Capítulo 01
El camino a ArecoThe Road to ArecoO caminho para ArecoLa strada per ArecoLa route d'Areco
El campo empezaba a mostrarse en serio pasando General Rodríguez, cuando el asfalto perdía prolijidad y los eucaliptos se alineaban a los costados de la ruta como una tropa cansada de tanto viento pampeano. Julio Morosini iba sentado del lado del acompañante, con la ventanilla baja y el codo apoyado en el marco, dejando que el aire de octubre, todavía fresco pero ya con esa promesa dulzona de la alfalfa en flor, le entrara de lleno en la cara.
Era un hombre de cincuenta y ocho años, grande de cuerpo pero de movimientos parsimoniosos, con la espalda un poco encorvada de quien pasó media vida inclinado sobre escritorios y expedientes. Tenía el pelo entrecano cortado corto, un bigote prolijo del mismo color, y unas manos anchas, ásperas, más parecidas a las de un hombre de campo que a las de un ex comisario de la Policía Federal. Vestía, como casi siempre, un saco de gabardina marrón que ya había visto mejores días y una camisa a cuadros que Nicanor, al verlo subir al auto en Retiro, no había podido dejar de comentar.
—Te vas a morir de calor con esa camisa, Julio. Allá va a hacer un calorcito raro de octubre.
—Prefiero el calor a andar de traje en una fiesta de campo. Ya bastante disfrazado me vas a hacer sentir con todo ese lujo que me contás.
Nicanor Wilde se rió, sin sacar la vista del camino. Tenía treinta y dos años, la contextura delgada y nerviosa de quien hace deporte por obligación más que por gusto, y una calvicie incipiente que disimulaba con el pelo cortado casi al ras. Era abogado, trabajaba en un estudio de la city porteña, y desde hacía años cultivaba con Julio una amistad rara, asimétrica, nacida de un favor que el propio Julio le había hecho a su padre, ya fallecido, en un caso menor que jamás llegó a los diarios.
—Che, una cosa que siempre te quise preguntar, ya que sos casi colega. ¿Es cierto que vos también estudiaste abogacía?
—Es cierto. Me recibí, incluso, allá por los años de comisario joven. Nunca ejercí un día como abogado de escritorio, eso sí. Pero el título no lo tiré a la basura.
—¿Y para qué te sirvió, si nunca ejerciste?
—Para asustar con precisión, Nicanor. No hay nada que le afloje más la lengua a un sospechoso que un hombre que le puede recitar de memoria, artículo por artículo, la pena exacta que le espera si lo que hizo fue lo que yo creo que hizo. Y si encima el sospechoso es creyente, como me pasa casi siempre en el interior, le sumo la otra condena, la que no prescribe ni con buena conducta.
—¿La divina?
—Esa. La ley terrenal amenaza con años de cárcel. Yo, cuando hace falta, les recuerdo que hay una segunda instancia, más alta, donde no hay abogado defensor que valga.
Nicanor lo miró de reojo, entre divertido e incómodo, como quien nunca sabe del todo cuánto de broma y cuánto de verdad hay en las frases de Julio.
—Contame otra vez quién va a estar —pidió Julio, cambiando él mismo de tema, y sacó del bolsillo interior del saco una libreta de tapa dura, gastada en los bordes, y un lápiz corto que llevaba siempre atado con un hilo al gancho de la tapa, como quien no confía del todo en que el lápiz vaya a quedarse solo por las suyas.
—Mi tío Ovidio, obviamente, que es quien cumple años. Mi tía Felisa, su hermana, que vive con él desde siempre. Mi papá hubiera estado, si viviera, pero en su lugar va mi prima Renata con el marido, que hace años que no pisan la estancia por una pelea vieja que recién ahora se está por arreglar. Mi tío Horacio, el mayor de los hijos de Ovidio, el que le maneja la parte de los números. Práxedes, el menor, que todos le dicen Pachi, recién vuelto de no sé qué negocio en Miami. Y Deolinda, la mujer que lo acompaña desde hace unos años, desde que murió mi tía Zulema.
Julio anotó cada nombre con una letra apretada, sin levantar la vista del papel, aunque una palabra sí lo hizo detenerse un instante con el lápiz en el aire.
—¿Zulema?
—La esposa de Ovidio. La estancia se llama así por ella. Murió hace como doce años, en un accidente en el mismo campo, antes de que yo fuera lo bastante grande como para entender bien qué había pasado. Se cayó del caballo, dicen. Aunque en esa familia, con "dicen" alcanza y sobra para años de rumores.
—¿Qué clase de rumores?
Nicanor se encogió de hombros, con la incomodidad de quien repite algo que escuchó de chico sin haber entendido nunca del todo.
—De esos que nadie te cuenta completos. Mi vieja alguna vez dejó caer que la relación entre Zulema y mi tía Felisa no era de las mejores. Nada más que eso. Una cuñada que no quería a la otra, cosa de todos los días. No le des más vuelta de la que tiene.
—Yo no le doy vueltas a nada, Nicanor. Solamente anoto. Después la vida decide si la vuelta hacía falta o no.
Llegaron al pueblo de San Antonio de Areco cerca del mediodía, con las calles de adoquín ya llenas del movimiento tranquilo de un sábado de fiesta patronal, aunque la fiesta de verdad los esperaba unos kilómetros más allá, del otro lado de un puente de hierro sobre un arroyo de agua marrón y mansa. La tranquera de la estancia, de hierro forjado con una zeta grande en el centro, se abrió apenas Nicanor tocó bocina dos veces, y un peón viejo, de boina calada y bombacha de campo, los saludó con la mano sin decir palabra.
