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Índice

Estancia La Zulema

  1. 01El camino a ArecoThe Road to ArecoO caminho para ArecoLa strada per ArecoLa route d'Areco
  2. 02Felisa AnchorenaFelisa AnchorenaFelisa AnchorenaFelisa AnchorenaFelisa Anchorena
  3. 03Los hijos de OvidioOvidio's ChildrenOs filhos de OvidioI figli di OvidioLes enfants d'Ovidio
  4. 04El pedido de OvidioOvidio's RequestO pedido de OvidioLa richiesta di OvidioLa demande d'Ovidio
  5. 05La mesa largaThe Long TableA mesa compridaLa tavolata lungaLa table longue
  6. 06Cinco minutosFive MinutesCinco minutosCinque minutiCinq minutes
  7. 07La noticiaThe NewsA notíciaLa notiziaLa nouvelle
  8. 08El comisario de ArecoThe Commissioner of ArecoO comissário de ArecoIl commissario di ArecoLe commissaire d'Areco
  9. 09Donde estaba cada unoWhere Everyone WasOnde estava cada umDove si trovava ciascunoOù se trouvait chacun
  10. 10Lo que sabía el médicoWhat the Doctor KnewO que o médico sabiaQuello che sapeva il medicoCe que savait le médecin
  11. 11El informeThe ReportO laudoIl rapportoLe rapport
  12. 12Deudas de BragadoBragado DebtsDívidas de BragadoDebiti di BragadoDettes de Bragado
  13. 13Los libros de la estanciaThe Estancia's BooksOs livros da estanciaI libri contabili dell'estanciaLes livres de comptes de l'estancia
  14. 14Lo que decía el testamentoWhat the Will SaidO que dizia o testamentoQuello che diceva il testamentoCe que disait le testament
  15. 15Lo que dice el jardínWhat the Garden SaysO que diz o jardimQuello che dice il giardinoCe que dit le jardin
  16. 16Doce años atrásTwelve Years EarlierDoze anos atrásDodici anni primaDouze ans plus tôt
  17. 17El as que se deja perderThe Ace You Let Yourself LoseO ás que se deixa perderL'asso che si lascia perdereL'as qu'on laisse perdre
  18. 18Lo que Casimiro no pudo callar másWhat Casimiro Could No Longer Keep QuietO que Casimiro não pôde mais calarQuello che Casimiro non poté più tacereCe que Casimiro ne put plus taire
  19. 19El nombre que faltabaThe Missing NameO nome que faltavaIl nome che mancavaLe nom qui manquait
  20. 20La sombra de FelisaFelisa's ShadowA sombra de FelisaL'ombra di FelisaL'ombre de Felisa
  21. 21Lo que vio DeolindaWhat Deolinda SawO que Deolinda viuQuello che vide DeolindaCe que Deolinda avait vu
  22. 22El peso de callarThe Weight of Staying SilentO peso de calarIl peso del tacereLe poids de se taire
  23. 23La noche del canteroThe Night of the Flower BedA noite do canteiroLa notte dell'aiuolaLa nuit du parterre
  24. 24Lo que quiso quemarWhat She Wanted to BurnO que ela quis queimarQuello che volle bruciareCe qu'elle voulait brûler
  25. 25ObstrucciónObstructionObstruçãoOstruzioneObstruction
  26. 26El entierroThe BurialO enterroIl funeraleL'enterrement
  27. 27La copia que faltabaThe Missing CopyA cópia que faltavaLa copia che mancavaLa copie qui manquait
  28. 28La reunión en la galeríaThe Meeting on the GalleryA reunião na galeriaLa riunione in galleriaLa réunion sur la galerie
  29. 29Felisa AnchorenaFelisa AnchorenaFelisa AnchorenaFelisa AnchorenaFelisa Anchorena
  30. 30La paz que no esperabaThe Peace She Wasn't ExpectingA paz que não esperavaLa pace che non si aspettavaLa paix qu'elle n'attendait pas

EMDAI — Relatos donde los vínculos humanos tienen la última palabra

Índice 1 / 30

Capítulo 01

El camino a ArecoThe Road to ArecoO caminho para ArecoLa strada per ArecoLa route d'Areco

El campo empezaba a mostrarse en serio pasando General Rodríguez, cuando el asfalto perdía prolijidad y los eucaliptos se alineaban a los costados de la ruta como una tropa cansada de tanto viento pampeano. Julio Morosini iba sentado del lado del acompañante, con la ventanilla baja y el codo apoyado en el marco, dejando que el aire de octubre, todavía fresco pero ya con esa promesa dulzona de la alfalfa en flor, le entrara de lleno en la cara.

Era un hombre de cincuenta y ocho años, grande de cuerpo pero de movimientos parsimoniosos, con la espalda un poco encorvada de quien pasó media vida inclinado sobre escritorios y expedientes. Tenía el pelo entrecano cortado corto, un bigote prolijo del mismo color, y unas manos anchas, ásperas, más parecidas a las de un hombre de campo que a las de un ex comisario de la Policía Federal. Vestía, como casi siempre, un saco de gabardina marrón que ya había visto mejores días y una camisa a cuadros que Nicanor, al verlo subir al auto en Retiro, no había podido dejar de comentar.

—Te vas a morir de calor con esa camisa, Julio. Allá va a hacer un calorcito raro de octubre.

—Prefiero el calor a andar de traje en una fiesta de campo. Ya bastante disfrazado me vas a hacer sentir con todo ese lujo que me contás.

Nicanor Wilde se rió, sin sacar la vista del camino. Tenía treinta y dos años, la contextura delgada y nerviosa de quien hace deporte por obligación más que por gusto, y una calvicie incipiente que disimulaba con el pelo cortado casi al ras. Era abogado, trabajaba en un estudio de la city porteña, y desde hacía años cultivaba con Julio una amistad rara, asimétrica, nacida de un favor que el propio Julio le había hecho a su padre, ya fallecido, en un caso menor que jamás llegó a los diarios.

—Che, una cosa que siempre te quise preguntar, ya que sos casi colega. ¿Es cierto que vos también estudiaste abogacía?

—Es cierto. Me recibí, incluso, allá por los años de comisario joven. Nunca ejercí un día como abogado de escritorio, eso sí. Pero el título no lo tiré a la basura.

—¿Y para qué te sirvió, si nunca ejerciste?

—Para asustar con precisión, Nicanor. No hay nada que le afloje más la lengua a un sospechoso que un hombre que le puede recitar de memoria, artículo por artículo, la pena exacta que le espera si lo que hizo fue lo que yo creo que hizo. Y si encima el sospechoso es creyente, como me pasa casi siempre en el interior, le sumo la otra condena, la que no prescribe ni con buena conducta.

—¿La divina?

—Esa. La ley terrenal amenaza con años de cárcel. Yo, cuando hace falta, les recuerdo que hay una segunda instancia, más alta, donde no hay abogado defensor que valga.

Nicanor lo miró de reojo, entre divertido e incómodo, como quien nunca sabe del todo cuánto de broma y cuánto de verdad hay en las frases de Julio.

—Contame otra vez quién va a estar —pidió Julio, cambiando él mismo de tema, y sacó del bolsillo interior del saco una libreta de tapa dura, gastada en los bordes, y un lápiz corto que llevaba siempre atado con un hilo al gancho de la tapa, como quien no confía del todo en que el lápiz vaya a quedarse solo por las suyas.

—Mi tío Ovidio, obviamente, que es quien cumple años. Mi tía Felisa, su hermana, que vive con él desde siempre. Mi papá hubiera estado, si viviera, pero en su lugar va mi prima Renata con el marido, que hace años que no pisan la estancia por una pelea vieja que recién ahora se está por arreglar. Mi tío Horacio, el mayor de los hijos de Ovidio, el que le maneja la parte de los números. Práxedes, el menor, que todos le dicen Pachi, recién vuelto de no sé qué negocio en Miami. Y Deolinda, la mujer que lo acompaña desde hace unos años, desde que murió mi tía Zulema.

Julio anotó cada nombre con una letra apretada, sin levantar la vista del papel, aunque una palabra sí lo hizo detenerse un instante con el lápiz en el aire.

—¿Zulema?

—La esposa de Ovidio. La estancia se llama así por ella. Murió hace como doce años, en un accidente en el mismo campo, antes de que yo fuera lo bastante grande como para entender bien qué había pasado. Se cayó del caballo, dicen. Aunque en esa familia, con "dicen" alcanza y sobra para años de rumores.

—¿Qué clase de rumores?

Nicanor se encogió de hombros, con la incomodidad de quien repite algo que escuchó de chico sin haber entendido nunca del todo.

—De esos que nadie te cuenta completos. Mi vieja alguna vez dejó caer que la relación entre Zulema y mi tía Felisa no era de las mejores. Nada más que eso. Una cuñada que no quería a la otra, cosa de todos los días. No le des más vuelta de la que tiene.

—Yo no le doy vueltas a nada, Nicanor. Solamente anoto. Después la vida decide si la vuelta hacía falta o no.

Llegaron al pueblo de San Antonio de Areco cerca del mediodía, con las calles de adoquín ya llenas del movimiento tranquilo de un sábado de fiesta patronal, aunque la fiesta de verdad los esperaba unos kilómetros más allá, del otro lado de un puente de hierro sobre un arroyo de agua marrón y mansa. La tranquera de la estancia, de hierro forjado con una zeta grande en el centro, se abrió apenas Nicanor tocó bocina dos veces, y un peón viejo, de boina calada y bombacha de campo, los saludó con la mano sin decir palabra.

El camino de entrada, de dos kilómetros largos bordeado de casuarinas centenarias, terminaba en un casco de estancia que a Julio, apenas lo tuvo delante, le pareció sacado de una postal de otro siglo: la casa principal, de estilo colonial, con una galería de columnas blancas que corría los cuatro lados del edificio y un techo de tejas oscurecidas por el tiempo; a un costado, entre eucaliptos altísimos que separaban la casa de las caballerizas, se adivinaba una pequeña capilla de piedra con una cruz de hierro en lo alto; y al frente, ocupando casi todo el parque, un ombú descomunal, de esos que necesitan varios hombres tomados de la mano para abrazar el tronco, bajo cuya sombra ya se armaban las primeras mesas para el asado de la noche.

—Estancia La Zulema —leyó Julio, en voz alta, el cartel de hierro clavado junto a la entrada de la galería—. Le puso el nombre de la finada.

—Se ve que la quiso mucho, a pesar de todo. O que necesitaba que todo el mundo se acordara de que la había querido.

—Esas dos cosas, a veces, son la misma.

La vista de la capilla, chica y austera contra el verde del parque, le trajo a Julio, sin que lo llamara, el recuerdo de otro edificio parecido, mucho más humilde, allá en Suncho Corral, Santiago del Estero: la iglesia donde su amigo de toda la vida, un cura al que en el pueblo entero conocían apenas como el Padre Suncho, llevaba más de treinta años confesando a la misma gente, a los hijos de esa gente, y ahora a los nietos. Fue el Padre Suncho quien le enseñó, hace ya mucho, sin métodos ni manuales, ese oficio raro de leer debajo de las palabras de una persona sus virtudes, sus vicios, sus miedos más viejos y sus costumbres más arraigadas, con la misma paciencia con que un confesor aprende, con los años, a distinguir el pecado real del que solamente se dice para aliviar la conciencia. "Vos vas a la escena del crimen a buscar pruebas, Julio", le había dicho una vez, tomando mate en el patio de la parroquia. "Yo voy al confesionario a buscar el alma. Al final del camino, los dos terminamos buscando la misma verdad." Julio nunca había sabido bien si eso era una humildad del cura o una manera elegante de decirle que su oficio, en el fondo, era una rama más pobre del suyo.

Bajaron del auto en el momento justo en que, desde la galería, salía a recibirlos un hombre mayor apoyado en un bastón de mango de plata, vestido con un saco de lino claro a pesar del fresco de la mañana, delgado hasta la fragilidad pero con una postura todavía orgullosa, casi militar. Tenía el pelo blanco escaso, peinado hacia atrás con gomina, y unos ojos celestes desteñidos por la edad que, sin embargo, conservaban una viveza inquieta, como quien está pensando siempre un paso adelante de la conversación que tiene enfrente.

—Nicanor, por fin. Ya empezaba a pensar que te habías arrepentido de la invitación.

—Nunca me perdería tus ochenta, tío. Te presento a Julio Morosini, el amigo del que te hablé.

Don Ovidio Fontana Anchorena extendió una mano huesuda pero firme, y clavó en Julio esa mirada celeste que parecía medirlo con más atención de la que ameritaba una simple presentación de cortesía.

—Así que usted es el famoso comisario.

—Retirado, don Ovidio. Ya no soy nada famoso ni nada comisario.

—Los hombres como usted nunca se retiran del todo. Solamente cambian de uniforme. —El viejo sonrió, con una calidez que a Julio le sonó, sin embargo, apenas un poco forzada, como quien sonríe porque la ocasión lo exige y no porque el cuerpo se lo pida—. Venga, venga, quiero que conozca a mi hermana antes de que empiece a llegar toda la manada. Felisa tiene predilección por la gente nueva. Dice que somos todos, a esta altura, demasiado previsibles para su gusto.

Caminaron hacia la galería, donde una mujer mayor, sentada en un sillón de mimbre con la espalda absolutamente recta, los observaba llegar sin moverse, con las manos cruzadas sobre el regazo y un vestido oscuro que contrastaba con la luminosidad del mediodía campestre. Julio, mientras se acercaba, sintió esa alerta silenciosa y precisa que le conocían bien los pocos que habían trabajado codo a codo con él durante treinta años: la certeza, todavía sin nombre ni pruebas, de que en esa galería soleada, en medio de tanta hospitalidad de estancia y tanto brindis por ochenta años bien vividos, algo no terminaba de cerrar.

No hubiera podido explicar por qué. Todavía no había pasado nada.

Se llevó, casi sin darse cuenta, un escarbadientes a la boca.

The countryside began to show itself in earnest past General Rodríguez, where the asphalt lost its neatness and the eucalyptus trees lined the sides of the road like a troop worn out from so much pampean wind. Julio Morosini sat in the passenger seat, window down, elbow resting on the frame, letting the October air—still cool, but already carrying that sweet promise of alfalfa in bloom—blow full into his face.

He was a fifty-eight-year-old man, big-bodied but unhurried in his movements, with the slightly stooped back of someone who had spent half his life bent over desks and case files. His hair was grizzled and cut short, his mustache neat and the same color, and his hands were broad and rough, more like a countryman's than a retired Federal Police commissioner's. He wore, as he almost always did, a brown gabardine jacket that had seen better days and a plaid shirt that Nicanor, watching him get into the car at Retiro, hadn't been able to resist commenting on.

—You're going to roast in that shirt, Julio. It's going to be an odd kind of warm out there for October.

—I'd rather be hot than go around in a suit at a country party. You're already going to make me feel dressed up enough with all that luxury you keep telling me about.

Nicanor Wilde laughed, without taking his eyes off the road. He was thirty-two, with the thin, nervous build of someone who exercises out of obligation rather than pleasure, and an incipient baldness he disguised by keeping his hair cropped close. He was a lawyer, worked at a firm in downtown Buenos Aires, and had cultivated an odd, asymmetrical friendship with Julio for years now, born of a favor Julio himself had once done for his late father, in a minor case that never made the papers.

—Listen, there's something I've always wanted to ask you, seeing as you're practically a colleague. Is it true you studied law too?

—It's true. I even graduated, back in my years as a young commissioner. Never practiced a single day as a desk lawyer, mind you. But I didn't throw the degree in the trash either.

—So what good was it, if you never practiced?

—To frighten with precision, Nicanor. Nothing loosens a suspect's tongue faster than a man who can recite from memory, article by article, the exact sentence waiting for him if he did what I think he did. And if the suspect happens to be a believer, as is usually the case out in the provinces, I add the other sentence on top—the one that never gets reduced for good behavior.

—The divine one?

—That's the one. Earthly law threatens years in prison. When it's needed, I remind them there's a second court, a higher one, where no defense attorney is worth a thing.

Nicanor glanced sideways at him, half amused and half uneasy, like someone who never quite knows how much of what Julio says is a joke and how much is truth.

—Tell me again who's going to be there —Julio asked, changing the subject himself, and took out of his jacket's inside pocket a hardbound notebook, worn at the edges, and a short pencil he always kept tied to the cover's hook with a bit of string, like a man who didn't quite trust the pencil to stay put on its own.

—My uncle Ovidio, obviously, since it's his birthday. My aunt Felisa, his sister, who's lived with him forever. My father would have been there, if he were alive, but instead my cousin Renata is coming with her husband—they haven't set foot on the estancia in years, over some old feud that's only now getting patched up. My uncle Horacio, the eldest of Ovidio's children, the one who handles the numbers. Práxedes, the youngest, everyone calls him Pachi, just back from some business deal in Miami. And Deolinda, the woman who's been with him these last few years, since my aunt Zulema died.

Julio wrote down each name in cramped handwriting, without lifting his eyes from the paper, though one word did make him pause a moment, pencil in the air.

—Zulema?

—Ovidio's wife. The estancia is named after her. She died about twelve years ago, in an accident on the same land, before I was old enough to really understand what had happened. Fell off a horse, they say. Though in that family, "they say" is more than enough to fuel years of rumors.

—What kind of rumors?

Nicanor shrugged, with the discomfort of someone repeating something they'd heard as a child without ever fully understanding it.

—The kind nobody ever tells you the whole of. My mother once let slip that things between Zulema and my aunt Felisa weren't the best. Nothing more than that. One sister-in-law who didn't care for the other—happens every day. Don't read more into it than there is.

—I don't read into anything, Nicanor. I just take notes. Afterward, life decides whether the reading was needed or not.

