar, a maioria com dezoito anos recém-completados— que falavam do colégio com o orgulho de quem sabe que fez parte de algo que começou do nada. Em um momento, carregando caixas de refrigerante para a cozinha, viu passar um homem de uns trinta e oito anos, moreno, de mãos ásperas e olhar baixo: Anselmo Toloza, peão da estância dos Corvalán, segundo lhe comentou de passagem uma das mulheres da cozinha. Ninguém o apresentou formalmente. Ninguém pareceu sequer registrar de todo sua presença, exceto para pedir que levasse isto ou aquilo de um lado para outro. Julio também não deu maior importância então: era apenas mais um dos tantos braços que faziam possível que um povoado inteiro montasse uma festa numa única manhã.

Ao meio-dia, com o sol já alto e o pátio do colégio quase terminado de decorar, Herminio reuniu a comissão organizadora para repassar pela última vez a ordem da cerimônia. Haveria palavras do diretor, um número de danças folclóricas dos alunos mais novos, e como encerramento, a entrega de uma homenagem especial a ele mesmo, "benfeitor histórico do Colégio Don Bosco de Suncho Corral", segundo dizia a placa que Milagros tinha mandado gravar na capital.

—Um pouco exagerado o título, não acham? —disse Herminio, sem soar de todo convencido da própria objeção, com aquela falsa modéstia de quem no fundo espera exatamente aquele reconhecimento.

—O senhor o ganhou com folga, seu Herminio —respondeu o diretor, e ninguém à mesa disse o contrário.

Julio e Suncho se retiraram para almoçar algo leve na casa paroquial, antes que começasse a chegar a gente para a cerimônia da tarde. Já à mesa, com a casa em silêncio pela primeira vez em todo o dia, Suncho ficou um momento olhando a toalha, pensativo.

—Está tudo bem? —perguntou Julio, que conhecia bem demais aqueles silêncios do amigo.

—Está tudo bem —respondeu Suncho, embora tenha demorado um segundo a mais para dizê-lo—. É estranho, só isso. Vê-lo a Herminio ali, no centro de tudo, depois de tantos anos de conhecê-lo. Às vezes me pergunto se a gente acaba amando mais a ideia de uma pessoa do que a pessoa em si.

Julio não disse nada. Guardou o comentário, como guardava tudo, em algum canto da memória onde as coisas esperavam pacientemente o momento de voltar a ser úteis.

Julio si svegliò presto, come gli capitava sempre nelle prime notti in un letto che non era il suo. Dalla finestra entrava una luce tenue, senza la furia che si aspettava da un mezzogiorno santiagueño, e l'aria—ancora fresca a quell'ora, e più mansueta di quanto Suncho lo avesse fatto temere—si insinuava insieme all'odore di terra secca e pane appena sfornato in qualche casa vicina. Si vestì con calma, ripose di nuovo la nota tra le pagine del taccuino—dove aveva passato la notte senza tornare a disturbarlo, almeno non nei sogni—e uscì a cercare Suncho.

Lo trovò nel cortile della casa parrocchiale, già con la tonaca indosso, mentre preparava il mate con un bollitore che lasciava appena uscire un filo di vapore nell'aria fresca del mattino.

—Pensavo dormissi fino a mezzogiorno, da buon porteño—gli disse, porgendogli il primo mate.

—Noi porteños dormiamo fino a mezzogiorno quando non abbiamo amici che ci fanno alzare all'alba per vedere come si monta un palco—rispose Julio, accettando il mate con piacere.

Camminarono insieme verso la scuola, che a quell'ora già ribolliva di attività. Un gruppo di genitori montava un palco di legno nel cortile centrale, un altro si occupava delle ghirlande di bandierine celesti e bianche appese tra gli alberi, e diverse donne del paese entravano e uscivano dalla cucina comunitaria portando vassoi coperti da strofinacci. In mezzo a tutto quel movimento, dando indicazioni con una tranquillità che contrastava con il nervosismo generale, c'era un uomo anziano, ancora alto nonostante gli anni, con i capelli bianchi pettinati con cura all'indietro e un bastone che sembrava più un accessorio di distinzione che una necessità reale.

—Eccolo lì—disse Suncho, abbassando un po' la voce, quasi con affetto—. Herminio Corvalán Ibáñez. Senza di lui, questa scuola sarebbe ancora due aule prese in prestito e una promessa. Fu il primo a mettere soldi quando nessun altro credeva che un prete appena arrivato potesse costruire qualcosa del genere in mezzo al monte.

Herminio li vide avvicinarsi e aprì le braccia con un gesto teatrale, quasi da attore consacrato.

—Padre, questo è il famoso amico di Buenos Aires di cui parla tanto?—disse, stringendo la mano a Julio con fermezza, mentre con l'altra dava una pacca sulla spalla a Suncho—. Mi tiene pazzo con le sue storie di commissari e crimini risolti. Spero che non venga a cercare lavoro da queste parti, che a Suncho Corral non succede niente che valga la pena indagare.

—Sono venuto solo per mangiare asado e applaudire alla cerimonia, don Herminio—rispose Julio, con quella cortesia calcolata che usava sempre con gli sconosciuti che parlavano troppo—. Niente indagini.

—Così mi piace. Un poliziotto in vacanza è la miglior compagnia possibile: racconta storie e non fa domande scomode—Herminio rise di gusto della propria battuta, e diversi tra i presenti risero con lui, come chi asseconda chi comanda senza bisogno che glielo si chieda.

Julio osservò, mentre l'uomo continuava a parlare e distribuire indicazioni a destra e a manca, il modo in cui tutti intorno a lui sembravano orbitargli attorno: quelli che portavano i tavoli gli chiedevano il via libera prima di sistemarli, le donne della cucina gli portavano da assaggiare i primi bocconi delle empanadas, persino i bambini che correvano tra i tavoli abbassavano un po' la voce quando gli passavano vicino. Era, senza dubbio, il centro gravitazionale di quel paese.

Poco dopo si avvicinò una donna di circa settant'anni, vestita con quell'eleganza sobria delle signore di campagna che si agghindano per le occasioni importanti senza mai perdere la semplicità. Rosa Nieva de Corvalán salutò Suncho con un bacio e Julio con un cenno del capo cordiale, seppure un po' distante, come se soppesasse prima le persone prima di concedere loro fiducia.

—Herminio non si ferma dalle cinque del mattino—disse, guardando il marito con una miscela di orgoglio e stanchezza che Julio conosceva bene, quella di chi accompagna da decenni qualcuno abituato a essere il centro di tutto—. Arriverà stremato alla cerimonia a forza di controllare ogni dettaglio.

—Che non la si senta dire nemmeno per scherzo, doña Rosa—scherzò Suncho, senza sospettare quanto avrebbero pesato quelle parole poche ore più tardi.

Dietro Rosa arrivavano i suoi due figli. Fabricio Corvalán Nieva, sui quarantacinque anni, aveva la corporatura robusta di chi passa buona parte della giornata a cavallo o su un pick-up a percorrere i campi, e un'espressione seria che si spezzava appena in un breve sorriso quando salutò Padre Suncho. Milagros Corvalán Nieva, un po' più giovane, sulla quarantina, portava con sé una cartellina con il programma della cerimonia e parlava con la sicurezza di chi coordina, oltre alla commissione parrocchiale, buona parte della vita sociale del paese.

—Spero che il discorso di mio papà non si allunghi troppo—commentò Milagros, con un sorriso complice verso Suncho—. Sa già come si mette quando ha un pubblico.

—Tuo papà si merita che si allunghi quanto vuole—rispose Suncho—. Senza di lui non ci sarebbe cerimonia da fare.

Julio, che osservava più di quanto parlasse, notò qualcosa di fugace nello sguardo di Fabricio a quel commento: non fu disaccordo, esattamente, ma un'ombra breve, quasi impercettibile, che gli attraversò il volto e scomparve subito dietro la solita cortesia. Lo annotò mentalmente, senza dargli ancora peso maggiore. Era, dopotutto, appena il gesto di un figlio stanco di vivere all'ombra di un padre troppo grande.