El camino de entrada, de dos kilómetros largos bordeado de casuarinas centenarias, terminaba en un casco de estancia que a Julio, apenas lo tuvo delante, le pareció sacado de una postal de otro siglo: la casa principal, de estilo colonial, con una galería de columnas blancas que corría los cuatro lados del edificio y un techo de tejas oscurecidas por el tiempo; a un costado, entre eucaliptos altísimos que separaban la casa de las caballerizas, se adivinaba una pequeña capilla de piedra con una cruz de hierro en lo alto; y al frente, ocupando casi todo el parque, un ombú descomunal, de esos que necesitan varios hombres tomados de la mano para abrazar el tronco, bajo cuya sombra ya se armaban las primeras mesas para el asado de la noche.
—Estancia La Zulema —leyó Julio, en voz alta, el cartel de hierro clavado junto a la entrada de la galería—. Le puso el nombre de la finada.
—Se ve que la quiso mucho, a pesar de todo. O que necesitaba que todo el mundo se acordara de que la había querido.
—Esas dos cosas, a veces, son la misma.
La vista de la capilla, chica y austera contra el verde del parque, le trajo a Julio, sin que lo llamara, el recuerdo de otro edificio parecido, mucho más humilde, allá en Suncho Corral, Santiago del Estero: la iglesia donde su amigo de toda la vida, un cura al que en el pueblo entero conocían apenas como el Padre Suncho, llevaba más de treinta años confesando a la misma gente, a los hijos de esa gente, y ahora a los nietos. Fue el Padre Suncho quien le enseñó, hace ya mucho, sin métodos ni manuales, ese oficio raro de leer debajo de las palabras de una persona sus virtudes, sus vicios, sus miedos más viejos y sus costumbres más arraigadas, con la misma paciencia con que un confesor aprende, con los años, a distinguir el pecado real del que solamente se dice para aliviar la conciencia. "Vos vas a la escena del crimen a buscar pruebas, Julio", le había dicho una vez, tomando mate en el patio de la parroquia. "Yo voy al confesionario a buscar el alma. Al final del camino, los dos terminamos buscando la misma verdad." Julio nunca había sabido bien si eso era una humildad del cura o una manera elegante de decirle que su oficio, en el fondo, era una rama más pobre del suyo.
Bajaron del auto en el momento justo en que, desde la galería, salía a recibirlos un hombre mayor apoyado en un bastón de mango de plata, vestido con un saco de lino claro a pesar del fresco de la mañana, delgado hasta la fragilidad pero con una postura todavía orgullosa, casi militar. Tenía el pelo blanco escaso, peinado hacia atrás con gomina, y unos ojos celestes desteñidos por la edad que, sin embargo, conservaban una viveza inquieta, como quien está pensando siempre un paso adelante de la conversación que tiene enfrente.
—Nicanor, por fin. Ya empezaba a pensar que te habías arrepentido de la invitación.
—Nunca me perdería tus ochenta, tío. Te presento a Julio Morosini, el amigo del que te hablé.
Don Ovidio Fontana Anchorena extendió una mano huesuda pero firme, y clavó en Julio esa mirada celeste que parecía medirlo con más atención de la que ameritaba una simple presentación de cortesía.
—Así que usted es el famoso comisario.
—Retirado, don Ovidio. Ya no soy nada famoso ni nada comisario.
—Los hombres como usted nunca se retiran del todo. Solamente cambian de uniforme. —El viejo sonrió, con una calidez que a Julio le sonó, sin embargo, apenas un poco forzada, como quien sonríe porque la ocasión lo exige y no porque el cuerpo se lo pida—. Venga, venga, quiero que conozca a mi hermana antes de que empiece a llegar toda la manada. Felisa tiene predilección por la gente nueva. Dice que somos todos, a esta altura, demasiado previsibles para su gusto.
Caminaron hacia la galería, donde una mujer mayor, sentada en un sillón de mimbre con la espalda absolutamente recta, los observaba llegar sin moverse, con las manos cruzadas sobre el regazo y un vestido oscuro que contrastaba con la luminosidad del mediodía campestre. Julio, mientras se acercaba, sintió esa alerta silenciosa y precisa que le conocían bien los pocos que habían trabajado codo a codo con él durante treinta años: la certeza, todavía sin nombre ni pruebas, de que en esa galería soleada, en medio de tanta hospitalidad de estancia y tanto brindis por ochenta años bien vividos, algo no terminaba de cerrar.
No hubiera podido explicar por qué. Todavía no había pasado nada.
Se llevó, casi sin darse cuenta, un escarbadientes a la boca.
The countryside began to show itself in earnest past General Rodríguez, where the asphalt lost its neatness and the eucalyptus trees lined the sides of the road like a troop worn out from so much pampean wind. Julio Morosini sat in the passenger seat, window down, elbow resting on the frame, letting the October air—still cool, but already carrying that sweet promise of alfalfa in bloom—blow full into his face.
He was a fifty-eight-year-old man, big-bodied but unhurried in his movements, with the slightly stooped back of someone who had spent half his life bent over desks and case files. His hair was grizzled and cut short, his mustache neat and the same color, and his hands were broad and rough, more like a countryman's than a retired Federal Police commissioner's. He wore, as he almost always did, a brown gabardine jacket that had seen better days and a plaid shirt that Nicanor, watching him get into the car at Retiro, hadn't been able to resist commenting on.
—You're going to roast in that shirt, Julio. It's going to be an odd kind of warm out there for October.
—I'd rather be hot than go around in a suit at a country party. You're already going to make me feel dressed up enough with all that luxury you keep telling me about.
Nicanor Wilde laughed, without taking his eyes off the road. He was thirty-two, with the thin, nervous build of someone who exercises out of obligation rather than pleasure, and an incipient baldness he disguised by keeping his hair cropped close. He was a lawyer, worked at a firm in downtown Buenos Aires, and had cultivated an odd, asymmetrical friendship with Julio for years now, born of a favor Julio himself had once done for his late father, in a minor case that never made the papers.
—Listen, there's something I've always wanted to ask you, seeing as you're practically a colleague. Is it true you studied law too?
—It's true. I even graduated, back in my years as a young commissioner. Never practiced a single day as a desk lawyer, mind you. But I didn't throw the degree in the trash either.