They reached the town of San Antonio de Areco around midday, its cobblestone streets already filled with the unhurried bustle of a Saturday patron-saint festival, though the real celebration awaited them a few kilometers further on, on the far side of an iron bridge over a slow, brown-watered stream. The estancia's gate, wrought iron with a large Z at its center, swung open the moment Nicanor tapped the horn twice, and an old ranch hand, beret pulled low and wearing bombachas de campo, waved to them without a word.

The entrance drive, a good two kilometers long and lined with century-old casuarina trees, ended at a ranch compound that struck Julio, the moment it came into view, as something lifted from a postcard of another century: the main house, colonial in style, with a gallery of white columns running along all four sides of the building and a roof of tiles darkened by time; off to one side, among towering eucalyptus trees separating the house from the stables, a small stone chapel could be made out, an iron cross atop it; and out front, taking up nearly the whole park, an enormous ombú—the kind that takes several men holding hands to embrace the trunk—under whose shade the first tables were already being set for the night's asado.

—Estancia La Zulema —Julio read aloud, the iron sign nailed up beside the gallery entrance. —He named it after the deceased.

—Looks like he loved her a great deal, in spite of everything. Or that he needed the whole world to remember that he had.

—Those two things, sometimes, are the same.

The sight of the chapel, small and austere against the green of the park, brought to Julio's mind, unbidden, the memory of another building much like it, far humbler, back in Suncho Corral, Santiago del Estero: the church where his lifelong friend, a priest known throughout the town simply as Padre Suncho, had spent more than thirty years hearing the confessions of the same people, then their children, and now their grandchildren. It was Padre Suncho who had taught him, long ago, with no methods or manuals, that odd trade of reading beneath a person's words their virtues, their vices, their oldest fears and their most deeply rooted habits, with the same patience a confessor learns, over the years, to tell real sin apart from the kind confessed only to ease a conscience. "You go to the crime scene looking for evidence, Julio," he had told him once, drinking mate in the parish courtyard. "I go to the confessional looking for the soul. In the end, we both wind up chasing the same truth." Julio had never quite known whether that was the priest's humility or an elegant way of telling him that his own trade was, deep down, a poorer branch of the priest's.

They got out of the car just as an older man came out to greet them from the gallery, leaning on a silver-handled cane, dressed in a light linen jacket despite the morning chill, thin to the point of frailty but still carrying himself with a proud, almost military bearing. He had sparse white hair combed back with brilliantine, and pale blue eyes, faded by age, that nonetheless kept a restless liveliness, like a man always thinking one step ahead of whatever conversation stood in front of him.

—Nicanor, at last. I was starting to think you'd had second thoughts about the invitation.

—I'd never miss your eightieth, Uncle. This is Julio Morosini, the friend I told you about.

Don Ovidio Fontana Anchorena extended a bony but firm hand, and fixed Julio with that pale blue gaze, which seemed to size him up with more attention than a simple courtesy introduction called for.

—So you're the famous commissioner.

—Retired, Don Ovidio. I'm neither famous nor a commissioner anymore.

—Men like you never fully retire. You just change uniforms. —The old man smiled, with a warmth that struck Julio, all the same, as just slightly forced, like someone smiling because the occasion demands it and not because the body asks for it. —Come, come, I want you to meet my sister before the whole herd starts arriving. Felisa has a soft spot for new people. She says the rest of us, at this point, are far too predictable for her taste.

They walked toward the gallery, where an older woman, seated in a wicker chair with her back perfectly straight, watched them approach without moving, her hands crossed in her lap, wearing a dark dress that stood out against the brightness of the country midday. Julio, as he came closer, felt that silent, precise alertness well known to the few who had worked shoulder to shoulder with him over thirty years: the certainty, still nameless and unproven, that somewhere in that sunlit gallery, amid so much ranch hospitality and so many toasts to eighty years well lived, something did not quite add up.

He couldn't have explained why. Nothing had happened yet.

Almost without noticing, he brought a toothpick to his mouth.

O campo começava a se mostrar de verdade depois de General Rodríguez, quando o asfalto perdia o esmero e os eucaliptos se alinhavam nas margens da estrada como uma tropa cansada de tanto vento pampeano. Julio Morosini ia sentado do lado do carona, com o vidro abaixado e o cotovelo apoiado no vão da janela, deixando que o ar de outubro, ainda fresco mas já com aquela promessa adocicada da alfafa em flor, lhe batesse em cheio no rosto.

Era um homem de cinquenta e oito anos, grande de corpo mas de movimentos parcimoniosos, com as costas um pouco curvadas de quem passou meia vida debruçado sobre escrivaninhas e processos. Tinha o cabelo grisalho cortado curto, um bigode caprichado da mesma cor, e umas mãos largas, ásperas, mais parecidas com as de um homem do campo do que com as de um ex-comissário da Polícia Federal. Vestia, como quase sempre, um paletó de gabardine marrom que já tinha visto dias melhores e uma camisa xadrez que Nicanor, ao vê-lo subir no carro em Retiro, não tinha conseguido deixar de comentar.

—Você vai morrer de calor com essa camisa, Julio. Lá vai fazer um calorzinho estranho de outubro.

—Prefiro o calor a andar de terno numa festa de campo. Já vou me sentir bastante fantasiado com todo esse luxo que você me conta.

Nicanor Wilde riu, sem tirar os olhos da estrada. Tinha trinta e dois anos, a compleição magra e nervosa de quem faz esporte por obrigação mais do que por gosto, e uma calvície incipiente que disfarçava com o cabelo cortado quase rente. Era advogado, trabalhava num escritório do centro financeiro de Buenos Aires, e há anos cultivava com Julio uma amizade estranha, assimétrica, nascida de um favor que o próprio Julio tinha feito ao pai dele, já falecido, num caso menor que nunca chegou aos jornais.

—Escuta, uma coisa que sempre quis te perguntar, já que você é quase colega. É verdade que você também estudou direito?

—É verdade. Me formei, inclusive, lá pelos tempos de comissário jovem. Nunca exerci um dia sequer como advogado de escritório, isso sim. Mas o diploma eu não joguei fora.

—E para que serviu, se você nunca exerceu?

—Para assustar com precisão, Nicanor. Não há nada que solte mais a língua de um suspeito do que um homem capaz de recitar de cor, artigo por artigo, a pena exata que o espera se o que ele fez foi o que eu acho que fez. E se, ainda por cima, o suspeito é crente, como acontece quase sempre no interior, eu somo a outra condenação, aquela que não prescreve nem com bom comportamento.

—A divina?

—Essa mesma. A lei terrena ameaça com anos de cadeia. Eu, quando é preciso, lembro que existe uma segunda instância, mais alta, onde não há advogado de defesa que valha.

Nicanor olhou para ele de canto de olho, entre divertido e incomodado, como quem nunca sabe ao certo quanto há de brincadeira e quanto há de verdade nas frases de Julio.

—Conta de novo quem vai estar lá —pediu Julio, mudando ele mesmo de assunto, e tirou do bolso interno do paletó uma caderneta de capa dura, gasta nas bordas, e um lápis curto que levava sempre amarrado com um barbante ao gancho da capa, como quem não confia de todo que o lápis vá se comportar sozinho.

—Meu tio Ovidio, obviamente, que é quem faz aniversário. Minha tia Felisa, irmã dele, que mora com ele desde sempre. Meu pai teria vindo, se estivesse vivo, mas no lugar dele vem minha prima Renata com o marido, que há anos não pisam na estancia por uma briga antiga que só agora está prestes a se resolver. Meu tio Horacio, o mais velho dos filhos de Ovidio, o que cuida da parte dos números. Práxedes, o caçula, a quem todos chamam de Pachi, recém-chegado de sei lá que negócio em Miami. E Deolinda, a mulher que o acompanha há uns anos, desde que minha tia Zulema morreu.

Julio anotou cada nome com uma letra apertada, sem levantar os olhos do papel, embora uma palavra tenha feito com que parasse um instante com o lápis no ar.

—Zulema?

—A esposa de Ovidio. A estancia tem esse nome por causa dela. Morreu há uns doze anos, num acidente no próprio campo, antes de eu ser grande o bastante para entender direito o que tinha acontecido. Caiu do cavalo, dizem. Embora, nessa família, um "dizem" já basta e sobra para anos de boatos.

—Que tipo de boatos?

Nicanor deu de ombros, com o desconforto de quem repete algo que ouviu quando criança sem nunca ter entendido direito.

—Daqueles que ninguém conta por inteiro. Minha mãe, uma vez, deixou escapar que a relação entre Zulema e minha tia Felisa não era das melhores. Nada além disso. Uma cunhada que não gostava da outra, coisa do dia a dia. Não fica remoendo mais do que precisa.

—Eu não remoo nada, Nicanor. Só anoto. Depois a vida decide se valia a pena remoer ou não.

Chegaram ao povoado de San Antonio de Areco perto do meio-dia, com as ruas de paralelepípedo já cheias do movimento tranquilo de um sábado de festa patronal, embora a festa de verdade os esperasse alguns quilômetros mais adiante, do outro lado de uma ponte de ferro sobre um riacho de água marrom e mansa. O portão da estancia, de ferro forjado com um Z grande no centro, se abriu assim que Nicanor buzinou duas vezes, e um peão velho, de boina puxada e bombacha de campo, os cumprimentou com a mão sem dizer palavra.

O caminho de entrada, de uns dois quilômetros ladeados de casuarinas centenárias, terminava numa sede de estancia que, para Julio, assim que a teve diante dos olhos, pareceu tirada de um cartão-postal de outro século: a casa principal, de estilo colonial, com uma galeria de colunas brancas que corria os quatro lados do edifício e um telhado de telhas escurecidas pelo tempo; de um lado, entre eucaliptos altíssimos que separavam a casa das cavalariças, adivinhava-se uma pequena capela de pedra com uma cruz de ferro no alto; e na frente, ocupando quase todo o parque, um ombu descomunal, daqueles que precisam de vários homens de mãos dadas para abraçar o tronco, sob cuja sombra já se montavam as primeiras mesas para o churrasco da noite.

—Estancia La Zulema —leu Julio, em voz alta, a placa de ferro pregada junto à entrada da galeria—. Deu o nome da falecida.

—Dá para ver que ele a amou muito, apesar de tudo. Ou que precisava que todo mundo se lembrasse de que a tinha amado.

—Essas duas coisas, às vezes, são a mesma.

A visão da capela, pequena e austera contra o verde do parque, trouxe a Julio, sem que ele a chamasse, a lembrança de outro prédio parecido, muito mais humilde, lá em Suncho Corral, Santiago del Estero: a igreja onde seu amigo de toda a vida, um padre que no povoado inteiro conheciam apenas como o Padre Suncho, levava mais de trinta anos confessando a mesma gente, os filhos dessa gente, e agora os netos. Foi o Padre Suncho quem lhe ensinou, há muito tempo, sem métodos nem manuais, aquele ofício raro de ler por baixo das palavras de uma pessoa suas virtudes, seus vícios, seus medos mais antigos e seus costumes mais arraigados, com a mesma paciência com que um confessor aprende, com os anos, a distinguir o pecado real daquele que só se diz para aliviar a consciência. "Você vai à cena do crime procurar provas, Julio", tinha lhe dito uma vez, tomando mate no pátio da paróquia. "Eu vou ao confessionário procurar a alma. No fim do caminho, os dois acabamos procurando a mesma verdade." Julio nunca tinha sabido ao certo se aquilo era uma humildade do padre ou uma maneira elegante de dizer que o ofício dele, no fundo, era um ramo mais pobre do seu.

Desceram do carro no exato momento em que, da galeria, saía para recebê-los um homem mais velho apoiado numa bengala de cabo de prata, vestido com um paletó de linho claro apesar do fresco da manhã, magro até a fragilidade mas com uma postura ainda orgulhosa, quase militar. Tinha o cabelo branco escasso, penteado para trás com gomina, e uns olhos azuis desbotados pela idade que, no entanto, conservavam uma vivacidade inquieta, como quem está sempre pensando um passo à frente da conversa que tem pela frente.

—Nicanor, finalmente. Já estava começando a achar que você tinha se arrependido do convite.

—Nunca perderia os seus oitenta, tio. Apresento o Julio Morosini, o amigo de quem te falei.

Dom Ovidio Fontana Anchorena estendeu uma mão ossuda mas firme, e cravou em Julio aquele olhar azul que parecia medi-lo com mais atenção do que merecia uma simples apresentação de cortesia.

—Então o senhor é o famoso comissário.

—Aposentado, dom Ovidio. Já não sou nada famoso nem nada comissário.

—Homens como o senhor nunca se aposentam de vez. Só trocam de uniforme. —O velho sorriu, com uma calidez que a Julio, no entanto, soou um pouco forçada, como quem sorri porque a ocasião exige e não porque o corpo peça—. Venha, venha, quero que conheça minha irmã antes que comece a chegar toda a manada. Felisa tem predileção por gente nova. Diz que somos todos, a essa altura, previsíveis demais para o gosto dela.

Caminharam até a galeria, onde uma mulher mais velha, sentada numa poltrona de vime com as costas absolutamente retas, os observava chegar sem se mover, com as mãos cruzadas sobre o colo e um vestido escuro que contrastava com a luminosidade do meio-dia campestre. Julio, enquanto se aproximava, sentiu aquele alerta silencioso e preciso que os poucos que tinham trabalhado lado a lado com ele por trinta anos conheciam bem: a certeza, ainda sem nome nem provas, de que naquela galeria ensolarada, em meio a tanta hospitalidade de estancia e tanto brinde por oitenta anos bem vividos, alguma coisa não terminava de se encaixar.

Não teria conseguido explicar por quê. Ainda não tinha acontecido nada.

Levou, quase sem perceber, um palito de dente à boca.

La campagna cominciava a mostrarsi sul serio dopo General Rodríguez, quando l'asfalto perdeva ordine e gli eucalipti si allineavano ai lati della strada come una truppa stanca di tanto vento pampeano. Julio Morosini sedeva dal lato del passeggero, con il finestrino abbassato e il gomito appoggiato al telaio, lasciando che l'aria di ottobre, ancora fresca ma già con quella promessa dolciastra dell'erba medica in fiore, gli entrasse in pieno viso.

Era un uomo di cinquantotto anni, grande di corporatura ma dai movimenti pacati, con la schiena un po' curva di chi ha passato mezza vita chino su scrivanie e fascicoli. Aveva i capelli brizzolati tagliati corti, dei baffi curati dello stesso colore, e delle mani larghe, ruvide, più simili a quelle di un uomo di campagna che a quelle di un ex commissario della Polizia Federale. Indossava, come quasi sempre, una giacca di gabardine marrone che aveva visto giorni migliori e una camicia a quadri che Nicanor, vedendolo salire in auto a Retiro, non aveva potuto fare a meno di commentare.

—Morirai di caldo con quella camicia, Julio. Là farà un caldino strano per essere ottobre.

—Preferisco il caldo a girare in giacca e cravatta a una festa di campagna. Con tutto il lusso che mi racconti già mi farai sentire abbastanza travestito.

Nicanor Wilde rise, senza staccare gli occhi dalla strada. Aveva trentadue anni, la corporatura magra e nervosa di chi fa sport per obbligo più che per piacere, e una calvizie incipiente che dissimulava con i capelli tagliati quasi a zero. Faceva l'avvocato, lavorava in uno studio della city di Buenos Aires, e da anni coltivava con Julio un'amicizia strana, asimmetrica, nata da un favore che lo stesso Julio aveva fatto a suo padre, ormai defunto, in un caso minore che non era mai arrivato ai giornali.

—Senti, una cosa che ho sempre voluto chiederti, visto che sei quasi un collega. È vero che anche tu hai studiato legge?

—È vero. Mi sono pure laureato, ai tempi in cui ero un giovane commissario. Non ho mai esercitato un giorno come avvocato da studio, questo sì. Ma il titolo non l'ho buttato via.

—E a cosa ti è servito, se non hai mai esercitato?

—A spaventare con precisione, Nicanor. Non c'è niente che sciolga di più la lingua a un sospettato di un uomo che gli può recitare a memoria, articolo per articolo, la pena esatta che lo aspetta se quello che ha fatto è quello che io credo che abbia fatto. E se per giunta il sospettato è credente, come mi capita quasi sempre nell'entroterra, ci aggiungo l'altra condanna, quella che non va in prescrizione nemmeno con la buona condotta.

—Quella divina?

—Quella. La legge terrena minaccia con anni di prigione. Io, quando serve, gli ricordo che c'è un secondo grado di giudizio, più alto, dove non vale nessun avvocato difensore.

Nicanor lo guardò di sottecchi, tra divertito e a disagio, come chi non sa mai fino in fondo quanto di scherzo e quanto di verità ci sia nelle frasi di Julio.

—Raccontami di nuovo chi ci sarà —chiese Julio, cambiando lui stesso argomento, e tirò fuori dalla tasca interna della giacca un taccuino a copertina rigida, consumato ai bordi, e una matita corta che portava sempre legata con un filo al gancio della copertina, come chi non si fida del tutto che la matita resti al suo posto da sola.

—Mio zio Ovidio, ovviamente, che è quello che festeggia il compleanno. Mia zia Felisa, sua sorella, che vive con lui da sempre. Mio padre ci sarebbe stato, se fosse vivo, ma al suo posto viene mia cugina Renata con il marito, che sono anni che non mettono piede nella estancia per un vecchio litigio che solo ora si sta per sistemare. Mio zio Horacio, il maggiore dei figli di Ovidio, quello che gli gestisce la parte dei conti. Práxedes, il minore, che tutti chiamano Pachi, appena tornato da non so quale affare a Miami. E Deolinda, la donna che gli sta accanto da qualche anno, da quando è morta mia zia Zulema.