La mattina proseguì tra preparativi, mate e presentazioni. Julio conobbe l'attuale direttore della scuola, due delle maestre fondatrici, e un gruppo di alunni della prima promozione—gli stessi che quel pomeriggio si sarebbero diplomati, con diciotto anni appena compiuti la maggior parte—che parlavano della scuola con l'orgoglio di chi sa di essere stato parte di qualcosa nato dal nulla. A un certo punto, mentre portava casse di bibite verso la cucina, vide passare un uomo di circa trentotto anni, di carnagione scura, mani ruvide e sguardo basso: Anselmo Toloza, bracciante dell'estancia dei Corvalán, come gli disse di sfuggita una delle donne della cucina. Nessuno glielo presentò formalmente. Nessuno sembrò nemmeno registrare del tutto la sua presenza, se non per chiedergli di portare questo o quello da una parte all'altra. Nemmeno Julio gli diede allora particolare importanza: era appena uno dei tanti braccia che rendevano possibile a un intero paese di allestire una festa in una sola mattinata.

A mezzogiorno, con il sole già alto e il cortile della scuola quasi finito di addobbare, Herminio riunì la commissione organizzatrice per ripassare un'ultima volta l'ordine della cerimonia. Ci sarebbero state le parole del direttore, un numero di danze folcloriche degli alunni più piccoli, e come chiusura, la consegna di un riconoscimento speciale a lui stesso, "benefattore storico del Colegio Don Bosco di Suncho Corral", come diceva la targa che Milagros aveva fatto incidere nella capitale.

—Un po' esagerato il titolo, non vi pare?—disse Herminio, senza suonare del tutto convinto della propria obiezione, con quella falsa modestia di chi in fondo si aspetta esattamente quel riconoscimento.

—Se l'è guadagnato con gli interessi, don Herminio—rispose il direttore, e nessuno al tavolo disse il contrario.

Julio e Suncho si ritirarono a pranzare qualcosa di leggero nella casa parrocchiale, prima che cominciasse ad arrivare la gente per la cerimonia del pomeriggio. Già a tavola, con la casa in silenzio per la prima volta in tutta la giornata, Suncho rimase un momento a guardare la tovaglia, pensieroso.

—Tutto bene?—chiese Julio, che conosceva fin troppo bene quei silenzi del suo amico.

—Tutto bene—rispose Suncho, anche se impiegò un secondo di troppo per dirlo—. È strano, tutto qui. Vederlo lì, Herminio, al centro di tutto, dopo tanti anni che lo conosco. A volte mi chiedo se uno finisce per voler bene di più all'idea di una persona che alla persona stessa.

Julio non disse nulla. Conservò il commento, come conservava tutto, in qualche angolo della memoria dove le cose aspettavano pazientemente il momento di tornare utili.

Julio se réveilla tôt, comme cela lui arrivait toujours les premières nuits dans un lit qui n'était pas le sien. Par la fenêtre entrait une lumière douce, sans la furie qu'il attendait d'un midi santiagueño, et l'air —encore frais à cette heure, et plus doux que ce que Suncho lui avait laissé craindre— se glissait avec l'odeur de terre sèche et de pain fraîchement sorti du four chez une voisine. Il s'habilla lentement, rangea de nouveau la note entre les pages du carnet —où elle avait passé la nuit sans le déranger de nouveau, du moins pas en rêve— et sortit chercher Suncho.

Il le trouva dans la cour de la maison paroissiale, déjà en soutane, en train de préparer le maté avec une bouilloire qui laissait à peine échapper un filet de vapeur dans l'air frais du matin.

—Je pensais que tu allais dormir jusqu'à midi, en bon porteño —lui dit-il, en lui tendant le premier maté.

—Nous les porteños, on dort jusqu'à midi quand on n'a pas d'amis qui nous font lever à l'aube pour voir comment on monte une scène —répondit Julio, acceptant le maté avec plaisir.

Ils marchèrent ensemble jusqu'à l'école, qui à cette heure bourdonnait déjà d'activité. Un groupe de parents montait une scène en bois dans la cour centrale, un autre s'occupait des guirlandes de fanions bleu ciel et blanc suspendues entre les arbres, et plusieurs femmes du village entraient et sortaient de la cuisine communautaire en portant des plats couverts de torchons. Au milieu de toute cette agitation, donnant des indications avec un calme qui contrastait avec la nervosité générale, se tenait un homme âgé, encore grand malgré les années, les cheveux blancs soigneusement peignés en arrière et une canne qui ressemblait davantage à un accessoire de distinction qu'à une nécessité réelle.

—Le voilà —dit Suncho, baissant un peu la voix, presque avec tendresse. —Herminio Corvalán Ibáñez. Sans lui, cette école serait encore deux salles empruntées et une promesse. Il fut le premier à mettre de l'argent quand personne d'autre ne croyait qu'un curé fraîchement arrivé pouvait bâtir quelque chose comme ça en plein monte.

Herminio les vit s'approcher et ouvrit les bras avec un geste théâtral, presque d'acteur consacré.

—Mon père, c'est ça le fameux ami de Buenos Aires dont vous parlez tant ? —dit-il, serrant fermement la main de Julio, tout en donnant de l'autre une tape sur l'épaule de Suncho. —Il me rend fou avec ses histoires de commissaires et de crimes résolus. J'espère que vous ne venez pas chercher du travail par ici, parce qu'à Suncho Corral il ne se passe rien qui vaille la peine d'être enquêté.

—Je suis venu seulement pour manger de l'asado et applaudir à la cérémonie, don Herminio —répondit Julio, avec cette courtoisie calculée qu'il réservait toujours aux inconnus trop bavards. —Aucune enquête.

—Voilà qui me plaît. Un policier en vacances est la meilleure compagnie possible : il raconte des histoires et ne pose pas de questions gênantes —Herminio rit de bon cœur de sa propre blague, et plusieurs personnes autour de lui rirent avec lui, comme on accompagne celui qui commande sans qu'on ait besoin de le leur demander.

Julio observa, tandis que l'homme continuait à parler et à distribuer des indications à droite et à gauche, la manière dont tout le monde autour de lui semblait graviter en son orbite : ceux qui portaient les tables lui demandaient son approbation avant de les installer, les femmes de la cuisine lui apportaient à goûter les premières bouchées d'empanadas, même les enfants qui couraient entre les tables baissaient un peu la voix en passant près de lui. C'était, sans aucun doute, le centre gravitationnel de ce village.

Un peu plus tard s'approcha une femme d'environ soixante-dix ans, vêtue avec cette élégance sobre des dames de la campagne qui se parent pour les grandes occasions sans jamais perdre leur simplicité. Rosa Nieva de Corvalán salua Suncho d'un baiser et Julio d'une inclinaison de tête cordiale, quoique un peu distante, comme si elle jaugeait d'abord les gens avant de leur accorder sa confiance.

—Herminio ne s'arrête pas depuis cinq heures du matin —dit-elle, regardant son mari avec un mélange de fierté et de lassitude que Julio connaissait bien, celle de quelqu'un qui accompagne depuis des décennies une personne habituée à être le centre de tout. —Il va arriver épuisé à la cérémonie à force de contrôler chaque détail.

—Qu'on ne l'entende pas dire ça, même pour plaisanter, doña Rosa —plaisanta Suncho, sans se douter du poids que ces mots allaient prendre quelques heures plus tard à peine.

Derrière Rosa venaient ses deux enfants. Fabricio Corvalán Nieva, environ quarante-cinq ans, avait la carrure solide de quelqu'un qui passe une bonne partie de la journée à cheval ou au volant d'une camionnette à parcourir les champs, et une expression sérieuse qui ne se brisait qu'à peine en un sourire bref lorsqu'il salua le père Suncho. Milagros Corvalán Nieva, un peu plus jeune, la quarantaine, portait avec elle un dossier avec le programme de la cérémonie et parlait avec l'assurance de quelqu'un qui coordonne, en plus de la commission paroissiale, une bonne partie de la vie sociale du village.

—J'espère que le discours de papa ne va pas trop s'éterniser —commenta Milagros, avec un sourire complice vers Suncho. —Vous savez comment il devient quand il a du public.

—Ton père mérite bien que ça s'éternise autant qu'il le voudra —répondit Suncho. —Sans lui, il n'y aurait pas de cérémonie du tout.

