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Índice

El taller de los relojes parados

  1. 01Las llaves que pesan más de lo que parecenThe keys that weigh more than they seemAs chaves que pesam mais do que parecemLe chiavi che pesano più di quanto sembrinoLes clés qui pèsent plus qu'il n'y paraît
  2. 02Dieciséis y diecisieteSixteen and seventeenDezesseis e dezesseteSedici e diciassetteSeize heures dix-sept
  3. 03La confitería EdelweissThe Edelweiss confiteríaA confeitaria EdelweissLa pasticceria EdelweissLa confiserie Edelweiss
  4. 04El último aprendizThe last apprenticeO último aprendizL'ultimo apprendistaLe dernier apprenti
  5. 05El cuaderno de tapas de cueroThe leather-bound notebookO caderno de capa de couroIl quaderno dalla copertina di cuoioLe cahier à couverture de cuir
  6. 06El hombre del maletínThe man with the briefcaseO homem da maletaL'uomo della valigettaL'homme à la mallette
  7. 07Triberg, 1946Triberg, 1946Triberg, 1946Triberg, 1946Triberg, 1946
  8. 08La acusaciónThe accusationA acusaçãoL'accusaL'accusation
  9. 09El barco FalstaffThe ship FalstaffO navio FalstaffIl piroscafo FalstaffLe bateau Falstaff
  10. 10Un valle entre pinosA valley among pinesUm vale entre pinheirosUna valle tra i piniUne vallée entre les pins
  11. 11ElenaElenaElenaElenaElena
  12. 12La oferta de BergmannBergmann's offerA oferta de BergmannL'offerta di BergmannL'offre de Bergmann
  13. 13Domingo en La CumbrecitaSunday in La CumbrecitaDomingo em La CumbrecitaDomenica a La CumbrecitaDimanche à La Cumbrecita
  14. 14El vestido verdeThe green dressO vestido verdeIl vestito verdeLa robe verte
  15. 15La carta sin enviarThe Unsent LetterA carta nunca enviadaLa lettera mai speditaLa lettre jamais envoyée
  16. 16Rodolfo no atiende el teléfonoRodolfo Doesn't Answer the PhoneRodolfo não atende o telefoneRodolfo non risponde al telefonoRodolfo ne répond pas au téléphone
  17. 17El nacimiento de RodolfoRodolfo's BirthO nascimento de RodolfoLa nascita di RodolfoLa naissance de Rodolfo
  18. 18La primera grietaThe First CrackA primeira rachaduraLa prima crepaLa première fissure
  19. 19Doce de mayoThe Twelfth of MayDoze de maioDodici maggioDouze mai
  20. 20El sonido que se apagaThe Sound That Goes OutO som que se apagaIl suono che si spegneLe son qui s'éteint
  21. 21Alguien entró al tallerSomeone Broke Into the WorkshopAlguém entrou na oficinaQualcuno è entrato nel laboratorioQuelqu'un est entré dans l'atelier
  22. 22El Pájaro de TribergThe Triberg BirdO Pássaro de TribergL'Uccello di TribergL'Oiseau de Triberg
  23. 23Lo que guardaba el pájaroWhat the Bird Was KeepingO que o pássaro guardavaQuello che custodiva l'uccelloCe que gardait l'oiseau
  24. 24El nieto de Klaus WellerKlaus Weller's GrandsonO neto de Klaus WellerIl nipote di Klaus WellerLe petit-fils de Klaus Weller
  25. 25Lo que el miedo no dejó decirWhat Fear Wouldn't Let Him SayO que o medo não deixou dizerQuello che la paura non lasciò direCe que la peur n'a pas laissé dire
  26. 26Rodolfo llega al valleRodolfo Arrives at the ValleyRodolfo chega ao valeRodolfo arriva nella valleRodolfo arrive dans la vallée
  27. 27El diario abierto entre los dosThe Diary Open Between the Two of ThemO diário aberto entre os doisIl diario aperto tra i dueLe journal ouvert entre eux deux
  28. 28Todos los relojes a la vezAll the Clocks at OnceTodos os relógios ao mesmo tempoTutti gli orologi insiemeToutes les horloges à la fois
  29. 29Lo que el tiempo no rompióWhat Time Never BrokeO que o tempo não quebrouQuello che il tempo non ruppeCe que le temps n'a pas brisé
  30. 30Un año después, a las cuatro y diecisieteOne Year Later, at Seventeen Minutes Past FourUm ano depois, às quatro e dezesseteUn anno dopo, alle quattro e diciassetteUn an après, à quatre heures dix-sept

EMDAI — Relatos donde los vínculos humanos tienen la última palabra

Índice 1 / 30

Capítulo 01

Las llaves que pesan más de lo que parecenThe keys that weigh more than they seemAs chaves que pesam mais do que parecemLe chiavi che pesano più di quanto sembrinoLes clés qui pèsent plus qu'il n'y paraît

Valentina Hoffmann Lezcano tenía treinta y cuatro años, un local de veintidós metros cuadrados en la calle Defensa, en San Telmo, donde restauraba muebles antiguos con una paciencia que sus amigas describían como "casi sospechosa", y una regla de vida que aplicaba a los objetos y a las personas por igual: nunca forzar una junta que no quiere cerrar. Trabajaba con las manos desde los veintitrés, había heredado de algún lugar —de su abuela materna, a quien casi no llegó a conocer— el gusto por los objetos que ya habían vivido una vida entera antes de llegar a las suyas, y llevaba el pelo oscuro siempre atado, como si una melena suelta pudiera hacerle perder la precisión del pulso.

No conocía casi nada de su abuelo Federico Hoffmann, salvo dos visitas de la infancia y una fotografía en blanco y negro que su padre guardaba, sin exhibirla nunca, en el fondo de un cajón.

—No voy a ir —le había dicho Rodolfo Hoffmann, su padre, contador jubilado de sesenta y ocho años, la noche en que llegó el llamado del escribano de Villa General Belgrano avisando que Federico había muerto, a los noventa y ocho, solo, en la casa de siempre—. Hace cuarenta años que ese hombre y yo no tenemos nada que decirnos, y la muerte no cambia esa cuenta.

Fue así, con esa frase seca que su padre soltó con las manos apoyadas en el respaldo de una silla de la cocina de Villa Urquiza, que Valentina terminó siendo la encargada de "resolver el tema del taller", como decía él, evitando nombrar la palabra herencia, evitando nombrar cualquier palabra que sonara a duelo.

El viaje hasta las sierras de Córdoba le llevó nueve horas de auto, la mayoría en silencio, con la radio apagada desde Villa María en adelante, y un paisaje que fue cambiando de a poco: la llanura dando paso a lomadas, las lomadas a cerros de verdad, hasta que apareció, entre pinares oscuros y el sonido de un arroyo que corría paralelo a la ruta, Villa General Belgrano, con sus chalets de tejas a dos aguas, sus balcones con maceteros de geranios rojos, y esa Avenida Julio A. Roca donde las confiterías anunciaban strudel de manzana en letras góticas pintadas a mano, como si el pueblo entero se hubiera acordado, generación tras generación, de un bosque alemán que la mayoría de sus habitantes ya nunca había pisado.

El escribano, el doctor Aurelio Sosa, un hombre bajo y minucioso con anteojos gruesos, la recibió en su estudio con un sobre de papel madera y una sola frase de más:

—Su abuelo era un hombre extraordinario con las manos, señorita Hoffmann. Una lástima que casi nadie en el pueblo pudiera decir, con la misma seguridad, algo sobre su corazón.

Le entregó dos llaves. Una, chica y moderna, de la casa. La otra, grande, pesada, con la pátina oscura del bronce viejo, correspondía a una puerta que Valentina todavía no había visto: la del Taller Hoffmann, cerrado —le explicó Sosa— desde hacía casi cinco décadas a cualquier visita que no fuera estrictamente necesaria, y que según el testamento debía "abrirse antes de decidir cualquier venta", una cláusula extraña que el escribano no supo, o no quiso, explicarle del todo.

Cuando Valentina llegó caminando hasta la fachada, sobre una calle lateral bordeada de pinos donde el ruido de la avenida principal ya no llegaba, el sol de la tarde le daba de lleno a un cartel de madera tallada, descolorido pero todavía legible: Taller Hoffmann — Relojería y Restauración, desde 1951. Las persianas de hierro estaban bajas. En la plaza, dos cuadras más atrás, el reloj público de la municipalidad marcaba una hora que, comprobó por reflejo con su propio teléfono, estaba adelantada en once minutos, algo que en cualquier otro pueblo del mundo le hubiera resultado indiferente, pero que ahí, frente a esa puerta, sintió como el primer aviso pequeño de algo que todavía no sabía nombrar.

Metió la llave grande en la cerradura. Pesaba, en la mano, mucho más de lo que su tamaño hacía suponer.

Valentina Hoffmann Lezcano was thirty-four years old, ran a twenty-two-square-meter shop on Calle Defensa, in San Telmo, where she restored antique furniture with a patience her friends described as "almost suspicious," and lived by a rule she applied to objects and people alike: never force a joint that doesn't want to close. She had worked with her hands since she was twenty-three, had inherited from somewhere — from her maternal grandmother, whom she'd barely gotten to know — a fondness for objects that had already lived a whole life before arriving in hers, and she always wore her dark hair tied back, as if loose hair might cost her the precision of her pulse.