Julio annotò ogni nome con una grafia fitta, senza alzare lo sguardo dal foglio, anche se una parola lo fece fermare un istante con la matita a mezz'aria.

—Zulema?

—La moglie di Ovidio. La estancia si chiama così per lei. È morta circa dodici anni fa, in un incidente nello stesso campo, prima che io fossi abbastanza grande da capire bene cosa fosse successo. È caduta da cavallo, dicono. Anche se in quella famiglia, con "dicono" basta e avanza per anni di dicerie.

—Che tipo di dicerie?

Nicanor si strinse nelle spalle, con l'imbarazzo di chi ripete qualcosa che ha sentito da bambino senza averlo mai capito fino in fondo.

—Di quelle che nessuno ti racconta per intero. Mia madre una volta si lasciò sfuggire che il rapporto tra Zulema e mia zia Felisa non era dei migliori. Niente di più. Una cognata che non voleva bene all'altra, cosa di tutti i giorni. Non farci più caso di quanto ne meriti.

—Io non do peso a niente, Nicanor. Mi limito ad annotare. Dopo è la vita a decidere se il peso c'era o no.

Arrivarono al paese di San Antonio de Areco verso mezzogiorno, con le strade acciottolate già piene del movimento tranquillo di un sabato di festa patronale, anche se la festa vera li aspettava qualche chilometro più avanti, dall'altra parte di un ponte di ferro su un torrente d'acqua marrone e mansueta. Il cancello della estancia, di ferro battuto con una grande zeta al centro, si aprì appena Nicanor suonò il clacson due volte, e un vecchio bracciante, con il berretto calato e i pantaloni larghi da campagna, li salutò con la mano senza dire una parola.

Il viale d'ingresso, di due lunghi chilometri fiancheggiato da casuarine centenarie, terminava in un nucleo di estancia che a Julio, appena lo ebbe davanti, parve tratto da una cartolina di un altro secolo: la casa padronale, in stile coloniale, con una galleria di colonne bianche che correva lungo i quattro lati dell'edificio e un tetto di tegole scurite dal tempo; su un lato, tra eucalipti altissimi che separavano la casa dalle scuderie, si intravedeva una piccola cappella di pietra con una croce di ferro in cima; e di fronte, occupando quasi tutto il parco, un ombù enorme, di quelli che servono più uomini a mano a mano per abbracciarne il tronco, alla cui ombra si stavano già allestendo i primi tavoli per l'asado della sera.

—Estancia La Zulema —lesse Julio, ad alta voce, il cartello di ferro affisso accanto all'ingresso della galleria—. Le ha dato il nome della defunta.

—Si vede che le voleva molto bene, nonostante tutto. O che aveva bisogno che tutti si ricordassero che le aveva voluto bene.

—Quelle due cose, a volte, sono la stessa.

La vista della cappella, piccola e austera contro il verde del parco, portò a Julio, senza che nulla lo richiamasse, il ricordo di un altro edificio simile, molto più umile, là a Suncho Corral, Santiago del Estero: la chiesa dove il suo amico di sempre, un prete che in tutto il paese conoscevano appena come il Padre Suncho, portava avanti da più di trent'anni le confessioni della stessa gente, dei figli di quella gente, e ora dei nipoti. Fu il Padre Suncho a insegnargli, ormai molto tempo fa, senza metodi né manuali, quel mestiere raro di leggere sotto le parole di una persona le sue virtù, i suoi vizi, le sue paure più vecchie e le sue abitudini più radicate, con la stessa pazienza con cui un confessore impara, con gli anni, a distinguere il peccato vero da quello che si dice soltanto per alleggerire la coscienza. "Tu vai sulla scena del delitto a cercare le prove, Julio", gli aveva detto una volta, prendendo mate nel cortile della parrocchia. "Io vado nel confessionale a cercare l'anima. Alla fine del cammino, finiamo tutti e due per cercare la stessa verità." Julio non aveva mai saputo bene se quella fosse un'umiltà del prete o un modo elegante di dirgli che il suo mestiere, in fondo, era un ramo più povero del suo.

Scesero dall'auto nel momento esatto in cui, dalla galleria, usciva a riceverli un uomo anziano appoggiato a un bastone dal pomo d'argento, vestito con una giacca di lino chiaro nonostante il fresco della mattina, magro fino alla fragilità ma con un portamento ancora fiero, quasi militare. Aveva pochi capelli bianchi, pettinati all'indietro con la brillantina, e degli occhi azzurri sbiaditi dall'età che, tuttavia, conservavano una vivacità inquieta, come di chi sta sempre pensando un passo avanti rispetto alla conversazione che ha davanti.

—Nicanor, finalmente. Cominciavo già a pensare che ti fossi pentito dell'invito.

—Non mi perderei mai i tuoi ottant'anni, zio. Ti presento Julio Morosini, l'amico di cui ti ho parlato.

Don Ovidio Fontana Anchorena tese una mano ossuta ma ferma, e piantò su Julio quello sguardo azzurro che sembrava misurarlo con più attenzione di quanta ne meritasse una semplice presentazione di cortesia.

—Quindi lei è il famoso commissario.

—In pensione, don Ovidio. Non sono più né famoso né commissario.

—Gli uomini come lei non vanno mai davvero in pensione. Cambiano solo divisa. —Il vecchio sorrise, con un calore che a Julio suonò, tuttavia, appena un po' forzato, come chi sorride perché l'occasione lo richiede e non perché il corpo glielo chieda—. Venga, venga, voglio che conosca mia sorella prima che cominci ad arrivare tutta la mandria. A Felisa piace la gente nuova. Dice che siamo tutti, ormai, troppo prevedibili per i suoi gusti.

Camminarono verso la galleria, dove una donna anziana, seduta su una poltrona di vimini con la schiena assolutamente diritta, li osservava arrivare senza muoversi, con le mani incrociate in grembo e un vestito scuro che contrastava con la luminosità del mezzogiorno campestre. Julio, mentre si avvicinava, sentì quell'allerta silenziosa e precisa che gli conoscevano bene i pochi che avevano lavorato gomito a gomito con lui per trent'anni: la certezza, ancora senza nome né prove, che in quella galleria assolata, in mezzo a tanta ospitalità di estancia e tanti brindisi per ottant'anni ben vissuti, qualcosa non tornava del tutto.

Non avrebbe saputo spiegare perché. Non era ancora successo niente.

Si portò, quasi senza accorgersene, uno stuzzicadenti alla bocca.

La campagne commençait à se montrer sérieusement après General Rodríguez, quand l'asphalte perdait de sa netteté et que les eucalyptus s'alignaient sur les bords de la route comme une troupe lasse d'affronter le vent de la pampa. Julio Morosini était assis côté passager, la vitre baissée et le coude posé sur le rebord, laissant l'air d'octobre, encore frais mais déjà porteur de cette promesse douceâtre de la luzerne en fleur, lui souffler en plein visage.

C'était un homme de cinquante-huit ans, de forte carrure mais aux mouvements posés, le dos un peu voûté de celui qui a passé la moitié de sa vie penché sur des bureaux et des dossiers. Il avait les cheveux grisonnants coupés court, une moustache soignée de la même couleur, et des mains larges, rugueuses, qui ressemblaient davantage à celles d'un homme de la campagne qu'à celles d'un ex-commissaire de la Police fédérale. Il portait, comme presque toujours, un veston de gabardine marron qui avait connu des jours meilleurs et une chemise à carreaux que Nicanor, en le voyant monter dans la voiture à Retiro, n'avait pas pu s'empêcher de commenter.

—Tu vas mourir de chaud avec cette chemise, Julio. Là-bas, il va faire une drôle de chaleur pour un mois d'octobre.

—Je préfère la chaleur à me trimballer en costume dans une fête de campagne. Tu vas déjà bien assez me faire sentir déguisé avec tout ce luxe dont tu me parles.

Nicanor Wilde rit, sans quitter la route des yeux. Il avait trente-deux ans, la constitution mince et nerveuse de celui qui fait du sport par obligation plutôt que par plaisir, et une calvitie naissante qu'il dissimulait en portant les cheveux coupés presque ras. Il était avocat, travaillait dans un cabinet du quartier des affaires de Buenos Aires, et entretenait depuis des années avec Julio une amitié singulière, asymétrique, née d'un service que Julio lui-même avait rendu à son père, aujourd'hui décédé, dans une affaire mineure qui n'était jamais arrivée jusqu'aux journaux.

—Dis, il y a une chose que j'ai toujours voulu te demander, vu que tu es presque un collègue. C'est vrai que toi aussi tu as fait des études de droit?

—C'est vrai. J'ai même obtenu mon diplôme, du temps où j'étais jeune commissaire. Je n'ai jamais exercé un seul jour comme avocat de bureau, ça, c'est certain. Mais je n'ai pas jeté le diplôme à la poubelle pour autant.

—Et ça t'a servi à quoi, si tu n'as jamais exercé?

—À faire peur avec précision, Nicanor. Rien ne délie mieux la langue d'un suspect qu'un homme capable de lui réciter par cœur, article par article, la peine exacte qui l'attend si ce qu'il a fait est bien ce que je crois qu'il a fait. Et si en plus le suspect est croyant, ce qui m'arrive presque toujours dans l'intérieur du pays, j'ajoute l'autre condamnation, celle qui ne se prescrit même pas pour bonne conduite.

—La divine?

—Celle-là même. La loi terrestre menace de plusieurs années de prison. Moi, quand il le faut, je leur rappelle qu'il existe une seconde instance, plus haute, où aucun avocat de la défense ne compte.

Nicanor le regarda du coin de l'œil, mi-amusé mi-mal à l'aise, comme quelqu'un qui ne sait jamais tout à fait quelle part de plaisanterie et quelle part de vérité se cache dans les phrases de Julio.

—Raconte-moi encore une fois qui va être là, demanda Julio, changeant lui-même de sujet, et il sortit de la poche intérieure de son veston un carnet à couverture rigide, usé sur les bords, et un petit crayon qu'il portait toujours attaché par un fil au crochet de la couverture, comme quelqu'un qui ne fait pas totalement confiance au crayon pour rester à sa place tout seul.

—Mon oncle Ovidio, évidemment, puisque c'est lui qui fête son anniversaire. Ma tante Felisa, sa sœur, qui vit avec lui depuis toujours. Mon père aurait été présent, s'il vivait encore, mais à sa place vient ma cousine Renata avec son mari, qui n'ont pas mis les pieds à l'estancia depuis des années à cause d'une vieille dispute qu'on est justement en train d'arranger. Mon oncle Horacio, l'aîné des enfants d'Ovidio, celui qui s'occupe de la partie chiffres. Práxedes, le cadet, que tout le monde appelle Pachi, tout juste revenu de je ne sais quelle affaire à Miami. Et Deolinda, la femme qui l'accompagne depuis quelques années, depuis la mort de ma tante Zulema.

Julio nota chaque nom d'une écriture serrée, sans lever les yeux du papier, même si un mot le fit s'arrêter un instant, le crayon en l'air.

—Zulema?

—La femme d'Ovidio. L'estancia porte son nom à elle. Elle est morte il y a environ douze ans, dans un accident sur le domaine même, avant que je sois assez grand pour bien comprendre ce qui s'était passé. Elle serait tombée de cheval, à ce qu'on dit. Quoique dans cette famille, un "à ce qu'on dit" suffit largement à nourrir des années de rumeurs.

—Quel genre de rumeurs?

Nicanor haussa les épaules, avec la gêne de celui qui répète une chose entendue enfant sans jamais l'avoir vraiment comprise.

—De celles que personne ne te raconte en entier. Ma mère a laissé entendre une fois que la relation entre Zulema et ma tante Felisa n'était pas des meilleures. Rien de plus que ça. Une belle-sœur qui n'aimait pas l'autre, une histoire banale. N'y cherche pas plus de sens qu'il n'y en a.

—Moi, je ne cherche de sens à rien, Nicanor. Je note, c'est tout. Après, c'est la vie qui décide si ça valait la peine d'y chercher un sens ou non.

Ils arrivèrent au village de San Antonio de Areco vers midi, les rues pavées déjà pleines de l'agitation tranquille d'un samedi de fête patronale, même si la vraie fête les attendait quelques kilomètres plus loin, de l'autre côté d'un pont de fer enjambant un ruisseau aux eaux brunes et paisibles. Le portail de l'estancia, en fer forgé avec un grand Z au centre, s'ouvrit dès que Nicanor klaxonna deux fois, et un vieux péon, béret enfoncé et bombacha de campagne, les salua de la main sans dire un mot.

Le chemin d'entrée, long de deux bons kilomètres et bordé de casuarinas centenaires, débouchait sur un ensemble de bâtiments d'estancia qui, à peine Julio l'eut-il sous les yeux, lui parut sorti d'une carte postale d'un autre siècle: la maison principale, de style colonial, avec une galerie à colonnes blanches courant sur les quatre côtés du bâtiment et un toit de tuiles assombries par le temps; sur un côté, entre des eucalyptus immenses qui séparaient la maison des écuries, on devinait une petite chapelle de pierre surmontée d'une croix de fer; et devant, occupant presque tout le parc, un ombu gigantesque, de ceux qu'il faut plusieurs hommes se tenant par la main pour enlacer le tronc, et sous l'ombre duquel on dressait déjà les premières tables pour l'asado du soir.

—Estancia La Zulema, lut Julio à voix haute, sur l'écriteau de fer planté près de l'entrée de la galerie. Il lui a donné le nom de la défunte.

—On voit qu'il l'a beaucoup aimée, malgré tout. Ou qu'il avait besoin que tout le monde se souvienne qu'il l'avait aimée.

—Ces deux choses-là, parfois, n'en font qu'une.

La vue de la chapelle, petite et austère contre le vert du parc, ramena à Julio, sans qu'il l'appelle, le souvenir d'un autre bâtiment semblable, bien plus modeste, là-bas à Suncho Corral, dans la province de Santiago del Estero: l'église où son ami de toujours, un curé que tout le village connaissait sous le simple nom de Padre Suncho, confessait depuis plus de trente ans les mêmes gens, les enfants de ces gens, et maintenant leurs petits-enfants. C'était le Padre Suncho qui lui avait appris, il y a bien longtemps, sans méthode ni manuel, cet art singulier de lire sous les mots d'une personne ses vertus, ses vices, ses peurs les plus anciennes et ses habitudes les plus enracinées, avec cette même patience qu'un confesseur acquiert, au fil des ans, pour distinguer le péché réel de celui qu'on ne dit que pour soulager sa conscience. "Toi, tu vas sur les lieux du crime chercher des preuves, Julio", lui avait-il dit un jour, en buvant le maté dans la cour de la paroisse. "Moi, je vais au confessionnal chercher l'âme. Au bout du chemin, on finit tous les deux par chercher la même vérité." Julio n'avait jamais bien su si c'était là de l'humilité de la part du curé ou une manière élégante de lui dire que son propre métier, au fond, n'était qu'une branche plus pauvre du sien.

Ils descendirent de voiture au moment précis où, depuis la galerie, sortait pour les accueillir un homme âgé appuyé sur une canne à pommeau d'argent, vêtu d'un veston de lin clair malgré la fraîcheur du matin, mince jusqu'à la fragilité mais gardant un maintien encore fier, presque militaire. Il avait les cheveux blancs clairsemés, peignés en arrière à la gomina, et des yeux bleu clair délavés par l'âge qui conservaient pourtant une vivacité inquiète, comme quelqu'un qui pense toujours un pas en avance sur la conversation qu'il a devant lui.

—Nicanor, enfin. Je commençais à croire que tu avais regretté l'invitation.

—Je ne manquerais jamais tes quatre-vingts ans, mon oncle. Je te présente Julio Morosini, l'ami dont je t'ai parlé.

Don Ovidio Fontana Anchorena tendit une main osseuse mais ferme, et planta sur Julio ce regard bleu clair qui semblait le jauger avec plus d'attention que n'en méritait une simple présentation de courtoisie.

—Ainsi c'est vous, le fameux commissaire.

—À la retraite, don Ovidio. Je ne suis plus rien de fameux ni rien de commissaire.

—Les hommes comme vous ne prennent jamais vraiment leur retraite. Ils changent seulement d'uniforme. —Le vieil homme sourit, avec une chaleur qui parut cependant à Julio à peine forcée, comme quelqu'un qui sourit parce que l'occasion l'exige et non parce que le corps le lui demande. —Venez, venez, je veux vous présenter à ma sœur avant que la meute entière commence à arriver. Felisa a un faible pour les gens nouveaux. Elle dit que nous sommes tous, à ce stade, bien trop prévisibles pour son goût.

Ils marchèrent vers la galerie, où une femme âgée, assise dans un fauteuil en osier le dos absolument droit, les observait arriver sans bouger, les mains croisées sur les genoux et une robe sombre qui tranchait avec la luminosité de ce midi campagnard. Julio, en s'approchant, ressentit cette alerte silencieuse et précise que connaissaient bien les rares personnes ayant travaillé coude à coude avec lui pendant trente ans: la certitude, encore sans nom ni preuve, que dans cette galerie ensoleillée, au milieu de tant d'hospitalité d'estancia et de tant de toasts portés à quatre-vingts années bien vécues, quelque chose ne finissait pas de coller.

Il n'aurait pas su dire pourquoi. Rien ne s'était encore passé.

Presque sans s'en rendre compte, il porta un cure-dent à sa bouche.

DEL CUADERNO DE JULIO MOROSINIFROM JULIO MOROSINI'S NOTEBOOKDO CADERNO DE JULIO MOROSINIDAL QUADERNO DI JULIO MOROSINIDU CARNET DE JULIO MOROSINI

Nicanor dice: "no le des más vuelta de la que tiene". Anoto la frase porque algo me dice que sí la tiene.