Julio, qui observait plus qu'il ne parlait, remarqua quelque chose de fugace dans le regard de Fabricio à ce commentaire : ce n'était pas exactement du désaccord, mais une ombre brève, presque imperceptible, qui traversa son visage et disparut aussitôt derrière la courtoisie de toujours. Il le nota mentalement, sans y accorder encore trop d'importance. Ce n'était, après tout, que le geste d'un fils fatigué de vivre à l'ombre d'un père trop grand.

La matinée se poursuivit entre préparatifs, maté et présentations. Julio fit la connaissance du directeur actuel de l'école, de deux des institutrices fondatrices, et d'un groupe d'élèves de la première promotion —les mêmes qui, cet après-midi-là, allaient obtenir leur diplôme, pour la plupart tout juste âgés de dix-huit ans— qui parlaient de l'école avec la fierté de ceux qui savent avoir fait partie de quelque chose né de rien. À un moment, portant des caisses de boissons gazeuses vers la cuisine, il vit passer un homme d'environ trente-huit ans, brun, aux mains rugueuses et au regard baissé : Anselmo Toloza, péon de l'estancia des Corvalán, comme le lui indiqua en passant l'une des femmes de la cuisine. Personne ne le lui présenta formellement. Personne ne sembla même remarquer pleinement sa présence, sauf pour lui demander de porter ceci ou cela d'un côté à l'autre. Julio n'y accorda pas non plus une grande importance sur le moment : ce n'était qu'un bras de plus parmi tant d'autres qui rendaient possible qu'un village entier monte une fête en une seule matinée.

À midi, le soleil déjà haut et la cour de l'école presque entièrement décorée, Herminio réunit la commission organisatrice pour repasser une dernière fois l'ordre de la cérémonie. Il devait y avoir des paroles du directeur, un numéro de danses folkloriques des plus petits élèves, et pour clôturer, la remise d'une distinction spéciale à lui-même, « bienfaiteur historique du Colegio Don Bosco de Suncho Corral », comme l'indiquait la plaque que Milagros avait fait graver dans la capitale.

—Un peu exagéré, le titre, non ? —dit Herminio, sans paraître tout à fait convaincu de sa propre objection, avec cette fausse modestie de quelqu'un qui, au fond, attend exactement cette reconnaissance.

—Vous l'avez amplement méritée, don Herminio —répondit le directeur, et personne à table ne dit le contraire.

Julio et Suncho se retirèrent pour déjeuner légèrement à la maison paroissiale, avant que les gens ne commencent à arriver pour la cérémonie de l'après-midi. Déjà à table, la maison silencieuse pour la première fois de la journée, Suncho resta un moment à regarder la nappe, pensif.

—Tout va bien ? —demanda Julio, qui connaissait trop bien ces silences de son ami.

—Tout va bien —répondit Suncho, bien qu'il eût mis une seconde de trop à le dire. —C'est juste étrange. Le voir, Herminio, là, au centre de tout, après tant d'années à le connaître. Parfois je me demande si, à la fin, on finit par aimer davantage l'idée d'une personne que la personne elle-même.

Julio ne dit rien. Il garda le commentaire, comme il gardait tout, dans un recoin de sa mémoire où les choses attendaient patiemment le moment de redevenir utiles.

Cuaderno del Padre SunchoFather Suncho's notebookCaderno do Padre SunchoQuaderno di Padre SunchoCarnet du Père Suncho

Hoy vi a Herminio en su salsa, rodeado de la gente que él mismo ayudó a levantar de la nada, y sentí una gratitud enorme, la de siempre. Pero también sentí, por primera vez en mucho tiempo, una incomodidad que no supe nombrar. Tal vez sea la vejez, que me vuelve más desconfiado de lo que debería ser un cura. O tal vez sea que uno, con los años, aprende a distinguir entre la generosidad que se da y la generosidad que se exhibe, y no siempre logra decir con certeza a cuál de las dos está agradeciendo.

Dios me perdone la duda. Esta tarde, cuando lo vea recibir el homenaje que tanto se merece, se me va a pasar, seguro.

Today I saw Herminio in his element, surrounded by the people he himself helped raise up out of nothing, and I felt an enormous gratitude, the usual kind. But I also felt, for the first time in a long while, an unease I couldn't name. Maybe it's old age, making me more suspicious than a priest ought to be. Or maybe it's that, with the years, one learns to tell apart generosity that is given from generosity that is put on display, and doesn't always manage to say for certain which of the two he's thanking.

God forgive me the doubt. This afternoon, when I see him receive the tribute he so deserves, it will surely pass.

Hoje vi Herminio em seu elemento, cercado da gente que ele mesmo ajudou a erguer do nada, e senti uma gratidão enorme, a de sempre. Mas também senti, pela primeira vez em muito tempo, um desconforto que não soube nomear. Talvez seja a velhice, que me torna mais desconfiado do que deveria ser um padre. Ou talvez seja que a gente, com os anos, aprende a distinguir entre a generosidade que se dá e a generosidade que se exibe, e nem sempre consegue dizer com certeza a qual das duas está agradecendo.

Que Deus me perdoe a dúvida. Esta tarde, quando o vir receber a homenagem que tanto merece, isso vai passar, com certeza.

Oggi ho visto Herminio nel suo elemento, circondato dalla gente che lui stesso ha aiutato a far crescere dal nulla, e ho provato una gratitudine enorme, quella di sempre. Ma ho anche provato, per la prima volta da molto tempo, un disagio che non ho saputo nominare. Forse è la vecchiaia, che mi rende più diffidente di quanto dovrebbe essere un prete. O forse è che uno, con gli anni, impara a distinguere tra la generosità che si dona e la generosità che si esibisce, e non sempre riesce a dire con certezza a quale delle due sta ringraziando.

Dio mi perdoni il dubbio. Questo pomeriggio, quando lo vedrò ricevere l'omaggio che tanto merita, mi passerà di sicuro.

Aujourd'hui j'ai vu Herminio dans son élément, entouré des gens qu'il a lui-même aidé à faire naître du néant, et j'ai ressenti une gratitude immense, celle de toujours. Mais j'ai aussi ressenti, pour la première fois depuis longtemps, un malaise que je n'ai pas su nommer. C'est peut-être la vieillesse, qui me rend plus méfiant qu'un curé ne devrait l'être. Ou peut-être qu'avec les années, on apprend à distinguer entre la générosité qui se donne et la générosité qui s'exhibe, et qu'on ne parvient pas toujours à dire avec certitude laquelle des deux on remercie.

Que Dieu me pardonne ce doute. Cet après-midi, quand je le verrai recevoir l'hommage qu'il mérite tant, ça va sûrement passer.

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Capítulo 03

La gloria y la caídaGlory and the FallA glória e a quedaLa gloria e la cadutaLa gloire et la chute

Para las cuatro de la tarde, el patio del Colegio Don Bosco de Suncho Corral estaba completo. Habían traído sillas de la iglesia y de varias casas vecinas, y aun así muchos quedaron de pie, apretados contra las paredes recién pintadas, bajo la sombra corta de los algarrobos que crecían en las esquinas del terreno. El sol pegó esa tarde con una fuerza que nadie recordaba haber sentido en todo ese diciembre manso, como si el verano hubiera decidido, justo ese día, cobrarse de una vez todas las semanas de tregua. Más de uno lo comentó entre dientes, abanicándose con el programa del acto, mientras las banderitas celeste y blanco colgaban inmóviles, sin una sola brisa que las moviera.

Julio se ubicó junto al Padre Suncho, en la segunda fila de sillas, con la libreta guardada en el bolsillo interno del saco por pura costumbre, aunque no tenía intención alguna de usarla esa tarde. A su lado, Rosa Nieva de Corvalán se acomodaba el pañuelo del cuello una y otra vez, nerviosa como toda madre y esposa que sabe que su familia va a estar en el centro de la escena.

El acto arrancó con el izamiento de la bandera y el himno, cantado por los alumnos más chicos con esa desprolijidad entrañable de las voces que todavía no saben afinar del todo. Después vinieron las palabras del director, breves y sentidas, recordando los primeros días del colegio en dos aulas prestadas. Un grupo de chicos de sexto grado bailó una chacarera que arrancó aplausos cerrados, y Milagros Corvalán Nieva, desde el costado del escenario, dirigía todo con la carpeta bajo el brazo, controlando tiempos como una directora de orquesta silenciosa.

Y llegó, por fin, el momento que todos esperaban.

