Capítulo 01
La invitaciónThe InvitationO conviteL'invitoL'invitation
El teléfono sonó dos veces y se cortó antes de que Julio Morosini llegara a atenderlo. Era la señal de siempre. A los pocos segundos volvió a sonar, y esta vez sí levantó el auricular con el escarbadientes todavía entre los dientes, la mirada perdida en la ventana del living, donde el sol de la mañana apenas empezaba a calentar los vidrios.
—Decime que no me vas a hacer viajar para morirme de calor en Santiago en pleno diciembre —dijo, sin saludar, apenas reconoció el silencio cálido y pausado del otro lado.
—El calor acá te va a curtir el cuero, Julio. Para eso están la siesta y la sombra del algarrobo —contestó el Padre Suncho, con esa risa corta y contenida que usaba para las bromas que en el fondo no eran bromas del todo.
Hacía casi un año que no se veían en persona. Las llamadas habían sido frecuentes —como siempre entre ellos, aun en las épocas más ocupadas de cada uno—, pero la vida los había mantenido lejos: Suncho, entre la parroquia y la escuela que había levantado con años de trabajo paciente; Julio, yendo de provincia en provincia detrás de casos que la policía formal ya daba por cerrados y que alguien, en algún juzgado o en alguna comisaría del interior, insistía en reabrir con su ayuda.
—Te llamo por algo lindo, para variar —siguió Suncho—. Dentro de diez días cumplimos doce años del colegio, y encima egresa la primera promoción, los chicos que arrancaron con nosotros el primer día, cuando todavía dábamos clase en dos aulas prestadas. Vamos a hacer un acto como corresponde, con toda la comunidad, con la gente que ayudó a levantarlo piedra por piedra. Y quiero que estés.
—¿Como invitado, o como algo más? —preguntó Julio, ya con la sospecha de siempre. Con Suncho nunca se sabía del todo si lo llamaban para un asado o para un problema.
—Como invitado, Julio. Nada más que eso. Por una vez, dejame convencerte de que no todo lo que te propongo termina con un cadáver de por medio.
Los dos se rieron, aunque en la risa de Julio había un fondo de cansancio que Suncho, del otro lado de la línea, no pudo ver pero sí intuyó. Hacía meses que Julio no paraba. Estancias, pueblos, colegios, comisarías de paso: la vida de consultor itinerante tenía esa trampa silenciosa de no dejarlo nunca del todo quieto.
—Dale. Voy —dijo finalmente—. Aunque más no sea para tomarme unos mates con vos como la gente, sin que se nos muera nadie en el medio.
Faltaban diez días para el acto, y Julio los pasó en Buenos Aires cerrando un par de changas pendientes antes de poder viajar tranquilo. Recién la mañana del doce de diciembre, cuando por fin salía rumbo a Santiago del Estero, mientras terminaba de armar la valija de siempre —la que nunca guardaba del todo en el placard, vestigio de una vida itinerante que no le daba tregua—, se permitió pensar que por una vez el viaje no tendría el peso de una investigación previa, ni la ansiedad de un caso que otros ya habían embarrado antes de llamarlo. Sería, se dijo, casi unas vacaciones.
Empezó a guardar la ropa con el mismo método metódico de siempre: primero lo esencial, después lo que podía llegar a necesitar y probablemente no usaría. La libreta de tapa dura fue lo primero que entró en el bolso de mano, junto con la yerbera y el termo. Nunca viajaba sin eso, ni siquiera cuando el viaje era, en teoría, solo para festejar.
Fue recién al salir, ya con la valija cerrada y las llaves en la mano, cuando la vio.
Un sobre blanco, sin membrete, apoyado contra la puerta de entrada, en el escalón exterior. No había sello, no había remitente, no había nada que indicara cómo había llegado hasta ahí. Julio miró hacia la calle —vacía, con el sol de la mañana pegando de costado sobre los frentes de las casas vecinas— y no vio a nadie que pudiera haberlo dejado.
Lo abrió ahí mismo, parado en la vereda, con la valija todavía en la otra mano.
Adentro había una sola hoja, escrita a máquina, sin firma:
"Hay caminos que uno empieza a recorrer sin darse cuenta de que ya arrancaron. El suyo, comisario, arrancó hace rato, aunque usted todavía no lo sepa. Prepare el alma, no solo la valija: lo que viene no se parece a nada de lo que ha visto hasta ahora. Sepa que hay quien lo observa con más atención de la que usted cree, y que lo respeta más de lo que se imagina."
Julio leyó la nota dos veces. Miró de nuevo la calle, esperando encontrar algún indicio, algún vecino que pudiera haber visto a alguien acercarse. Nada. Pensó, por un segundo, en llamar a algún colega para consultarlo, pero enseguida descartó la idea. No había amenaza explícita, ni pedido de dinero, ni nombre propio al que pudiera atarlo. Podía ser una broma pesada de algún conocido —tenía varios con ese tipo de humor negro—, o el exceso de imaginación de alguien que lo había reconocido de alguna nota periodística sobre alguno de sus casos anteriores. En los últimos años, su nombre había circulado más de lo que a él le gustaba en los diarios provinciales.
La guardó en el bolsillo interno del saco, con la intención de mostrársela más tarde a algún amigo para reírse juntos del asunto, y se olvidó de ella con la misma facilidad con la que uno olvida un anuncio publicitario mal escrito. Tenía un viaje por delante, un amigo esperándolo, y una excusa perfecta para no pensar, por una vez, en nada que oliera a crimen.