She knew almost nothing about her grandfather Federico Hoffmann, save for two childhood visits and a black-and-white photograph her father kept, never displayed, at the bottom of a drawer.

"I'm not going," Rodolfo Hoffmann, her father, a retired sixty-eight-year-old accountant, had told her the night the call came from the notary in Villa General Belgrano, informing them that Federico had died at ninety-eight, alone, in the same house as always. "That man and I haven't had anything to say to each other for forty years, and death doesn't change that account."

It was like that, with that dry sentence her father let out with his hands resting on the back of a kitchen chair in Villa Urquiza, that Valentina ended up being the one in charge of "sorting out the workshop business," as he put it, avoiding the word inheritance, avoiding any word that sounded like mourning.

The drive to the Córdoba sierras took her nine hours, most of it in silence, the radio off from Villa María onward, and a landscape that shifted little by little: the plain giving way to rolling hills, the hills to real mountains, until it appeared, among dark pine groves and the sound of a stream running alongside the road, Villa General Belgrano, with its steep-gabled chalets, its balconies with pots of red geraniums, and that Avenida Julio A. Roca where the confiterías advertised apple strudel in hand-painted gothic lettering, as if the whole town had remembered, generation after generation, a German forest that most of its residents had never actually set foot in.

The notary, Doctor Aurelio Sosa, a short, meticulous man with thick glasses, received her in his office with a manila envelope and one sentence too many:

"Your grandfather was an extraordinary man with his hands, Miss Hoffmann. A shame that almost no one in town could say, with the same certainty, anything about his heart."

He handed her two keys. One, small and modern, was for the house. The other, large, heavy, with the dark patina of old bronze, belonged to a door Valentina hadn't yet seen: the door of the Taller Hoffmann, closed — Sosa explained — for nearly five decades to any visit that wasn't strictly necessary, and which, according to the will, had to be "opened before any sale is decided," a strange clause the notary either couldn't, or wouldn't, fully explain to her.

When Valentina walked up to the storefront, on a side street lined with pines where the noise of the main avenue no longer reached, the afternoon sun fell full on a carved wooden sign, faded but still legible: Taller Hoffmann — Clockmaking and Restoration, since 1951. The iron shutters were down. In the square, two blocks back, the municipal clock read a time that, she confirmed by reflex against her own phone, was eleven minutes fast — something that in any other town in the world would have meant nothing to her, but which there, standing in front of that door, she felt as the first small warning of something she still couldn't name.

She fit the large key into the lock. It weighed, in her hand, far more than its size suggested it should.

Valentina Hoffmann Lezcano tinha trinta e quatro anos, um ateliê de vinte e dois metros quadrados na rua Defensa, em San Telmo, onde restaurava móveis antigos com uma paciência que as amigas descreviam como "quase suspeita", e uma regra de vida que aplicava aos objetos e às pessoas por igual: nunca forçar um encaixe que não quer fechar. Trabalhava com as mãos desde os vinte e três anos, tinha herdado de algum lugar — da avó materna, que quase não chegou a conhecer — o gosto pelos objetos que já tinham vivido uma vida inteira antes de chegar às dela, e usava o cabelo escuro sempre preso, como se uma melena solta pudesse lhe roubar a precisão do pulso.

Não conhecia quase nada do avô Federico Hoffmann, exceto duas visitas da infância e uma fotografia em preto e branco que o pai guardava, sem nunca exibi-la, no fundo de uma gaveta.

—Não vou —tinha dito Rodolfo Hoffmann, seu pai, contador aposentado de sessenta e oito anos, na noite em que chegou o telefonema do tabelião de Villa General Belgrano avisando que Federico tinha morrido, aos noventa e oito anos, sozinho, na casa de sempre—. Faz quarenta anos que esse homem e eu não temos nada a nos dizer, e a morte não muda essa conta.

Foi assim, com essa frase seca que o pai soltou com as mãos apoiadas no encosto de uma cadeira da cozinha de Villa Urquiza, que Valentina acabou encarregada de "resolver a questão do ateliê", como ele dizia, evitando pronunciar a palavra herança, evitando pronunciar qualquer palavra que soasse a luto.

A viagem até as serras de Córdoba levou nove horas de carro, a maior parte em silêncio, com o rádio desligado desde Villa María em diante, e uma paisagem que foi mudando aos poucos: a planície dando lugar a lombadas, as lombadas a morros de verdade, até que apareceu, entre pinheirais escuros e o som de um riacho que corria paralelo à estrada, Villa General Belgrano, com seus chalés de telhado de duas águas, suas sacadas com vasos de gerânios vermelhos, e aquela Avenida Julio A. Roca onde as confeitarias anunciavam strudel de maçã em letras góticas pintadas à mão, como se o povoado inteiro se lembrasse, geração após geração, de uma floresta alemã que a maioria dos seus habitantes já nunca tinha pisado.

O tabelião, o doutor Aurelio Sosa, um homem baixo e meticuloso de óculos grossos, a recebeu em seu escritório com um envelope de papel pardo e uma única frase a mais:

—Seu avô era um homem extraordinário com as mãos, senhorita Hoffmann. Uma pena que quase ninguém na cidade pudesse dizer, com a mesma certeza, algo sobre o coração dele.

Entregou-lhe duas chaves. Uma, pequena e moderna, da casa. A outra, grande, pesada, com a pátina escura do bronze velho, correspondia a uma porta que Valentina ainda não tinha visto: a do Ateliê Hoffmann, fechado — explicou Sosa — havia quase cinco décadas para qualquer visita que não fosse estritamente necessária, e que segundo o testamento devia "ser aberta antes de decidir qualquer venda", uma cláusula estranha que o tabelião não soube, ou não quis, explicar por completo.

Quando Valentina chegou caminhando até a fachada, numa rua lateral ladeada de pinheiros onde o barulho da avenida principal já não chegava, o sol da tarde batia em cheio numa placa de madeira entalhada, desbotada mas ainda legível: Ateliê Hoffmann — Relojoaria e Restauração, desde 1951. As persianas de ferro estavam baixas. Na praça, duas quadras atrás, o relógio público da prefeitura marcava uma hora que, ela conferiu por reflexo no próprio celular, estava adiantada em onze minutos, algo que em qualquer outra cidade do mundo lhe teria sido indiferente, mas que ali, diante daquela porta, sentiu como o primeiro aviso pequeno de algo que ainda não sabia nomear.

Enfiou a chave grande na fechadura. Pesava, na mão, muito mais do que seu tamanho fazia supor.

Valentina Hoffmann Lezcano aveva trentaquattro anni, un negozio di ventidue metri quadrati in calle Defensa, a San Telmo, dove restaurava mobili antichi con una pazienza che le sue amiche definivano "quasi sospetta", e una regola di vita che applicava agli oggetti e alle persone allo stesso modo: mai forzare un incastro che non vuole chiudersi. Lavorava con le mani dai ventitré anni, aveva ereditato da qualche parte — dalla nonna materna, che aveva conosciuto appena — il gusto per gli oggetti che avevano già vissuto una vita intera prima di arrivare tra le sue mani, e portava i capelli scuri sempre raccolti, come se una chioma sciolta potesse farle perdere la precisione del polso.

Non sapeva quasi nulla di suo nonno Federico Hoffmann, a parte due visite dell'infanzia e una fotografia in bianco e nero che suo padre custodiva, senza mai esporla, in fondo a un cassetto.

—Non ci vado —le aveva detto Rodolfo Hoffmann, suo padre, commercialista in pensione di sessantotto anni, la notte in cui era arrivata la chiamata del notaio di Villa General Belgrano che avvisava della morte di Federico, a novantotto anni, solo, nella casa di sempre—. Sono quarant'anni che io e quell'uomo non abbiamo niente da dirci, e la morte non cambia questo conto.

Fu così, con quella frase secca che suo padre pronunciò con le mani appoggiate allo schienale di una sedia della cucina di Villa Urquiza, che Valentina finì per essere l'incaricata di "sistemare la faccenda del laboratorio", come diceva lui, evitando di nominare la parola eredità, evitando di nominare qualsiasi parola che suonasse come lutto.

Il viaggio fino alle sierras di Córdoba le portò via nove ore d'auto, la maggior parte in silenzio, con la radio spenta da Villa María in poi, e un paesaggio che cambiava a poco a poco: la pianura che lasciava il posto a dolci colline, le colline a montagne vere e proprie, finché apparve, tra pinete scure e il suono di un torrente che scorreva parallelo alla strada, Villa General Belgrano, con i suoi chalet dai tetti a doppio spiovente, i balconi con vasi di gerani rossi, e quell'Avenida Julio A. Roca dove le pasticcerie annunciavano strudel di mele in lettere gotiche dipinte a mano, come se il paese intero si fosse ricordato, generazione dopo generazione, di un bosco tedesco che la maggior parte dei suoi abitanti non aveva mai calpestato.

Il notaio, il dottor Aurelio Sosa, un uomo basso e meticoloso con occhiali spessi, la ricevette nel suo studio con una busta di carta paglia e una frase di troppo:

—Suo nonno era un uomo straordinario con le mani, signorina Hoffmann. Un peccato che quasi nessuno in paese potesse dire, con la stessa certezza, qualcosa sul suo cuore.