—Y ahora —dijo el director, acercándose al micrófono con una placa entre las manos—, queremos hacer un reconocimiento muy especial a quien, hace doce años, creyó en un sueño que muchos consideraban imposible. Sin su generosidad, sin su compromiso constante con esta comunidad, hoy no estaríamos festejando nada de esto.

Herminio Corvalán Ibáñez se puso de pie entre aplausos cerrados, ajustándose la chaqueta con un gesto casi ceremonial, y caminó hacia el escenario con el bastón golpeando suave contra el piso de tierra apisonada. Subió los dos escalones con más energía de la que sus setenta y cuatro años dejaban suponer, y recibió la placa con ambas manos, sosteniéndola en alto un segundo de más, como si quisiera que hasta la última persona del fondo pudiera verla bien.

—Este pueblo me dio todo lo que tengo —empezó a decir, la voz firme, casi ensayada—. Lo menos que podía hacer era devolverle un poco de...

No terminó la frase.

Julio vio, desde su lugar en la segunda fila, cómo la mano derecha de Herminio soltaba la placa —que cayó al piso del escenario con un golpe seco que resonó por todo el patio— y cómo la otra mano se aferraba, casi por instinto, al cuello de la camisa, como quien busca aflojar algo que aprieta desde adentro. El rostro, hasta hacía un segundo iluminado por la satisfacción del homenaje, se contrajo en una mueca que no dejaba lugar a dudas sobre el dolor.

—¡Herminio! —el grito de Rosa cortó el aire antes de que nadie más reaccionara.

Todo lo que siguió pasó con esa mezcla de lentitud y vértigo que suelen tener los momentos graves: Fabricio saltando por encima de dos filas de sillas para llegar al escenario, el director sosteniendo a Herminio antes de que terminara de desplomarse del todo, Milagros gritando el nombre de alguien —un médico, un enfermero, cualquiera que supiera algo de primeros auxilios— mientras la carpeta con el programa del acto quedaba olvidada en el piso. El Padre Suncho ya estaba de pie, abriéndose paso entre la gente con esa autoridad silenciosa que solo dan los años de sotana, murmurando algo que sonaba a los primeros versos de una oración de unción.

Julio se quedó un instante donde estaba, no por indiferencia sino por el reflejo entrenado de quien sabe que en momentos así lo mejor que puede hacer alguien que no tiene función clara es no estorbar. Observó, con esa mirada que nunca terminaba de apagarse del todo aunque él mismo lo intentara, cómo Herminio quedaba tendido en el escenario, la placa de reconocimiento a pocos centímetros de su mano abierta, mientras un médico rural joven, apellidado Ibarra, que había entre los invitados, intentaba, sin éxito, encontrarle el pulso.

Pasaron apenas diez minutos entre la caída y la certeza de que ya no había nada que hacer. Diez minutos que en la memoria de todos los presentes iban a quedar estirados como una hora entera.

El acto que había empezado como un festejo terminó con doscientas personas paradas en silencio en el patio de un colegio, mientras alguien apagaba, con manos temblorosas, el equipo de sonido que todavía tenía puesta, absurdamente, la música de la chacarera anterior.

Suncho acompañó a Rosa y a sus hijos durante las horas siguientes, entre la llegada del médico de policía que vino desde Quimilí a certificar la defunción, las primeras condolencias del pueblo entero desfilando por la casa de los Corvalán, y los arreglos apurados para el velorio. Julio se mantuvo cerca, discreto, sin intervenir en nada que no le correspondiera, aunque no pudo evitar que su cabeza —esa cabeza que llevaba media vida entrenada para desconfiar de las muertes demasiado oportunas— empezara a hacer preguntas que todavía no tenían destinatario. Un hombre de setenta y cuatro años, con problemas cardíacos conocidos, que muere de emoción en el momento exacto de recibir el mayor honor de su vida: nada en esa descripción, se dijo, tenía por qué ser motivo de sospecha. Y sin embargo, algo en la eficiencia de esa muerte, en lo perfectamente calzada que estaba con el guion del acto, le dejó un sabor incómodo que no supo nombrar del todo.

Recién pasada la medianoche, ya en el cuarto de huéspedes de la casa parroquial, con el pueblo entero todavía despierto y conmocionado a su alrededor, Julio se permitió apagar la luz y cerrar los ojos.

El sueño llegó despacio, como llegan siempre los sueños que después uno no logra recordar del todo bien. Estaba en un lugar que no era Suncho Corral ni ningún sitio conocido: un galpón enorme, de paredes de adobe que se perdían en la oscuridad, iluminado apenas por una sola lámpara que colgaba del techo, meciéndose sin que hubiera viento. En el centro, una figura sin rostro definido —no lograba distinguir si era hombre o mujer, joven o viejo— trabajaba sentada frente a un telar antiguo, pasando un hilo blanco de un lado a otro con una paciencia que a Julio le resultó, incluso dormido, profundamente perturbadora.

Se acercó, o creyó acercarse, porque en los sueños uno nunca sabe bien si camina o si el espacio simplemente se acomoda alrededor de uno. La tela que la figura tejía tenía un patrón que Julio no lograba descifrar del todo, aunque algo en su interior le decía que si lograba verlo completo iba a reconocer algo importante. Cuando estuvo lo bastante cerca como para intentarlo, la figura levantó la cabeza —sin rostro, apenas una superficie lisa donde debería haber ojos y boca— y le habló con una voz que no era ni grave ni aguda, sino extrañamente neutra:

—Todavía le faltan hilos, comisario. Pero ya empezó a tejerse solo.

Julio se despertó de golpe, el corazón latiéndole con una fuerza que hacía años no sentía, la remera empapada, aunque esa transpiración esta vez no tenía nada que ver con el calor pesado que todavía se sentía en el cuarto pasada la medianoche. Se quedó un largo rato sentado en la cama, a oscuras, tratando de convencerse de que no era más que el cansancio del viaje, la impresión de la muerte repentina de un hombre al que apenas conocía, la cabeza jugándole una mala pasada después de un día tan cargado.

No encendió la luz. No sacó la libreta. Se quedó ahí, quieto, escuchando el silencio pesado de un pueblo que todavía no terminaba de asimilar que había perdido, de un día para el otro, a uno de sus hijos más queridos.

By four in the afternoon, the courtyard of the Colegio Don Bosco in Suncho Corral was full. Chairs had been brought from the church and several neighboring houses, and even so many people stood, pressed against the freshly painted walls, under the short shade of the algarrobo trees growing at the corners of the lot. The sun beat down that afternoon with a force nobody remembered feeling all through that mild December, as though summer had decided, on that very day, to collect all at once on the weeks of truce it had granted. More than one person muttered about it, fanning themselves with the ceremony program, while the little light-blue-and-white flags hung motionless, without a single breeze to stir them.

Julio took a seat beside Father Suncho, in the second row of chairs, notebook tucked into his jacket's inside pocket out of pure habit, though he had no intention of using it that afternoon. Beside him, Rosa Nieva de Corvalán kept adjusting the scarf at her neck, nervous the way any mother and wife is when she knows her family is about to be at the center of the scene.

The ceremony opened with the raising of the flag and the anthem, sung by the youngest students with that endearing rawness of voices that haven't yet learned to stay quite in tune. Then came the headmaster's words, brief and heartfelt, recalling the school's first days in two borrowed classrooms. A group of sixth-graders danced a chacarera that drew tight, sustained applause, and Milagros Corvalán Nieva, from the side of the stage, ran the whole thing with the folder under her arm, keeping time like a silent conductor.

And then, at last, came the moment everyone had been waiting for.

"And now," said the headmaster, stepping up to the microphone with a plaque in his hands, "we want to give very special recognition to the man who, twelve years ago, believed in a dream many thought impossible. Without his generosity, without his constant commitment to this community, we wouldn't be celebrating any of this today."

Herminio Corvalán Ibáñez rose to his feet amid tight applause, straightening his jacket with an almost ceremonial gesture, and walked toward the stage, his cane tapping softly against the packed-dirt floor. He climbed the two steps with more energy than his seventy-four years would suggest, and received the plaque with both hands, holding it up a second too long, as if he wanted even the last person in the back to see it clearly.

"This town gave me everything I have," he began, his voice steady, almost rehearsed. "The least I could do was give back a little of..."

He didn't finish the sentence.