El viaje hasta Suncho Corral le llevó buena parte del día. Primero el micro hasta Santiago del Estero capital, después un tramo más corto en auto que le consiguió el propio Suncho a través de un conocido del pueblo. El paisaje fue cambiando de a poco: el verde parejo de la llanura bonaerense dando lugar al monte santiagueño, bajo y espinoso, con el quebracho y el algarrobo marcando el horizonte cada tanto, y esa tierra colorada que se le pegaba a los zapatos apenas bajaba del vehículo en cualquier parada.
Suncho Corral lo recibió con el mismo aire de siempre: calles de tierra prolijamente barridas, casas bajas de adobe y ladrillo visto, la plaza central con su iglesia de paredes gruesas y campanario blanco, y esa quietud particular de los pueblos chicos donde todos saben, más o menos, en qué anda el vecino. El colegio, un poco más allá del centro, se veía distinto a como Julio lo recordaba de su única visita anterior, años atrás: un ala nueva, de ladrillo a la vista y techos altos, se sumaba a la construcción original más humilde.
Lo único que le llamó la atención, apenas bajó del auto, fue el clima. Esperaba el bochorno seco y sofocante que Suncho le había prometido por teléfono, y en cambio lo recibió una tarde templada, casi mansa, con una brisa pareja que no era propia de un diciembre santiagueño. Se lo comentó al mismo Suncho, y este, mirando el cielo con una media sonrisa, le contestó que hacía semanas que los viejos del pueblo andaban diciendo que ese diciembre era distinto a todos los que recordaban, como si el verano se hubiera olvidado de mostrar los dientes.
El Padre Suncho lo esperaba en la puerta de la parroquia, con la sotana ya puesta y los brazos abiertos antes de que Julio terminara de bajar del auto.
—Mirá lo que trajo el viento de Buenos Aires —dijo, abrazándolo con esa fuerza contenida que tenía, la misma de siempre desde que eran chicos en el Colegio Don Jaime.
—El viento y el escarbadientes, que no lo dejo ni en vacaciones —contestó Julio, palmeándole la espalda.
Caminaron juntos hacia la casa parroquial, charlando de nada en particular —el clima, el estado de las rutas, alguna anécdota vieja de Bella Vista que ya habían contado mil veces y que sin embargo seguía haciéndolos reír—, mientras el sol empezaba a bajar detrás del monte y las primeras luces del pueblo se encendían una por una.
Fue recién esa noche, ya instalado en el cuarto de huéspedes que Suncho le había preparado, cuando Julio volvió a acordarse de la nota. La sacó del bolsillo del saco, la releyó a la luz del velador, y esta vez sí sintió algo distinto: no miedo, todavía no, pero sí una incomodidad difusa, la sensación de estar leyendo algo que decía más de lo que parecía decir a simple vista.
La guardó entre las páginas de su libreta de tapa dura, en la sección donde solía anotar frases sueltas de sospechosos, sin saber todavía por qué la clasificaba ahí, junto a palabras de gente que mentía.
Afuera, el pueblo dormía tranquilo, ajeno a que en menos de cuarenta y ocho horas uno de sus hijos más queridos y respetados iba a morir frente a todos, en el momento exacto de su mayor gloria pública.
The phone rang twice and cut off before Julio Morosini could reach it. It was the usual signal. A few seconds later it rang again, and this time he did pick up the receiver, toothpick still between his teeth, his gaze lost somewhere out the living room window, where the morning sun was just beginning to warm the glass.
"Tell me you're not making me travel to roast in Santiago in the middle of December," he said, skipping the hello, the moment he recognized the warm, unhurried silence on the other end.
"The heat down here will cure your hide, Julio. That's what siestas and the shade of the algarrobo are for," answered Father Suncho, with that short, contained laugh he used for jokes that, deep down, weren't jokes at all.
It had been almost a year since they'd seen each other in person. The calls had been frequent — as always between them, even in each other's busiest stretches — but life had kept them apart: Suncho, between the parish and the school he'd built up through years of patient work; Julio, going from province to province chasing cases the official police had already closed, that someone in some courthouse or small-town station insisted on reopening with his help.
"I'm calling about something nice, for once," Suncho went on. "In ten days we'll mark twelve years of the school, and on top of that, the first graduating class is finishing — the kids who started with us on day one, back when we were still teaching in two borrowed classrooms. We're going to put on a proper ceremony, with the whole community, with the people who helped raise it stone by stone. And I want you there."
"As a guest, or as something more?" Julio asked, already with his usual suspicion. With Suncho you never quite knew if you were being called for a barbecue or a problem.
"As a guest, Julio. Nothing more than that. For once, let me convince you that not everything I propose ends with a body in the middle of it."
They both laughed, though in Julio's laugh there was an undertone of tiredness that Suncho, on the other end of the line, couldn't see but somehow sensed anyway. Julio hadn't stopped in months. Ranches, small towns, schools, way-station police posts: the life of a traveling consultant had that quiet trap of never leaving him fully still.
"All right. I'll go," he said finally. "If nothing else, to have some proper mate with you for once, without anybody dying in the middle of it."
Ten days remained before the ceremony, and Julio spent them in Buenos Aires wrapping up a couple of pending odd jobs before he could travel with an easy mind. It wasn't until the morning of December twelfth, as he finally set out for Santiago del Estero, finishing packing his usual suitcase — the one he never fully put away in the closet, a relic of a traveling life that gave him no rest — that he allowed himself to think that, for once, the trip wouldn't carry the weight of a prior investigation, nor the anxiety of a case others had already muddied before calling him in. It would be, he told himself, almost a vacation.
He began packing his clothes with the same methodical routine as always: first the essentials, then what he might need and probably wouldn't use. The hardbound notebook was the first thing to go into the carry bag, along with the yerba tin and the thermos. He never traveled without those, not even when the trip was, in theory, only for celebrating.