Le consegnò due chiavi. Una, piccola e moderna, della casa. L'altra, grande, pesante, con la patina scura del bronzo vecchio, corrispondeva a una porta che Valentina non aveva ancora visto: quella del Taller Hoffmann, chiuso — le spiegò Sosa — da quasi cinque decenni a qualunque visita che non fosse strettamente necessaria, e che secondo il testamento doveva "essere aperto prima di decidere qualsiasi vendita", una clausola strana che il notaio non seppe, o non volle, spiegarle fino in fondo.

Quando Valentina arrivò a piedi davanti alla facciata, su una via laterale costeggiata di pini dove il rumore del corso principale non arrivava più, il sole del pomeriggio batteva pieno su un'insegna di legno intagliato, sbiadita ma ancora leggibile: Taller Hoffmann — Orologeria e Restauro, dal 1951. Le saracinesche di ferro erano abbassate. Sulla piazza, due isolati più indietro, l'orologio pubblico del municipio segnava un'ora che, verificò per riflesso con il proprio telefono, era avanti di undici minuti, cosa che in qualsiasi altro paese del mondo le sarebbe risultata indifferente, ma che lì, davanti a quella porta, sentì come il primo piccolo avvertimento di qualcosa che ancora non sapeva nominare.

Infilò la chiave grande nella serratura. Pesava, in mano, molto più di quanto la sua dimensione facesse supporre.

Valentina Hoffmann Lezcano avait trente-quatre ans, un local de vingt-deux mètres carrés dans la rue Defensa, à San Telmo, où elle restaurait des meubles anciens avec une patience que ses amies qualifiaient de « presque suspecte », et une règle de vie qu'elle appliquait aux objets comme aux personnes : ne jamais forcer un assemblage qui ne veut pas se refermer. Elle travaillait de ses mains depuis ses vingt-trois ans, avait hérité de quelque part — de sa grand-mère maternelle, qu'elle avait à peine connue — le goût des objets qui avaient déjà vécu une vie entière avant d'arriver dans les siennes, et portait toujours les cheveux noués, comme si une chevelure détachée avait pu lui faire perdre la précision du geste.

Elle ne connaissait presque rien de son grand-père Federico Hoffmann, sinon deux visites d'enfance et une photographie en noir et blanc que son père gardait, sans jamais l'exposer, au fond d'un tiroir.

— Je n'irai pas, avait dit Rodolfo Hoffmann, son père, comptable à la retraite de soixante-huit ans, le soir où était arrivé l'appel du notaire de Villa General Belgrano annonçant que Federico était mort, à quatre-vingt-dix-huit ans, seul, dans la maison de toujours. Ça fait quarante ans que cet homme et moi n'avons rien à nous dire, et la mort ne change rien à ce compte-là.

C'est ainsi, avec cette phrase sèche que son père avait lâchée, les mains posées sur le dossier d'une chaise de la cuisine de Villa Urquiza, que Valentina s'était retrouvée chargée de « régler l'affaire de l'atelier », comme il disait, en évitant de prononcer le mot héritage, en évitant tout mot qui aurait sonné comme un deuil.

Le voyage jusqu'aux sierras de Córdoba lui prit neuf heures de route, la plupart en silence, la radio éteinte à partir de Villa María, et un paysage qui changeait peu à peu : la plaine cédant la place à des collines, les collines à de vraies montagnes, jusqu'à ce qu'apparaisse, entre les pinèdes sombres et le bruit d'un ruisseau qui courait parallèlement à la route, Villa General Belgrano, avec ses chalets aux toits à deux pans, ses balcons aux jardinières de géraniums rouges, et cette avenue Julio A. Roca où les confiseries annonçaient du strudel aux pommes en lettres gothiques peintes à la main, comme si le village tout entier s'était souvenu, génération après génération, d'une forêt allemande que la plupart de ses habitants n'avaient jamais foulée.

Le notaire, maître Aurelio Sosa, un homme petit et minutieux à lunettes épaisses, la reçut dans son étude avec une enveloppe de papier kraft et une phrase de trop :

— Votre grand-père était un homme extraordinaire de ses mains, mademoiselle Hoffmann. Dommage que presque personne au village ne puisse dire, avec la même certitude, quoi que ce soit de son cœur.

Il lui remit deux clés. Une petite, moderne, celle de la maison. L'autre, grande, lourde, avec la patine sombre du vieux bronze, correspondait à une porte que Valentina n'avait pas encore vue : celle de l'Atelier Hoffmann, fermé — lui expliqua Sosa — depuis près de cinq décennies à toute visite qui ne fût pas strictement nécessaire, et qui, selon le testament, devait « être ouverte avant toute décision de vente », une clause étrange que le notaire ne sut, ou ne voulut, lui expliquer tout à fait.

Quand Valentina arriva à pied devant la façade, sur une rue latérale bordée de pins où le bruit de l'avenue principale ne parvenait plus, le soleil de l'après-midi frappait de plein fouet une enseigne en bois sculpté, décolorée mais encore lisible : Atelier Hoffmann — Horlogerie et Restauration, depuis 1951. Les volets de fer étaient baissés. Sur la place, deux rues plus loin, l'horloge publique de la mairie indiquait une heure qui, elle le vérifia par réflexe sur son propre téléphone, avait onze minutes d'avance — un détail qui, dans n'importe quel autre village du monde, lui aurait été indifférent, mais qui, là, devant cette porte, lui parut comme le premier petit signe de quelque chose qu'elle ne savait pas encore nommer.

Elle glissa la grande clé dans la serrure. Elle pesait, dans sa main, bien plus lourd que sa taille ne le laissait supposer.

Del cuaderno de ValentinaFrom Valentina's notebookDo caderno de ValentinaDal quaderno di ValentinaDu carnet de Valentina

San Agustín se preguntaba, en las Confesiones, qué era el tiempo, y confesaba no saberlo aunque lo viviera cada segundo: "Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé." Hoy sostuve en la mano la llave de un lugar donde, sospecho, alguien decidió hace mucho dejar de hacerse esa pregunta. Todavía no sé si voy a encontrar respuestas ahí adentro. Pero por primera vez en años, siento que el tiempo no es solamente algo que se gasta trabajando: es algo que alguien, en algún momento, puede decidir detener.

Saint Augustine asked, in his Confessions, what time was, and confessed he did not know, even though he lived it every second: "If no one asks me, I know; if I wish to explain it to someone who asks, I do not know." Today I held in my hand the key to a place where, I suspect, someone long ago decided to stop asking that question. I still don't know if I'll find answers in there. But for the first time in years, I feel that time isn't only something spent working: it's something that someone, at some point, can decide to stop.

Santo Agostinho se perguntava, nas Confissões, o que era o tempo, e confessava não saber, ainda que o vivesse a cada segundo: "Se ninguém me pergunta, eu sei; se quero explicar a quem me pergunta, não sei." Hoje segurei na mão a chave de um lugar onde, suspeito, alguém decidiu há muito tempo deixar de se fazer essa pergunta. Ainda não sei se vou encontrar respostas lá dentro. Mas pela primeira vez em anos, sinto que o tempo não é só algo que se gasta trabalhando: é algo que alguém, em algum momento, pode decidir parar.

Sant'Agostino si chiedeva, nelle Confessioni, cosa fosse il tempo, e confessava di non saperlo pur vivendolo ogni secondo: "Se nessuno me lo chiede, lo so; se voglio spiegarlo a chi me lo chiede, non lo so." Oggi ho tenuto in mano la chiave di un luogo dove, sospetto, qualcuno ha deciso molto tempo fa di smettere di porsi quella domanda. Non so ancora se troverò risposte là dentro. Ma per la prima volta in anni, sento che il tempo non è soltanto qualcosa che si consuma lavorando: è qualcosa che qualcuno, in un momento preciso, può decidere di fermare.

Saint Augustin se demandait, dans les Confessions, ce qu'était le temps, et avouait ne pas le savoir bien qu'il le vécût à chaque seconde : « Si personne ne me le demande, je le sais ; si je veux l'expliquer à qui me le demande, je ne le sais plus. » Aujourd'hui j'ai tenu dans ma main la clé d'un lieu où, je le soupçonne, quelqu'un a décidé il y a longtemps de cesser de se poser cette question. Je ne sais pas encore si je vais trouver des réponses là-dedans. Mais pour la première fois depuis des années, je sens que le temps n'est pas seulement quelque chose qui se dépense au travail : c'est quelque chose que quelqu'un, à un moment donné, peut décider d'arrêter.

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Capítulo 02

Dieciséis y diecisieteSixteen and seventeenDezesseis e dezesseteSedici e diciassetteSeize heures dix-sept

La puerta cedió con un quejido seco, como si la madera misma se sorprendiera de que alguien volviera a empujarla después de tanto tiempo. Un olor la recibió antes que la vista: aceite de reloj rancio, madera vieja, y ese polvo particular que solo se forma cuando nadie barre un piso durante décadas, fino como talco, acumulado en capas que casi podían leerse como los anillos de un árbol.

Valentina Hoffmann Lezcano tanteó la pared buscando una llave de luz y, al no encontrarla, terminó abriendo de un tirón las persianas de hierro del primer ventanal. La luz de la tarde entró de golpe, oblicua, cargada de motas de polvo en suspensión, y le mostró de una vez todo lo que el escribano Sosa no había sabido —o no había querido— explicarle.