Julio watched, from his seat in the second row, as Herminio's right hand let go of the plaque — which hit the stage floor with a dry crack that rang out across the whole courtyard — and how his other hand clutched, almost by instinct, at the collar of his shirt, like someone trying to loosen something tightening from within. His face, lit until a second before with the satisfaction of the tribute, contracted into an expression that left no doubt about the pain.

"Herminio!" Rosa's scream cut through the air before anyone else could react.

Everything that followed happened with that mix of slowness and vertigo that grave moments tend to have: Fabricio leaping over two rows of chairs to reach the stage, the headmaster holding Herminio up before he collapsed completely, Milagros shouting someone's name — a doctor, a nurse, anyone who knew first aid — while the folder with the ceremony program lay forgotten on the ground. Father Suncho was already on his feet, working his way through the crowd with that quiet authority only years in a cassock can give, murmuring something that sounded like the opening lines of a prayer of anointing.

Julio stayed a moment where he was, not out of indifference but from the trained reflex of someone who knows that in moments like this, the best thing a person with no clear role can do is stay out of the way. He watched, with that gaze that never quite managed to switch off no matter how hard he himself tried, as Herminio lay stretched out on the stage, the recognition plaque a few inches from his open hand, while a young rural doctor named Ibarra, who happened to be among the guests, tried without success to find his pulse.

Barely ten minutes passed between the fall and the certainty that there was nothing left to do. Ten minutes that, in the memory of everyone present, would stretch out into what felt like an entire hour.

The ceremony that had begun as a celebration ended with two hundred people standing in silence in a schoolyard, while someone, hands trembling, switched off the sound system, which absurdly was still playing the chacarera music from before.

Suncho stayed with Rosa and her children through the hours that followed, through the arrival of the police doctor who came from Quimilí to certify the death, the first condolences from the whole town filing through the Corvalán house, and the hurried arrangements for the wake. Julio stayed close by, discreet, not stepping into anything that wasn't his place, though he couldn't stop his mind — a mind trained over half a lifetime to distrust deaths that came too conveniently timed — from beginning to ask questions that didn't yet have anywhere to go. A seventy-four-year-old man with a known heart condition, dying of emotion at the exact moment of receiving the greatest honor of his life: nothing in that description, he told himself, had to be cause for suspicion. And yet something about the efficiency of that death, about how perfectly it fit the script of the ceremony, left him with an uneasy taste he couldn't quite name.

Just past midnight, already in the guest room of the parish house, with the whole town still awake and shaken around him, Julio allowed himself to turn off the light and close his eyes.

Sleep came slowly, the way dreams always come that afterward one can never quite remember properly. He was in a place that wasn't Suncho Corral or anywhere he knew: an enormous shed, its adobe walls fading into darkness, lit only by a single lamp hanging from the ceiling, swaying though there was no wind. In the center, a figure with no clear face — he couldn't tell if it was man or woman, young or old — sat working at an old loom, passing a white thread back and forth with a patience that Julio, even asleep, found deeply disturbing.

He approached, or thought he approached, because in dreams one never quite knows whether one is walking or whether the space simply rearranges itself around you. The cloth the figure was weaving had a pattern Julio couldn't fully make out, though something inside him said that if he managed to see it whole he would recognize something important. When he was close enough to try, the figure lifted its head — faceless, just a smooth surface where eyes and mouth should have been — and spoke to him in a voice that was neither deep nor high, but strangely neutral:

"There are still threads missing, Commissioner. But it's already begun weaving itself."

Julio woke with a start, his heart pounding with a force he hadn't felt in years, his shirt soaked through, though this time the sweat had nothing to do with the heavy heat still hanging in the room past midnight. He sat for a long while on the bed, in the dark, trying to convince himself it was nothing more than the tiredness of the trip, the shock of a sudden death of a man he barely knew, his mind playing tricks on him after such a heavy day.

He didn't turn on the light. He didn't take out the notebook. He stayed there, still, listening to the heavy silence of a town that still hadn't finished taking in that it had lost, from one day to the next, one of its most beloved sons.

Por volta das quatro da tarde, o pátio do Colégio Don Bosco de Suncho Corral estava lotado. Tinham trazido cadeiras da igreja e de várias casas vizinhas, e ainda assim muitos ficaram de pé, apertados contra as paredes recém-pintadas, sob a sombra curta dos algarrobos que cresciam nos cantos do terreno. O sol bateu naquela tarde com uma força que ninguém se lembrava de ter sentido em todo aquele dezembro manso, como se o verão tivesse decidido, justo naquele dia, cobrar de uma vez todas as semanas de trégua. Mais de um comentou isso entre dentes, abanando-se com o programa da cerimônia, enquanto as bandeirinhas celeste e branco pendiam imóveis, sem uma única brisa que as movesse.

Julio se acomodou junto ao Padre Suncho, na segunda fileira de cadeiras, com o caderno guardado no bolso interno do paletó por pura costumbre, embora não tivesse intenção alguma de usá-lo naquela tarde. Ao seu lado, Rosa Nieva de Corvalán ajeitava o lenço do pescoço uma e outra vez, nervosa como toda mãe e esposa que sabe que sua família vai estar no centro da cena.

A cerimônia começou com o hasteamento da bandeira e o hino, cantado pelos alunos mais novos com aquela desafinação entranhável das vozes que ainda não sabem afinar de todo. Depois vieram as palavras do diretor, breves e sentidas, relembrando os primeiros dias do colégio em duas salas emprestadas. Um grupo de crianças do sexto ano dançou uma chacarera que arrancou aplausos calorosos, e Milagros Corvalán Nieva, de lado do palco, dirigia tudo com a pasta debaixo do braço, controlando os tempos como uma regente de orquestra silenciosa.

E chegou, finalmente, o momento que todos esperavam.

—E agora —disse o diretor, aproximando-se do microfone com uma placa entre as mãos—, queremos fazer uma homenagem muito especial a quem, há doze anos, acreditou num sonho que muitos consideravam impossível. Sem sua generosidade, sem seu compromisso constante com esta comunidade, hoje não estaríamos comemorando nada disso.

Herminio Corvalán Ibáñez se levantou em meio a aplausos calorosos, ajeitando o paletó com um gesto quase cerimonial, e caminhou até o palco com a bengala batendo suave contra o chão de terra batida. Subiu os dois degraus com mais energia do que seus setenta e quatro anos deixavam supor, e recebeu a placa com ambas as mãos, segurando-a no alto por um segundo a mais, como se quisesse que até a última pessoa do fundo pudesse vê-la bem.

—Este povoado me deu tudo o que tenho —começou a dizer, a voz firme, quase ensaiada—. O mínimo que eu podia fazer era devolver um pouco de...

Não terminou a frase.

Julio viu, de seu lugar na segunda fileira, como a mão direita de Herminio soltava a placa —que caiu no chão do palco com um baque seco que ressoou por todo o pátio— e como a outra mão se agarrava, quase por instinto, ao colarinho da camisa, como quem busca afrouxar algo que aperta por dentro. O rosto, até um segundo antes iluminado pela satisfação da homenagem, se contraiu numa careta que não deixava dúvida alguma sobre a dor.

—Herminio! —o grito de Rosa cortou o ar antes que qualquer outra pessoa reagisse.

Tudo o que se seguiu aconteceu com aquela mistura de lentidão e vertigem que costumam ter os momentos graves: Fabricio pulando por cima de duas fileiras de cadeiras para chegar ao palco, o diretor amparando Herminio antes que ele terminasse de desabar por completo, Milagros gritando o nome de alguém —um médico, um enfermeiro, qualquer um que soubesse algo de primeiros socorros— enquanto a pasta com o programa da cerimônia ficava esquecida no chão. O Padre Suncho já estava de pé, abrindo caminho entre a gente com aquela autoridade silenciosa que só dão os anos de batina, murmurando algo que soava aos primeiros versos de uma oração de unção.

Julio ficou um instante onde estava, não por indiferença, mas pelo reflexo treinado de quem sabe que em momentos assim o melhor que alguém sem função clara pode fazer é não atrapalhar. Observou, com aquele olhar que nunca terminava de se apagar de todo por mais que ele mesmo tentasse, como Herminio ficava estendido no palco, a placa da homenagem a poucos centímetros de sua mão aberta, enquanto um médico rural jovem, de sobrenome Ibarra, que estava entre os convidados, tentava, sem sucesso, encontrar-lhe o pulso.