It was only on his way out, suitcase already closed and keys in hand, that he saw it.
A white envelope, no letterhead, leaning against the front door, on the outside step. No stamp, no return address, nothing to indicate how it had gotten there. Julio looked out at the street — empty, the morning sun hitting the fronts of the neighboring houses at a slant — and saw no one who could have left it.
He opened it right there, standing on the sidewalk, suitcase still in his other hand.
Inside was a single sheet, typewritten, unsigned:
"There are roads a man starts walking without realizing they've already begun. Yours, Commissioner, began a while back, though you don't know it yet. Prepare your soul, not just your suitcase: what's coming is like nothing you've seen before. Know that someone is watching you more closely than you think, and respects you more than you imagine."
Julio read the note twice. He looked at the street again, hoping to find some clue, some neighbor who might have seen someone approach. Nothing. For a second he thought of calling a colleague to ask about it, but quickly dismissed the idea. There was no explicit threat, no demand for money, no proper name he could tie it to. It could be a heavy-handed joke from some acquaintance — he had a few with that kind of dark humor — or the overactive imagination of someone who'd recognized him from some newspaper piece about one of his past cases. In recent years his name had circulated more than he liked in the provincial papers.
He tucked it into his jacket's inside pocket, meaning to show it to some friend later so they could laugh about it together, and forgot about it as easily as one forgets a poorly written advertisement. He had a trip ahead of him, a friend waiting for him, and the perfect excuse not to think, for once, about anything that smelled like crime.
The trip to Suncho Corral took up most of the day. First the bus to the city of Santiago del Estero, then a shorter stretch by car that Suncho himself had arranged through an acquaintance from town. The landscape changed little by little: the even green of the Buenos Aires plain giving way to the Santiago scrubland, low and thorny, quebracho and algarrobo trees marking the horizon here and there, and that red earth that clung to his shoes the moment he stepped out of the vehicle at any stop.
Suncho Corral received him with its same old air: dirt streets neatly swept, low houses of adobe and exposed brick, the central plaza with its thick-walled church and white bell tower, and that particular stillness of small towns where everyone knows, more or less, what the neighbor is up to. The school, a little past the center, looked different from how Julio remembered it from his one previous visit, years back: a new wing, of exposed brick and high ceilings, had been added to the original, humbler building.
The only thing that caught his attention, the moment he stepped out of the car, was the weather. He'd expected the dry, stifling swelter Suncho had promised him on the phone, and instead found a mild afternoon, almost gentle, with an even breeze that wasn't typical of a Santiago December. He mentioned it to Suncho, who, looking up at the sky with a half-smile, told him that for weeks now the old-timers in town had been saying this December was different from any they remembered, as if summer had forgotten to bare its teeth.
Father Suncho was waiting for him at the parish door, cassock already on, arms open before Julio had even finished getting out of the car.
"Look what the wind blew in from Buenos Aires," he said, hugging him with that contained strength he'd always had, the same since they were boys at Colegio Don Jaime.
"The wind, and the toothpick — I don't put it down even on vacation," Julio answered, patting his back.
They walked together toward the parish house, talking about nothing in particular — the weather, the state of the roads, some old story from Bella Vista they'd already told a thousand times and that still made them laugh — while the sun began to sink behind the scrubland and the town's first lights came on one by one.
It was only that night, already settled into the guest room Suncho had prepared for him, that Julio thought of the note again. He took it out of his jacket pocket, reread it by the bedside lamp, and this time he did feel something different: not fear, not yet, but a diffuse unease, the sense of reading something that said more than it appeared to say at first glance.
He tucked it between the pages of his hardbound notebook, in the section where he usually jotted down stray phrases from suspects, not yet knowing why he filed it there, alongside the words of people who lied.
Outside, the town slept peacefully, unaware that in less than forty-eight hours one of its most beloved and respected sons would die in front of everyone, at the exact moment of his greatest public glory.
O telefone tocou duas vezes e parou antes de que Julio Morosini chegasse a atendê-lo. Era o sinal de sempre. Poucos segundos depois voltou a tocar, e dessa vez sim levantou o fone com o palito de dente ainda entre os dentes, o olhar perdido na janela da sala, onde o sol da manhã mal começava a esquentar os vidros.
—Me diz que você não vai me fazer viajar para morrer de calor em Santiago em pleno dezembro —disse, sem cumprimentar, mal reconheceu o silêncio cálido e pausado do outro lado.
—O calor aí vai te curtir o couro, Julio. Para isso existem a sesta e a sombra do algarrobo —respondeu o Padre Suncho, com aquela risada curta e contida que usava para as piadas que, no fundo, não eram piadas de todo.
Fazia quase um ano que não se viam pessoalmente. As ligações tinham sido frequentes —como sempre entre eles, mesmo nas épocas mais ocupadas de cada um—, mas a vida os tinha mantido longe: Suncho, entre a paróquia e a escola que tinha erguido com anos de trabalho paciente; Julio, indo de província em província atrás de casos que a polícia formal já dava por encerrados e que alguém, em algum tribunal ou em alguma delegacia do interior, insistia em reabrir com a ajuda dele.
—Te ligo por algo bom, para variar —continuou Suncho—. Daqui a dez dias fazemos doze anos de colégio, e ainda por cima se forma a primeira turma, os garotos que começaram conosco no primeiro dia, quando ainda dávamos aula em duas salas emprestadas. Vamos fazer uma cerimônia como deve ser, com toda a comunidade, com a gente que ajudou a erguê-lo pedra por pedra. E quero que você esteja lá.
—Como convidado, ou como algo mais? —perguntou Julio, já com a desconfiança de sempre. Com Suncho nunca se sabia ao certo se o chamavam para um churrasco ou para um problema.