Nicanor says: "don't read more into it than there is." I write the phrase down because something tells me there is more to it.

Nicanor diz: "não fica remoendo mais do que precisa". Anoto a frase porque algo me diz que precisa, sim.

Nicanor dice: "non farci più caso di quanto ne meriti". Annoto la frase perché qualcosa mi dice che invece ne merita.

Nicanor dit: "n'y cherche pas plus de sens qu'il n'y en a". Je note la phrase parce que quelque chose me dit que si, il y en a.

REFLEXIÓNREFLECTIONREFLEXÃORIFLESSIONERÉFLEXION

Chesterton decía que el detective es el único hombre de bien que persigue al criminal, y que por eso mismo debe entender al criminal mejor que a sí mismo. El Padre Suncho, con menos ironía inglesa y más paciencia de confesionario, diría que a nadie se lo entiende de verdad hasta que se le conoce el miedo, no el pecado. Yo, con los años, aprendí a usar las dos herramientas juntas: el código que amenaza con la cárcel, y la fe que amenaza con algo peor. Hoy, en una galería llena de sonrisas de cumpleaños, ya sentí que alguna de esas dos amenazas iba a hacer falta antes de que termine la fiesta.

Chesterton said the detective is the only decent man who pursues the criminal, and that for this very reason he must understand the criminal better than himself. Padre Suncho, with less English irony and more confessional patience, would say that no one is truly understood until you know their fear, not their sin. Over the years, I learned to use both tools together: the code that threatens prison, and the faith that threatens something worse. Today, in a gallery full of birthday smiles, I already sensed that one of those two threats was going to be needed before the party was over.

Chesterton dizia que o detetive é o único homem de bem que persegue o criminoso, e que por isso mesmo precisa entender o criminoso melhor do que a si mesmo. O Padre Suncho, com menos ironia inglesa e mais paciência de confessionário, diria que ninguém é entendido de verdade até que se conheça o seu medo, não o seu pecado. Eu, com os anos, aprendi a usar as duas ferramentas juntas: o código que ameaça com a cadeia, e a fé que ameaça com algo pior. Hoje, numa galeria cheia de sorrisos de aniversário, já senti que uma dessas duas ameaças ia fazer falta antes que a festa termine.

Chesterton diceva che il detective è l'unico uomo per bene che dà la caccia al criminale, e che proprio per questo deve capire il criminale meglio di se stesso. Il Padre Suncho, con meno ironia inglese e più pazienza da confessionale, direbbe che nessuno lo si capisce davvero finché non gli si conosce la paura, non il peccato. Io, con gli anni, ho imparato a usare i due strumenti insieme: il codice che minaccia con il carcere, e la fede che minaccia con qualcosa di peggio. Oggi, in una galleria piena di sorrisi di compleanno, ho già sentito che una di quelle due minacce sarebbe servita prima che finisse la festa.

Chesterton disait que le détective est le seul honnête homme à donner la chasse au criminel, et que c'est justement pour cela qu'il doit comprendre le criminel mieux que lui-même. Le Padre Suncho, avec moins d'ironie anglaise et plus de patience de confessionnal, dirait que l'on ne comprend vraiment personne tant qu'on ne connaît pas sa peur, et non son péché. Moi, avec les années, j'ai appris à me servir des deux outils ensemble: le code qui menace de la prison, et la foi qui menace de quelque chose de pire. Aujourd'hui, dans une galerie pleine de sourires d'anniversaire, j'ai déjà senti que l'une de ces deux menaces allait être nécessaire avant la fin de la fête.

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Capítulo 02

Felisa AnchorenaFelisa AnchorenaFelisa AnchorenaFelisa AnchorenaFelisa Anchorena

De cerca, la mujer del sillón de mimbre resultó más chica de lo que parecía desde lejos, con una delgadez de junco seco y unas manos huesudas cargadas de anillos que no combinaban entre sí, como si cada uno guardara una historia distinta y a ninguna le importara hacer juego con las demás. Tenía el pelo blanco recogido en un rodete prolijo, la piel surcada de arrugas finas alrededor de unos ojos oscuros, chiquitos y rapidísimos, que recorrieron a Julio de arriba abajo antes de que Ovidio terminara siquiera la presentación.

—Felisa, te presento a Julio Morosini, el amigo de Nicanor.

—El comisario —corrigió ella, sin levantarse, tendiéndole apenas la punta de los dedos, que Julio estrechó con el cuidado de quien toma algo frágil—. Ovidio me contó por teléfono que venía un policía a la fiesta. Pensé que era una broma de mi hermano, que a esta altura de la vida se entretiene inventando visitas ilustres para sentirse importante.

—Retirado, señora. Y nunca fui de los ilustres.

—Todos los retirados dicen lo mismo, y la mitad miente. —Felisa Anchorena esbozó una sonrisa fina, más de curiosidad que de simpatía, y le señaló con la mano libre la silla vacía a su lado—. Siéntese, hombre, no se quede ahí parado como un cadete. Cuénteme algo interesante antes de que llegue el resto de la manada y se acabe la paz de esta galería.

Julio se sentó, dejando que Nicanor y Ovidio se alejaran hacia el parque para supervisar la instalación de las mesas, y aprovechó el silencio breve que siguió para estudiar a la mujer con la misma atención discreta que ella acababa de dedicarle a él. Notó el vestido oscuro, demasiado abrigado para la temperatura de la mañana, como si Felisa cargara siempre con un frío propio que el sol de octubre no lograba tocar; notó también la manera en que sus dedos, aun quietos sobre la falda, tamborileaban de tanto en tanto contra la tela, un metrónomo nervioso que desmentía la calma con la que hablaba.

—¿Vive aquí en la estancia, señora Anchorena?

—Desde que nací, casi. Ochenta y tres años, para que no tenga que preguntarlo con rodeos como hacen todos. Mi hermano y yo nacimos en esta misma casa, en el mismo cuarto, con un año y medio de diferencia. Yo debería haber sido la que se casara y se fuera, y él el que se quedara cuidando la hacienda. La vida decidió lo contrario, y aquí estoy, cuidando la hacienda de todos modos, aunque nadie me lo agradezca demasiado.

—¿Nunca se casó?

—Estuve por hacerlo, una vez. —Felisa dijo la frase con una liviandad estudiada, de esas que se practican durante décadas hasta que suenan de verdad livianas—. No funcionó. Son cosas que pasan, comisario, y que no hace falta desenterrar en una tarde de sol.

Julio no insistió, aunque anotó mentalmente la frase con la misma atención con la que, más tarde, la anotaría también en su libreta: no funcionó, dijo, y cambió de tema con una rapidez que en cualquier interrogatorio hubiera sido, para él, la señal más clara de una puerta cerrada con demasiada fuerza.

—Ahí viene Deolinda —anunció Felisa, con un cambio de tono apenas perceptible, un filo nuevo asomando bajo la cortesía—. La compañera de mi hermano. Prepárese, comisario: es de las que sonríen mucho y dicen poco.

Deolinda Wilde cruzó el parque desde la casa con una bandeja de vasos y una jarra de limonada, vestida con una sencillez que contrastaba, a propósito o no, con la ostentación discreta del resto de la familia: un vestido de algodón celeste, el pelo castaño recogido en una cola baja, sandalias de campo en lugar de los tacos que hubiera esperado Julio en una anfitriona de fiesta. Tenía cuarenta y cinco años, calculó Julio, quizás alguno menos, y una manera de moverse entre las mesas con la eficiencia silenciosa de quien ha aprendido, con esfuerzo, a no ocupar más espacio del necesario en una casa que no terminaba de sentir del todo propia.

—Felisa, le dije a Casimiro que trajera hielo, pero se ve que se olvidó otra vez —dijo, dejando la bandeja sobre la mesa baja de mimbre, y solamente entonces reparó en Julio, tendiéndole la mano con una sonrisa breve, cordial, cuidadosamente medida—. Usted debe ser el amigo de Nicanor. Deolinda Wilde. Ovidio me habló de usted esta mañana, con mucho entusiasmo, la verdad.

—Julio Morosini. Un gusto.

—Espero que disfrute la fiesta. Ovidio lleva semanas ilusionado con este cumpleaños, como un chico. —Había, en la voz de Deolinda, una calidez que a Julio le pareció genuina, y sin embargo notó también, apenas un instante, la manera en que sus ojos se desviaron hacia la casa principal, hacia una ventana del primer piso, con una preocupación rápida que desapareció tan pronto como había llegado.

—Deolinda es enfermera, ¿sabía? —agregó Felisa, con una voz que a Julio le costó descifrar del todo, entre el elogio y la ironía—. Muy dedicada a mi hermano. Casi tan dedicada como conveniente, dirían algunos.

—Felisa, por favor —dijo Deolinda, sin perder la sonrisa pero con un cansancio breve asomando debajo, el cansancio de quien ha escuchado esa misma frase, con distintas palabras, demasiadas veces como para seguir ofendiéndose por ella.

—Yo no digo nada que no diga todo el mundo, querida. Lo digo, nomás, en voz alta.

Deolinda no respondió. Acomodó los vasos sobre la mesa con un cuidado excesivo, como quien necesita las manos ocupadas para no decir algo de lo que después se arrepienta, y se disculpó enseguida con la excusa de revisar el asado, alejándose hacia la parrilla que ya humeaba bajo el ombú.

Julio se quedó mirándola alejarse, y después volvió la vista hacia Felisa, que sostenía su copa de limonada con una expresión de satisfacción tranquila, como quien acaba de plantar, sin apuro, una semilla que sabe que va a germinar sola.

—¿Siempre es así de generosa con los elogios, señora Anchorena?

—Solamente con la gente que se lo merece, comisario. —Felisa sonrió otra vez, esa sonrisa fina que no llegaba del todo a los ojos—. Ya va a tener tiempo de descubrir quién se lo merece y quién no. Para eso vino, ¿no es cierto? Aunque Nicanor le haya dicho que era solamente una fiesta de cumpleaños.

Antes de que Julio pudiera responder, un hombre de unos sesenta años, con delantal de cocina sobre una camisa impecable y un rigor casi militar en el paso, se acercó desde la casa cargando una hielera de metal.

—El hielo, señora Felisa. Disculpe la demora, estaba terminando de acomodar las copas del brindis.

—Llega tarde, Casimiro, como siempre desde que empezó a tener la cabeza en otra parte.

Casimiro Larralde bajó la vista apenas un segundo, un gesto mínimo que a cualquier otro le hubiera pasado inadvertido, pero que Julio, con treinta años de oficio metidos en el cuerpo, registró con la misma precisión con la que un médico nota una arritmia bajo el estetoscopio. El mayordomo era un hombre robusto, de manos grandes curtidas por décadas de trabajo, pelo gris cortado al ras y una expresión entrenada, durante años, para no mostrar nada. Y sin embargo, por un instante, algo se había movido debajo de esa expresión: un temor rápido, apenas visible, del tamaño exacto de un secreto que todavía no había salido a la luz.

—No va a volver a pasar, señora.

—Eso espero. Ochenta años no se cumplen todos los días.

Casimiro se retiró con la misma prisa contenida con la que había llegado, y Julio, mientras lo veía alejarse hacia la casa, sintió que la lista de nombres en su libreta empezaba, apenas dos horas después de haber cruzado la tranquera, a llenarse de algo más que nombres.

Up close, the woman in the wicker chair turned out smaller than she had seemed from afar, with the dry-reed thinness of someone frail, and bony hands loaded with rings that didn't match one another, as if each held a different story and none cared to harmonize with the rest. Her white hair was gathered into a neat bun, her skin creased with fine wrinkles around a pair of dark eyes, small and very quick, that ran over Julio from head to toe before Ovidio had even finished the introduction.

—Felisa, this is Julio Morosini, Nicanor's friend.

—The commissioner —she corrected, without rising, offering him only the tips of her fingers, which Julio shook with the care of someone handling something fragile. —Ovidio told me on the phone that a policeman was coming to the party. I thought it was one of my brother's jokes—at this stage of life he amuses himself inventing distinguished guests to feel important.

—Retired, ma'am. And never much distinguished, either.

—All the retired ones say that, and half of them lie. —Felisa Anchorena gave a thin smile, more curiosity than warmth, and gestured with her free hand toward the empty chair beside her. —Sit, man, don't just stand there like a cadet. Tell me something interesting before the rest of the herd arrives and puts an end to the peace of this gallery.

Julio sat, letting Nicanor and Ovidio wander off toward the park to oversee the setting up of the tables, and used the brief silence that followed to study the woman with the same discreet attention she had just paid him. He noticed the dark dress, too warm for the morning's temperature, as if Felisa always carried a cold of her own that the October sun could never quite reach; he noticed too the way her fingers, even resting still on her skirt, drummed every so often against the fabric, a nervous metronome that belied the calm with which she spoke.

—Do you live here on the estancia, Señora Anchorena?

—Since I was born, more or less. Eighty-three years old, so you don't have to go around asking the way everyone else does. My brother and I were born in this very house, in the same room, a year and a half apart. I should have been the one to marry and leave, and he the one to stay behind minding the land. Life decided otherwise, and here I am, minding it anyway, though no one thanks me much for it.

—You never married?

—I came close, once. —Felisa said it with a studied lightness, the kind practiced for decades until it truly sounds light. —It didn't work out. These things happen, commissioner, and there's no need to dig them up on a sunny afternoon.

Julio didn't press, though he filed the phrase away mentally with the same attention he would later give it in his notebook: it didn't work out, she said, and changed the subject with a speed that, in any interrogation, would have struck him as the clearest sign of a door slammed shut too hard.

—Here comes Deolinda —Felisa announced, with a barely perceptible change of tone, a new edge slipping in beneath the courtesy. —My brother's companion. Brace yourself, commissioner: she's the kind who smiles a great deal and says very little.

Deolinda Wilde crossed the park from the house carrying a tray of glasses and a pitcher of lemonade, dressed with a simplicity that contrasted, whether on purpose or not, with the discreet ostentation of the rest of the family: a pale blue cotton dress, brown hair pulled back in a low ponytail, country sandals instead of the heels Julio would have expected from a party hostess. She was forty-five, Julio guessed, perhaps a little younger, and had a way of moving among the tables with the quiet efficiency of someone who had worked hard to learn not to take up more space than necessary in a house she still didn't quite feel was her own.

—Felisa, I told Casimiro to bring ice, but it looks like he forgot again —she said, setting the tray down on the low wicker table, and only then did she notice Julio, offering her hand with a brief, cordial, carefully measured smile. —You must be Nicanor's friend. Deolinda Wilde. Ovidio told me about you this morning, quite excitedly, actually.

—Julio Morosini. A pleasure.

—I hope you enjoy the party. Ovidio's been looking forward to this birthday for weeks, like a child. —There was a warmth in Deolinda's voice that struck Julio as genuine, and yet he also noticed, just for an instant, the way her eyes drifted toward the main house, toward a window on the second floor, with a quick flash of worry that vanished as fast as it had come.

—Deolinda's a nurse, did you know? —Felisa added, in a voice Julio found hard to fully decode, somewhere between praise and irony. —Very devoted to my brother. Almost as devoted as it is convenient, some would say.

—Felisa, please —Deolinda said, without losing her smile, though a brief weariness showed through underneath it, the weariness of someone who had heard that same line, in different words, too many times to keep taking offense.

—I'm not saying anything everybody else doesn't say too, dear. I'm just saying it out loud.

Deolinda didn't answer. She arranged the glasses on the table with excessive care, like someone who needs her hands occupied so as not to say something she'll regret later, and excused herself at once with the pretext of checking on the asado, walking off toward the grill already smoking under the ombú.

Julio watched her go, then turned his gaze back to Felisa, who held her glass of lemonade with an expression of quiet satisfaction, like someone who has just planted, unhurried, a seed she knows will sprout on its own.

—Are you always this generous with praise, Señora Anchorena?

—Only with people who deserve it, commissioner. —Felisa smiled again, that thin smile that never quite reached her eyes. —You'll have time to find out who deserves it and who doesn't. That's what you came for, isn't it? Even if Nicanor told you it was only a birthday party.

Before Julio could answer, a man of about sixty, wearing a kitchen apron over an impeccable shirt and walking with an almost military bearing, approached from the house carrying a metal ice bucket.

—The ice, Señora Felisa. Apologies for the delay, I was finishing setting out the toast glasses.

—You're late, Casimiro, as you have been ever since your head started living somewhere else.

Casimiro Larralde lowered his eyes for barely a second, a minimal gesture that would have passed unnoticed by almost anyone else, but that Julio, with thirty years of the trade worked into his bones, registered with the same precision a doctor notes an arrhythmia through a stethoscope. The butler was a sturdy man, with large hands weathered by decades of work, gray hair cropped close, and an expression trained, over the years, to show nothing at all. And yet, for an instant, something had moved beneath that expression: a quick fear, barely visible, exactly the size of a secret that hadn't yet come to light.

—It won't happen again, señora.

—I should hope not. Eighty years don't come around every day.

Casimiro withdrew with the same contained haste with which he had arrived, and Julio, watching him head back toward the house, felt that the list of names in his notebook, barely two hours after crossing the gate, was beginning to fill with something more than names.

De perto, a mulher da poltrona de vime revelou-se menor do que parecia de longe, com uma magreza de junco seco e umas mãos ossudas carregadas de anéis que não combinavam entre si, como se cada um guardasse uma história diferente e a nenhuma importasse combinar com as demais. Tinha o cabelo branco preso num coque caprichado, a pele sulcada de rugas finas ao redor de uns olhos escuros, pequenos e rapidíssimos, que percorreram Julio de cima a baixo antes mesmo que Ovidio terminasse a apresentação.