—So what good was it, if you never practiced?
—To frighten with precision, Nicanor. Nothing loosens a suspect's tongue faster than a man who can recite from memory, article by article, the exact sentence waiting for him if he did what I think he did. And if the suspect happens to be a believer, as is usually the case out in the provinces, I add the other sentence on top—the one that never gets reduced for good behavior.
—The divine one?
—That's the one. Earthly law threatens years in prison. When it's needed, I remind them there's a second court, a higher one, where no defense attorney is worth a thing.
Nicanor glanced sideways at him, half amused and half uneasy, like someone who never quite knows how much of what Julio says is a joke and how much is truth.
—Tell me again who's going to be there —Julio asked, changing the subject himself, and took out of his jacket's inside pocket a hardbound notebook, worn at the edges, and a short pencil he always kept tied to the cover's hook with a bit of string, like a man who didn't quite trust the pencil to stay put on its own.
—My uncle Ovidio, obviously, since it's his birthday. My aunt Felisa, his sister, who's lived with him forever. My father would have been there, if he were alive, but instead my cousin Renata is coming with her husband—they haven't set foot on the estancia in years, over some old feud that's only now getting patched up. My uncle Horacio, the eldest of Ovidio's children, the one who handles the numbers. Práxedes, the youngest, everyone calls him Pachi, just back from some business deal in Miami. And Deolinda, the woman who's been with him these last few years, since my aunt Zulema died.
Julio wrote down each name in cramped handwriting, without lifting his eyes from the paper, though one word did make him pause a moment, pencil in the air.
—Zulema?
—Ovidio's wife. The estancia is named after her. She died about twelve years ago, in an accident on the same land, before I was old enough to really understand what had happened. Fell off a horse, they say. Though in that family, "they say" is more than enough to fuel years of rumors.
—What kind of rumors?
Nicanor shrugged, with the discomfort of someone repeating something they'd heard as a child without ever fully understanding it.
—The kind nobody ever tells you the whole of. My mother once let slip that things between Zulema and my aunt Felisa weren't the best. Nothing more than that. One sister-in-law who didn't care for the other—happens every day. Don't read more into it than there is.
—I don't read into anything, Nicanor. I just take notes. Afterward, life decides whether the reading was needed or not.
They reached the town of San Antonio de Areco around midday, its cobblestone streets already filled with the unhurried bustle of a Saturday patron-saint festival, though the real celebration awaited them a few kilometers further on, on the far side of an iron bridge over a slow, brown-watered stream. The estancia's gate, wrought iron with a large Z at its center, swung open the moment Nicanor tapped the horn twice, and an old ranch hand, beret pulled low and wearing bombachas de campo, waved to them without a word.
The entrance drive, a good two kilometers long and lined with century-old casuarina trees, ended at a ranch compound that struck Julio, the moment it came into view, as something lifted from a postcard of another century: the main house, colonial in style, with a gallery of white columns running along all four sides of the building and a roof of tiles darkened by time; off to one side, among towering eucalyptus trees separating the house from the stables, a small stone chapel could be made out, an iron cross atop it; and out front, taking up nearly the whole park, an enormous ombú—the kind that takes several men holding hands to embrace the trunk—under whose shade the first tables were already being set for the night's asado.
—Estancia La Zulema —Julio read aloud, the iron sign nailed up beside the gallery entrance. —He named it after the deceased.
—Looks like he loved her a great deal, in spite of everything. Or that he needed the whole world to remember that he had.
—Those two things, sometimes, are the same.
The sight of the chapel, small and austere against the green of the park, brought to Julio's mind, unbidden, the memory of another building much like it, far humbler, back in Suncho Corral, Santiago del Estero: the church where his lifelong friend, a priest known throughout the town simply as Padre Suncho, had spent more than thirty years hearing the confessions of the same people, then their children, and now their grandchildren. It was Padre Suncho who had taught him, long ago, with no methods or manuals, that odd trade of reading beneath a person's words their virtues, their vices, their oldest fears and their most deeply rooted habits, with the same patience a confessor learns, over the years, to tell real sin apart from the kind confessed only to ease a conscience. "You go to the crime scene looking for evidence, Julio," he had told him once, drinking mate in the parish courtyard. "I go to the confessional looking for the soul. In the end, we both wind up chasing the same truth." Julio had never quite known whether that was the priest's humility or an elegant way of telling him that his own trade was, deep down, a poorer branch of the priest's.
They got out of the car just as an older man came out to greet them from the gallery, leaning on a silver-handled cane, dressed in a light linen jacket despite the morning chill, thin to the point of frailty but still carrying himself with a proud, almost military bearing. He had sparse white hair combed back with brilliantine, and pale blue eyes, faded by age, that nonetheless kept a restless liveliness, like a man always thinking one step ahead of whatever conversation stood in front of him.
—Nicanor, at last. I was starting to think you'd had second thoughts about the invitation.
—I'd never miss your eightieth, Uncle. This is Julio Morosini, the friend I told you about.
Don Ovidio Fontana Anchorena extended a bony but firm hand, and fixed Julio with that pale blue gaze, which seemed to size him up with more attention than a simple courtesy introduction called for.
—So you're the famous commissioner.
—Retired, Don Ovidio. I'm neither famous nor a commissioner anymore.
—Men like you never fully retire. You just change uniforms. —The old man smiled, with a warmth that struck Julio, all the same, as just slightly forced, like someone smiling because the occasion demands it and not because the body asks for it. —Come, come, I want you to meet my sister before the whole herd starts arriving. Felisa has a soft spot for new people. She says the rest of us, at this point, are far too predictable for her taste.
They walked toward the gallery, where an older woman, seated in a wicker chair with her back perfectly straight, watched them approach without moving, her hands crossed in her lap, wearing a dark dress that stood out against the brightness of the country midday. Julio, as he came closer, felt that silent, precise alertness well known to the few who had worked shoulder to shoulder with him over thirty years: the certainty, still nameless and unproven, that somewhere in that sunlit gallery, amid so much ranch hospitality and so many toasts to eighty years well lived, something did not quite add up.