—Como convidado, Julio. Nada mais que isso. Por uma vez, deixa eu te convencer de que nem tudo que eu proponho termina com um cadáver no meio.
Os dois riram, embora na risada de Julio houvesse um fundo de cansaço que Suncho, do outro lado da linha, não pôde ver, mas intuiu. Fazia meses que Julio não parava. Estâncias, povoados, colégios, delegacias de passagem: a vida de consultor itinerante tinha essa armadilha silenciosa de nunca deixá-lo totalmente quieto.
—Combinado. Vou —disse por fim—. Ainda que seja só para tomar uns mates com você como gente, sem que ninguém morra no meio do caminho.
Faltavam dez dias para a cerimônia, e Julio os passou em Buenos Aires fechando alguns bicos pendentes antes de poder viajar tranquilo. Só na manhã do doze de dezembro, quando finalmente saía rumo a Santiago del Estero, enquanto terminava de arrumar a mala de sempre —aquela que nunca guardava de vez no armário, vestígio de uma vida itinerante que não lhe dava trégua—, permitiu-se pensar que, por uma vez, a viagem não teria o peso de uma investigação prévia, nem a ansiedade de um caso que outros já tinham atrapalhado antes de chamá-lo. Seria, disse a si mesmo, quase umas férias.
Começou a guardar a roupa com o mesmo método de sempre: primeiro o essencial, depois o que podia vir a precisar e provavelmente não usaria. O caderno de capa dura foi a primeira coisa a entrar na bolsa de mão, junto com a cuia de erva-mate e a garrafa térmica. Nunca viajava sem isso, nem mesmo quando a viagem era, em tese, só para comemorar.
Foi já na saída, com a mala fechada e as chaves na mão, que a viu.
Um envelope branco, sem timbre, encostado na porta de entrada, no degrau externo. Não havia selo, não havia remetente, não havia nada que indicasse como tinha chegado até ali. Julio olhou para a rua —vazia, com o sol da manhã batendo de lado nas fachadas das casas vizinhas— e não viu ninguém que pudesse tê-lo deixado.
Abriu-o ali mesmo, parado na calçada, com a mala ainda na outra mão.
Dentro havia uma única folha, escrita à máquina, sem assinatura:
"Há caminhos que a gente começa a percorrer sem perceber que já partiram. O seu, comissário, partiu faz tempo, embora o senhor ainda não saiba. Prepare a alma, não só a mala: o que vem por aí não se parece com nada do que viu até agora. Saiba que há quem o observa com mais atenção do que o senhor pensa, e que o respeita mais do que imagina."
Julio leu o bilhete duas vezes. Olhou de novo para a rua, esperando encontrar algum indício, algum vizinho que pudesse ter visto alguém se aproximar. Nada. Pensou, por um segundo, em ligar para algum colega para consultá-lo, mas logo descartou a ideia. Não havia ameaça explícita, nem pedido de dinheiro, nem nome próprio ao qual pudesse atá-la. Podia ser uma brincadeira pesada de algum conhecido —tinha vários com esse tipo de humor negro—, ou o excesso de imaginação de alguém que o tinha reconhecido de alguma matéria de jornal sobre algum de seus casos anteriores. Nos últimos anos, seu nome tinha circulado mais do que gostaria nos jornais provinciais.
Guardou-o no bolso interno do paletó, com a intenção de mostrá-lo mais tarde a algum amigo para rirem juntos do assunto, e esqueceu-se dele com a mesma facilidade com que se esquece um anúncio publicitário mal escrito. Tinha uma viagem pela frente, um amigo esperando por ele, e uma desculpa perfeita para não pensar, por uma vez, em nada que cheirasse a crime.
A viagem até Suncho Corral levou boa parte do dia. Primeiro o ônibus até a capital de Santiago del Estero, depois um trecho mais curto de carro que o próprio Suncho conseguiu através de um conhecido do povoado. A paisagem foi mudando aos poucos: o verde uniforme da planície bonaerense dando lugar ao mato santiagueño, baixo e espinhoso, com o quebracho e o algarrobo marcando o horizonte de vez em quando, e aquela terra vermelha que grudava nos sapatos assim que descia do veículo em qualquer parada.
Suncho Corral o recebeu com o mesmo ar de sempre: ruas de terra caprichosamente varridas, casas baixas de adobe e tijolo aparente, a praça central com sua igreja de paredes grossas e campanário branco, e aquela quietude particular dos povoados pequenos onde todos sabem, mais ou menos, no que anda o vizinho. O colégio, um pouco além do centro, parecia diferente de como Julio o recordava de sua única visita anterior, anos atrás: uma ala nova, de tijolo aparente e tetos altos, se somava à construção original mais humilde.
A única coisa que lhe chamou a atenção, assim que desceu do carro, foi o clima. Esperava o calor seco e sufocante que Suncho tinha prometido por telefone, e em vez disso recebeu-o uma tarde amena, quase mansa, com uma brisa constante que não era própria de um dezembro santiagueño. Comentou isso com o próprio Suncho, e este, olhando para o céu com um meio sorriso, respondeu que fazia semanas que os velhos do povoado andavam dizendo que aquele dezembro era diferente de todos os que se lembravam, como se o verão tivesse se esquecido de mostrar os dentes.
O Padre Suncho o esperava na porta da paróquia, com a batina já vestida e os braços abertos antes mesmo de Julio terminar de descer do carro.
—Olha o que o vento de Buenos Aires trouxe —disse, abraçando-o com aquela força contida que tinha, a mesma de sempre desde que eram garotos no Colégio Don Jaime.
—O vento e o palito de dente, que não largo nem nas férias —respondeu Julio, batendo-lhe nas costas.