—Felisa, apresento o Julio Morosini, o amigo do Nicanor.

—O comissário —corrigiu ela, sem se levantar, estendendo apenas a ponta dos dedos, que Julio apertou com o cuidado de quem segura algo frágil—. Ovidio me contou por telefone que vinha um policial para a festa. Achei que fosse brincadeira do meu irmão, que a essa altura da vida se entretém inventando visitas ilustres para se sentir importante.

—Aposentado, senhora. E nunca fui dos ilustres.

—Todos os aposentados dizem o mesmo, e metade mente. —Felisa Anchorena esboçou um sorriso fino, mais de curiosidade do que de simpatia, e apontou com a mão livre para a cadeira vazia ao seu lado—. Sente-se, homem, não fique aí parado feito cadete. Conte-me algo interessante antes que chegue o resto da manada e acabe a paz desta galeria.

Julio se sentou, deixando que Nicanor e Ovidio se afastassem em direção ao parque para supervisionar a montagem das mesas, e aproveitou o breve silêncio que se seguiu para estudar a mulher com a mesma atenção discreta que ela acabara de lhe dedicar. Notou o vestido escuro, quente demais para a temperatura da manhã, como se Felisa carregasse sempre um frio próprio que o sol de outubro não conseguia tocar; notou também a maneira como seus dedos, mesmo quietos sobre a saia, tamborilavam de vez em quando contra o tecido, um metrônomo nervoso que desmentia a calma com que falava.

—A senhora mora aqui na estancia?

—Desde que nasci, quase. Oitenta e três anos, para que não precise perguntar com rodeios como todos fazem. Meu irmão e eu nascemos nesta mesma casa, no mesmo quarto, com um ano e meio de diferença. Eu deveria ter sido a que se casasse e fosse embora, e ele o que ficasse cuidando da fazenda. A vida decidiu o contrário, e aqui estou, cuidando da fazenda de qualquer forma, embora ninguém me agradeça demais por isso.

—Nunca se casou?

—Estive prestes, uma vez. —Felisa disse a frase com uma leveza estudada, dessas que se praticam durante décadas até soarem realmente leves—. Não deu certo. São coisas que acontecem, comissário, e que não precisam ser desenterradas numa tarde de sol.

Julio não insistiu, embora tenha anotado mentalmente a frase com a mesma atenção com que, mais tarde, a anotaria também em sua caderneta: não deu certo, disse ela, e mudou de assunto com uma rapidez que, em qualquer interrogatório, teria sido, para ele, o sinal mais claro de uma porta fechada com força demais.

—Ali vem a Deolinda —anunciou Felisa, com uma mudança de tom quase imperceptível, um fio novo despontando sob a cortesia—. A companheira do meu irmão. Prepare-se, comissário: é dessas que sorriem muito e dizem pouco.

Deolinda Wilde atravessou o parque vindo da casa com uma bandeja de copos e uma jarra de limonada, vestida com uma simplicidade que contrastava, de propósito ou não, com a ostentação discreta do resto da família: um vestido de algodão azul-claro, o cabelo castanho preso num rabo de cavalo baixo, sandálias de campo em vez dos saltos que Julio teria esperado numa anfitriã de festa. Tinha quarenta e cinco anos, calculou Julio, talvez menos, e uma maneira de se mover entre as mesas com a eficiência silenciosa de quem aprendeu, com esforço, a não ocupar mais espaço do que o necessário numa casa que nunca chegava a sentir de todo como sua.

—Felisa, eu pedi para o Casimiro trazer gelo, mas parece que ele esqueceu de novo —disse ela, deixando a bandeja sobre a mesinha de vime, e só então reparou em Julio, estendendo-lhe a mão com um sorriso breve, cordial, cuidadosamente medido—. O senhor deve ser o amigo do Nicanor. Deolinda Wilde. Ovidio me falou do senhor esta manhã, com muito entusiasmo, para falar a verdade.

—Julio Morosini. Um prazer.

—Espero que aproveite a festa. Ovidio está há semanas empolgado com este aniversário, feito criança. —Havia, na voz de Deolinda, uma calidez que a Julio pareceu genuína, e mesmo assim ele notou também, por um instante apenas, a maneira como seus olhos se desviaram para a casa principal, para uma janela do primeiro andar, com uma preocupação rápida que desapareceu tão depressa quanto tinha chegado.

—Deolinda é enfermeira, sabia? —acrescentou Felisa, com uma voz que Julio teve dificuldade de decifrar por completo, entre o elogio e a ironia—. Muito dedicada ao meu irmão. Quase tão dedicada quanto conveniente, diriam alguns.

—Felisa, por favor —disse Deolinda, sem perder o sorriso mas com um cansaço breve despontando por baixo, o cansaço de quem já ouviu essa mesma frase, com palavras diferentes, vezes demais para continuar se ofendendo com ela.

—Eu não digo nada que todo mundo não diga, querida. Eu só digo em voz alta.

Deolinda não respondeu. Arrumou os copos sobre a mesa com um cuidado excessivo, como quem precisa manter as mãos ocupadas para não dizer algo de que depois vai se arrepender, e se desculpou logo em seguida com a desculpa de ir conferir o churrasco, afastando-se em direção à churrasqueira que já fumegava debaixo do ombu.

Julio ficou olhando-a se afastar, e depois voltou o olhar para Felisa, que segurava seu copo de limonada com uma expressão de satisfação tranquila, como quem acaba de plantar, sem pressa, uma semente que sabe que vai germinar sozinha.

—A senhora é sempre assim tão generosa com os elogios, dona Anchorena?

—Só com as pessoas que merecem, comissário. —Felisa sorriu de novo, aquele sorriso fino que não chegava de todo aos olhos—. Já vai ter tempo de descobrir quem merece e quem não. Foi para isso que veio, não foi? Ainda que o Nicanor tenha dito que era só uma festa de aniversário.

Antes que Julio pudesse responder, um homem de uns sessenta anos, com avental de cozinha sobre uma camisa impecável e um rigor quase militar no andar, se aproximou vindo da casa carregando uma caixa de gelo de metal.

—O gelo, dona Felisa. Desculpe a demora, estava terminando de arrumar as taças do brinde.

—Chegou tarde, Casimiro, como sempre desde que começou a andar com a cabeça em outro lugar.

Casimiro Larralde baixou os olhos por apenas um segundo, um gesto mínimo que a qualquer outro teria passado despercebido, mas que Julio, com trinta anos de ofício no corpo, registrou com a mesma precisão com que um médico nota uma arritmia sob o estetoscópio. O mordomo era um homem robusto, de mãos grandes curtidas por décadas de trabalho, cabelo grisalho cortado rente e uma expressão treinada, durante anos, para não mostrar nada. E, no entanto, por um instante, algo se movera por baixo dessa expressão: um medo rápido, quase imperceptível, do tamanho exato de um segredo que ainda não tinha vindo à luz.

—Não vai voltar a acontecer, senhora.

—Espero que não. Oitenta anos não se completam todos os dias.

Casimiro se retirou com a mesma pressa contida com que tinha chegado, e Julio, enquanto o via se afastar em direção à casa, sentiu que a lista de nomes em sua caderneta começava, apenas duas horas depois de ter cruzado o portão, a se encher de algo mais do que nomes.

Da vicino, la donna sulla poltrona di vimini risultò più piccola di quanto sembrasse da lontano, con una magrezza da giunco secco e delle mani ossute cariche di anelli che non si intonavano tra loro, come se ognuno custodisse una storia diversa e a nessuno importasse fare coppia con gli altri. Aveva i capelli bianchi raccolti in uno chignon ordinato, la pelle solcata da rughe sottili intorno a due occhi scuri, piccoli e velocissimi, che percorsero Julio da capo a piedi prima ancora che Ovidio finisse la presentazione.

—Felisa, ti presento Julio Morosini, l'amico di Nicanor.

—Il commissario —corresse lei, senza alzarsi, tendendogli appena la punta delle dita, che Julio strinse con la cura di chi prende qualcosa di fragile—. Ovidio mi ha detto per telefono che veniva un poliziotto alla festa. Pensavo fosse uno scherzo di mio fratello, che a questo punto della vita si diverte a inventare visite illustri per sentirsi importante.

—In pensione, signora. E non sono mai stato tra gli illustri.

—Tutti i pensionati dicono lo stesso, e metà mentono. —Felisa Anchorena abbozzò un sorriso sottile, più di curiosità che di simpatia, e gli indicò con la mano libera la sedia vuota accanto a sé—. Si sieda, non stia lì impalato come un cadetto. Mi racconti qualcosa di interessante prima che arrivi il resto della mandria e finisca la pace di questa galleria.

Julio si sedette, lasciando che Nicanor e Ovidio si allontanassero verso il parco per sorvegliare l'allestimento dei tavoli, e approfittò del breve silenzio che seguì per studiare la donna con la stessa attenzione discreta che lei gli aveva appena dedicato. Notò il vestito scuro, troppo pesante per la temperatura della mattina, come se Felisa portasse sempre con sé un freddo tutto suo che il sole di ottobre non riusciva a toccare; notò anche il modo in cui le sue dita, pur ferme sulla gonna, tamburellavano di tanto in tanto contro il tessuto, un metronomo nervoso che smentiva la calma con cui parlava.

—Vive qui nella estancia, signora Anchorena?

—Da quando sono nata, quasi. Ottantatré anni, così non deve chiederlo con giri di parole come fanno tutti. Io e mio fratello siamo nati in questa stessa casa, nella stessa stanza, con un anno e mezzo di differenza. Sarei dovuta essere io a sposarmi e andarmene, e lui a restare a badare all'azienda. La vita ha deciso il contrario, ed eccomi qui, a badare comunque all'azienda, anche se nessuno me ne è troppo grato.

—Non si è mai sposata?

—Stavo per farlo, una volta. —Felisa disse la frase con una leggerezza studiata, di quelle che si esercitano per decenni finché non suonano davvero leggere—. Non ha funzionato. Sono cose che succedono, commissario, e che non serve dissotterrare in un pomeriggio di sole.

Julio non insistette, anche se annotò mentalmente la frase con la stessa attenzione con cui, più tardi, l'avrebbe annotata anche nel suo taccuino: non ha funzionato, disse, e cambiò argomento con una rapidità che in qualsiasi interrogatorio sarebbe stata, per lui, il segnale più chiaro di una porta chiusa con troppa forza.

—Ecco che arriva Deolinda —annunciò Felisa, con un cambio di tono appena percettibile, un filo nuovo che affiorava sotto la cortesia—. La compagna di mio fratello. Si prepari, commissario: è una di quelle che sorridono molto e dicono poco.

Deolinda Wilde attraversò il parco venendo dalla casa con un vassoio di bicchieri e una brocca di limonata, vestita con una semplicità che contrastava, di proposito o no, con l'ostentazione discreta del resto della famiglia: un vestito di cotone celeste, i capelli castani raccolti in una coda bassa, sandali da campagna al posto dei tacchi che Julio si sarebbe aspettato da una padrona di casa in festa. Aveva quarantacinque anni, calcolò Julio, forse qualcuno in meno, e un modo di muoversi tra i tavoli con l'efficienza silenziosa di chi ha imparato, con fatica, a non occupare più spazio del necessario in una casa che non arrivava a sentire del tutto propria.

—Felisa, avevo detto a Casimiro di portare il ghiaccio, ma pare che se ne sia dimenticato di nuovo —disse, posando il vassoio sul tavolino di vimini, e solo allora si accorse di Julio, tendendogli la mano con un sorriso breve, cordiale, misurato con cura—. Lei dev'essere l'amico di Nicanor. Deolinda Wilde. Ovidio mi ha parlato di lei stamattina, con molto entusiasmo, a dire il vero.

—Julio Morosini. Piacere.

—Spero che si goda la festa. Ovidio è settimane che è emozionato per questo compleanno, come un bambino. —C'era, nella voce di Deolinda, un calore che a Julio parve genuino, e tuttavia notò anche, per un solo istante, il modo in cui i suoi occhi si spostarono verso la casa padronale, verso una finestra del primo piano, con una preoccupazione rapida che scomparve tanto in fretta quanto era arrivata.

—Deolinda fa l'infermiera, lo sapeva? —aggiunse Felisa, con una voce che a Julio costò decifrare fino in fondo, tra l'elogio e l'ironia—. Molto dedita a mio fratello. Quasi tanto dedita quanto conveniente, direbbero alcuni.

—Felisa, per favore —disse Deolinda, senza perdere il sorriso ma con una stanchezza breve che affiorava sotto, la stanchezza di chi ha sentito quella stessa frase, con parole diverse, troppe volte per continuare a offendersene.

—Io non dico niente che non dica tutto il mondo, cara. Lo dico, solamente, ad alta voce.

Deolinda non rispose. Sistemò i bicchieri sul tavolo con una cura eccessiva, come chi ha bisogno di tenere le mani occupate per non dire qualcosa di cui poi si pentirebbe, e si scusò subito con la scusa di controllare l'asado, allontanandosi verso la griglia che già fumava sotto l'ombù.

Julio rimase a guardarla allontanarsi, e poi rivolse lo sguardo a Felisa, che teneva il suo bicchiere di limonata con un'espressione di soddisfazione tranquilla, come chi ha appena piantato, senza fretta, un seme che sa che germoglierà da solo.

—È sempre così generosa con gli elogi, signora Anchorena?

—Solo con la gente che se li merita, commissario. —Felisa sorrise di nuovo, quel sorriso sottile che non arrivava del tutto agli occhi—. Avrà tempo di scoprire chi se li merita e chi no. È venuto per questo, no? Anche se Nicanor le ha detto che era solo una festa di compleanno.

Prima che Julio potesse rispondere, un uomo sulla sessantina, con il grembiule da cucina sopra una camicia impeccabile e un rigore quasi militare nel passo, si avvicinò dalla casa portando una ghiacciaia di metallo.

—Il ghiaccio, signora Felisa. Mi scusi il ritardo, stavo finendo di sistemare i calici per il brindisi.

—Arriva tardi, Casimiro, come sempre da quando ha la testa altrove.

Casimiro Larralde abbassò lo sguardo per appena un secondo, un gesto minimo che a chiunque altro sarebbe passato inosservato, ma che Julio, con trent'anni di mestiere addosso, registrò con la stessa precisione con cui un medico nota un'aritmia sotto lo stetoscopio. Il maggiordomo era un uomo robusto, con mani grandi indurite da decenni di lavoro, capelli grigi tagliati corti e un'espressione allenata, per anni, a non mostrare nulla. Eppure, per un istante, qualcosa si era mosso sotto quell'espressione: una paura rapida, appena visibile, delle dimensioni esatte di un segreto che ancora non era venuto alla luce.

—Non succederà più, signora.

—Lo spero bene. Ottant'anni non si compiono tutti i giorni.

Casimiro si ritirò con la stessa fretta contenuta con cui era arrivato, e Julio, mentre lo guardava allontanarsi verso la casa, sentì che la lista di nomi nel suo taccuino cominciava, appena due ore dopo aver varcato il cancello, a riempirsi di qualcosa in più dei semplici nomi.

De près, la femme du fauteuil en osier se révéla plus menue que de loin, avec une maigreur de jonc sec et des mains osseuses chargées de bagues qui ne s'accordaient pas entre elles, comme si chacune gardait une histoire différente et qu'aucune ne se souciait d'aller avec les autres. Elle avait les cheveux blancs ramassés en un chignon soigné, la peau sillonnée de fines rides autour d'yeux sombres, petits et très rapides, qui parcoururent Julio de haut en bas avant même qu'Ovidio n'ait fini les présentations.

—Felisa, je te présente Julio Morosini, l'ami de Nicanor.

—Le commissaire, corrigea-t-elle, sans se lever, lui tendant à peine le bout des doigts, que Julio serra avec la précaution de qui prend quelque chose de fragile. Ovidio m'a dit au téléphone qu'un policier venait à la fête. J'ai cru à une plaisanterie de mon frère, qui à ce stade de sa vie s'amuse à inventer des visites illustres pour se sentir important.

—À la retraite, madame. Et jamais illustre.

—Tous les retraités disent la même chose, et la moitié mentent. Felisa Anchorena esquissa un sourire fin, plus curieux qu'aimable, et lui désigna de sa main libre la chaise vide à côté d'elle. Asseyez-vous, voyons, ne restez pas planté là comme un bleu. Racontez-moi quelque chose d'intéressant avant que le reste de la meute n'arrive et ne mette fin à la paix de cette galerie.

Julio s'assit, laissant Nicanor et Ovidio s'éloigner vers le parc pour superviser l'installation des tables, et profita du bref silence qui suivit pour étudier la femme avec la même attention discrète qu'elle venait de lui accorder. Il remarqua la robe sombre, trop chaude pour la température du matin, comme si Felisa portait toujours en elle un froid propre que le soleil d'octobre ne parvenait pas à toucher; il remarqua aussi la façon dont ses doigts, même immobiles sur sa jupe, tambourinaient de temps à autre contre le tissu, un métronome nerveux qui démentait le calme avec lequel elle parlait.

—Vous vivez ici, à l'estancia, madame Anchorena?

—Depuis ma naissance, ou presque. Quatre-vingt-trois ans, pour que vous n'ayez pas à le demander par des détours comme tout le monde. Mon frère et moi sommes nés dans cette même maison, dans la même chambre, à un an et demi d'écart. C'est moi qui aurais dû être celle qui se marie et s'en va, et lui celui qui reste s'occuper du domaine. La vie en a décidé autrement, et me voilà, m'occupant du domaine tout de même, sans que personne ne m'en remercie beaucoup.

—Vous ne vous êtes jamais mariée?