Passaram-se apenas dez minutos entre a queda e a certeza de que já não havia nada a fazer. Dez minutos que na memória de todos os presentes ficariam esticados como uma hora inteira.

A cerimônia que tinha começado como uma comemoração terminou com duzentas pessoas paradas em silêncio no pátio de um colégio, enquanto alguém desligava, com mãos trêmulas, o equipamento de som que ainda tinha tocando, absurdamente, a música da chacarera anterior.

Suncho acompanhou Rosa e seus filhos durante as horas seguintes, entre a chegada do médico legista que veio de Quimilí para atestar o óbito, as primeiras condolências do povoado inteiro desfilando pela casa dos Corvalán, e os arranjos apressados para o velório. Julio se manteve por perto, discreto, sem intervir em nada que não lhe cabia, embora não pudesse evitar que sua cabeça —essa cabeça que passara meia vida treinada para desconfiar das mortes oportunas demais— começasse a fazer perguntas que ainda não tinham destinatário. Um homem de setenta e quatro anos, com problemas cardíacos conhecidos, que morre de emoção no exato momento de receber a maior honraria de sua vida: nada nessa descrição, disse a si mesmo, precisava ser motivo de suspeita. E, no entanto, algo na eficiência daquela morte, no modo perfeitamente encaixado em que se ajustava ao roteiro da cerimônia, deixou-lhe um gosto incômodo que ele não soube nomear de todo.

Já depois da meia-noite, no quarto de hóspedes da casa paroquial, com o povoado inteiro ainda desperto e comovido ao redor, Julio se permitiu apagar a luz e fechar os olhos.

O sono chegou devagar, como sempre chegam os sonhos que depois a gente não consegue recordar direito. Estava num lugar que não era Suncho Corral nem nenhum lugar conhecido: um galpão enorme, de paredes de adobe que se perdiam na escuridão, iluminado apenas por uma única lâmpada que pendia do teto, balançando sem que houvesse vento. No centro, uma figura sem rosto definido —não conseguia distinguir se era homem ou mulher, jovem ou velho— trabalhava sentada diante de um tear antigo, passando um fio branco de um lado para o outro com uma paciência que a Julio, mesmo dormindo, pareceu profundamente perturbadora.

Aproximou-se, ou acreditou se aproximar, porque nos sonhos a gente nunca sabe direito se caminha ou se o espaço simplesmente se acomoda ao redor de si. O tecido que a figura tecia tinha um padrão que Julio não conseguia decifrar de todo, embora algo dentro dele lhe dissesse que, se conseguisse vê-lo completo, iria reconhecer algo importante. Quando estava perto o bastante para tentar, a figura levantou a cabeça —sem rosto, apenas uma superfície lisa onde deveriam estar os olhos e a boca— e falou com ele com uma voz que não era grave nem aguda, mas estranhamente neutra:

—Ainda faltam fios, comissário. Mas já começou a se tecer sozinho.

Julio acordou de repente, o coração batendo com uma força que fazia anos não sentia, a camiseta encharcada, embora aquele suor dessa vez não tivesse nada a ver com o calor pesado que ainda se sentia no quarto passada a meia-noite. Ficou um longo tempo sentado na cama, no escuro, tentando se convencer de que não era mais que o cansaço da viagem, a impressão da morte repentina de um homem que mal conhecia, a cabeça lhe pregando uma peça depois de um dia tão carregado.

Não acendeu a luz. Não pegou o caderno. Ficou ali, quieto, escutando o silêncio pesado de um povoado que ainda não terminava de assimilar que tinha perdido, de um dia para o outro, um de seus filhos mais queridos.

Verso le quattro del pomeriggio, il cortile del Colegio Don Bosco di Suncho Corral era al completo. Avevano portato sedie dalla chiesa e da diverse case vicine, e ciononostante molti erano rimasti in piedi, stretti contro le pareti appena dipinte, sotto l'ombra corta degli algarrobos che crescevano agli angoli del terreno. Il sole picchiò quel pomeriggio con una forza che nessuno ricordava di aver sentito in tutto quel dicembre mansueto, come se l'estate avesse deciso, proprio quel giorno, di riscuotere in un colpo solo tutte le settimane di tregua. Più d'uno lo commentò a denti stretti, sventagliandosi con il programma della cerimonia, mentre le bandierine celesti e bianche pendevano immobili, senza un filo di brezza a muoverle.

Julio si sistemò accanto a Padre Suncho, nella seconda fila di sedie, con il taccuino riposto nella tasca interna della giacca per pura abitudine, sebbene non avesse alcuna intenzione di usarlo quel pomeriggio. Al suo fianco, Rosa Nieva de Corvalán si aggiustava il fazzoletto al collo continuamente, nervosa come ogni madre e moglie che sa che la sua famiglia sarà al centro della scena.

La cerimonia cominciò con l'alzabandiera e l'inno, cantato dagli alunni più piccoli con quella imperfezione affettuosa delle voci che ancora non sanno intonare del tutto. Vennero poi le parole del direttore, brevi e sentite, che ricordava i primi giorni della scuola in due aule prese in prestito. Un gruppo di bambini di quinta elementare ballò una chacarera che strappò applausi scroscianti, e Milagros Corvalán Nieva, dal lato del palco, dirigeva tutto con la cartellina sotto il braccio, controllando i tempi come una direttrice d'orchestra silenziosa.

E arrivò, finalmente, il momento che tutti aspettavano.

—E ora—disse il direttore, avvicinandosi al microfono con una targa tra le mani—, vogliamo fare un riconoscimento molto speciale a chi, dodici anni fa, credette in un sogno che molti consideravano impossibile. Senza la sua generosità, senza il suo impegno costante verso questa comunità, oggi non staremmo festeggiando nulla di tutto questo.

Herminio Corvalán Ibáñez si alzò in piedi tra applausi scroscianti, sistemandosi la giacca con un gesto quasi cerimoniale, e camminò verso il palco con il bastone che batteva piano contro il terreno battuto. Salì i due gradini con più energia di quanta i suoi settantaquattro anni lasciassero supporre, e ricevette la targa con entrambe le mani, tenendola sollevata un secondo di troppo, come se volesse che persino l'ultima persona in fondo potesse vederla bene.

—Questo paese mi ha dato tutto quello che ho—cominciò a dire, la voce ferma, quasi provata—. Il minimo che potessi fare era restituirgli un po' di...

Non finì la frase.

Julio vide, dal suo posto in seconda fila, come la mano destra di Herminio lasciasse cadere la targa—che cadde sul palco con un colpo secco che risuonò per tutto il cortile—e come l'altra mano si aggrappasse, quasi per istinto, al colletto della camicia, come chi cerca di allentare qualcosa che stringe da dentro. Il volto, fino a un secondo prima illuminato dalla soddisfazione dell'omaggio, si contrasse in una smorfia che non lasciava dubbi sul dolore.

—Herminio!—il grido di Rosa tagliò l'aria prima che chiunque altro potesse reagire.

Tutto quello che seguì accadde con quella miscela di lentezza e vertigine tipica dei momenti gravi: Fabricio che saltava oltre due file di sedie per arrivare al palco, il direttore che sosteneva Herminio prima che finisse di accasciarsi del tutto, Milagros che gridava il nome di qualcuno—un medico, un infermiere, chiunque sapesse qualcosa di primo soccorso—mentre la cartellina con il programma della cerimonia restava dimenticata a terra. Padre Suncho era già in piedi, facendosi largo tra la gente con quell'autorità silenziosa che solo gli anni di tonaca danno, mormorando qualcosa che suonava come i primi versi di una preghiera di unzione.

Julio rimase un istante fermo dov'era, non per indifferenza ma per il riflesso allenato di chi sa che in momenti simili la cosa migliore che può fare chi non ha un ruolo chiaro è non intralciare. Osservò, con quello sguardo che non finiva mai di spegnersi del tutto per quanto lui stesso ci provasse, come Herminio restasse disteso sul palco, la targa del riconoscimento a pochi centimetri dalla sua mano aperta, mentre un giovane medico rurale, di cognome Ibarra, che si trovava tra gli invitati, cercava, senza successo, di trovargli il polso.

Passarono appena dieci minuti tra la caduta e la certezza che ormai non c'era più nulla da fare. Dieci minuti che nella memoria di tutti i presenti sarebbero rimasti dilatati come un'ora intera.