El taller era enorme, mucho más de lo que la fachada modesta dejaba adivinar desde la calle: un salón alargado con mesadas de trabajo a los costados, cajones diminutos etiquetados a mano con una letra alemana angulosa, lupas de relojero colgadas de ganchos como si su dueño acabara de soltarlas, y paredes enteras —las cuatro, hasta el último rincón libre— cubiertas de relojes. Relojes de pared con péndulo, relojes cucú de madera tallada con pájaros y ciervos, relojes de sobremesa con esferas de porcelana, relojes de pie tan altos como una persona. Docenas. Quizás un centenar.

Ninguno se movía.

Valentina se acercó al más próximo, un cucú de tejado inclinado con un cazador tallado en la puertita superior, y comprobó lo que ya había empezado a sospechar por el silencio absoluto del salón, un silencio que en un taller de relojería debería haber sido, por definición, imposible: la esfera marcaba las cuatro y diecisiete. Pasó al siguiente. Cuatro y diecisiete. Al de pared, al de sobremesa, al que tenía una inscripción en alemán en la base —Schwarzwald, 1958—. Todos, sin excepción, con las agujas clavadas en el mismo punto exacto, como si el tiempo entero de ese salón se hubiera roto de un solo golpe y nadie, en casi cincuenta años, hubiera juntado el coraje de barrer los pedazos.

—Dieciséis diecisiete —dijo en voz alta, sola en el salón, solamente para escuchar cómo sonaba.

Sobre la mesada principal, la más cercana a la ventana, encontró un almanaque de pared todavía colgado, con las hojas amarillas y quebradizas de tan viejas. Alguien lo había dejado, deliberadamente o por simple abandono, abierto en el mes de mayo. Un año que la humedad y el tiempo se habían encargado de borrar del papel, pero no el círculo marcado a lápiz, apretado, remarcado varias veces como si la mano que lo había dibujado hubiera necesitado hacer fuerza para creer lo que estaba escribiendo: 12.

Valentina sintió, parada en medio de ese salón de relojes muertos, algo que no supo nombrar del todo: no era miedo, exactamente, ni tampoco la curiosidad profesional con la que solía pararse frente a un mueble dañado calculando por dónde empezar la restauración. Era más parecido a la sensación de haber entrado, sin permiso, a mitad de una frase que alguien había dejado sin terminar.

Se sentó en el banco de trabajo, todavía con la campera puesta, y por primera vez desde que había salido de Buenos Aires se permitió preguntarse, en serio, qué clase de hombre detiene el tiempo entero de un lugar y después sigue viviendo, día tras día, durante casi cincuenta años, adentro de ese mismo silencio.

Afuera, el reloj de la plaza —el que llevaba once minutos de adelanto— dio, lejano, las siete de la tarde. Adentro del taller, nada respondió.

The door gave way with a dry groan, as if the wood itself were surprised that someone was pushing it open again after so long. A smell reached her before the sight did: rancid clock oil, old wood, and that particular dust that only forms when nobody sweeps a floor for decades, fine as talc, built up in layers that could almost be read like the rings of a tree.

Valentina Hoffmann Lezcano felt along the wall looking for a light switch and, not finding one, ended up hauling open the iron shutters of the first window by force. The afternoon light poured in all at once, slanting, thick with floating dust motes, and showed her, in one stroke, everything that the notary Sosa hadn't known how — or hadn't wanted — to explain to her.

The workshop was enormous, far more than the modest façade let on from the street: a long room with workbenches along the sides, tiny drawers labeled by hand in angular German script, jeweler's loupes hanging from hooks as if their owner had just set them down, and entire walls — all four, down to the last free corner — covered in clocks. Wall clocks with pendulums, cuckoo clocks carved from wood with birds and deer, mantel clocks with porcelain faces, grandfather clocks as tall as a person. Dozens. Maybe a hundred.

None of them moving.

Valentina walked up to the nearest one, a cuckoo clock with a sloped roof and a hunter carved into the little upper door, and confirmed what she'd already begun to suspect from the absolute silence of the room, a silence that in a clock workshop should have been, by definition, impossible: the face read seventeen minutes past four. She moved to the next one. Seventeen past four. The wall clock, the mantel clock, the one with a German inscription on its base — Schwarzwald, 1958. All of them, without exception, their hands frozen at the exact same point, as if the entire time of that room had shattered in a single blow and no one, in almost fifty years, had gathered the courage to sweep up the pieces.

"Sixteen seventeen," she said aloud, alone in the room, just to hear how it sounded.

On the main workbench, the one nearest the window, she found a wall calendar still hanging, its pages yellow and brittle with age. Someone had left it, whether deliberately or through simple neglect, open to the month of May. A year that damp and time had erased from the paper, but not the circle marked in pencil, pressed hard, gone over several times, as if the hand that drew it had needed force to believe what it was writing: 12.

Standing in the middle of that room of dead clocks, Valentina felt something she couldn't quite name: it wasn't fear, exactly, nor the professional curiosity with which she usually stood in front of a damaged piece of furniture, calculating where to begin the restoration. It was closer to the feeling of having walked in, uninvited, in the middle of a sentence someone had left unfinished.

She sat down on the workbench, still in her jacket, and for the first time since leaving Buenos Aires let herself ask, seriously, what kind of man stops the entire time of a place and then keeps living, day after day, for nearly fifty years, inside that same silence.

Outside, the clock in the square — the one running eleven minutes fast — struck, far off, seven in the evening. Inside the workshop, nothing answered.

A porta cedeu com um gemido seco, como se a própria madeira se surpreendesse por alguém voltar a empurrá-la depois de tanto tempo. Um cheiro a recebeu antes da visão: óleo de relógio rançoso, madeira velha, e aquele pó particular que só se forma quando ninguém varre um chão durante décadas, fino como talco, acumulado em camadas que quase podiam ser lidas como os anéis de uma árvore.

Valentina Hoffmann Lezcano tateou a parede procurando um interruptor e, ao não encontrar, acabou abrindo de um puxão as persianas de ferro da primeira janela. A luz da tarde entrou de golpe, oblíqua, carregada de partículas de poeira em suspensão, e lhe mostrou de uma vez tudo o que o tabelião Sosa não tinha sabido — ou não tinha querido — explicar.

O ateliê era enorme, muito mais do que a fachada modesta deixava adivinhar da rua: um salão comprido com bancadas de trabalho nas laterais, gavetinhas etiquetadas à mão com uma letra alemã angulosa, lupas de relojoeiro penduradas em ganchos como se o dono acabasse de soltá-las, e paredes inteiras — as quatro, até o último canto livre — cobertas de relógios. Relógios de parede com pêndulo, relógios cuco de madeira entalhada com pássaros e cervos, relógios de mesa com mostradores de porcelana, relógios de pé tão altos quanto uma pessoa. Dezenas. Talvez uma centena.

Nenhum se mexia.

Valentina se aproximou do mais próximo, um cuco de telhado inclinado com um caçador entalhado na portinha superior, e confirmou o que já começava a suspeitar pelo silêncio absoluto do salão, um silêncio que num ateliê de relojoaria deveria ser, por definição, impossível: o mostrador marcava quatro e dezessete. Passou ao seguinte. Quatro e dezessete. Ao de parede, ao de mesa, ao que tinha uma inscrição em alemão na base — Schwarzwald, 1958. Todos, sem exceção, com os ponteiros cravados no mesmo ponto exato, como se o tempo inteiro daquele salão tivesse se quebrado de um único golpe e ninguém, em quase cinquenta anos, tivesse juntado coragem para varrer os cacos.

—Dezesseis e dezessete —disse em voz alta, sozinha no salão, só para escutar como soava.

Sobre a bancada principal, a mais próxima da janela, encontrou um calendário de parede ainda pendurado, com as folhas amareladas e quebradiças de tão velhas. Alguém o tinha deixado, deliberadamente ou por simples abandono, aberto no mês de maio. Um ano que a umidade e o tempo tinham se encarregado de apagar do papel, mas não o círculo marcado a lápis, apertado, remarcado várias vezes como se a mão que o tinha desenhado precisasse fazer força para acreditar no que estava escrevendo: 12.

Valentina sentiu, parada no meio daquele salão de relógios mortos, algo que não soube nomear por completo: não era medo, exatamente, nem tampouco a curiosidade profissional com que costumava se postar diante de um móvel danificado calculando por onde começar a restauração. Era mais parecido com a sensação de ter entrado, sem permissão, no meio de uma frase que alguém tinha deixado sem terminar.

Sentou-se no banco de trabalho, ainda com o casaco vestido, e pela primeira vez desde que tinha saído de Buenos Aires se permitiu perguntar, a sério, que tipo de homem para o tempo inteiro de um lugar e depois segue vivendo, dia após dia, durante quase cinquenta anos, dentro daquele mesmo silêncio.

Lá fora, o relógio da praça — aquele com onze minutos de adiantamento — bateu, ao longe, as sete da noite. Dentro do ateliê, nada respondeu.

La porta cedette con un lamento secco, come se il legno stesso si sorprendesse che qualcuno tornasse a spingerla dopo tanto tempo. Un odore la accolse prima della vista: olio da orologi ormai rancido, legno vecchio, e quella polvere particolare che si forma solo quando nessuno spazza un pavimento per decenni, fine come talco, accumulata in strati che quasi si potevano leggere come gli anelli di un albero.

Valentina Hoffmann Lezcano tastò la parete cercando un interruttore e, non trovandolo, finì per spalancare con uno strattone le saracinesche di ferro della prima finestra. La luce del pomeriggio entrò di colpo, obliqua, carica di pulviscolo in sospensione, e le mostrò in un istante tutto ciò che il notaio Sosa non aveva saputo — o non aveva voluto — spiegarle.