Caminharam juntos até a casa paroquial, conversando sobre nada em particular —o clima, o estado das estradas, alguma história antiga de Bella Vista que já tinham contado mil vezes e que, mesmo assim, continuava fazendo-os rir—, enquanto o sol começava a baixar atrás do mato e as primeiras luzes do povoado se acendiam uma a uma.
Foi só naquela noite, já instalado no quarto de hóspedes que Suncho tinha preparado para ele, que Julio voltou a se lembrar do bilhete. Tirou-o do bolso do paletó, releu-o à luz do abajur, e dessa vez sentiu algo diferente: não medo, ainda não, mas um desconforto difuso, a sensação de estar lendo algo que dizia mais do que parecia dizer à primeira vista.
Guardou-o entre as páginas de seu caderno de capa dura, na seção onde costumava anotar frases soltas de suspeitos, sem saber ainda por que o classificava ali, junto a palavras de gente que mentia.
Lá fora, o povoado dormia tranquilo, alheio a que em menos de quarenta e oito horas um de seus filhos mais queridos e respeitados iria morrer diante de todos, no momento exato de sua maior glória pública.
Il telefono squillò due volte e si interruppe prima che Julio Morosini riuscisse a rispondere. Era il segnale di sempre. Pochi secondi dopo tornò a squillare, e questa volta sì sollevò la cornetta con lo stuzzicadenti ancora tra i denti, lo sguardo perso nella finestra del salotto, dove il sole del mattino cominciava appena a scaldare i vetri.
—Dimmi che non mi farai viaggiare per morire di caldo a Santiago in pieno dicembre—disse, senza salutare, non appena riconobbe il silenzio caldo e pacato dall'altra parte.
—Il caldo qui ti concerà la pelle, Julio. Per quello ci sono la siesta e l'ombra dell'algarrobo—rispose Padre Suncho, con quella risata breve e trattenuta che usava per gli scherzi che in fondo non erano scherzi del tutto.
Era quasi un anno che non si vedevano di persona. Le telefonate erano state frequenti—come sempre tra loro, anche nei periodi più impegnati di ciascuno—ma la vita li aveva tenuti lontani: Suncho, tra la parrocchia e la scuola che aveva costruito con anni di lavoro paziente; Julio, andando di provincia in provincia dietro a casi che la polizia ufficiale ormai dava per chiusi e che qualcuno, in qualche tribunale o in qualche commissariato dell'interno, insisteva a riaprire con il suo aiuto.
—Ti chiamo per qualcosa di bello, per cambiare—proseguì Suncho—. Tra dieci giorni compiamo dodici anni di scuola, e per giunta si diploma la prima promozione, i ragazzi che hanno cominciato con noi il primo giorno, quando ancora facevamo lezione in due aule prese in prestito. Faremo una cerimonia come si deve, con tutta la comunità, con la gente che ha aiutato a costruirla pietra su pietra. E voglio che tu ci sia.
—Come ospite, o come qualcos'altro?—chiese Julio, già con il solito sospetto. Con Suncho non si sapeva mai del tutto se lo chiamavano per un asado o per un problema.
—Come ospite, Julio. Niente di più. Per una volta, lasciami convincerti che non tutto quello che ti propongo finisce con un cadavere di mezzo.
Risero entrambi, anche se nella risata di Julio c'era un fondo di stanchezza che Suncho, dall'altra parte della linea, non poteva vedere ma intuì. Erano mesi che Julio non si fermava. Estancias, paesi, scuole, commissariati di passaggio: la vita da consulente itinerante aveva quella trappola silenziosa di non lasciarlo mai del tutto fermo.
—Va bene. Vengo—disse infine—. Anche solo per bermi qualche mate con te come si deve, senza che ci muoia nessuno nel mezzo.
Mancavano dieci giorni alla cerimonia, e Julio li trascorse a Buenos Aires chiudendo un paio di lavoretti in sospeso prima di poter viaggiare tranquillo. Solo la mattina del dodici dicembre, quando finalmente partiva verso Santiago del Estero, mentre finiva di preparare la solita valigia—quella che non riponeva mai del tutto nell'armadio, vestigio di una vita itinerante che non gli dava tregua—si permise di pensare che per una volta il viaggio non avrebbe avuto il peso di un'indagine precedente, né l'ansia di un caso che altri avevano già ingarbugliato prima di chiamarlo. Sarebbe stata, si disse, quasi una vacanza.
Cominciò a mettere i vestiti con lo stesso metodo meticoloso di sempre: prima l'essenziale, poi quello che avrebbe potuto servirgli e probabilmente non avrebbe usato. Il taccuino dalla copertina rigida fu la prima cosa a entrare nella borsa a mano, insieme alla yerbera e al termos. Non viaggiava mai senza quello, nemmeno quando il viaggio era, in teoria, solo per festeggiare.
Fu proprio mentre usciva, con la valigia già chiusa e le chiavi in mano, che la vide.
Una busta bianca, senza intestazione, appoggiata contro la porta d'ingresso, sul gradino esterno. Non c'era francobollo, non c'era mittente, non c'era nulla che indicasse come fosse arrivata fin lì. Julio guardò verso la strada—vuota, con il sole del mattino che batteva di taglio sulle facciate delle case vicine—e non vide nessuno che potesse averla lasciata.
La aprì lì stesso, in piedi sul marciapiede, con la valigia ancora nell'altra mano.
Dentro c'era un solo foglio, scritto a macchina, senza firma:
"Ci sono strade che uno comincia a percorrere senza accorgersi che sono già partite. La sua, commissario, è partita da un pezzo, anche se lei ancora non lo sa. Prepari l'anima, non solo la valigia: ciò che viene non assomiglia a nulla di quanto ha visto finora. Sappia che c'è chi la osserva con più attenzione di quanto lei creda, e che la rispetta più di quanto immagini."