La cerimonia che era cominciata come un festeggiamento finì con duecento persone ferme in silenzio nel cortile di una scuola, mentre qualcuno spegneva, con le mani tremanti, l'impianto audio che aveva ancora inserita, assurdamente, la musica della chacarera precedente.

Suncho accompagnò Rosa e i suoi figli nelle ore seguenti, tra l'arrivo del medico legale venuto da Quimilí a certificare il decesso, le prime condoglianze dell'intero paese che sfilava per la casa dei Corvalán, e le disposizioni affrettate per la veglia. Julio rimase nei paraggi, discreto, senza intervenire in nulla che non gli competesse, sebbene non potesse evitare che la sua testa—quella testa che aveva mezza vita di allenamento a diffidare delle morti troppo opportune—cominciasse a farsi domande che ancora non avevano un destinatario. Un uomo di settantaquattro anni, con problemi cardiaci noti, che muore d'emozione nel momento esatto in cui riceve il più grande onore della sua vita: niente in quella descrizione, si disse, doveva essere motivo di sospetto. Eppure, qualcosa nell'efficienza di quella morte, in quanto perfettamente calzava con il copione della cerimonia, gli lasciò un sapore sgradevole che non seppe nominare del tutto.

Solo passata la mezzanotte, ormai nella stanza degli ospiti della casa parrocchiale, con l'intero paese ancora sveglio e sconvolto attorno a lui, Julio si concesse di spegnere la luce e chiudere gli occhi.

Il sonno arrivò lentamente, come arrivano sempre i sogni che poi non si riescono a ricordare del tutto bene. Si trovava in un luogo che non era Suncho Corral né alcun posto conosciuto: un capannone enorme, dalle pareti di adobe che si perdevano nell'oscurità, illuminato appena da un'unica lampada che pendeva dal soffitto, oscillando senza che ci fosse vento. Al centro, una figura dal volto indefinito—non riusciva a distinguere se fosse uomo o donna, giovane o vecchio—lavorava seduta davanti a un telaio antico, facendo passare un filo bianco da un lato all'altro con una pazienza che a Julio risultò, persino dormendo, profondamente inquietante.

Si avvicinò, o credette di avvicinarsi, perché nei sogni non si sa mai bene se si cammina o se lo spazio semplicemente si sistema attorno a sé. Il tessuto che la figura tesseva aveva un disegno che Julio non riusciva a decifrare del tutto, sebbene qualcosa dentro di lui gli dicesse che se fosse riuscito a vederlo per intero avrebbe riconosciuto qualcosa di importante. Quando fu abbastanza vicino da provarci, la figura sollevò la testa—senza volto, appena una superficie liscia dove sarebbero dovuti esserci occhi e bocca—e gli parlò con una voce che non era né grave né acuta, ma stranamente neutra:

—Le mancano ancora fili, commissario. Ma ha già cominciato a tessersi da solo.

Julio si svegliò di colpo, il cuore che gli batteva con una forza che non sentiva da anni, la maglietta fradicia, sebbene quella sudorazione questa volta non avesse nulla a che vedere con il caldo pesante che si sentiva ancora nella stanza a mezzanotte passata. Rimase a lungo seduto sul letto, al buio, cercando di convincersi che non fosse altro che la stanchezza del viaggio, l'impressione della morte improvvisa di un uomo che conosceva appena, la testa che gli giocava un brutto scherzo dopo una giornata così carica.

Non accese la luce. Non tirò fuori il taccuino. Rimase lì, immobile, ad ascoltare il silenzio pesante di un paese che ancora non finiva di assimilare di aver perso, da un giorno all'altro, uno dei suoi figli più amati.

Vers seize heures, la cour du Colegio Don Bosco de Suncho Corral était pleine. On avait apporté des chaises de l'église et de plusieurs maisons voisines, et malgré cela beaucoup restèrent debout, serrés contre les murs fraîchement repeints, sous l'ombre courte des algarrobos qui poussaient aux coins du terrain. Le soleil tapa cet après-midi-là avec une force que personne ne se souvenait avoir ressentie durant tout ce mois de décembre si doux, comme si l'été avait décidé, ce jour-là précisément, de se rattraper d'un coup après toutes ces semaines de trêve. Plus d'un le fit remarquer entre ses dents, s'éventant avec le programme de la cérémonie, tandis que les petits drapeaux bleu ciel et blanc pendaient immobiles, sans le moindre souffle de vent pour les agiter.

Julio se plaça à côté du Père Suncho, au deuxième rang de chaises, le carnet rangé dans la poche intérieure de sa veste par pure habitude, bien qu'il n'eût aucune intention de s'en servir cet après-midi-là. À côté de lui, Rosa Nieva de Corvalán rajustait son foulard encore et encore, nerveuse comme toute mère et épouse qui sait que sa famille va être au centre de la scène.

La cérémonie commença par le lever du drapeau et l'hymne, chanté par les plus petits élèves avec cette maladresse attendrissante des voix qui ne savent pas encore tout à fait chanter juste. Vinrent ensuite les paroles du directeur, brèves et sincères, rappelant les premiers jours de l'école dans deux salles empruntées. Un groupe d'enfants de sixième année dansa une chacarera qui arracha des applaudissements nourris, et Milagros Corvalán Nieva, depuis le bord de la scène, dirigeait tout avec son dossier sous le bras, contrôlant le tempo comme une chef d'orchestre silencieuse.

Et arriva, enfin, le moment que tous attendaient.

—Et maintenant —dit le directeur, s'approchant du micro, une plaque entre les mains—, nous voulons rendre un hommage tout particulier à celui qui, il y a douze ans, a cru en un rêve que beaucoup jugeaient impossible. Sans sa générosité, sans son engagement constant envers cette communauté, nous ne serions pas en train de fêter tout cela aujourd'hui.

Herminio Corvalán Ibáñez se leva sous des applaudissements nourris, ajustant sa veste d'un geste presque cérémonial, et marcha vers la scène, sa canne frappant doucement le sol de terre battue. Il monta les deux marches avec plus d'énergie que ses soixante-quatorze ans ne le laissaient supposer, et reçut la plaque à deux mains, la tenant en l'air une seconde de trop, comme s'il voulait que même la dernière personne du fond puisse bien la voir.

—Ce village m'a donné tout ce que j'ai —commença-t-il à dire, la voix ferme, presque répétée. —Le moins que je puisse faire était de lui rendre un peu de...

Il ne termina pas sa phrase.

Julio vit, depuis sa place au deuxième rang, la main droite d'Herminio lâcher la plaque —qui tomba sur le sol de la scène avec un bruit sec qui résonna dans toute la cour— et l'autre main s'agripper, presque par instinct, au col de sa chemise, comme quelqu'un qui cherche à desserrer quelque chose qui étreint de l'intérieur. Le visage, illuminé une seconde plus tôt encore par la satisfaction de l'hommage, se contracta en une grimace qui ne laissait aucun doute sur la douleur.

—Herminio ! —le cri de Rosa fendit l'air avant que quiconque d'autre ne réagisse.

Tout ce qui suivit se déroula avec ce mélange de lenteur et de vertige propre aux moments graves : Fabricio sautant par-dessus deux rangées de chaises pour atteindre la scène, le directeur soutenant Herminio avant qu'il ne s'effondre tout à fait, Milagros criant le nom de quelqu'un —un médecin, un infirmier, n'importe qui qui s'y connaîtrait en premiers secours— tandis que le dossier avec le programme de la cérémonie restait oublié par terre. Le Père Suncho était déjà debout, se frayant un chemin parmi les gens avec cette autorité silencieuse que seules donnent des années de soutane, murmurant quelque chose qui ressemblait aux premiers versets d'une prière d'onction.

Julio resta un instant où il était, non par indifférence mais par le réflexe entraîné de celui qui sait que dans de tels moments, la meilleure chose que puisse faire quelqu'un sans fonction précise est de ne pas gêner. Il observa, de ce regard qui ne s'éteignait jamais tout à fait même quand lui-même essayait de l'éteindre, comment Herminio restait étendu sur la scène, la plaque de reconnaissance à quelques centimètres de sa main ouverte, tandis qu'un jeune médecin de campagne, du nom d'Ibarra, présent parmi les invités, tentait, sans succès, de lui trouver le pouls.