—J'ai failli, une fois. Felisa prononça la phrase avec une légèreté étudiée, de celles qu'on répète pendant des décennies jusqu'à ce qu'elles sonnent vraiment léger. Ça n'a pas marché. Ce sont des choses qui arrivent, commissaire, et qu'il n'est pas nécessaire de déterrer par un après-midi ensoleillé.

Julio n'insista pas, mais il nota mentalement la phrase avec la même attention qu'il la noterait, plus tard, dans son carnet: ça n'a pas marché, avait-elle dit, avant de changer de sujet avec une rapidité qui, dans n'importe quel interrogatoire, aurait été pour lui le signe le plus clair d'une porte fermée avec trop de force.

—Voilà Deolinda qui arrive, annonça Felisa, avec un changement de ton à peine perceptible, un tranchant nouveau pointant sous la courtoisie. La compagne de mon frère. Préparez-vous, commissaire: c'est de celles qui sourient beaucoup et disent peu.

Deolinda Wilde traversa le parc depuis la maison avec un plateau de verres et une carafe de limonade, vêtue d'une simplicité qui contrastait, à dessein ou non, avec l'ostentation discrète du reste de la famille: une robe de coton bleu ciel, les cheveux châtains ramassés en une queue basse, des sandales de campagne au lieu des talons que Julio aurait attendus chez une maîtresse de maison en pleine fête. Elle avait quarante-cinq ans, calcula Julio, peut-être un peu moins, et une façon de se déplacer entre les tables avec l'efficacité silencieuse de qui a appris, à force d'efforts, à ne pas occuper plus d'espace que nécessaire dans une maison qu'elle ne sentait pas encore tout à fait sienne.

—Felisa, j'avais dit à Casimiro d'apporter de la glace, mais on dirait qu'il a encore oublié, dit-elle, posant le plateau sur la table basse en osier, et c'est seulement alors qu'elle remarqua Julio, lui tendant la main avec un sourire bref, cordial, soigneusement mesuré. Vous devez être l'ami de Nicanor. Deolinda Wilde. Ovidio m'a parlé de vous ce matin, avec beaucoup d'enthousiasme, à vrai dire.

—Julio Morosini. Enchanté.

—J'espère que vous profiterez de la fête. Ovidio est tout excité depuis des semaines à propos de cet anniversaire, comme un gamin. Il y avait, dans la voix de Deolinda, une chaleur qui parut sincère à Julio, et pourtant il remarqua aussi, l'espace d'un instant, la façon dont ses yeux se détournèrent vers la maison principale, vers une fenêtre du premier étage, avec une inquiétude rapide qui disparut aussi vite qu'elle était venue.

—Deolinda est infirmière, vous saviez? ajouta Felisa, d'une voix que Julio eut du mal à déchiffrer entièrement, entre l'éloge et l'ironie. Très dévouée à mon frère. Presque aussi dévouée qu'opportune, diraient certains.

—Felisa, je vous en prie, dit Deolinda, sans perdre son sourire mais avec une lassitude brève pointant en dessous, la lassitude de qui a entendu cette même phrase, sous des mots différents, trop de fois pour continuer à s'en offenser.

—Je ne dis rien que tout le monde ne dise déjà, ma chère. Je le dis, simplement, à voix haute.

Deolinda ne répondit pas. Elle rangea les verres sur la table avec un soin excessif, comme quelqu'un qui a besoin d'occuper ses mains pour ne pas dire quelque chose qu'elle regretterait ensuite, et s'excusa aussitôt sous prétexte de vérifier l'asado, s'éloignant vers le grill qui fumait déjà sous l'ombu.

Julio la regarda s'éloigner, puis reporta son regard sur Felisa, qui tenait son verre de limonade avec une expression de satisfaction tranquille, comme quelqu'un qui vient de planter, sans hâte, une graine dont il sait qu'elle germera toute seule.

—Vous êtes toujours aussi généreuse en compliments, madame Anchorena?

—Seulement envers les gens qui les méritent, commissaire. Felisa sourit à nouveau, ce sourire fin qui n'atteignait pas tout à fait les yeux. Vous aurez le temps de découvrir qui les mérite et qui ne les mérite pas. C'est pour ça que vous êtes venu, non? Même si Nicanor vous a dit que c'était seulement une fête d'anniversaire.

Avant que Julio ne puisse répondre, un homme d'une soixantaine d'années, tablier de cuisine sur une chemise impeccable et une rigueur presque militaire dans la démarche, s'approcha depuis la maison en portant une glacière métallique.

—La glace, madame Felisa. Excusez le retard, je finissais de ranger les coupes du toast.

—Vous arrivez en retard, Casimiro, comme toujours depuis que vous avez la tête ailleurs.

Casimiro Larralde baissa les yeux à peine une seconde, un geste minime qui serait passé inaperçu pour n'importe qui d'autre, mais que Julio, avec trente ans de métier ancrés dans le corps, enregistra avec la même précision qu'un médecin repère une arythmie sous le stéthoscope. Le majordome était un homme robuste, aux grandes mains tannées par des décennies de travail, aux cheveux gris coupés ras et à l'expression entraînée, au fil des années, à ne rien montrer. Et pourtant, l'espace d'un instant, quelque chose avait bougé sous cette expression: une peur rapide, à peine visible, de la taille exacte d'un secret qui n'avait pas encore vu le jour.

—Ça ne se reproduira pas, madame.

—Je l'espère bien. On ne fête pas ses quatre-vingts ans tous les jours.

Casimiro se retira avec la même hâte contenue qu'il avait eue en arrivant, et Julio, en le regardant s'éloigner vers la maison, sentit que la liste de noms dans son carnet commençait, à peine deux heures après avoir franchi le portail, à se remplir de plus que de simples noms.

DEL CUADERNO DE JULIO MOROSINIFROM JULIO MOROSINI'S NOTEBOOKDO CADERNO DE JULIO MOROSINIDAL QUADERNO DI JULIO MOROSINIDU CARNET DE JULIO MOROSINI

Felisa: "no funcionó", dijo del compromiso roto, y cambió de tema rápido. Deolinda: mira la ventana del primer piso con preocupación que esconde enseguida. Casimiro: baja la vista al oír "cabeza en otra parte". Tres personas, tres gestos chicos. Ninguno prueba nada todavía. Los tres juntos ya empiezan a pesar.

Felisa: "it didn't work out," she said of the broken engagement, and changed the subject fast. Deolinda: glances at the second-floor window with a worry she hides right away. Casimiro: lowers his eyes at "head living somewhere else." Three people, three small gestures. None of them proves anything yet. All three together are starting to add up to something.

Felisa: "não deu certo", disse sobre o noivado desfeito, e mudou de assunto rápido. Deolinda: olha para a janela do primeiro andar com uma preocupação que esconde logo em seguida. Casimiro: baixa os olhos ao ouvir "cabeça em outro lugar". Três pessoas, três gestos pequenos. Nenhum prova nada ainda. Os três juntos já começam a pesar.

Felisa: "non ha funzionato", ha detto del fidanzamento rotto, e ha cambiato argomento in fretta. Deolinda: guarda la finestra del primo piano con una preoccupazione che nasconde subito. Casimiro: abbassa lo sguardo sentendo "la testa altrove". Tre persone, tre gesti piccoli. Nessuno prova ancora niente. I tre insieme cominciano già a pesare.

Felisa: "ça n'a pas marché", a-t-elle dit à propos des fiançailles rompues, puis a vite changé de sujet. Deolinda: regarde la fenêtre du premier étage avec une inquiétude qu'elle cache aussitôt. Casimiro: baisse les yeux en entendant "la tête ailleurs". Trois personnes, trois gestes minimes. Aucun ne prouve encore rien. Les trois ensemble commencent déjà à peser.

REFLEXIÓNREFLECTIONREFLEXÃORIFLESSIONERÉFLEXION

De joven, Julio leyó bastante al Padre Castellani, en esos mismos años en que el Padre Suncho, todavía seminarista, se lo hacía leer casi como tarea entre mate y mate. Le quedó de esas lecturas una idea que nunca terminó de abandonar: que el hombre argentino, más que ningún otro, es capaz de decir la verdad entera disfrazándola de chiste, de reproche liviano, de comentario al pasar, para no tener que hacerse cargo del peso de haberla dicho en serio. Felisa Anchorena, pensó Julio esa tarde, mirando la casa colonial recortada contra el cielo despejado, parecía una alumna aventajada de esa escuela. Cada broma suya, sospechaba, escondía una acusación completa. El trabajo, ahora, era descubrir a quién estaba dirigida cada una.

As a young man, Julio read a fair amount of Padre Castellani, in those same years when Padre Suncho, still a seminarian, made him read it almost as homework between one mate and the next. What stayed with him from those readings, an idea he never quite let go of, was this: that the Argentine, more than anyone else, is capable of telling the whole truth while disguising it as a joke, a light reproach, an offhand remark, so as never to have to answer for the weight of having said it in earnest. Felisa Anchorena, Julio thought that afternoon, looking at the colonial house outlined against the clear sky, seemed an accomplished student of that school. Every joke of hers, he suspected, hid a complete accusation. The work now was to discover whom each one was aimed at.

Jovem, Julio leu bastante o Padre Castellani, naqueles mesmos anos em que o Padre Suncho, ainda seminarista, o fazia ler quase como tarefa entre um mate e outro. Ficou dessas leituras uma ideia que ele nunca chegou a abandonar: que o homem argentino, mais do que qualquer outro, é capaz de dizer a verdade inteira disfarçando-a de piada, de reprovação leve, de comentário de passagem, para não ter que se responsabilizar pelo peso de tê-la dito a sério. Felisa Anchorena, pensou Julio naquela tarde, olhando a casa colonial recortada contra o céu limpo, parecia uma aluna exemplar dessa escola. Cada brincadeira sua, suspeitava, escondia uma acusação completa. O trabalho, agora, era descobrir a quem se dirigia cada uma delas.

Da giovane, Julio lesse parecchio Padre Castellani, in quegli stessi anni in cui il Padre Suncho, ancora seminarista, glielo faceva leggere quasi come un compito tra un mate e l'altro. Gli restò, da quelle letture, un'idea che non finì mai di abbandonare: che l'uomo argentino, più di ogni altro, è capace di dire la verità intera travestendola da battuta, da rimprovero leggero, da commento di passaggio, per non doversi assumere il peso di averla detta sul serio. Felisa Anchorena, pensò Julio quel pomeriggio, guardando la casa coloniale stagliata contro il cielo sereno, sembrava un'allieva modello di quella scuola. Ogni sua battuta, sospettava, nascondeva un'accusa completa. Il lavoro, adesso, era scoprire a chi fosse rivolta ciascuna.

Jeune, Julio a beaucoup lu le Padre Castellani, dans ces mêmes années où le Padre Suncho, encore séminariste, le lui faisait presque lire comme un devoir entre deux mates. Il lui est resté de ces lectures une idée qu'il n'a jamais fini d'abandonner: que l'homme argentin, plus que tout autre, est capable de dire la vérité entière en la déguisant en blague, en reproche léger, en commentaire en passant, pour ne pas avoir à assumer le poids de l'avoir dite sérieusement. Felisa Anchorena, pensa Julio cet après-midi-là, en regardant la maison coloniale se découper contre le ciel dégagé, semblait une élève brillante de cette école. Chaque plaisanterie qu'elle faisait, soupçonnait-il, cachait une accusation complète. Le travail, maintenant, consistait à découvrir à qui chacune était destinée.

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Capítulo 03

Los hijos de OvidioOvidio's ChildrenOs filhos de OvidioI figli di OvidioLes enfants d'Ovidio

Pasado el mediodía, la tranquera de hierro empezó a abrirse cada diez o quince minutos para dejar pasar autos que llegaban desde Buenos Aires, y el parque de la estancia, hasta entonces silencioso salvo por el trajín de los mozos contratados para la fiesta, se fue llenando de voces, de saludos largos, de abrazos entre parientes que se veían poco y disimulaban esa distancia con una efusividad un poco excesiva. Julio Morosini se había instalado con un vaso de limonada bajo la sombra del ombú, en un rincón discreto desde donde podía observar sin ser observado, ejercicio que llevaba practicando de manera casi automática desde mucho antes de que le pusieran una placa de comisario.

El primero en llegar fue un hombre de unos cincuenta y cinco años, robusto, con una calvicie que combatía con un peinado hacia adelante poco convincente, vestido con una camisa de golf que le quedaba ajustada en el abdomen y unos mocasines demasiado nuevos para un día de campo. Bajó del auto con un teléfono pegado a la oreja, terminando una conversación con un tono bajo y urgente que se cortó de golpe apenas vio a su padre acercarse desde la galería.

—Pa, feliz cumpleaños. —El abrazo fue rápido, casi protocolar, y el teléfono desapareció en el bolsillo del pantalón con una velocidad que a Julio no le pasó inadvertida—. Perdón la demora, un tema del campo de Bragado que no podía dejar sin resolver.

—Vos siempre con un tema que no podés dejar sin resolver, Horacio. Algún día vas a tener que aprender a disfrutar un domingo entero sin el teléfono pegado a la mano.

Horacio Fontana sonrió con una tensión apenas disimulada bajo la cordialidad, y Julio, que ya había memorizado ese nombre en su libreta gracias al relato de Nicanor durante el viaje, se acercó cuando Ovidio hizo la presentación de rigor.

—Horacio, te presento a Julio Morosini, amigo de tu sobrino.

—Un gusto. —El apretón de manos de Horacio fue firme, casi calculadamente firme, del tipo de apretón que se entrena en reuniones de negocios—. ¿Usted es el que investiga, no? Nicanor comentó algo por ahí.

—Investigaba. Ahora solamente vengo a comer un buen asado.

—Ojalá fuera tan simple para todos, comisario. —Horacio soltó una risa corta, sin gracia real detrás, y se disculpó enseguida con la excusa de saludar a su tía Felisa, alejándose con un paso que a Julio le pareció, más que apurado, huidizo.

El segundo auto en cruzar la tranquera traía a una pareja que bajó con una lentitud notoria, como si ninguno de los dos tuviera del todo ganas de llegar. La mujer, de unos cincuenta años, tenía el mismo perfil aguileño de Ovidio y una manera de pararse muy derecha, con la barbilla un poco levantada, que a Julio le recordó enseguida a la de Felisa en la galería, aunque en esta versión más joven el gesto parecía menos afilado y más defensivo, como una armadura antigua que ya no terminaba de cerrar bien.

—Renata —dijo Ovidio, y su voz, por primera vez en todo el día, perdió la firmeza teatral con la que había recibido a los demás invitados—. Viniste.

—Dije que iba a venir, papá.

Se abrazaron en el medio del camino de entrada, un abrazo largo, torpe al principio y después más sincero, mientras el hombre que había bajado del lado del conductor se quedaba parado a un costado, con las manos en los bolsillos, observando la escena con una expresión que Julio no logró descifrar del todo entre el alivio y la incomodidad.

—Tomás —dijo Ovidio, por encima del hombro de su hija, tendiéndole la mano con una formalidad que todavía no lograba del todo la calidez del abrazo anterior—. Gracias por acompañarla.

—Es mi mujer, don Ovidio. La acompaño a donde vaya.

Tomás Ibarguren tenía el pelo entrecano cortado corto, la piel curtida de quien trabaja al sol, y unas manos grandes que Julio reconoció, por experiencia, como las de alguien acostumbrado a trabajos manuales más que a escritorios: un productor agropecuario de mediana escala, calculó, no de los que manejan campos como el de la familia Fontana, sino de los que los trabajan con las propias manos cuando hace falta.

Renata Fontana de Ibarguren se soltó del abrazo de su padre con los ojos brillosos, y fue en ese momento que reparó en Julio, que se había quedado a un costado, prudentemente afuera del reencuentro.

—Disculpe, no quise ser maleducada. Renata.

—Julio Morosini. Un placer.

—Quince años sin pisar esta estancia —dijo ella, más para sí misma que para él, mirando la casa colonial con una mezcla de nostalgia y algo más difícil de nombrar, algo parecido al resentimiento viejo que todavía no encuentra del todo la manera de disolverse—. Quince años, y alcanzó una sola carta de mi padre para que volviera como si nada hubiera pasado.

—Renata —dijo Tomás, con una advertencia suave en la voz.

—No digo nada malo, Tomás. Digo lo que es. —Se volvió otra vez hacia Julio, con una sonrisa que le costó un esfuerzo visible—. Perdone, comisario. No todos los días una vuelve a un lugar que juró no pisar más.

—No hace falta que se disculpe conmigo, señora. Yo solamente vine a comer un asado.

Renata soltó una risa breve, genuina esta vez, y se alejó del brazo de su marido hacia la galería, donde Felisa ya la esperaba con los brazos abiertos y una expresión, notó Julio desde la distancia, mucho más cálida que la que le había dedicado a él un rato antes.

El último en llegar, ya bien entrada la tarde, lo hizo con un auto deportivo que hizo levantar polvo en todo el camino de entrada y que contrastaba, con una violencia casi cómica, con los Fiat y las camionetas del resto de la familia. Bajó un hombre de unos cuarenta y cinco años, bronceado de un modo que no se conseguía en la pampa húmeda, con una camisa hawaiana abierta hasta la mitad del pecho, un reloj dorado del tamaño de un despertador chico, y una sonrisa amplísima que dejaba ver una dentadura demasiado perfecta para ser del todo natural.

—¡El cumpleañero! —gritó, antes incluso de haber terminado de bajar del auto, extendiendo los brazos hacia Ovidio con una efusividad que hizo que más de un invitado se diera vuelta a mirar—. Ochenta pirulos, viejo. Te ves espectacular.

—Práxedes. Qué bueno que llegaste.