Julio lesse la nota due volte. Guardò di nuovo la strada, sperando di trovare qualche indizio, qualche vicino che potesse aver visto qualcuno avvicinarsi. Niente. Pensò, per un secondo, di chiamare qualche collega per consultarlo, ma scartò subito l'idea. Non c'era minaccia esplicita, né richiesta di denaro, né nome proprio a cui potesse ricollegarla. Poteva essere uno scherzo pesante di qualche conoscente—ne aveva diversi con quel tipo di umorismo nero—o l'eccesso di immaginazione di qualcuno che lo aveva riconosciuto da qualche articolo giornalistico su uno dei suoi casi precedenti. Negli ultimi anni, il suo nome era circolato più di quanto gli piacesse sui giornali provinciali.
La mise nella tasca interna della giacca, con l'intenzione di mostrarla più tardi a qualche amico per riderne insieme, e se ne dimenticò con la stessa facilità con cui si dimentica un annuncio pubblicitario scritto male. Aveva un viaggio davanti, un amico che lo aspettava, e una scusa perfetta per non pensare, per una volta, a niente che sapesse di crimine.
Il viaggio fino a Suncho Corral gli portò via buona parte della giornata. Prima il pullman fino a Santiago del Estero capitale, poi un tratto più breve in auto che lo stesso Suncho gli procurò tramite un conoscente del paese. Il paesaggio cambiò a poco a poco: il verde uniforme della pianura di Buenos Aires che lasciava spazio al monte santiagueño, basso e spinoso, con il quebracho e l'algarrobo a segnare l'orizzonte di tanto in tanto, e quella terra rossastra che gli si attaccava alle scarpe non appena scendeva dal veicolo a ogni sosta.
Suncho Corral lo accolse con la stessa aria di sempre: strade di terra spazzate con cura, case basse di adobe e mattoni a vista, la piazza centrale con la sua chiesa dalle pareti spesse e il campanile bianco, e quella particolare quiete dei paesi piccoli dove tutti sanno, più o meno, cosa combina il vicino. La scuola, un po' più in là del centro, appariva diversa da come Julio la ricordava dalla sua unica visita precedente, anni prima: un'ala nuova, in mattoni a vista e soffitti alti, si aggiungeva alla costruzione originale più modesta.
L'unica cosa che gli fece impressione, appena sceso dall'auto, fu il clima. Si aspettava l'afa secca e soffocante che Suncho gli aveva promesso al telefono, e invece lo accolse un pomeriggio mite, quasi mansueto, con una brezza costante che non era propria di un dicembre santiagueño. Lo fece notare allo stesso Suncho, il quale, guardando il cielo con un mezzo sorriso, gli rispose che da settimane i vecchi del paese andavano dicendo che quel dicembre era diverso da tutti quelli che ricordavano, come se l'estate si fosse dimenticata di mostrare i denti.
Padre Suncho lo aspettava sulla porta della parrocchia, con la tonaca già indosso e le braccia aperte prima ancora che Julio finisse di scendere dall'auto.
—Guarda cosa ha portato il vento da Buenos Aires—disse, abbracciandolo con quella forza trattenuta che aveva, la stessa di sempre da quando erano ragazzi al Colegio Don Jaime.
—Il vento e lo stuzzicadenti, che non lascio nemmeno in vacanza—rispose Julio, dandogli una pacca sulla schiena.
Camminarono insieme verso la casa parrocchiale, chiacchierando di nulla in particolare—il clima, lo stato delle strade, qualche vecchio aneddoto di Bella Vista già raccontato mille volte e che tuttavia continuava a farli ridere—mentre il sole cominciava a calare dietro il monte e le prime luci del paese si accendevano una a una.
Fu solo quella notte, ormai sistemato nella stanza degli ospiti che Suncho gli aveva preparato, che Julio tornò a ricordarsi della nota. La tirò fuori dalla tasca della giacca, la rilesse alla luce dell'abat-jour, e questa volta sì sentì qualcosa di diverso: non paura, non ancora, ma un disagio confuso, la sensazione di star leggendo qualcosa che diceva più di quanto sembrasse dire a prima vista.
La conservò tra le pagine del suo taccuino dalla copertina rigida, nella sezione dove era solito annotare frasi sciolte di sospettati, senza sapere ancora perché la classificasse lì, accanto a parole di gente che mentiva.
Fuori, il paese dormiva tranquillo, ignaro che in meno di quarantotto ore uno dei suoi figli più amati e rispettati sarebbe morto davanti a tutti, nel momento esatto della sua massima gloria pubblica.
Le téléphone sonna deux fois et s'arrêta avant que Julio Morosini n'ait le temps de décrocher. C'était le signal habituel. Quelques secondes plus tard, il sonna de nouveau, et cette fois-ci il souleva le combiné, le cure-dent encore entre les dents, le regard perdu vers la fenêtre du salon, où le soleil du matin commençait à peine à réchauffer les vitres.
—Dis-moi que tu ne vas pas me faire voyager pour crever de chaleur à Santiago en plein décembre —dit-il, sans même saluer, dès qu'il reconnut le silence chaud et posé de l'autre côté de la ligne.
—La chaleur d'ici va te tanner le cuir, Julio. C'est fait pour ça, la sieste et l'ombre de l'algarrobo —répondit le Père Suncho, avec ce rire bref et retenu qu'il gardait pour les plaisanteries qui, au fond, n'en étaient pas tout à fait.