Il ne s'écoula que dix minutes entre la chute et la certitude qu'il n'y avait plus rien à faire. Dix minutes qui, dans la mémoire de tous les présents, allaient rester étirées comme une heure entière.

La cérémonie qui avait commencé comme une fête se termina avec deux cents personnes debout, silencieuses, dans la cour d'une école, tandis que quelqu'un éteignait, les mains tremblantes, la sono qui diffusait encore, absurdement, la musique de la chacarera précédente.

Suncho accompagna Rosa et ses enfants durant les heures qui suivirent, entre l'arrivée du médecin légiste venu de Quimilí pour constater le décès, les premières condoléances de tout le village défilant chez les Corvalán, et les arrangements hâtifs pour la veillée funèbre. Julio resta à proximité, discret, sans intervenir dans rien qui ne le regardait pas, bien qu'il ne pût empêcher sa tête —cette tête entraînée depuis une demi-vie à se méfier des morts trop opportunes— de commencer à se poser des questions qui n'avaient encore aucun destinataire. Un homme de soixante-quatorze ans, avec des problèmes cardiaques connus, qui meurt d'émotion au moment précis où il reçoit le plus grand honneur de sa vie : rien dans cette description, se dit-il, ne devait constituer un motif de soupçon. Et pourtant, quelque chose dans l'efficacité de cette mort, dans la manière parfaitement ajustée dont elle épousait le scénario de la cérémonie, lui laissa un arrière-goût désagréable qu'il ne sut pas tout à fait nommer.

Ce n'est que passé minuit, déjà dans la chambre d'amis de la maison paroissiale, avec le village entier encore éveillé et bouleversé autour de lui, que Julio se permit d'éteindre la lumière et de fermer les yeux.

Le sommeil vint lentement, comme viennent toujours les rêves dont on ne parvient plus tout à fait à se souvenir ensuite. Il se trouvait dans un endroit qui n'était ni Suncho Corral ni aucun lieu connu : un hangar immense, aux murs d'adobe qui se perdaient dans l'obscurité, à peine éclairé par une seule lampe suspendue au plafond, se balançant sans qu'il y ait de vent. Au centre, une silhouette au visage indéfini —il ne parvenait pas à distinguer si c'était un homme ou une femme, jeune ou vieux— travaillait assise devant un métier à tisser ancien, faisant passer un fil blanc d'un côté à l'autre avec une patience qui, même endormi, parut à Julio profondément troublante.

Il s'approcha, ou crut s'approcher, car dans les rêves on ne sait jamais bien si l'on marche ou si l'espace se réarrange simplement autour de soi. Le tissu que la silhouette tissait avait un motif que Julio ne parvenait pas tout à fait à déchiffrer, bien que quelque chose en lui lui disait que s'il parvenait à le voir en entier, il reconnaîtrait quelque chose d'important. Quand il fut assez proche pour essayer, la silhouette leva la tête —sans visage, à peine une surface lisse là où auraient dû se trouver des yeux et une bouche— et lui parla d'une voix qui n'était ni grave ni aiguë, mais étrangement neutre :

—Il manque encore des fils, commissaire. Mais ça a déjà commencé à se tisser tout seul.

Julio se réveilla en sursaut, le cœur battant avec une force qu'il n'avait pas ressentie depuis des années, le tee-shirt trempé, bien que cette transpiration n'eût cette fois rien à voir avec la chaleur lourde qui régnait encore dans la chambre passé minuit. Il resta un long moment assis sur le lit, dans le noir, essayant de se convaincre que ce n'était rien de plus que la fatigue du voyage, l'impression laissée par la mort soudaine d'un homme qu'il connaissait à peine, sa tête lui jouant un mauvais tour après une journée aussi chargée.

Il n'alluma pas la lumière. Il ne sortit pas le carnet. Il resta là, immobile, écoutant le silence pesant d'un village qui n'en finissait pas encore d'assimiler qu'il avait perdu, du jour au lendemain, l'un de ses fils les plus chers.

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Murió en el instante exacto de su mayor gloria, con la placa todavía tibia entre las manos. Si yo creyera en las casualidades, diría que la vida a veces tiene un sentido del drama que ni el mejor guionista se animaría a escribir. Pero hace mucho que dejé de creer del todo en las casualidades, sobre todo cuando llegan tan bien vestidas.

Y encima esto: un sueño que no sé de dónde salió, con un tejedor sin cara que me habla como si me conociera de antes. Nunca fui de soñar cosas así. Capaz que a los cincuenta y ocho años el cuerpo empieza a cobrarse todas las noches que uno no durmió pensando en los muertos de los demás.

Mañana empiezo a hacer preguntas, aunque nadie me las haya pedido. No por trabajo. Por la sensación fea que me dejó ese hombre feliz, cayéndose muerto en el mejor momento de su vida.

He died at the exact instant of his greatest glory, the plaque still warm in his hands. If I believed in coincidences, I'd say life sometimes has a sense of drama that not even the best screenwriter would dare put to paper. But I stopped believing in coincidences a long time ago, especially when they come so well dressed.

And on top of it, this: a dream I don't know where it came from, with a faceless weaver who speaks to me as if he already knew me. I was never one for dreams like that. Maybe at fifty-eight the body starts collecting on all the nights one didn't sleep, lying awake thinking about other people's dead.

Tomorrow I start asking questions, even if no one's asked me to. Not for work. For the ugly feeling that happy man left me with, falling down dead at the best moment of his life.

Morreu no instante exato de sua maior glória, com a placa ainda morna entre as mãos. Se eu acreditasse em coincidências, diria que a vida às vezes tem um senso de drama que nem o melhor roteirista se animaria a escrever. Mas faz muito tempo que deixei de acreditar de todo em coincidências, sobretudo quando chegam tão bem vestidas.

E ainda por cima isto: um sonho que não sei de onde saiu, com um tecelão sem rosto que fala comigo como se me conhecesse de antes. Nunca fui de sonhar coisas assim. Deve ser que aos cinquenta e oito anos o corpo começa a cobrar todas as noites que a gente não dormiu pensando nos mortos dos outros.

Amanhã começo a fazer perguntas, mesmo que ninguém as tenha pedido. Não por trabalho. Pela sensação ruim que me deixou aquele homem feliz, caindo morto no melhor momento de sua vida.

Morto nell'istante esatto della sua massima gloria, con la targa ancora tiepida tra le mani. Se credessi nelle coincidenze, direi che la vita a volte ha un senso del dramma che nemmeno il miglior sceneggiatore oserebbe scrivere. Ma è da tempo che ho smesso di credere del tutto nelle coincidenze, soprattutto quando arrivano così ben vestite.

E per giunta questo: un sogno che non so da dove sia venuto, con un tessitore senza volto che mi parla come se mi conoscesse da prima. Non sono mai stato uno che sogna cose così. Sarà che a cinquantotto anni il corpo comincia a farsi pagare tutte le notti che uno non ha dormito pensando ai morti degli altri.

Domani comincio a fare domande, anche se nessuno me le ha chieste. Non per lavoro. Per la sensazione brutta che mi ha lasciato quell'uomo felice, che cade morto nel momento migliore della sua vita.

Il est mort à l'instant exact de sa plus grande gloire, la plaque encore tiède entre les mains. Si je croyais aux hasards, je dirais que la vie a parfois un sens du drame qu'aucun scénariste, même le meilleur, n'oserait écrire. Mais cela fait longtemps que j'ai cessé de croire tout à fait aux hasards, surtout quand ils arrivent si bien habillés.

Et en plus ceci : un rêve dont je ne sais d'où il est sorti, avec un tisserand sans visage qui me parle comme s'il me connaissait depuis toujours. Je n'ai jamais été du genre à faire des rêves pareils. Peut-être qu'à cinquante-huit ans le corps commence à réclamer son dû pour toutes les nuits où l'on n'a pas dormi en pensant aux morts des autres.

Demain, je commence à poser des questions, même si personne ne me les a demandées. Pas pour le travail. Pour la sensation désagréable que m'a laissée cet homme heureux, tombant mort au meilleur moment de sa vie.

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Tapa: El sepulcro más blanco

El sepulcro más blanco

Saga Julio Morosini · Libro 3

«Relatos donde los vínculos humanos tienen la última palabra

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