—Pachi, pa, por favor. Práxedes me hace sentir en un velorio. —Se rió de su propio chiste, abrazó a su padre con una fuerza que casi lo hizo perder el bastón, y recién entonces reparó en Julio, que observaba la escena con la atención serena de quien ya lleva media tarde catalogando personalidades—. ¿Y este que me mira tan fijo?

—Julio Morosini. Amigo de Nicanor.

—Práxedes Fontana. Pero decime Pachi, como todo el mundo. —El apretón de manos fue enérgico, casi excesivo, acompañado de una palmada en el hombro que Julio recibió sin inmutarse—. ¿Y a qué te dedicás, Julio?

—Estuve en la policía. Ahora, poco y nada.

Algo cruzó por los ojos de Pachi en ese instante, apenas una fracción de segundo, una sombra rápida que desapareció detrás de la sonrisa casi tan rápido como había llegado.

—Qué bueno. Un hombre de ley en la fiesta. Eso siempre da tranquilidad. —La frase salió con un tono que quería sonar liviano y no del todo lo consiguió—. ¿Y vas a andar por acá controlando que nadie se mande alguna cagada, o venís nomás a divertirte?

—Vengo a comer un asado, Pachi. Como todos los que me lo preguntaron hoy.

Pachi se rió, con una risa un poco más forzada que la anterior, y se alejó hacia el interior de la casa con la excusa de "saludar a la vieja Felisa antes de que me retire el saludo por tardón", dejando tras de sí un rastro de perfume caro y una pregunta que a Julio, mientras sacaba la libreta del bolsillo, le pareció mucho más reveladora de lo que su dueño hubiera querido.

Anotó, con su letra apretada de siempre: Pachi. Pregunta si vine a controlar. Nadie más lo preguntó tan directo.

Past midday, the iron gate began opening every ten or fifteen minutes to let in cars arriving from Buenos Aires, and the estancia's park, silent until then save for the bustle of the waiters hired for the party, gradually filled with voices, long greetings, embraces between relatives who saw little of one another and covered that distance with a slightly excessive warmth. Julio Morosini had settled with a glass of lemonade in the shade of the ombú, in a discreet corner from which he could watch without being watched, an exercise he had been practicing almost automatically since long before anyone pinned a commissioner's badge on him.

The first to arrive was a man of about fifty-five, sturdy, with a baldness he fought with an unconvincing forward comb-over, wearing a golf shirt tight across his midsection and loafers too new for a day in the country. He got out of the car with a phone pressed to his ear, finishing a conversation in a low, urgent tone that cut off abruptly the moment he saw his father approaching from the gallery.

—Pa, happy birthday. —The hug was quick, almost a formality, and the phone vanished into his trouser pocket with a speed that didn't escape Julio. —Sorry for the delay, a matter with the Bragado land I couldn't leave unresolved.

—You, always with a matter you can't leave unresolved, Horacio. One of these days you'll have to learn to enjoy a whole Sunday without the phone glued to your hand.

Horacio Fontana smiled with a tension barely hidden beneath the cordiality, and Julio, who had already committed that name to his notebook thanks to Nicanor's account during the drive, stepped closer as Ovidio made the customary introduction.

—Horacio, this is Julio Morosini, your nephew's friend.

—Pleasure. —Horacio's handshake was firm, almost calculatedly firm, the kind of grip trained in business meetings. —You're the investigator, aren't you? Nicanor mentioned something.

—Was. Now I just came for a good asado.

—If only it were that simple for everyone, commissioner. —Horacio let out a short laugh with no real humor behind it, and excused himself at once with the pretext of greeting his aunt Felisa, walking off with a stride that struck Julio as less hurried than evasive.

The second car to cross the gate brought a couple who got out with a noticeable slowness, as if neither one was entirely eager to arrive. The woman, about fifty, had the same aquiline profile as Ovidio and a way of standing very straight, chin slightly lifted, that immediately reminded Julio of Felisa in the gallery, though in this younger version the gesture looked less sharpened and more defensive, like an old suit of armor that no longer quite closes all the way.

—Renata —Ovidio said, and his voice, for the first time all day, lost the theatrical firmness with which he had received the other guests. —You came.

—I said I would come, Papá.

They embraced in the middle of the entrance drive, a long hug, clumsy at first and then more sincere, while the man who had gotten out of the driver's side stood off to one side, hands in his pockets, watching the scene with an expression Julio couldn't quite decode, somewhere between relief and unease.

—Tomás —Ovidio said, over his daughter's shoulder, extending a hand with a formality that still hadn't caught up to the warmth of the embrace before it. —Thank you for coming with her.

—She's my wife, Don Ovidio. I go with her wherever she goes.

Tomás Ibarguren had grizzled hair cut short, skin weathered by working in the sun, and large hands that Julio recognized, from experience, as belonging to someone used to manual work rather than desks: a mid-scale agricultural producer, he guessed, not the kind who manage land like the Fontana family's, but the kind who work it with their own hands when it's called for.

Renata Fontana de Ibarguren pulled back from her father's embrace with glistening eyes, and it was only then that she noticed Julio, who had stayed off to one side, prudently outside the reunion.

—Sorry, I didn't mean to be rude. Renata.

—Julio Morosini. A pleasure.

—Fifteen years without setting foot on this estancia —she said, more to herself than to him, looking at the colonial house with a mix of nostalgia and something harder to name, something close to an old resentment that still hasn't quite found a way to dissolve. —Fifteen years, and one letter from my father was enough to bring me back as if nothing had happened.

—Renata —Tomás said, a soft warning in his voice.

—I'm not saying anything wrong, Tomás. I'm saying what is. —She turned back to Julio, with a smile that visibly cost her some effort. —Forgive me, commissioner. It's not every day a person comes back to a place she swore she'd never set foot in again.

—No need to apologize to me, señora. I only came for an asado.

Renata let out a brief laugh, genuine this time, and walked off on her husband's arm toward the gallery, where Felisa was already waiting with open arms and an expression, Julio noticed from a distance, far warmer than the one she had shown him a while earlier.

The last to arrive, well into the afternoon, did so in a sports car that raised dust the whole length of the entrance drive and clashed, with an almost comic violence, against the Fiats and pickup trucks of the rest of the family. Out stepped a man of about forty-five, tanned in a way not achieved in the humid pampas, wearing a Hawaiian shirt open halfway down his chest, a gold watch the size of a small alarm clock, and an enormous smile that showed off teeth too perfect to be entirely natural.

—The birthday boy! —he shouted, before he'd even finished getting out of the car, throwing his arms open toward Ovidio with an effusiveness that made more than one guest turn to look. —Eighty years, old man. You look spectacular.

—Práxedes. Good that you made it.

—Pachi, Pa, please. Práxedes makes me feel like I'm at a wake. —He laughed at his own joke, hugged his father with a force that nearly knocked the cane out from under him, and only then noticed Julio, who was watching the scene with the serene attention of someone who had already spent half the afternoon cataloguing personalities. —And who's this staring at me?

—Julio Morosini. Nicanor's friend.

—Práxedes Fontana. But call me Pachi, like everyone does. —The handshake was energetic, almost excessive, accompanied by a slap on the shoulder that Julio took without flinching. —And what do you do, Julio?

—I was in the police. Now, little to nothing.

Something crossed Pachi's eyes in that instant, barely a fraction of a second, a quick shadow that vanished behind the smile almost as fast as it had come.

—Good stuff. A man of the law at the party. That always makes people feel safe. —The line came out in a tone meant to sound light, and didn't quite manage it. —And are you going to be walking around here making sure nobody pulls any nonsense, or did you just come to have fun?

—I came for an asado, Pachi. Same as everyone else who's asked me that today.

Pachi laughed, a bit more forced than before, and moved off into the house with the excuse of "saying hello to old Felisa before she takes it out on me for being late," leaving behind a trail of expensive cologne and a question that, as Julio pulled the notebook from his pocket, struck him as far more revealing than its owner would have wanted.

He wrote, in his usual cramped hand: Pachi. Asks if I came to check up on things. No one else asked so directly.

Passado o meio-dia, o portão de ferro começou a se abrir a cada dez ou quinze minutos para deixar passar carros que chegavam de Buenos Aires, e o parque da estancia, até então silencioso a não ser pela movimentação dos garçons contratados para a festa, foi se enchendo de vozes, de cumprimentos demorados, de abraços entre parentes que se viam pouco e disfarçavam essa distância com uma efusividade um pouco exagerada. Julio Morosini tinha se instalado com um copo de limonada à sombra do ombu, num canto discreto de onde podia observar sem ser observado, exercício que vinha praticando de modo quase automático desde muito antes de lhe entregarem uma placa de comissário.

O primeiro a chegar foi um homem de uns cinquenta e cinco anos, robusto, com uma calvície que combatia com um penteado para a frente pouco convincente, vestido com uma camisa polo que lhe apertava o abdômen e uns mocassins novos demais para um dia de campo. Desceu do carro com o telefone colado à orelha, terminando uma conversa num tom baixo e urgente que se cortou de repente assim que viu o pai se aproximar vindo da galeria.

—Pai, feliz aniversário. —O abraço foi rápido, quase protocolar, e o telefone desapareceu no bolso da calça com uma velocidade que não passou despercebida a Julio—. Desculpa a demora, um assunto do campo de Bragado que eu não podia deixar sem resolver.

—Você sempre com um assunto que não pode deixar sem resolver, Horacio. Um dia desses vai ter que aprender a aproveitar um domingo inteiro sem o telefone colado na mão.

Horacio Fontana sorriu com uma tensão mal disfarçada sob a cordialidade, e Julio, que já tinha memorizado aquele nome em sua caderneta graças ao relato de Nicanor durante a viagem, se aproximou quando Ovidio fez a apresentação de praxe.

—Horacio, apresento o Julio Morosini, amigo do seu sobrinho.

—Um prazer. —O aperto de mão de Horacio foi firme, quase calculadamente firme, do tipo que se treina em reuniões de negócios—. O senhor é o que investiga, não é? O Nicanor comentou alguma coisa.

—Investigava. Agora só vim comer um bom churrasco.

—Quem me dera fosse tão simples para todos, comissário. —Horacio soltou uma risada curta, sem graça real por trás, e se desculpou logo em seguida com o pretexto de cumprimentar a tia Felisa, afastando-se com um passo que a Julio pareceu, mais do que apressado, fugidio.

O segundo carro a cruzar o portão trazia um casal que desceu com uma lentidão notória, como se nenhum dos dois tivesse lá muita vontade de chegar. A mulher, de uns cinquenta anos, tinha o mesmo perfil de águia de Ovidio e uma maneira de se postar muito ereta, com o queixo um pouco levantado, que lembrou a Julio na hora a de Felisa na galeria, embora nessa versão mais jovem o gesto parecesse menos afiado e mais defensivo, como uma armadura antiga que já não fechava direito.

—Renata —disse Ovidio, e sua voz, pela primeira vez em todo o dia, perdeu a firmeza teatral com que tinha recebido os demais convidados—. Você veio.

—Eu disse que vinha, pai.

Abraçaram-se no meio do caminho de entrada, um abraço longo, desajeitado no começo e depois mais sincero, enquanto o homem que tinha descido do lado do motorista ficava parado ao lado, com as mãos nos bolsos, observando a cena com uma expressão que Julio não conseguiu decifrar por completo entre o alívio e o desconforto.

—Tomás —disse Ovidio, por cima do ombro da filha, estendendo-lhe a mão com uma formalidade que ainda não alcançava de todo a calidez do abraço anterior—. Obrigado por acompanhá-la.

—Ela é minha mulher, dom Ovidio. Eu a acompanho aonde ela for.

Tomás Ibarguren tinha o cabelo grisalho cortado curto, a pele curtida de quem trabalha sob o sol, e umas mãos grandes que Julio reconheceu, por experiência, como as de alguém acostumado a trabalhos manuais mais do que a escrivaninhas: um produtor rural de escala média, calculou, não dos que administram campos como o da família Fontana, mas dos que os trabalham com as próprias mãos quando é preciso.

Renata Fontana de Ibarguren se soltou do abraço do pai com os olhos brilhando, e foi nesse momento que reparou em Julio, que tinha ficado ao lado, prudentemente fora do reencontro.

—Desculpe, não quis ser mal-educada. Renata.

—Julio Morosini. Um prazer.

—Quinze anos sem pisar nesta estancia —disse ela, mais para si mesma do que para ele, olhando a casa colonial com uma mistura de nostalgia e algo mais difícil de nomear, algo parecido com o ressentimento velho que ainda não encontrou de todo a maneira de se dissolver—. Quinze anos, e bastou uma única carta do meu pai para eu voltar como se nada tivesse acontecido.

—Renata —disse Tomás, com uma advertência suave na voz.

—Não estou dizendo nada de mal, Tomás. Estou dizendo o que é. —Voltou-se de novo para Julio, com um sorriso que lhe custou um esforço visível—. Desculpe, comissário. Nem todo dia a gente volta a um lugar que jurou nunca mais pisar.

—Não precisa se desculpar comigo, senhora. Eu só vim comer um churrasco.

Renata soltou uma risada breve, genuína dessa vez, e se afastou do braço do marido em direção à galeria, onde Felisa já a esperava de braços abertos e com uma expressão, notou Julio à distância, bem mais calorosa do que a que tinha lhe dedicado pouco antes.

O último a chegar, já bem entrada a tarde, o fez com um carro esportivo que levantou poeira por todo o caminho de entrada e que contrastava, com uma violência quase cômica, com os Fiat e as caminhonetes do resto da família. Desceu um homem de uns quarenta e cinco anos, bronzeado de um jeito que não se conseguia no pampa úmido, com uma camisa havaiana aberta até a metade do peito, um relógio dourado do tamanho de um despertador pequeno, e um sorriso amplíssimo que deixava à mostra uma dentição perfeita demais para ser de todo natural.

—O aniversariante! —gritou, antes mesmo de ter terminado de descer do carro, abrindo os braços para Ovidio com uma efusividade que fez mais de um convidado se virar para olhar—. Oitenta anos, véio. Você está espetacular.

—Práxedes. Que bom que chegou.

—Pachi, pai, por favor. Práxedes me faz sentir num velório. —Riu da própria piada, abraçou o pai com uma força que quase o fez perder a bengala, e só então reparou em Julio, que observava a cena com a atenção serena de quem já passou a tarde inteira catalogando personalidades—. E esse aí que me olha tão fixo?

—Julio Morosini. Amigo do Nicanor.

—Práxedes Fontana. Mas me chama de Pachi, como todo mundo. —O aperto de mão foi enérgico, quase excessivo, acompanhado de um tapinha no ombro que Julio recebeu sem se abalar—. E você, no que trabalha, Julio?

—Estive na polícia. Agora, quase nada.

Algo cruzou os olhos de Pachi naquele instante, apenas uma fração de segundo, uma sombra rápida que desapareceu atrás do sorriso quase tão depressa quanto tinha chegado.

—Que bom. Um homem da lei na festa. Isso sempre traz tranquilidade. —A frase saiu com um tom que queria soar leve e não conseguiu de todo—. E você vai andar por aqui vigiando pra ninguém aprontar nenhuma merda, ou veio só para se divertir?

—Vim comer um churrasco, Pachi. Como todos que me perguntaram isso hoje.

Pachi riu, com uma risada um pouco mais forçada do que a anterior, e se afastou para dentro da casa com a desculpa de "cumprimentar a velha Felisa antes que ela me tire o cumprimento por atraso", deixando atrás de si um rastro de perfume caro e uma pergunta que, a Julio, enquanto tirava a caderneta do bolso, pareceu muito mais reveladora do que seu dono gostaria.

Anotou, com sua letra apertada de sempre: Pachi. Pergunta se vim para vigiar. Ninguém mais perguntou tão direto.

Passato mezzogiorno, il cancello di ferro cominciò ad aprirsi ogni dieci o quindici minuti per lasciar passare auto che arrivavano da Buenos Aires, e il parco della estancia, fino ad allora silenzioso a parte l'andirivieni dei camerieri assunti per la festa, si andò riempiendo di voci, di saluti prolungati, di abbracci tra parenti che si vedevano poco e mascheravano quella distanza con un'effusività un po' eccessiva. Julio Morosini si era sistemato con un bicchiere di limonata all'ombra dell'ombù, in un angolo discreto da cui poteva osservare senza essere osservato, esercizio che praticava ormai in modo quasi automatico da ben prima che gli appuntassero un distintivo da commissario.

Il primo ad arrivare fu un uomo sulla cinquantacinque anni, robusto, con una calvizie che combatteva con una pettinatura all'insù poco convincente, vestito con una polo da golf che gli stringeva sull'addome e dei mocassini troppo nuovi per una giornata di campagna. Scese dall'auto con il telefono incollato all'orecchio, terminando una conversazione con un tono basso e urgente che si interruppe di colpo appena vide il padre avvicinarsi dalla galleria.

—Pa', buon compleanno. —L'abbraccio fu rapido, quasi protocollare, e il telefono sparì nella tasca dei pantaloni con una velocità che a Julio non sfuggì—. Scusa il ritardo, una questione del campo di Bragado che non potevo lasciare in sospeso.

—Tu sempre con una questione che non puoi lasciare in sospeso, Horacio. Un giorno o l'altro dovrai imparare a goderti una domenica intera senza il telefono incollato alla mano.

Horacio Fontana sorrise con una tensione appena dissimulata sotto la cordialità, e Julio, che aveva già memorizzato quel nome nel suo taccuino grazie al racconto di Nicanor durante il viaggio, si avvicinò quando Ovidio fece la presentazione di rito.

—Horacio, ti presento Julio Morosini, amico di tuo nipote.

—Piacere. —La stretta di mano di Horacio fu ferma, quasi calcolatamente ferma, del tipo di stretta che si allena nelle riunioni d'affari—. Lei è quello che fa le indagini, no? Nicanor ha accennato qualcosa.