Il laboratorio era enorme, molto più di quanto la facciata modesta lasciasse immaginare dalla strada: un salone allungato con banchi da lavoro ai lati, cassettini minuscoli etichettati a mano con una grafia tedesca angolosa, lenti da orologiaio appese a ganci come se il loro proprietario le avesse appena posate, e pareti intere — tutte e quattro, fino all'ultimo angolo libero — coperte di orologi. Orologi a pendolo, orologi a cucù in legno intagliato con cacciatori e cervi, orologi da tavolo con quadranti di porcellana, orologi a pendolo alti come una persona. Dozzine. Forse un centinaio.

Nessuno si muoveva.

Valentina si avvicinò al più vicino, un cucù dal tetto spiovente con un cacciatore intagliato sulla piccola porta superiore, e verificò ciò che aveva già iniziato a sospettare dal silenzio assoluto del salone, un silenzio che in un laboratorio di orologeria sarebbe dovuto essere, per definizione, impossibile: il quadrante segnava le quattro e diciassette. Passò al successivo. Le quattro e diciassette. A quello a parete, a quello da tavolo, a quello con un'iscrizione in tedesco alla base — Schwarzwald, 1958. Tutti, senza eccezione, con le lancette inchiodate esattamente nello stesso punto, come se il tempo intero di quel salone si fosse spezzato con un unico colpo e nessuno, in quasi cinquant'anni, avesse trovato il coraggio di spazzare via i pezzi.

—Sedici e diciassette —disse ad alta voce, sola nel salone, solo per sentire come suonava.

Sul banco principale, il più vicino alla finestra, trovò un calendario da parete ancora appeso, con i fogli ingialliti e fragili dalla vecchiaia. Qualcuno lo aveva lasciato, deliberatamente o per semplice abbandono, aperto al mese di maggio. Un anno che l'umidità e il tempo si erano incaricati di cancellare dalla carta, ma non il cerchio segnato a matita, stretto, ripassato più volte come se la mano che lo aveva disegnato avesse avuto bisogno di fare forza per credere a ciò che stava scrivendo: 12.

Valentina sentì, ferma in mezzo a quel salone di orologi morti, qualcosa che non seppe nominare del tutto: non era paura, esattamente, e nemmeno la curiosità professionale con cui era solita fermarsi davanti a un mobile danneggiato calcolando da dove iniziare il restauro. Era più simile alla sensazione di essere entrata, senza permesso, a metà di una frase che qualcuno aveva lasciato incompiuta.

Si sedette sulla panca da lavoro, ancora con il giubbotto addosso, e per la prima volta da quando era partita da Buenos Aires si permise di chiedersi, sul serio, che razza di uomo ferma il tempo intero di un luogo e poi continua a vivere, giorno dopo giorno, per quasi cinquant'anni, dentro quello stesso silenzio.

Fuori, l'orologio della piazza — quello che portava undici minuti di anticipo — batté, lontano, le sette di sera. Dentro il laboratorio, nulla rispose.

La porte céda dans un gémissement sec, comme si le bois lui-même s'étonnait qu'on le pousse encore après tant de temps. Une odeur l'accueillit avant même la vue : huile d'horloger rance, bois vieilli, et cette poussière particulière qui ne se forme que lorsque personne ne balaie un sol pendant des décennies, fine comme du talc, accumulée en couches qu'on aurait presque pu lire comme les anneaux d'un arbre.

Valentina Hoffmann Lezcano tâtonna le mur à la recherche d'un interrupteur et, ne le trouvant pas, finit par tirer d'un coup les volets de fer de la première fenêtre. La lumière de l'après-midi entra d'un coup, oblique, chargée de particules de poussière en suspension, et lui montra d'un seul coup tout ce que le notaire Sosa n'avait pas su — ou pas voulu — lui expliquer.

L'atelier était immense, bien plus que ne le laissait deviner la façade modeste depuis la rue : une salle allongée avec des établis sur les côtés, de minuscules tiroirs étiquetés à la main d'une écriture allemande anguleuse, des loupes d'horloger suspendues à des crochets comme si leur propriétaire venait tout juste de les lâcher, et des murs entiers — les quatre, jusqu'au moindre recoin libre — couverts d'horloges. Des horloges murales à balancier, des coucous en bois sculpté ornés d'oiseaux et de cerfs, des pendules de table à cadran de porcelaine, des horloges de parquet aussi hautes qu'une personne. Des dizaines. Peut-être une centaine.

Aucune ne bougeait.

Valentina s'approcha de la plus proche, un coucou au toit incliné avec un chasseur sculpté sur la petite porte du haut, et vérifia ce qu'elle avait déjà commencé à soupçonner à cause du silence absolu de la salle, un silence qui, dans un atelier d'horlogerie, aurait dû être, par définition, impossible : le cadran indiquait quatre heures dix-sept. Elle passa au suivant. Quatre heures dix-sept. À celui du mur, à celui de la table, à celui qui portait une inscription en allemand sur son socle — Schwarzwald, 1958. Tous, sans exception, avaient les aiguilles figées exactement au même point, comme si le temps tout entier de cette salle s'était brisé d'un seul coup et que personne, en presque cinquante ans, n'avait rassemblé le courage de balayer les morceaux.

— Seize heures dix-sept, dit-elle à voix haute, seule dans la salle, rien que pour entendre comment ça sonnait.

Sur l'établi principal, le plus proche de la fenêtre, elle trouva un calendrier mural encore accroché, les feuilles jaunies et cassantes tant elles étaient vieilles. Quelqu'un l'avait laissé, délibérément ou par simple abandon, ouvert au mois de mai. Une année que l'humidité et le temps s'étaient chargés d'effacer du papier, mais pas le cercle tracé au crayon, serré, repassé plusieurs fois comme si la main qui l'avait dessiné avait eu besoin d'appuyer fort pour croire ce qu'elle était en train d'écrire : 12.

Valentina ressentit, debout au milieu de cette salle d'horloges mortes, quelque chose qu'elle ne sut pas vraiment nommer : ce n'était pas exactement de la peur, ni non plus cette curiosité professionnelle avec laquelle elle se plantait d'habitude devant un meuble abîmé en calculant par où commencer la restauration. C'était plus proche de la sensation d'être entrée, sans permission, au milieu d'une phrase que quelqu'un avait laissée inachevée.

Elle s'assit sur l'établi, encore vêtue de son blouson, et pour la première fois depuis qu'elle avait quitté Buenos Aires, elle se permit de se demander, sérieusement, quelle sorte d'homme arrête le temps tout entier d'un lieu et continue ensuite à vivre, jour après jour, pendant près de cinquante ans, à l'intérieur de ce même silence.

Dehors, l'horloge de la place — celle qui avait onze minutes d'avance — sonna, lointaine, sept heures du soir. À l'intérieur de l'atelier, rien ne répondit.

Estrofa de folkloreFolk verseEstrofe de folcloreStrofa di folkloreStrophe de folklore

Reloj que no anda no miente,
se queda quieto y espera,
guardando en la misma hora
una pena verdadera.

Y hay silencios que se cuidan
más que cualquier tesoro,
porque romperlos de golpe
duele más que el mismo lloro.

A clock that doesn't run won't lie,
it stops and waits, holds still,
keeping in that single hour
a sorrow it can't spill.

And there are silences kept closer
than any treasure known,
because to break them all at once
hurts worse than tears alone.

Relógio parado não mente,
fica quieto e espera,
guardando na mesma hora
uma dor verdadeira.

E há silêncios que se guardam
mais que qualquer tesouro,
porque quebrá-los de golpe
dói mais que o próprio choro.

Orologio fermo non mente,
resta quieto e aspetta,
custodendo nella stessa ora
una pena vera e schietta.

E ci sono silenzi serbati
più cari d'ogni tesoro,
perché spezzarli di colpo
fa più male d'un pianto sonoro.

Horloge qui ne marche pas ne ment pas,
elle reste immobile et elle attend,
gardant à la même heure
une peine bien réelle.

Et il est des silences qu'on protège
plus que n'importe quel trésor,
car les briser d'un seul coup
fait plus mal que les pleurs eux-mêmes.

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Capítulo 03

La confitería EdelweissThe Edelweiss confiteríaA confeitaria EdelweissLa pasticceria EdelweissLa confiserie Edelweiss

Salió del taller cuando ya no pudo distinguir bien los números de los cajones etiquetados, con la sensación de que el silencio de los relojes detenidos se le había pegado a la ropa como el olor a aceite rancio. Cerró con la llave grande, que ya empezaba a sentir menos ajena en la mano, y caminó las dos cuadras hasta la Avenida Julio A. Roca buscando, más que comida, un poco de ruido normal: gente hablando, platos, alguna radio de fondo.

Lo encontró en la Confitería Edelweiss, un local angosto y profundo con vigas de madera oscura a la vista, manteles a cuadros rojos y blancos, y una vitrina entera dedicada a tortas y strudels que competían en altura con las fotografías en blanco y negro colgadas en la pared del fondo: hombres con delantal de panadero posando orgullosos junto a hornos de barro, carrozas de una fiesta de la cerveza de hacía quién sabe cuántas décadas, y un salón de baile con parejas vestidas de gala que parecían, todas, mirar directamente a la cámara con la misma seriedad de otra época.