Cela faisait presque un an qu'ils ne s'étaient pas vus en personne. Les appels avaient été fréquents —comme toujours entre eux, même dans les périodes les plus chargées pour l'un comme pour l'autre—, mais la vie les avait tenus loin l'un de l'autre : Suncho, partagé entre la paroisse et l'école qu'il avait bâtie au fil d'années de travail patient ; Julio, allant de province en province derrière des affaires que la police officielle considérait déjà closes et que quelqu'un, dans tel tribunal ou tel commissariat de l'intérieur, s'entêtait à rouvrir avec son aide.
—Je t'appelle pour quelque chose de joyeux, pour changer —poursuivit Suncho. —Dans dix jours, l'école fête ses douze ans, et en plus c'est la première promotion qui sort, les gamins qui ont commencé avec nous le premier jour, quand on faisait encore classe dans deux salles empruntées. On va faire une vraie cérémonie, avec toute la communauté, avec les gens qui ont aidé à la bâtir pierre par pierre. Et je veux que tu sois là.
—Comme invité, ou comme autre chose ? —demanda Julio, déjà avec le soupçon habituel. Avec Suncho, on ne savait jamais tout à fait si on l'appelait pour un asado ou pour un problème.
—Comme invité, Julio. Rien de plus. Pour une fois, laisse-moi te convaincre que tout ce que je te propose ne finit pas avec un cadavre au milieu.
Ils rirent tous les deux, bien que dans le rire de Julio il y eût un fond de fatigue que Suncho, de l'autre côté de la ligne, ne pouvait pas voir mais qu'il devina. Cela faisait des mois que Julio ne s'arrêtait pas. Estancias, villages, écoles, commissariats de passage : la vie de consultant itinérant avait ce piège silencieux de ne jamais le laisser tout à fait tranquille.
—D'accord. Je viens —dit-il finalement. —Ne serait-ce que pour prendre quelques mates avec toi comme il se doit, sans que personne ne meure entre-temps.
Il restait dix jours avant la cérémonie, et Julio les passa à Buenos Aires à boucler quelques petits boulots en attente avant de pouvoir voyager l'esprit tranquille. Ce n'est que le matin du douze décembre, alors qu'il partait enfin pour Santiago del Estero, en finissant de préparer la valise de toujours —celle qu'il ne rangeait jamais tout à fait dans le placard, vestige d'une vie itinérante qui ne lui laissait aucun répit—, qu'il se permit de penser que, pour une fois, le voyage n'aurait pas le poids d'une enquête préalable, ni l'anxiété d'une affaire que d'autres avaient déjà embrouillée avant de l'appeler. Ce serait, se dit-il, presque des vacances.
Il se mit à ranger ses vêtements avec la même méthode minutieuse de toujours : d'abord l'essentiel, ensuite ce qu'il pourrait avoir besoin et qu'il n'utiliserait probablement pas. Le carnet à couverture rigide fut la première chose à entrer dans le sac de voyage, avec le pot à yerba et le thermos. Il ne voyageait jamais sans cela, même quand le voyage n'était, en théorie, que pour faire la fête.
Ce n'est qu'en sortant, la valise déjà fermée et les clés à la main, qu'il la vit.
Une enveloppe blanche, sans en-tête, posée contre la porte d'entrée, sur le seuil extérieur. Pas de cachet, pas d'expéditeur, rien qui n'indique comment elle était arrivée là. Julio regarda vers la rue —vide, avec le soleil du matin frappant de biais les façades des maisons voisines— et ne vit personne qui aurait pu la déposer.
Il l'ouvrit sur place, debout sur le trottoir, la valise encore dans l'autre main.
À l'intérieur, il y avait une seule feuille, tapée à la machine, sans signature :
« Il y a des chemins qu'on commence à parcourir sans se rendre compte qu'ils ont déjà commencé. Le vôtre, commissaire, a commencé il y a un moment déjà, même si vous ne le savez pas encore. Préparez votre âme, pas seulement votre valise : ce qui vient ne ressemble à rien de ce que vous avez vu jusqu'à présent. Sachez qu'il y a quelqu'un qui vous observe avec plus d'attention que vous ne le croyez, et qui vous respecte plus que vous ne l'imaginez. »
Julio lut la note deux fois. Il regarda de nouveau la rue, espérant trouver un indice, un voisin qui aurait pu voir quelqu'un s'approcher. Rien. Il pensa, un instant, à appeler un collègue pour lui en parler, mais écarta aussitôt l'idée. Il n'y avait pas de menace explicite, ni de demande d'argent, ni de nom propre auquel la rattacher. Cela pouvait être une mauvaise blague d'une de ses connaissances —il en avait plusieurs avec ce genre d'humour noir—, ou l'excès d'imagination de quelqu'un qui l'avait reconnu grâce à un article de presse sur l'une de ses anciennes affaires. Ces dernières années, son nom avait circulé plus qu'il ne l'aurait souhaité dans les journaux provinciaux.
Il la rangea dans la poche intérieure de sa veste, avec l'intention de la montrer plus tard à un ami pour en rire ensemble, et l'oublia avec la même facilité qu'on oublie une publicité mal rédigée. Il avait un voyage devant lui, un ami qui l'attendait, et une excuse parfaite pour ne penser, pour une fois, à rien qui sente le crime.
Le voyage jusqu'à Suncho Corral lui prit une bonne partie de la journée. D'abord le car jusqu'à la capitale de Santiago del Estero, puis un tronçon plus court en voiture que Suncho lui-même lui avait obtenu grâce à une connaissance du village. Le paysage changea peu à peu : le vert uniforme de la plaine de Buenos Aires cédant la place au monte santiagueño, bas et épineux, avec le quebracho et l'algarrobo marquant l'horizon de temps en temps, et cette terre rouge qui lui collait aux chaussures dès qu'il descendait du véhicule à chaque arrêt.