He couldn't have explained why. Nothing had happened yet.
Almost without noticing, he brought a toothpick to his mouth.
O campo começava a se mostrar de verdade depois de General Rodríguez, quando o asfalto perdia o esmero e os eucaliptos se alinhavam nas margens da estrada como uma tropa cansada de tanto vento pampeano. Julio Morosini ia sentado do lado do carona, com o vidro abaixado e o cotovelo apoiado no vão da janela, deixando que o ar de outubro, ainda fresco mas já com aquela promessa adocicada da alfafa em flor, lhe batesse em cheio no rosto.
Era um homem de cinquenta e oito anos, grande de corpo mas de movimentos parcimoniosos, com as costas um pouco curvadas de quem passou meia vida debruçado sobre escrivaninhas e processos. Tinha o cabelo grisalho cortado curto, um bigode caprichado da mesma cor, e umas mãos largas, ásperas, mais parecidas com as de um homem do campo do que com as de um ex-comissário da Polícia Federal. Vestia, como quase sempre, um paletó de gabardine marrom que já tinha visto dias melhores e uma camisa xadrez que Nicanor, ao vê-lo subir no carro em Retiro, não tinha conseguido deixar de comentar.
—Você vai morrer de calor com essa camisa, Julio. Lá vai fazer um calorzinho estranho de outubro.
—Prefiro o calor a andar de terno numa festa de campo. Já vou me sentir bastante fantasiado com todo esse luxo que você me conta.
Nicanor Wilde riu, sem tirar os olhos da estrada. Tinha trinta e dois anos, a compleição magra e nervosa de quem faz esporte por obrigação mais do que por gosto, e uma calvície incipiente que disfarçava com o cabelo cortado quase rente. Era advogado, trabalhava num escritório do centro financeiro de Buenos Aires, e há anos cultivava com Julio uma amizade estranha, assimétrica, nascida de um favor que o próprio Julio tinha feito ao pai dele, já falecido, num caso menor que nunca chegou aos jornais.
—Escuta, uma coisa que sempre quis te perguntar, já que você é quase colega. É verdade que você também estudou direito?
—É verdade. Me formei, inclusive, lá pelos tempos de comissário jovem. Nunca exerci um dia sequer como advogado de escritório, isso sim. Mas o diploma eu não joguei fora.
—E para que serviu, se você nunca exerceu?
—Para assustar com precisão, Nicanor. Não há nada que solte mais a língua de um suspeito do que um homem capaz de recitar de cor, artigo por artigo, a pena exata que o espera se o que ele fez foi o que eu acho que fez. E se, ainda por cima, o suspeito é crente, como acontece quase sempre no interior, eu somo a outra condenação, aquela que não prescreve nem com bom comportamento.
—A divina?
—Essa mesma. A lei terrena ameaça com anos de cadeia. Eu, quando é preciso, lembro que existe uma segunda instância, mais alta, onde não há advogado de defesa que valha.
Nicanor olhou para ele de canto de olho, entre divertido e incomodado, como quem nunca sabe ao certo quanto há de brincadeira e quanto há de verdade nas frases de Julio.
—Conta de novo quem vai estar lá —pediu Julio, mudando ele mesmo de assunto, e tirou do bolso interno do paletó uma caderneta de capa dura, gasta nas bordas, e um lápis curto que levava sempre amarrado com um barbante ao gancho da capa, como quem não confia de todo que o lápis vá se comportar sozinho.
—Meu tio Ovidio, obviamente, que é quem faz aniversário. Minha tia Felisa, irmã dele, que mora com ele desde sempre. Meu pai teria vindo, se estivesse vivo, mas no lugar dele vem minha prima Renata com o marido, que há anos não pisam na estancia por uma briga antiga que só agora está prestes a se resolver. Meu tio Horacio, o mais velho dos filhos de Ovidio, o que cuida da parte dos números. Práxedes, o caçula, a quem todos chamam de Pachi, recém-chegado de sei lá que negócio em Miami. E Deolinda, a mulher que o acompanha há uns anos, desde que minha tia Zulema morreu.
Julio anotou cada nome com uma letra apertada, sem levantar os olhos do papel, embora uma palavra tenha feito com que parasse um instante com o lápis no ar.
—Zulema?
—A esposa de Ovidio. A estancia tem esse nome por causa dela. Morreu há uns doze anos, num acidente no próprio campo, antes de eu ser grande o bastante para entender direito o que tinha acontecido. Caiu do cavalo, dizem. Embora, nessa família, um "dizem" já basta e sobra para anos de boatos.
—Que tipo de boatos?
Nicanor deu de ombros, com o desconforto de quem repete algo que ouviu quando criança sem nunca ter entendido direito.
—Daqueles que ninguém conta por inteiro. Minha mãe, uma vez, deixou escapar que a relação entre Zulema e minha tia Felisa não era das melhores. Nada além disso. Uma cunhada que não gostava da outra, coisa do dia a dia. Não fica remoendo mais do que precisa.
—Eu não remoo nada, Nicanor. Só anoto. Depois a vida decide se valia a pena remoer ou não.
Chegaram ao povoado de San Antonio de Areco perto do meio-dia, com as ruas de paralelepípedo já cheias do movimento tranquilo de um sábado de festa patronal, embora a festa de verdade os esperasse alguns quilômetros mais adiante, do outro lado de uma ponte de ferro sobre um riacho de água marrom e mansa. O portão da estancia, de ferro forjado com um Z grande no centro, se abriu assim que Nicanor buzinou duas vezes, e um peão velho, de boina puxada e bombacha de campo, os cumprimentou com a mão sem dizer palavra.