—Sentate donde quieras, m'hija, que a esta hora está vacío hasta el fantasma del dueño anterior —le dijo, desde detrás del mostrador, una mujer de unos setenta y nueve años, bajita, de espaldas anchas para su estatura y un rodete blanco tan prolijo que parecía esculpido, con un delantal bordado a mano que llevaba las iniciales O.B. y una voz que salía con la fuerza de alguien acostumbrada a hacerse escuchar por encima de una cocina llena de gente.

Era Ottilie Brunner de Kaufmann —Otti, para todo el pueblo desde hacía más años de los que ella misma se molestaba en contar—, dueña de la Edelweiss desde que había heredado el local de sus propios padres, inmigrantes de Baviera, y guardiana no oficial de la memoria colectiva de Villa General Belgrano: sabía quién se había peleado con quién en 1980, qué pareja había bailado su primer vals en qué rincón exacto del salón, y —Valentina lo iba a descubrir en los minutos siguientes— prácticamente todo lo que había que saber sobre la familia Hoffmann.

Valentina pidió un café y, casi sin pensarlo, un strudel de manzana. Recién cuando Otti le trajo el plato, se detuvo con la bandeja todavía en la mano, entrecerrando los ojos como quien ajusta el foco de una cámara vieja.

—Vos sos la nieta —dijo, no como pregunta sino como comprobación—. Tenés los ojos de Federico. Esos ojos claros que él tenía, iguales, ni un poquito cambiados por los años.

—Valentina —se presentó, un poco sorprendida de que la reconocieran sin haber dicho una palabra—. Valentina Hoffmann.

—Otti —respondió la mujer, secándose las manos en el delantal antes de sentarse, sin pedir permiso, en la silla de enfrente, algo que en cualquier otro comercio hubiera resultado extraño y que ahí, en la Edelweiss, pareció la cosa más natural del mundo—. Fui la mejor amiga de tu abuela. De Elena. Cincuenta años de amistad, aunque ella se me fue mucho antes de que la amistad se terminara del todo, si me entendés lo que te quiero decir.

Valentina no entendía del todo, pero asintió, y dejó que Otti siguiera hablando, sospechando que ahí, en esa mesa con manteles a cuadros, iba a conseguir más respuestas en diez minutos que en todo lo que el escribano Sosa le había explicado en su estudio.

—Fui esta mañana al taller —dijo Valentina, finalmente, cuando encontró un hueco en el relato de Otti sobre la panadería de sus padres—. Los relojes... todos están parados. En la misma hora, exactamente.

La mano de Otti, que hasta ese momento no había dejado de moverse —acomodando el mantel, alisando una arruga invisible, gesticulando— se quedó quieta sobre la mesa.

—Las cuatro y diecisiete —dijo, en voz baja, sin que fuera pregunta.

—¿Cómo lo sabe?

Otti tardó en responder. Miró hacia la vitrina, hacia las fotografías del fondo, hacia cualquier lugar que no fueran los ojos de Valentina, y cuando finalmente habló, lo hizo con la cautela de quien decide, palabra por palabra, cuánta verdad está dispuesta a soltar.

—Porque esa fue la hora en que se murió tu abuela, m'hija. El doce de mayo de 1976. Y porque tu abuelo, que antes de esa tarde era capaz de arreglarte un reloj con los ojos cerrados, no volvió a tocar ni un solo mecanismo en el resto de su vida. Cincuenta años parado en el mismo minuto, él y todos sus relojes juntos.

El café de Valentina se enfrió sin que ella lo tocara.

—¿Por qué? —preguntó, aunque una parte de ella ya sospechaba que esa pregunta, tan simple, no iba a tener una respuesta simple.

—Eso —dijo Otti, poniéndose de pie con un suspiro que sonó a algo cargado desde hacía demasiado tiempo— es una historia larga, y esta tarde vos tenés cara de necesitar dormir antes de escucharla entera. Pero te voy a decir una cosa, para que te la lleves puesta esta noche: tu abuelo no era un hombre frío, aunque medio pueblo lo haya juzgado así todos estos años. Era un hombre que quiso tanto, una sola vez en la vida, que cuando lo perdió no encontró otra manera de sobrevivir más que deteniendo todo lo que le quedaba entre las manos.

Se levantó, volvió detrás del mostrador, y regresó un minuto después con una fotografía pequeña, de bordes ondulados, que dejó sobre la mesa sin decir nada más: una pareja joven, sonriendo bajo un pino, ella con un vestido claro y el pelo suelto al viento, él con una expresión seria que no lograba, sin embargo, esconder del todo la felicidad.

—Quedátela —dijo Otti—. Ya tengo demasiadas fotos de tu abuela guardadas para acordarme de su cara. Vos, en cambio, no tenías ni una sola.

She left the workshop when she could no longer make out the numbers on the labeled drawers, with the feeling that the silence of the stopped clocks had stuck to her clothes like the smell of rancid oil. She locked up with the big key, which was already starting to feel less foreign in her hand, and walked the two blocks to Avenida Julio A. Roca looking, more than for food, for a little ordinary noise: people talking, plates clinking, some radio playing in the background.

She found it at the Confitería Edelweiss, a narrow, deep space with dark exposed wooden beams, red-and-white checked tablecloths, and a display case entirely devoted to cakes and strudels competing in height with the black-and-white photographs hanging on the back wall: men in baker's aprons posing proudly beside clay ovens, floats from some beer festival who knew how many decades ago, and a dance hall full of couples dressed for a gala, all of them seeming to look straight into the camera with the same seriousness of another era.

"Sit wherever you like, sweetheart, at this hour it's empty even of the previous owner's ghost," said a woman of about seventy-nine from behind the counter — short, broad-shouldered for her height, with a white bun so neat it looked sculpted, wearing a hand-embroidered apron with the initials O.B., and a voice that came out with the force of someone used to being heard over a kitchen full of people.

It was Ottilie Brunner de Kaufmann — Otti, to the whole town, for more years than she herself bothered to count — owner of the Edelweiss since she'd inherited the place from her own parents, immigrants from Bavaria, and unofficial keeper of Villa General Belgrano's collective memory: she knew who had fought with whom in 1980, which couple had danced their first waltz in which exact corner of the hall, and — Valentina was about to discover in the next few minutes — practically everything there was to know about the Hoffmann family.

Valentina ordered a coffee and, almost without thinking, an apple strudel. It was only when Otti brought her the plate that she stopped, tray still in hand, narrowing her eyes like someone adjusting the focus on an old camera.

"You're the granddaughter," she said, not as a question but as a confirmation. "You've got Federico's eyes. Those same light eyes he had, identical, not touched one bit by the years."

"Valentina," she introduced herself, a little startled to be recognized without having said a word. "Valentina Hoffmann."

"Otti," the woman answered, wiping her hands on her apron before sitting down, without asking permission, in the chair across from her — something that in any other business would have seemed strange, and that there, in the Edelweiss, seemed the most natural thing in the world. "I was your grandmother's best friend. Elena's. Fifty years of friendship, though she left me long before the friendship itself was really over, if you know what I mean."

Valentina didn't entirely understand, but she nodded, and let Otti keep talking, suspecting that there, at that table with the checked tablecloth, she was going to get more answers in ten minutes than in everything the notary Sosa had explained to her in his office.

"I went to the workshop this morning," Valentina said, finally, when she found a gap in Otti's account of her parents' bakery. "The clocks... they're all stopped. At the exact same hour."

Otti's hand, which until that moment hadn't stopped moving — smoothing the tablecloth, flattening an invisible wrinkle, gesturing — went still on the table.

"Seventeen past four," she said, quietly, not as a question.

"How do you know that?"

Otti took her time answering. She looked toward the display case, toward the photographs on the back wall, toward anywhere that wasn't Valentina's eyes, and when she finally spoke, she did it with the caution of someone deciding, word by word, how much truth she was willing to let go of.

"Because that was the hour your grandmother died, sweetheart. The twelfth of May, 1976. And because your grandfather, who before that afternoon could fix a clock with his eyes closed, never touched a single mechanism again for the rest of his life. Fifty years stopped at the same minute, him and every one of his clocks together."

Valentina's coffee went cold without her touching it.

"Why?" she asked, though part of her already suspected that such a simple question wasn't going to have a simple answer.

"That," Otti said, standing up with a sigh that sounded like something carried too long, "is a long story, and this afternoon you look like you need sleep more than you need to hear all of it. But I'll tell you one thing, so you carry it with you tonight: your grandfather wasn't a cold man, even if half this town judged him that way all these years. He was a man who loved so much, just once in his life, that when he lost it he couldn't find any other way to survive except by stopping everything he had left in his hands."

She got up, went back behind the counter, and returned a minute later with a small photograph, its edges wavy with age, which she set on the table without saying anything more: a young couple, smiling under a pine tree, she in a light dress with her hair loose in the wind, he with a serious expression that still couldn't quite hide his happiness.

"Keep it," Otti said. "I've already got too many photos of your grandmother tucked away to remember her face. You, on the other hand, didn't have a single one."

Saiu do ateliê quando já não conseguia distinguir bem os números das gavetinhas etiquetadas, com a sensação de que o silêncio dos relógios parados tinha grudado na roupa dela como o cheiro de óleo rançoso. Fechou com a chave grande, que já começava a sentir menos estranha na mão, e caminhou as duas quadras até a Avenida Julio A. Roca procurando, mais que comida, um pouco de barulho normal: gente conversando, pratos, algum rádio ao fundo.