Suncho Corral l'accueillit avec son air de toujours : rues de terre soigneusement balayées, maisons basses en adobe et en brique apparente, la place centrale avec son église aux murs épais et son clocher blanc, et cette quiétude particulière des petits villages où tout le monde sait, plus ou moins, ce que fait le voisin. L'école, un peu plus loin du centre, paraissait différente de celle dont Julio se souvenait depuis son unique visite précédente, des années auparavant : une nouvelle aile, en brique apparente et aux plafonds hauts, s'ajoutait à la construction d'origine, plus modeste.
La seule chose qui attira son attention, dès qu'il descendit de la voiture, ce fut le temps. Il s'attendait à la chaleur sèche et étouffante que Suncho lui avait promise au téléphone, et il fut accueilli à la place par un après-midi tempéré, presque doux, avec une brise régulière qui n'était pas propre à un mois de décembre santiagueño. Il en fit la remarque à Suncho lui-même, qui, regardant le ciel avec un demi-sourire, lui répondit que cela faisait des semaines que les vieux du village disaient que ce décembre-là était différent de tous ceux dont ils se souvenaient, comme si l'été avait oublié de montrer les dents.
Le Père Suncho l'attendait à la porte de la paroisse, la soutane déjà mise et les bras ouverts avant même que Julio n'ait fini de descendre de la voiture.
—Regarde ce que le vent de Buenos Aires a apporté —dit-il, l'étreignant avec cette force contenue qui était la sienne, la même depuis qu'ils étaient enfants au Colegio Don Jaime.
—Le vent et le cure-dent, que je ne quitte même pas en vacances —répondit Julio, lui tapant dans le dos.
Ils marchèrent ensemble vers la maison paroissiale, parlant de tout et de rien —le temps, l'état des routes, quelque vieille anecdote de Bella Vista qu'ils avaient déjà racontée mille fois et qui pourtant continuait à les faire rire—, tandis que le soleil commençait à descendre derrière le monte et que les premières lumières du village s'allumaient une à une.
Ce n'est que ce soir-là, déjà installé dans la chambre d'amis que Suncho lui avait préparée, que Julio se souvint de nouveau de la note. Il la sortit de la poche de sa veste, la relut à la lumière de la lampe de chevet, et cette fois-ci il ressentit quelque chose de différent : pas de peur, pas encore, mais un malaise diffus, la sensation de lire quelque chose qui disait plus que ce qu'il paraissait dire à première vue.
Il la rangea entre les pages de son carnet à couverture rigide, dans la section où il notait habituellement des phrases isolées de suspects, sans savoir encore pourquoi il la classait là, à côté de paroles de gens qui mentaient.
Dehors, le village dormait tranquillement, ignorant qu'en moins de quarante-huit heures l'un de ses fils les plus chers et les plus respectés allait mourir devant tout le monde, au moment précis de sa plus grande gloire publique.
Cuaderno de Julio MorosiniJulio Morosini's notebookCaderno de Julio MorosiniQuaderno di Julio MorosiniCarnet de Julio Morosini
Suncho me invita a un festejo y yo, que ya no sé vivir sin sospechar, hasta de una invitación desconfío. Guardo la nota en la libreta como si fuera una confesión más. Tal vez lo sea. Tal vez haya gente que confiesa por escrito lo que no se anima a decir de frente, y yo, sin saberlo, ya empecé a escuchar a alguien que todavía no conozco.
Mañana es el acto. Mañana, me digo, por una vez, no va a pasar nada raro. Ya vamos a ver si la vida me deja razón.
Suncho invites me to a celebration, and I, who no longer know how to live without suspecting, find myself distrusting even an invitation. I tuck the note into the notebook as if it were one more confession. Maybe it is. Maybe there are people who confess in writing what they don't dare say to your face, and I, without knowing it, have already begun listening to someone I haven't met yet.
Tomorrow is the ceremony. Tomorrow, I tell myself, for once, nothing strange is going to happen. We'll see if life proves me right.
Suncho me convida para uma comemoração e eu, que já não sei viver sem desconfiar, até de um convite desconfio. Guardo o bilhete no caderno como se fosse mais uma confissão. Talvez seja. Talvez haja gente que confessa por escrito o que não se anima a dizer de frente, e eu, sem saber, já comecei a escutar alguém que ainda não conheço.
Amanhã é a cerimônia. Amanhã, digo a mim mesmo, por uma vez, não vai acontecer nada estranho. Vamos ver se a vida me dá razão.
Suncho mi invita a un festeggiamento e io, che ormai non so vivere senza sospettare, diffido persino di un invito. Conservo la nota nel taccuino come fosse un'ennesima confessione. Forse lo è. Forse c'è gente che confessa per iscritto ciò che non osa dire in faccia, e io, senza saperlo, ho già cominciato ad ascoltare qualcuno che ancora non conosco.
Domani è la cerimonia. Domani, mi dico, per una volta, non succederà niente di strano. Vedremo se la vita mi darà ragione.
Suncho m'invite à une fête et moi, qui ne sais plus vivre sans soupçonner, je me méfie même d'une invitation. Je range la note dans le carnet comme s'il s'agissait d'une confession de plus. Peut-être que c'en est une. Peut-être qu'il y a des gens qui confessent par écrit ce qu'ils n'osent pas dire en face, et moi, sans le savoir, j'ai déjà commencé à écouter quelqu'un que je ne connais pas encore.
Demain, c'est la cérémonie. Demain, me dis-je, pour une fois, il ne se passera rien d'étrange. On verra bien si la vie me donne raison.