O caminho de entrada, de uns dois quilômetros ladeados de casuarinas centenárias, terminava numa sede de estancia que, para Julio, assim que a teve diante dos olhos, pareceu tirada de um cartão-postal de outro século: a casa principal, de estilo colonial, com uma galeria de colunas brancas que corria os quatro lados do edifício e um telhado de telhas escurecidas pelo tempo; de um lado, entre eucaliptos altíssimos que separavam a casa das cavalariças, adivinhava-se uma pequena capela de pedra com uma cruz de ferro no alto; e na frente, ocupando quase todo o parque, um ombu descomunal, daqueles que precisam de vários homens de mãos dadas para abraçar o tronco, sob cuja sombra já se montavam as primeiras mesas para o churrasco da noite.
—Estancia La Zulema —leu Julio, em voz alta, a placa de ferro pregada junto à entrada da galeria—. Deu o nome da falecida.
—Dá para ver que ele a amou muito, apesar de tudo. Ou que precisava que todo mundo se lembrasse de que a tinha amado.
—Essas duas coisas, às vezes, são a mesma.
A visão da capela, pequena e austera contra o verde do parque, trouxe a Julio, sem que ele a chamasse, a lembrança de outro prédio parecido, muito mais humilde, lá em Suncho Corral, Santiago del Estero: a igreja onde seu amigo de toda a vida, um padre que no povoado inteiro conheciam apenas como o Padre Suncho, levava mais de trinta anos confessando a mesma gente, os filhos dessa gente, e agora os netos. Foi o Padre Suncho quem lhe ensinou, há muito tempo, sem métodos nem manuais, aquele ofício raro de ler por baixo das palavras de uma pessoa suas virtudes, seus vícios, seus medos mais antigos e seus costumes mais arraigados, com a mesma paciência com que um confessor aprende, com os anos, a distinguir o pecado real daquele que só se diz para aliviar a consciência. "Você vai à cena do crime procurar provas, Julio", tinha lhe dito uma vez, tomando mate no pátio da paróquia. "Eu vou ao confessionário procurar a alma. No fim do caminho, os dois acabamos procurando a mesma verdade." Julio nunca tinha sabido ao certo se aquilo era uma humildade do padre ou uma maneira elegante de dizer que o ofício dele, no fundo, era um ramo mais pobre do seu.
Desceram do carro no exato momento em que, da galeria, saía para recebê-los um homem mais velho apoiado numa bengala de cabo de prata, vestido com um paletó de linho claro apesar do fresco da manhã, magro até a fragilidade mas com uma postura ainda orgulhosa, quase militar. Tinha o cabelo branco escasso, penteado para trás com gomina, e uns olhos azuis desbotados pela idade que, no entanto, conservavam uma vivacidade inquieta, como quem está sempre pensando um passo à frente da conversa que tem pela frente.
—Nicanor, finalmente. Já estava começando a achar que você tinha se arrependido do convite.
—Nunca perderia os seus oitenta, tio. Apresento o Julio Morosini, o amigo de quem te falei.
Dom Ovidio Fontana Anchorena estendeu uma mão ossuda mas firme, e cravou em Julio aquele olhar azul que parecia medi-lo com mais atenção do que merecia uma simples apresentação de cortesia.
—Então o senhor é o famoso comissário.
—Aposentado, dom Ovidio. Já não sou nada famoso nem nada comissário.
—Homens como o senhor nunca se aposentam de vez. Só trocam de uniforme. —O velho sorriu, com uma calidez que a Julio, no entanto, soou um pouco forçada, como quem sorri porque a ocasião exige e não porque o corpo peça—. Venha, venha, quero que conheça minha irmã antes que comece a chegar toda a manada. Felisa tem predileção por gente nova. Diz que somos todos, a essa altura, previsíveis demais para o gosto dela.
Caminharam até a galeria, onde uma mulher mais velha, sentada numa poltrona de vime com as costas absolutamente retas, os observava chegar sem se mover, com as mãos cruzadas sobre o colo e um vestido escuro que contrastava com a luminosidade do meio-dia campestre. Julio, enquanto se aproximava, sentiu aquele alerta silencioso e preciso que os poucos que tinham trabalhado lado a lado com ele por trinta anos conheciam bem: a certeza, ainda sem nome nem provas, de que naquela galeria ensolarada, em meio a tanta hospitalidade de estancia e tanto brinde por oitenta anos bem vividos, alguma coisa não terminava de se encaixar.
Não teria conseguido explicar por quê. Ainda não tinha acontecido nada.
Levou, quase sem perceber, um palito de dente à boca.
La campagna cominciava a mostrarsi sul serio dopo General Rodríguez, quando l'asfalto perdeva ordine e gli eucalipti si allineavano ai lati della strada come una truppa stanca di tanto vento pampeano. Julio Morosini sedeva dal lato del passeggero, con il finestrino abbassato e il gomito appoggiato al telaio, lasciando che l'aria di ottobre, ancora fresca ma già con quella promessa dolciastra dell'erba medica in fiore, gli entrasse in pieno viso.
Era un uomo di cinquantotto anni, grande di corporatura ma dai movimenti pacati, con la schiena un po' curva di chi ha passato mezza vita chino su scrivanie e fascicoli. Aveva i capelli brizzolati tagliati corti, dei baffi curati dello stesso colore, e delle mani larghe, ruvide, più simili a quelle di un uomo di campagna che a quelle di un ex commissario della Polizia Federale. Indossava, come quasi sempre, una giacca di gabardine marrone che aveva visto giorni migliori e una camicia a quadri che Nicanor, vedendolo salire in auto a Retiro, non aveva potuto fare a meno di commentare.
—Morirai di caldo con quella camicia, Julio. Là farà un caldino strano per essere ottobre.
—Preferisco il caldo a girare in giacca e cravatta a una festa di campagna. Con tutto il lusso che mi racconti già mi farai sentire abbastanza travestito.