—Facevo. Adesso vengo solo a mangiare un buon asado.

—Magari fosse così semplice per tutti, commissario. —Horacio lasciò andare una risata breve, senza vera allegria dietro, e si scusò subito con la scusa di salutare la zia Felisa, allontanandosi con un passo che a Julio parve, più che affrettato, sfuggente.

La seconda auto a varcare il cancello portava una coppia che scese con una lentezza evidente, come se nessuno dei due avesse del tutto voglia di arrivare. La donna, sulla cinquantina, aveva lo stesso profilo aquilino di Ovidio e un modo di stare molto dritta, con il mento un po' sollevato, che a Julio ricordò subito quello di Felisa sulla galleria, anche se in questa versione più giovane il gesto sembrava meno affilato e più difensivo, come un'armatura antica che non riusciva più a chiudersi bene.

—Renata —disse Ovidio, e la sua voce, per la prima volta in tutta la giornata, perse la fermezza teatrale con cui aveva accolto gli altri invitati—. Sei venuta.

—Avevo detto che sarei venuta, papà.

Si abbracciarono in mezzo al viale d'ingresso, un abbraccio lungo, goffo all'inizio e poi più sincero, mentre l'uomo sceso dal lato guida restava fermo in disparte, con le mani in tasca, a osservare la scena con un'espressione che Julio non riuscì a decifrare del tutto tra il sollievo e il disagio.

—Tomás —disse Ovidio, oltre la spalla della figlia, tendendogli la mano con una formalità che ancora non raggiungeva del tutto il calore dell'abbraccio precedente—. Grazie per averla accompagnata.

—È mia moglie, don Ovidio. La accompagno ovunque vada.

Tomás Ibarguren aveva i capelli brizzolati tagliati corti, la pelle indurita di chi lavora al sole, e delle mani grandi che Julio riconobbe, per esperienza, come quelle di uno abituato ai lavori manuali più che alle scrivanie: un produttore agricolo di media scala, calcolò, non di quelli che gestiscono campi come quello della famiglia Fontana, ma di quelli che li lavorano con le proprie mani quando serve.

Renata Fontana de Ibarguren si sciolse dall'abbraccio del padre con gli occhi lucidi, e fu in quel momento che si accorse di Julio, rimasto in disparte, prudentemente fuori dal ricongiungimento.

—Mi scusi, non volevo essere maleducata. Renata.

—Julio Morosini. Piacere.

—Quindici anni senza mettere piede in questa estancia —disse lei, più a se stessa che a lui, guardando la casa coloniale con una mescolanza di nostalgia e qualcosa di più difficile da nominare, qualcosa di simile a un vecchio risentimento che ancora non trova del tutto il modo di dissolversi—. Quindici anni, ed è bastata una sola lettera di mio padre perché tornassi come se niente fosse successo.

—Renata —disse Tomás, con un avvertimento gentile nella voce.

—Non dico niente di male, Tomás. Dico com'è. —Si voltò di nuovo verso Julio, con un sorriso che le costò uno sforzo visibile—. Mi perdoni, commissario. Non tutti i giorni si torna in un posto che si è giurato di non calpestare più.

—Non c'è bisogno che si scusi con me, signora. Io sono venuto solo a mangiare un asado.

Renata lasciò andare una risata breve, genuina stavolta, e si allontanò a braccetto del marito verso la galleria, dove Felisa già l'aspettava a braccia aperte con un'espressione, notò Julio a distanza, molto più calda di quella che aveva dedicato a lui poco prima.

L'ultimo ad arrivare, ormai a pomeriggio inoltrato, lo fece con un'auto sportiva che sollevò polvere lungo tutto il viale d'ingresso e che contrastava, con una violenza quasi comica, con le Fiat e i pick-up del resto della famiglia. Scese un uomo sulla quarantacinque anni, abbronzato in un modo che non si otteneva nella pampa umida, con una camicia hawaiana aperta fino a metà petto, un orologio dorato grande quanto una sveglia piccola, e un sorriso amplissimo che lasciava intravedere una dentatura troppo perfetta per essere del tutto naturale.

—Il festeggiato! —gridò, prima ancora di aver finito di scendere dall'auto, allargando le braccia verso Ovidio con un'effusività che fece voltare più di un invitato—. Ottanta primavere, vecchio mio. Sei uno spettacolo.

—Práxedes. Che bello che sei arrivato.

—Pachi, pa', ti prego. Práxedes mi fa sentire a un funerale. —Rise della propria battuta, abbracciò il padre con una forza che quasi gli fece perdere il bastone, e solo allora si accorse di Julio, che osservava la scena con l'attenzione serena di chi ormai da mezzo pomeriggio sta catalogando personalità—. E questo chi è, che mi guarda così fisso?

—Julio Morosini. Amico di Nicanor.

—Práxedes Fontana. Ma chiamami Pachi, come fanno tutti. —La stretta di mano fu energica, quasi eccessiva, accompagnata da una pacca sulla spalla che Julio ricevette senza scomporsi—. E tu di cosa ti occupi, Julio?

—Sono stato in polizia. Adesso, poco o niente.

Qualcosa attraversò gli occhi di Pachi in quell'istante, appena una frazione di secondo, un'ombra rapida che sparì dietro il sorriso quasi con la stessa velocità con cui era arrivata.

—Che bello. Un uomo di legge alla festa. Questo dà sempre tranquillità. —La frase uscì con un tono che voleva suonare leggero e non ci riuscì del tutto—. E te ne stai qui in giro a controllare che nessuno combini qualche cazzata, o vieni giusto per divertirti?

—Vengo a mangiare un asado, Pachi. Come tutti quelli che me l'hanno chiesto oggi.

Pachi rise, con una risata un po' più forzata della precedente, e si allontanò verso l'interno della casa con la scusa di "salutare la vecchia Felisa prima che mi tolga il saluto per ritardatario", lasciandosi dietro una scia di profumo caro e una domanda che a Julio, mentre tirava fuori il taccuino dalla tasca, parve molto più rivelatrice di quanto il suo autore avrebbe voluto.

Annotò, con la sua solita grafia fitta: Pachi. Chiede se sono venuto a controllare. Nessun altro l'ha chiesto così diretto.

Passé midi, le portail de fer commença à s'ouvrir toutes les dix ou quinze minutes pour laisser entrer des voitures arrivant de Buenos Aires, et le parc de l'estancia, silencieux jusque-là hormis le va-et-vient des serveurs engagés pour la fête, se remplit peu à peu de voix, de salutations prolongées, d'embrassades entre parents qui se voyaient rarement et dissimulaient cette distance sous une effusion un peu excessive. Julio Morosini s'était installé avec un verre de limonade à l'ombre de l'ombu, dans un coin discret d'où il pouvait observer sans être observé, exercice qu'il pratiquait de manière presque automatique bien avant qu'on ne lui épingle une plaque de commissaire.

Le premier à arriver fut un homme de cinquante-cinq ans environ, robuste, une calvitie qu'il combattait avec une coiffure ramenée vers l'avant peu convaincante, vêtu d'une chemise de golf trop ajustée sur le ventre et de mocassins trop neufs pour une journée à la campagne. Il descendit de voiture le téléphone collé à l'oreille, achevant une conversation d'un ton bas et pressant qui s'arrêta net dès qu'il vit son père s'approcher depuis la galerie.

—Papa, joyeux anniversaire. L'accolade fut rapide, presque protocolaire, et le téléphone disparut dans la poche du pantalon avec une vitesse qui n'échappa pas à Julio. Excuse le retard, une affaire du champ de Bragado que je ne pouvais pas laisser en suspens.

—Toi et tes affaires que tu ne peux jamais laisser en suspens, Horacio. Un jour, il faudra que tu apprennes à profiter d'un dimanche entier sans le téléphone collé à la main.

Horacio Fontana sourit avec une tension à peine dissimulée sous la cordialité, et Julio, qui avait déjà mémorisé ce nom dans son carnet grâce au récit de Nicanor pendant le trajet, s'approcha lorsque Ovidio fit les présentations d'usage.

—Horacio, je te présente Julio Morosini, ami de ton neveu.

—Enchanté. La poignée de main d'Horacio fut ferme, presque calculée pour l'être, du genre de poignée de main qu'on s'entraîne à donner en réunion d'affaires. C'est vous qui enquêtez, non? Nicanor a dit quelque chose comme ça.

—J'enquêtais. Maintenant, je viens seulement manger un bon asado.

—Si seulement c'était aussi simple pour tout le monde, commissaire. Horacio lâcha un rire bref, sans réelle gaieté derrière, et s'excusa aussitôt sous prétexte de saluer sa tante Felisa, s'éloignant d'un pas qui parut à Julio, plus que pressé, fuyant.

La deuxième voiture à franchir le portail amenait un couple qui en descendit avec une lenteur notable, comme si aucun des deux n'avait vraiment envie d'arriver. La femme, âgée d'une cinquantaine d'années, avait le même profil aquilin qu'Ovidio et une façon de se tenir très droite, le menton légèrement relevé, qui rappela aussitôt à Julio celle de Felisa dans la galerie, bien que dans cette version plus jeune le geste parût moins tranchant et plus défensif, telle une vieille armure qui ne finissait plus de se refermer complètement.

—Renata, dit Ovidio, et sa voix, pour la première fois de la journée, perdit la fermeté théâtrale avec laquelle il avait accueilli les autres invités. Tu es venue.

—J'avais dit que je viendrais, papa.

Ils s'étreignirent au milieu du chemin d'entrée, une longue accolade, maladroite au début puis plus sincère, tandis que l'homme descendu du côté conducteur restait planté un peu à l'écart, les mains dans les poches, observant la scène avec une expression que Julio ne parvint pas tout à fait à déchiffrer, entre le soulagement et le malaise.

—Tomás, dit Ovidio, par-dessus l'épaule de sa fille, lui tendant la main avec une formalité qui n'atteignait pas encore tout à fait la chaleur de l'accolade précédente. Merci de l'avoir accompagnée.

—C'est ma femme, don Ovidio. Je l'accompagne où qu'elle aille.

Tomás Ibarguren avait les cheveux grisonnants coupés court, la peau tannée de celui qui travaille au soleil, et de grandes mains que Julio reconnut, par expérience, comme celles de quelqu'un habitué aux travaux manuels plutôt qu'aux bureaux: un producteur agricole de taille moyenne, calcula-t-il, pas de ceux qui gèrent des domaines comme celui de la famille Fontana, mais de ceux qui les travaillent de leurs propres mains quand il le faut.

Renata Fontana de Ibarguren se dégagea de l'étreinte de son père, les yeux brillants, et ce fut à ce moment-là qu'elle remarqua Julio, resté un peu à l'écart, prudemment en dehors des retrouvailles.

—Excusez-moi, je ne voulais pas être impolie. Renata.

—Julio Morosini. Enchanté.

—Quinze ans sans mettre les pieds dans cette estancia, dit-elle, plus pour elle-même que pour lui, regardant la maison coloniale avec un mélange de nostalgie et de quelque chose de plus difficile à nommer, quelque chose proche du vieux ressentiment qui ne trouve pas encore tout à fait le moyen de se dissoudre. Quinze ans, et il a suffi d'une seule lettre de mon père pour que je revienne comme si de rien n'était.

—Renata, dit Tomás, avec un avertissement doux dans la voix.

—Je ne dis rien de mal, Tomás. Je dis ce qui est. Elle se retourna vers Julio, avec un sourire qui lui coûta un effort visible. Pardonnez-moi, commissaire. Ce n'est pas tous les jours qu'on revient dans un endroit qu'on a juré de ne plus jamais fouler.

—Vous n'avez pas à vous excuser auprès de moi, madame. Je suis seulement venu manger un asado.

Renata laissa échapper un rire bref, sincère cette fois, et s'éloigna au bras de son mari vers la galerie, où Felisa l'attendait déjà les bras ouverts et une expression, remarqua Julio de loin, bien plus chaleureuse que celle qu'elle lui avait réservée un peu plus tôt.

Le dernier arrivé, déjà tard dans l'après-midi, se présenta dans une voiture de sport qui souleva la poussière sur tout le chemin d'entrée et qui contrastait, avec une violence presque comique, avec les Fiat et les camionnettes du reste de la famille. En descendit un homme de quarante-cinq ans environ, bronzé d'une façon qu'on n'obtenait pas dans la pampa humide, une chemise hawaïenne ouverte jusqu'à mi-poitrine, une montre dorée de la taille d'un petit réveil, et un sourire immense laissant voir une dentition trop parfaite pour être entièrement naturelle.

—Le héros du jour! cria-t-il, avant même d'avoir fini de descendre de voiture, tendant les bras vers Ovidio avec une effusion qui fit se retourner plus d'un invité. Quatre-vingts balais, papa. Tu es splendide.

—Práxedes. Content que tu sois là.

—Pachi, papa, s'il te plaît. Práxedes me donne l'impression d'être à un enterrement. Il rit de sa propre blague, serra son père dans ses bras avec une force qui lui fit presque perdre sa canne, et remarqua alors seulement Julio, qui observait la scène avec l'attention sereine de quelqu'un occupant déjà l'après-midi entier à cataloguer des personnalités. Et lui, qui me regarde si fixement?

—Julio Morosini. Ami de Nicanor.

—Práxedes Fontana. Mais appelle-moi Pachi, comme tout le monde. La poignée de main fut énergique, presque excessive, accompagnée d'une tape sur l'épaule que Julio reçut sans broncher. Et toi, tu fais quoi dans la vie, Julio?

—J'étais dans la police. Maintenant, plus grand-chose.

Quelque chose traversa le regard de Pachi à cet instant, à peine une fraction de seconde, une ombre rapide qui disparut derrière le sourire presque aussi vite qu'elle était venue.

—Formidable. Un homme de loi à la fête. Ça rassure toujours. La phrase sortit sur un ton qui se voulait léger et n'y parvint pas tout à fait. Et tu vas te balader par ici pour vérifier que personne ne fait de connerie, ou tu viens juste t'amuser?

—Je viens manger un asado, Pachi. Comme tous ceux qui me l'ont demandé aujourd'hui.

Pachi rit, d'un rire un peu plus forcé que le précédent, et s'éloigna vers l'intérieur de la maison sous prétexte d'aller "saluer la vieille Felisa avant qu'elle ne me retire son salut pour cause de retard", laissant derrière lui un sillage de parfum coûteux et une question qui, tandis qu'il sortait son carnet de sa poche, parut à Julio bien plus révélatrice que son auteur ne l'aurait souhaité.

Il nota, de son écriture serrée habituelle: Pachi. Demande si je suis venu contrôler. Personne d'autre ne l'a demandé aussi directement.

DEL CUADERNO DE JULIO MOROSINIFROM JULIO MOROSINI'S NOTEBOOKDO CADERNO DE JULIO MOROSINIDAL QUADERNO DI JULIO MOROSINIDU CARNET DE JULIO MOROSINI

Horacio esconde el teléfono al ver al padre. Renata carga quince años de ausencia como una deuda que todavía no sabe si cobrar o perdonar. Pachi pregunta, dos veces, si vine a controlar algo. Tres hijos, tres maneras distintas de tenerle miedo a la misma noche.

Horacio hides his phone the moment he sees his father. Renata carries fifteen years of absence like a debt she still doesn't know whether to collect or forgive. Pachi asks, twice, if I came to check up on something. Three children, three different ways of being afraid of the same night.

Horacio esconde o telefone ao ver o pai. Renata carrega quinze anos de ausência como uma dívida que ainda não sabe se cobra ou perdoa. Pachi pergunta, duas vezes, se vim para vigiar alguma coisa. Três filhos, três maneiras diferentes de temer a mesma noite.

Horacio nasconde il telefono vedendo il padre. Renata porta quindici anni di assenza come un debito che ancora non sa se riscuotere o perdonare. Pachi chiede, due volte, se sono venuto a controllare qualcosa. Tre figli, tre modi diversi di avere paura della stessa notte.

Horacio cache son téléphone en voyant son père. Renata porte quinze ans d'absence comme une dette dont elle ne sait pas encore si elle doit l'exiger ou la pardonner. Pachi demande, deux fois, si je suis venu contrôler quelque chose. Trois enfants, trois façons différentes d'avoir peur de la même soirée.

VIDALA DE LA GALERÍAVIDALA OF THE GALLERYVIDALA DA GALERIAVIDALA DELLA GALLERIAVIDALA DE LA GALERIE

Vidalitay, en el patio
tres hermanos han llegado,
cada uno con su pena
y ninguno la ha contado.

Vidalitay, quien esconde
no lo esconde del vecino,
lo esconde de su conciencia
que le sigue todo el camino.

Vidalitay, in the courtyard
three brothers now have gathered,
each one bearing his own sorrow,
and none of them has told it.

Vidalitay, the one who hides
hides not from his neighbor's eye,
but hides it from his own conscience,
which follows him wherever he goes.

Vidalitay, no pátio
três irmãos chegaram,
cada um com sua pena
e nenhum a contou.

Vidalitay, quem esconde
não esconde do vizinho,
esconde da própria consciência
que o segue por todo caminho.

Vidalitay, nel cortile
tre fratelli sono arrivati,
ognuno con la sua pena
e nessuno l'ha raccontata.

Vidalitay, chi nasconde
non lo nasconde al vicino,
lo nasconde alla coscienza
che gli segue ogni cammino.

Vidalitay, dans la cour
trois frères sont arrivés,
chacun avec sa peine
et aucun ne l'a contée.

Vidalitay, qui se cache
ne se cache pas du voisin,
il se cache de sa conscience
qui le suit tout le chemin.

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Tapa: Estancia La Zulema

Estancia La Zulema

Inspector Julio Morosini — Libro 1

«Relatos donde los vínculos humanos tienen la última palabra

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