Encontrou isso na Confeitaria Edelweiss, um salão estreito e comprido com vigas de madeira escura à vista, toalhas xadrez vermelhas e brancas, e uma vitrine inteira dedicada a tortas e strudels que competiam em altura com as fotografias em preto e branco penduradas na parede do fundo: homens de avental de padeiro posando orgulhosos junto a fornos de barro, carros alegóricos de uma festa da cerveja de sabe-se lá quantas décadas atrás, e um salão de baile com casais vestidos a rigor que pareciam, todos, olhar direto para a câmera com a mesma seriedade de outra época.

—Senta onde quiser, filha, que a essa hora está vazio até o fantasma do dono anterior —disse, de trás do balcão, uma mulher de uns setenta e nove anos, baixinha, de costas largas para sua estatura e um coque branco tão bem-feito que parecia esculpido, com um avental bordado à mão com as iniciais O.B. e uma voz que saía com a força de quem está acostumada a se fazer ouvir por cima de uma cozinha cheia de gente.

Era Ottilie Brunner de Kaufmann — Otti, para a cidade toda havia mais anos do que ela mesma se dava ao trabalho de contar —, dona da Edelweiss desde que tinha herdado o salão dos próprios pais, imigrantes da Baviera, e guardiã não oficial da memória coletiva de Villa General Belgrano: sabia quem tinha brigado com quem em 1980, que casal tinha dançado sua primeira valsa em que canto exato do salão, e — Valentina ia descobrir nos minutos seguintes — praticamente tudo o que havia para saber sobre a família Hoffmann.

Valentina pediu um café e, quase sem pensar, um strudel de maçã. Só quando Otti trouxe o prato é que parou, com a bandeja ainda na mão, semicerrando os olhos como quem ajusta o foco de uma câmera velha.

—Você é a neta —disse, não como pergunta, mas como constatação—. Tem os olhos do Federico. Aqueles olhos claros que ele tinha, idênticos, nem um pouquinho mudados pelos anos.

—Valentina —se apresentou, um pouco surpresa por ser reconhecida sem ter dito uma palavra—. Valentina Hoffmann.

—Otti —respondeu a mulher, enxugando as mãos no avental antes de sentar, sem pedir licença, na cadeira da frente, algo que em qualquer outro estabelecimento teria parecido estranho e que ali, na Edelweiss, pareceu a coisa mais natural do mundo—. Fui a melhor amiga da sua avó. Da Elena. Cinquenta anos de amizade, embora ela tenha partido muito antes de a amizade terminar de vez, se você entende o que quero dizer.

Valentina não entendia direito, mas assentiu, e deixou que Otti continuasse falando, suspeitando que ali, naquela mesa de toalha xadrez, ia conseguir mais respostas em dez minutos do que em tudo o que o tabelião Sosa tinha lhe explicado no escritório.

—Fui ao ateliê esta manhã —disse Valentina, finalmente, quando achou uma brecha no relato de Otti sobre a padaria dos pais dela—. Os relógios... estão todos parados. Na mesma hora, exatamente.

A mão de Otti, que até aquele momento não tinha parado de se mexer — ajeitando a toalha, alisando uma ruga invisível, gesticulando — ficou quieta sobre a mesa.

—Quatro e dezessete —disse, em voz baixa, sem que fosse pergunta.

—Como a senhora sabe?

Otti demorou para responder. Olhou para a vitrine, para as fotografias do fundo, para qualquer lugar que não fossem os olhos de Valentina, e quando finalmente falou, o fez com a cautela de quem decide, palavra por palavra, quanta verdade está disposta a soltar.

—Porque essa foi a hora em que sua avó morreu, filha. No dia doze de maio de 1976. E porque seu avô, que antes daquela tarde era capaz de consertar um relógio de olhos fechados, nunca mais tocou em um único mecanismo pelo resto da vida. Cinquenta anos parado no mesmo minuto, ele e todos os relógios dele juntos.

O café de Valentina esfriou sem que ela o tocasse.

—Por quê? —perguntou, embora uma parte dela já suspeitasse que aquela pergunta, tão simples, não teria uma resposta simples.

—Isso —disse Otti, se levantando com um suspiro que soou como algo carregado por tempo demais— é uma história longa, e essa tarde você tem cara de precisar dormir antes de escutá-la inteira. Mas vou te dizer uma coisa, para você levar com você hoje à noite: seu avô não era um homem frio, ainda que meio povoado o tenha julgado assim todos esses anos. Era um homem que amou tanto, uma única vez na vida, que quando o perdeu não encontrou outro jeito de sobreviver senão parando tudo o que lhe restava entre as mãos.

Levantou-se, voltou para trás do balcão, e retornou um minuto depois com uma fotografia pequena, de bordas onduladas, que deixou sobre a mesa sem dizer mais nada: um casal jovem, sorrindo debaixo de um pinheiro, ela de vestido claro e o cabelo solto ao vento, ele com uma expressão séria que não conseguia, no entanto, esconder de todo a felicidade.

—Fica com ela —disse Otti—. Já tenho fotos demais da sua avó guardadas para me lembrar do rosto dela. Você, ao contrário, não tinha nem uma sequer.

Uscì dal laboratorio quando ormai non riusciva più a distinguere bene i numeri dei cassetti etichettati, con la sensazione che il silenzio degli orologi fermi le si fosse attaccato ai vestiti come l'odore di olio rancido. Chiuse con la chiave grande, che già iniziava a sentire meno estranea in mano, e percorse i due isolati fino all'Avenida Julio A. Roca cercando, più che cibo, un po' di rumore normale: gente che parlava, piatti, qualche radio di sottofondo.

Lo trovò alla Confitería Edelweiss, un locale stretto e profondo con travi di legno scuro a vista, tovaglie a quadri rossi e bianchi, e una vetrina intera dedicata a torte e strudel che gareggiavano in altezza con le fotografie in bianco e nero appese alla parete di fondo: uomini in grembiule da fornaio in posa orgogliosa accanto a forni di terracotta, carri di una festa della birra di chissà quanti decenni prima, e una sala da ballo con coppie in abito da sera che sembravano, tutte, guardare dritto nell'obiettivo con la stessa serietà di un'altra epoca.

—Siediti dove vuoi, figliola, a quest'ora è vuoto persino il fantasma del vecchio proprietario —le disse, da dietro al bancone, una donna sui settantanove anni, minuta, con le spalle larghe per la sua statura e uno chignon bianco così ordinato che sembrava scolpito, con un grembiule ricamato a mano che portava le iniziali O.B. e una voce che usciva con la forza di chi è abituata a farsi sentire sopra una cucina piena di gente.

Era Ottilie Brunner de Kaufmann — Otti, per tutto il paese da più anni di quanti lei stessa si prendesse la briga di contare —, proprietaria della Edelweiss da quando aveva ereditato il locale dai suoi genitori, immigrati bavaresi, e custode non ufficiale della memoria collettiva di Villa General Belgrano: sapeva chi si era litigato con chi nel 1980, quale coppia aveva ballato il suo primo valzer in quale angolo esatto della sala, e — Valentina lo avrebbe scoperto nei minuti successivi — praticamente tutto quello che c'era da sapere sulla famiglia Hoffmann.

Valentina ordinò un caffè e, quasi senza pensarci, uno strudel di mele. Solo quando Otti le portò il piatto, si fermò con il vassoio ancora in mano, socchiudendo gli occhi come chi mette a fuoco una vecchia macchina fotografica.

—Sei la nipote —disse, non come domanda ma come constatazione—. Hai gli occhi di Federico. Quegli occhi chiari che aveva lui, identici, nemmeno un po' cambiati dagli anni.

—Valentina —si presentò, un po' sorpresa che la riconoscessero senza aver detto una parola—. Valentina Hoffmann.

—Otti —rispose la donna, asciugandosi le mani nel grembiule prima di sedersi, senza chiedere permesso, sulla sedia di fronte, cosa che in qualsiasi altro locale sarebbe risultata strana e che lì, alla Edelweiss, sembrò la cosa più naturale del mondo—. Sono stata la migliore amica di tua nonna. Di Elena. Cinquant'anni di amicizia, anche se lei se n'è andata molto prima che l'amicizia finisse del tutto, se mi capisci cosa intendo dire.

Valentina non capiva del tutto, ma annuì, e lasciò che Otti continuasse a parlare, sospettando che lì, a quel tavolo con la tovaglia a quadri, avrebbe ottenuto più risposte in dieci minuti che in tutto quello che il notaio Sosa le aveva spiegato nel suo studio.

—Sono stata stamattina al laboratorio —disse Valentina, finalmente, quando trovò uno spiraglio nel racconto di Otti sul panificio dei suoi genitori—. Gli orologi... sono tutti fermi. Tutti alla stessa ora, esattamente.

La mano di Otti, che fino a quel momento non aveva mai smesso di muoversi — sistemando la tovaglia, lisciando una piega invisibile, gesticolando — si immobilizzò sul tavolo.

—Le quattro e diciassette —disse, a bassa voce, senza che fosse una domanda.

—Come fa a saperlo?

Otti ci mise un po' a rispondere. Guardò verso la vetrina, verso le fotografie sul fondo, verso qualunque posto che non fossero gli occhi di Valentina, e quando finalmente parlò, lo fece con la cautela di chi decide, parola per parola, quanta verità è disposta a lasciar uscire.