Nicanor Wilde rise, senza staccare gli occhi dalla strada. Aveva trentadue anni, la corporatura magra e nervosa di chi fa sport per obbligo più che per piacere, e una calvizie incipiente che dissimulava con i capelli tagliati quasi a zero. Faceva l'avvocato, lavorava in uno studio della city di Buenos Aires, e da anni coltivava con Julio un'amicizia strana, asimmetrica, nata da un favore che lo stesso Julio aveva fatto a suo padre, ormai defunto, in un caso minore che non era mai arrivato ai giornali.
—Senti, una cosa che ho sempre voluto chiederti, visto che sei quasi un collega. È vero che anche tu hai studiato legge?
—È vero. Mi sono pure laureato, ai tempi in cui ero un giovane commissario. Non ho mai esercitato un giorno come avvocato da studio, questo sì. Ma il titolo non l'ho buttato via.
—E a cosa ti è servito, se non hai mai esercitato?
—A spaventare con precisione, Nicanor. Non c'è niente che sciolga di più la lingua a un sospettato di un uomo che gli può recitare a memoria, articolo per articolo, la pena esatta che lo aspetta se quello che ha fatto è quello che io credo che abbia fatto. E se per giunta il sospettato è credente, come mi capita quasi sempre nell'entroterra, ci aggiungo l'altra condanna, quella che non va in prescrizione nemmeno con la buona condotta.
—Quella divina?
—Quella. La legge terrena minaccia con anni di prigione. Io, quando serve, gli ricordo che c'è un secondo grado di giudizio, più alto, dove non vale nessun avvocato difensore.
Nicanor lo guardò di sottecchi, tra divertito e a disagio, come chi non sa mai fino in fondo quanto di scherzo e quanto di verità ci sia nelle frasi di Julio.
—Raccontami di nuovo chi ci sarà —chiese Julio, cambiando lui stesso argomento, e tirò fuori dalla tasca interna della giacca un taccuino a copertina rigida, consumato ai bordi, e una matita corta che portava sempre legata con un filo al gancio della copertina, come chi non si fida del tutto che la matita resti al suo posto da sola.
—Mio zio Ovidio, ovviamente, che è quello che festeggia il compleanno. Mia zia Felisa, sua sorella, che vive con lui da sempre. Mio padre ci sarebbe stato, se fosse vivo, ma al suo posto viene mia cugina Renata con il marito, che sono anni che non mettono piede nella estancia per un vecchio litigio che solo ora si sta per sistemare. Mio zio Horacio, il maggiore dei figli di Ovidio, quello che gli gestisce la parte dei conti. Práxedes, il minore, che tutti chiamano Pachi, appena tornato da non so quale affare a Miami. E Deolinda, la donna che gli sta accanto da qualche anno, da quando è morta mia zia Zulema.
Julio annotò ogni nome con una grafia fitta, senza alzare lo sguardo dal foglio, anche se una parola lo fece fermare un istante con la matita a mezz'aria.
—Zulema?
—La moglie di Ovidio. La estancia si chiama così per lei. È morta circa dodici anni fa, in un incidente nello stesso campo, prima che io fossi abbastanza grande da capire bene cosa fosse successo. È caduta da cavallo, dicono. Anche se in quella famiglia, con "dicono" basta e avanza per anni di dicerie.
—Che tipo di dicerie?
Nicanor si strinse nelle spalle, con l'imbarazzo di chi ripete qualcosa che ha sentito da bambino senza averlo mai capito fino in fondo.
—Di quelle che nessuno ti racconta per intero. Mia madre una volta si lasciò sfuggire che il rapporto tra Zulema e mia zia Felisa non era dei migliori. Niente di più. Una cognata che non voleva bene all'altra, cosa di tutti i giorni. Non farci più caso di quanto ne meriti.
—Io non do peso a niente, Nicanor. Mi limito ad annotare. Dopo è la vita a decidere se il peso c'era o no.
Arrivarono al paese di San Antonio de Areco verso mezzogiorno, con le strade acciottolate già piene del movimento tranquillo di un sabato di festa patronale, anche se la festa vera li aspettava qualche chilometro più avanti, dall'altra parte di un ponte di ferro su un torrente d'acqua marrone e mansueta. Il cancello della estancia, di ferro battuto con una grande zeta al centro, si aprì appena Nicanor suonò il clacson due volte, e un vecchio bracciante, con il berretto calato e i pantaloni larghi da campagna, li salutò con la mano senza dire una parola.
Il viale d'ingresso, di due lunghi chilometri fiancheggiato da casuarine centenarie, terminava in un nucleo di estancia che a Julio, appena lo ebbe davanti, parve tratto da una cartolina di un altro secolo: la casa padronale, in stile coloniale, con una galleria di colonne bianche che correva lungo i quattro lati dell'edificio e un tetto di tegole scurite dal tempo; su un lato, tra eucalipti altissimi che separavano la casa dalle scuderie, si intravedeva una piccola cappella di pietra con una croce di ferro in cima; e di fronte, occupando quasi tutto il parco, un ombù enorme, di quelli che servono più uomini a mano a mano per abbracciarne il tronco, alla cui ombra si stavano già allestendo i primi tavoli per l'asado della sera.
—Estancia La Zulema —lesse Julio, ad alta voce, il cartello di ferro affisso accanto all'ingresso della galleria—. Le ha dato il nome della defunta.
—Si vede che le voleva molto bene, nonostante tutto. O che aveva bisogno che tutti si ricordassero che le aveva voluto bene.
—Quelle due cose, a volte, sono la stessa.
La vista della cappella, piccola e austera contro il verde del parco, portò a Julio, senza che nulla lo richiamasse, il ricordo di un altro edificio simile, molto più umile, là a Suncho Corral, Santiago del Estero: la chiesa dove il suo amico di sempre, un prete che in tutto il paese conoscevano appena come il Padre Suncho, portava avanti da più di trent'anni le confessioni della stessa gente, dei figli di quella gente, e ora dei nipoti. Fu il Padre Suncho a insegnargli, ormai molto tempo fa, senza metodi né manuali, quel mestiere raro di leggere sotto le parole di una persona le sue virtù, i suoi vizi, le sue paure più vecchie e le sue abitudini più radicate, con la stessa pazienza con cui un confessore impara, con gli anni, a distinguere il peccato vero da quello che si dice soltanto per alleggerire la coscienza. "Tu vai sulla scena del delitto a cercare le prove, Julio", gli aveva detto una volta, prendendo mate nel cortile della parrocchia. "Io vado nel confessionale a cercare l'anima. Alla fine del cammino, finiamo tutti e due per cercare la stessa verità." Julio non aveva mai saputo bene se quella fosse un'umiltà del prete o un modo elegante di dirgli che il suo mestiere, in fondo, era un ramo più povero del suo.