—Perché quella fu l'ora in cui morì tua nonna, figliola. Il dodici di maggio del 1976. E perché tuo nonno, che prima di quel pomeriggio era capace di aggiustarti un orologio a occhi chiusi, non toccò più un solo meccanismo per il resto della sua vita. Cinquant'anni fermo allo stesso minuto, lui e tutti i suoi orologi insieme.

Il caffè di Valentina si raffreddò senza che lei lo toccasse.

—Perché? —chiese, anche se una parte di lei già sospettava che quella domanda, così semplice, non avrebbe avuto una risposta semplice.

—Questa —disse Otti, alzandosi in piedi con un sospiro che suonava come qualcosa portato dentro da troppo tempo— è una storia lunga, e questo pomeriggio tu hai la faccia di chi ha bisogno di dormire prima di ascoltarla tutta. Ma ti dico una cosa, perché te la porti a casa stanotte: tuo nonno non era un uomo freddo, anche se mezzo paese lo ha giudicato così tutti questi anni. Era un uomo che amò tanto, una sola volta nella vita, che quando la perse non trovò altro modo per sopravvivere se non fermando tutto quello che gli restava tra le mani.

Si alzò, tornò dietro al bancone, e ritornò un minuto dopo con una fotografia piccola, dai bordi ondulati, che posò sul tavolo senza dire altro: una coppia giovane, sorridente sotto un pino, lei con un vestito chiaro e i capelli sciolti al vento, lui con un'espressione seria che non riusciva, comunque, a nascondere del tutto la felicità.

—Tienila —disse Otti—. Ho già troppe foto di tua nonna conservate per ricordarmi la sua faccia. Tu, invece, non ne avevi nemmeno una.

Elle sortit de l'atelier quand elle ne parvint plus à distinguer les numéros des tiroirs étiquetés, avec la sensation que le silence des horloges arrêtées s'était collé à ses vêtements comme l'odeur d'huile rance. Elle ferma avec la grande clé, qui commençait déjà à lui sembler moins étrangère dans la main, et parcourut les deux rues jusqu'à l'avenue Julio A. Roca, cherchant, plus que de la nourriture, un peu de bruit normal : des gens qui parlent, des assiettes, une radio en fond sonore.

Elle le trouva à la Confiserie Edelweiss, un local étroit et profond aux poutres de bois sombre apparentes, aux nappes à carreaux rouges et blancs, et une vitrine entière consacrée à des gâteaux et des strudels qui rivalisaient en hauteur avec les photographies en noir et blanc accrochées au mur du fond : des hommes en tablier de boulanger posant fièrement près de fours en terre cuite, des chars d'une fête de la bière datant de qui sait combien de décennies, et une salle de bal avec des couples en tenue de gala qui semblaient tous regarder droit vers l'appareil photo avec le même sérieux d'une autre époque.

— Assieds-toi où tu veux, ma fille, à cette heure-ci c'est vide jusqu'au fantôme de l'ancien propriétaire, lui dit, de derrière le comptoir, une femme d'environ soixante-dix-neuf ans, petite, aux épaules larges pour sa taille et un chignon blanc si soigné qu'il semblait sculpté, avec un tablier brodé main portant les initiales O.B. et une voix qui sortait avec la force de quelqu'un habituée à se faire entendre par-dessus une cuisine pleine de monde.

C'était Ottilie Brunner de Kaufmann — Otti, pour tout le village depuis plus d'années qu'elle ne se donnait la peine d'en compter —, propriétaire de l'Edelweiss depuis qu'elle avait hérité du local de ses propres parents, immigrés de Bavière, et gardienne non officielle de la mémoire collective de Villa General Belgrano : elle savait qui s'était fâché avec qui en 1980, quel couple avait dansé sa première valse dans quel coin exact de la salle, et — Valentina allait le découvrir dans les minutes suivantes — pratiquement tout ce qu'il fallait savoir sur la famille Hoffmann.

Valentina commanda un café et, presque sans y penser, un strudel aux pommes. Ce n'est que lorsque Otti lui apporta l'assiette qu'elle s'arrêta, le plateau encore à la main, plissant les yeux comme quelqu'un qui règle la mise au point d'un vieil appareil photo.

— Toi, tu es la petite-fille, dit-elle, non pas comme une question mais comme une constatation. Tu as les yeux de Federico. Ces yeux clairs qu'il avait, identiques, pas changés d'un poil par les années.

— Valentina, se présenta-t-elle, un peu surprise d'être reconnue sans avoir dit un mot. Valentina Hoffmann.

— Otti, répondit la femme en s'essuyant les mains sur son tablier avant de s'asseoir, sans demander la permission, sur la chaise d'en face, ce qui dans n'importe quel autre commerce aurait paru étrange et qui là, à l'Edelweiss, semblait la chose la plus naturelle du monde. J'ai été la meilleure amie de ta grand-mère. D'Elena. Cinquante ans d'amitié, même si elle m'a quittée bien avant que l'amitié ne se termine tout à fait, si tu vois ce que je veux dire.

Valentina ne comprenait pas tout à fait, mais elle acquiesça, et laissa Otti continuer à parler, soupçonnant que là, à cette table aux nappes à carreaux, elle allait obtenir plus de réponses en dix minutes que dans tout ce que le notaire Sosa lui avait expliqué dans son étude.

— Je suis allée ce matin à l'atelier, dit finalement Valentina, quand elle trouva un interstice dans le récit d'Otti sur la boulangerie de ses parents. Les horloges... elles sont toutes arrêtées. À la même heure, exactement.

La main d'Otti, qui jusque-là n'avait pas cessé de bouger — arrangeant la nappe, lissant un pli invisible, gesticulant — se figea sur la table.

— Quatre heures dix-sept, dit-elle à voix basse, sans que ce soit une question.

— Comment le savez-vous ?

Otti mit du temps à répondre. Elle regarda vers la vitrine, vers les photographies du fond, vers n'importe quel endroit qui n'était pas les yeux de Valentina, et quand elle parla enfin, elle le fit avec la prudence de quelqu'un qui décide, mot par mot, combien de vérité elle est prête à lâcher.

— Parce que c'est l'heure à laquelle ta grand-mère est morte, ma fille. Le douze mai 1976. Et parce que ton grand-père, qui avant cet après-midi-là était capable de te réparer une horloge les yeux fermés, n'a plus jamais retouché le moindre mécanisme de toute sa vie. Cinquante ans arrêté à la même minute, lui et toutes ses horloges ensemble.

Le café de Valentina refroidit sans qu'elle y touche.

— Pourquoi ? demanda-t-elle, même si une partie d'elle soupçonnait déjà que cette question, si simple, n'aurait pas de réponse simple.

— Ça, dit Otti en se levant avec un soupir qui sonnait comme quelque chose de trop longtemps contenu, c'est une longue histoire, et cet après-midi tu as une tête à avoir besoin de dormir avant de l'entendre en entier. Mais je vais te dire une chose, pour que tu l'emportes avec toi ce soir : ton grand-père n'était pas un homme froid, même si la moitié du village l'a jugé ainsi toutes ces années. C'était un homme qui a tant aimé, une seule fois dans sa vie, que lorsqu'il l'a perdue, il n'a pas trouvé d'autre façon de survivre qu'en arrêtant tout ce qui lui restait entre les mains.

Elle se leva, retourna derrière le comptoir, et revint une minute plus tard avec une petite photographie aux bords ondulés, qu'elle posa sur la table sans rien dire de plus : un jeune couple, souriant sous un pin, elle en robe claire, les cheveux dénoués au vent, lui avec une expression sérieuse qui ne parvenait pourtant pas à cacher tout à fait le bonheur.

— Garde-la, dit Otti. J'ai déjà bien trop de photos de ta grand-mère rangées pour me souvenir de son visage. Toi, en revanche, tu n'en avais pas une seule.

Estrofa de tangoTango verseEstrofe de tangoStrofa di tangoStrophe de tango

Hay relojes que se paran
por cansancio, o por rutina,
y hay otros que se detienen
porque el alma se lastima.

Cincuenta años de silencio
no los cura ningún día,
hasta que alguien, sin saberlo,
abre de nuevo la puerta un día.

There are clocks that stop from weariness,
or simply out of habit worn,
and there are others that fall silent
because the soul itself is torn.

Fifty years of quiet aching
no single day can wash away,
until someone, not even knowing,
opens once more the door, one day.

Há relógios que param
de cansaço, ou de rotina,
e há outros que se detêm
porque a alma se machuca.

Cinquenta anos de silêncio
não cura nenhum dia,
até que alguém, sem saber,
abre de novo a porta um dia.

Ci sono orologi che si fermano
per stanchezza, o per abitudine,
e altri che si arrestano
perché l'anima si ferisce.

Cinquant'anni di silenzio
non li guarisce alcun giorno,
finché qualcuno, senza saperlo,
riapre la porta un altro giorno.

Il est des horloges qui s'arrêtent
de fatigue, ou par routine,
et il en est d'autres qui se figent
parce que l'âme est meurtrie.

Cinquante ans de silence,
aucun jour ne les guérit,
jusqu'à ce que quelqu'un, sans le savoir,
rouvre un jour la porte.

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Tapa: El taller de los relojes parados

El taller de los relojes parados

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