Scesero dall'auto nel momento esatto in cui, dalla galleria, usciva a riceverli un uomo anziano appoggiato a un bastone dal pomo d'argento, vestito con una giacca di lino chiaro nonostante il fresco della mattina, magro fino alla fragilità ma con un portamento ancora fiero, quasi militare. Aveva pochi capelli bianchi, pettinati all'indietro con la brillantina, e degli occhi azzurri sbiaditi dall'età che, tuttavia, conservavano una vivacità inquieta, come di chi sta sempre pensando un passo avanti rispetto alla conversazione che ha davanti.
—Nicanor, finalmente. Cominciavo già a pensare che ti fossi pentito dell'invito.
—Non mi perderei mai i tuoi ottant'anni, zio. Ti presento Julio Morosini, l'amico di cui ti ho parlato.
Don Ovidio Fontana Anchorena tese una mano ossuta ma ferma, e piantò su Julio quello sguardo azzurro che sembrava misurarlo con più attenzione di quanta ne meritasse una semplice presentazione di cortesia.
—Quindi lei è il famoso commissario.
—In pensione, don Ovidio. Non sono più né famoso né commissario.
—Gli uomini come lei non vanno mai davvero in pensione. Cambiano solo divisa. —Il vecchio sorrise, con un calore che a Julio suonò, tuttavia, appena un po' forzato, come chi sorride perché l'occasione lo richiede e non perché il corpo glielo chieda—. Venga, venga, voglio che conosca mia sorella prima che cominci ad arrivare tutta la mandria. A Felisa piace la gente nuova. Dice che siamo tutti, ormai, troppo prevedibili per i suoi gusti.
Camminarono verso la galleria, dove una donna anziana, seduta su una poltrona di vimini con la schiena assolutamente diritta, li osservava arrivare senza muoversi, con le mani incrociate in grembo e un vestito scuro che contrastava con la luminosità del mezzogiorno campestre. Julio, mentre si avvicinava, sentì quell'allerta silenziosa e precisa che gli conoscevano bene i pochi che avevano lavorato gomito a gomito con lui per trent'anni: la certezza, ancora senza nome né prove, che in quella galleria assolata, in mezzo a tanta ospitalità di estancia e tanti brindisi per ottant'anni ben vissuti, qualcosa non tornava del tutto.
Non avrebbe saputo spiegare perché. Non era ancora successo niente.
Si portò, quasi senza accorgersene, uno stuzzicadenti alla bocca.
La campagne commençait à se montrer sérieusement après General Rodríguez, quand l'asphalte perdait de sa netteté et que les eucalyptus s'alignaient sur les bords de la route comme une troupe lasse d'affronter le vent de la pampa. Julio Morosini était assis côté passager, la vitre baissée et le coude posé sur le rebord, laissant l'air d'octobre, encore frais mais déjà porteur de cette promesse douceâtre de la luzerne en fleur, lui souffler en plein visage.
C'était un homme de cinquante-huit ans, de forte carrure mais aux mouvements posés, le dos un peu voûté de celui qui a passé la moitié de sa vie penché sur des bureaux et des dossiers. Il avait les cheveux grisonnants coupés court, une moustache soignée de la même couleur, et des mains larges, rugueuses, qui ressemblaient davantage à celles d'un homme de la campagne qu'à celles d'un ex-commissaire de la Police fédérale. Il portait, comme presque toujours, un veston de gabardine marron qui avait connu des jours meilleurs et une chemise à carreaux que Nicanor, en le voyant monter dans la voiture à Retiro, n'avait pas pu s'empêcher de commenter.
—Tu vas mourir de chaud avec cette chemise, Julio. Là-bas, il va faire une drôle de chaleur pour un mois d'octobre.
—Je préfère la chaleur à me trimballer en costume dans une fête de campagne. Tu vas déjà bien assez me faire sentir déguisé avec tout ce luxe dont tu me parles.
Nicanor Wilde rit, sans quitter la route des yeux. Il avait trente-deux ans, la constitution mince et nerveuse de celui qui fait du sport par obligation plutôt que par plaisir, et une calvitie naissante qu'il dissimulait en portant les cheveux coupés presque ras. Il était avocat, travaillait dans un cabinet du quartier des affaires de Buenos Aires, et entretenait depuis des années avec Julio une amitié singulière, asymétrique, née d'un service que Julio lui-même avait rendu à son père, aujourd'hui décédé, dans une affaire mineure qui n'était jamais arrivée jusqu'aux journaux.
—Dis, il y a une chose que j'ai toujours voulu te demander, vu que tu es presque un collègue. C'est vrai que toi aussi tu as fait des études de droit?
—C'est vrai. J'ai même obtenu mon diplôme, du temps où j'étais jeune commissaire. Je n'ai jamais exercé un seul jour comme avocat de bureau, ça, c'est certain. Mais je n'ai pas jeté le diplôme à la poubelle pour autant.
—Et ça t'a servi à quoi, si tu n'as jamais exercé?
—À faire peur avec précision, Nicanor. Rien ne délie mieux la langue d'un suspect qu'un homme capable de lui réciter par cœur, article par article, la peine exacte qui l'attend si ce qu'il a fait est bien ce que je crois qu'il a fait. Et si en plus le suspect est croyant, ce qui m'arrive presque toujours dans l'intérieur du pays, j'ajoute l'autre condamnation, celle qui ne se prescrit même pas pour bonne conduite.
—La divine?
—Celle-là même. La loi terrestre menace de plusieurs années de prison. Moi, quand il le faut, je leur rappelle qu'il existe une seconde instance, plus haute, où aucun avocat de la défense ne compte.
Nicanor le regarda du coin de l'œil, mi-amusé mi-mal à l'aise, comme quelqu'un qui ne sait jamais tout à fait quelle part de plaisanterie et quelle part de vérité se cache dans les phrases de Julio.
—Raconte-moi encore une fois qui va être là, demanda Julio, changeant lui-même de sujet, et il sortit de la poche intérieure de son veston un carnet à couverture rigide, usé sur les bords, et un petit crayon qu'il portait toujours attaché par un fil au crochet de la couverture, comme quelqu'un qui ne fait pas totalement confiance au crayon pour rester à sa place tout seul.
—Mon oncle Ovidio, évidemment, puisque c'est lui qui fête son anniversaire. Ma tante Felisa, sa sœur, qui vit avec lui depuis toujours. Mon père aurait été présent, s'il vivait encore, mais à sa place vient ma cousine Renata avec son mari, qui n'ont pas mis les pieds à l'estancia depuis des années à cause d'une vieille dispute qu'on est justement en train d'arranger. Mon oncle Horacio, l'aîné des enfants d'Ovidio, celui qui s'occupe de la partie chiffres. Práxedes, le cadet, que tout le monde appelle Pachi, tout juste revenu de je ne sais quelle affaire à Miami. Et Deolinda, la femme qui l'accompagne depuis quelques années, depuis la mort de ma tante Zulema.
Julio nota chaque nom d'une écriture serrée, sans lever les yeux du papier, même si un mot le fit s'arrêter un instant, le crayon en l'air.
—Zulema?
—La femme d'Ovidio. L'estancia porte son nom à elle. Elle est morte il y a environ douze ans, dans un accident sur le domaine même, avant que je sois assez grand pour bien comprendre ce qui s'était passé. Elle serait tombée de cheval, à ce qu'on dit. Quoique dans cette famille, un "à ce qu'on dit" suffit largement à nourrir des années de rumeurs.
—Quel genre de rumeurs?
Nicanor haussa les épaules, avec la gêne de celui qui répète une chose entendue enfant sans jamais l'avoir vraiment comprise.
—De celles que personne ne te raconte en entier. Ma mère a laissé entendre une fois que la relation entre Zulema et ma tante Felisa n'était pas des meilleures. Rien de plus que ça. Une belle-sœur qui n'aimait pas l'autre, une histoire banale. N'y cherche pas plus de sens qu'il n'y en a.
—Moi, je ne cherche de sens à rien, Nicanor. Je note, c'est tout. Après, c'est la vie qui décide si ça valait la peine d'y chercher un sens ou non.
Ils arrivèrent au village de San Antonio de Areco vers midi, les rues pavées déjà pleines de l'agitation tranquille d'un samedi de fête patronale, même si la vraie fête les attendait quelques kilomètres plus loin, de l'autre côté d'un pont de fer enjambant un ruisseau aux eaux brunes et paisibles. Le portail de l'estancia, en fer forgé avec un grand Z au centre, s'ouvrit dès que Nicanor klaxonna deux fois, et un vieux péon, béret enfoncé et bombacha de campagne, les salua de la main sans dire un mot.
Le chemin d'entrée, long de deux bons kilomètres et bordé de casuarinas centenaires, débouchait sur un ensemble de bâtiments d'estancia qui, à peine Julio l'eut-il sous les yeux, lui parut sorti d'une carte postale d'un autre siècle: la maison principale, de style colonial, avec une galerie à colonnes blanches courant sur les quatre côtés du bâtiment et un toit de tuiles assombries par le temps; sur un côté, entre des eucalyptus immenses qui séparaient la maison des écuries, on devinait une petite chapelle de pierre surmontée d'une croix de fer; et devant, occupant presque tout le parc, un ombu gigantesque, de ceux qu'il faut plusieurs hommes se tenant par la main pour enlacer le tronc, et sous l'ombre duquel on dressait déjà les premières tables pour l'asado du soir.
—Estancia La Zulema, lut Julio à voix haute, sur l'écriteau de fer planté près de l'entrée de la galerie. Il lui a donné le nom de la défunte.
—On voit qu'il l'a beaucoup aimée, malgré tout. Ou qu'il avait besoin que tout le monde se souvienne qu'il l'avait aimée.
—Ces deux choses-là, parfois, n'en font qu'une.
La vue de la chapelle, petite et austère contre le vert du parc, ramena à Julio, sans qu'il l'appelle, le souvenir d'un autre bâtiment semblable, bien plus modeste, là-bas à Suncho Corral, dans la province de Santiago del Estero: l'église où son ami de toujours, un curé que tout le village connaissait sous le simple nom de Padre Suncho, confessait depuis plus de trente ans les mêmes gens, les enfants de ces gens, et maintenant leurs petits-enfants. C'était le Padre Suncho qui lui avait appris, il y a bien longtemps, sans méthode ni manuel, cet art singulier de lire sous les mots d'une personne ses vertus, ses vices, ses peurs les plus anciennes et ses habitudes les plus enracinées, avec cette même patience qu'un confesseur acquiert, au fil des ans, pour distinguer le péché réel de celui qu'on ne dit que pour soulager sa conscience. "Toi, tu vas sur les lieux du crime chercher des preuves, Julio", lui avait-il dit un jour, en buvant le maté dans la cour de la paroisse. "Moi, je vais au confessionnal chercher l'âme. Au bout du chemin, on finit tous les deux par chercher la même vérité." Julio n'avait jamais bien su si c'était là de l'humilité de la part du curé ou une manière élégante de lui dire que son propre métier, au fond, n'était qu'une branche plus pauvre du sien.
Ils descendirent de voiture au moment précis où, depuis la galerie, sortait pour les accueillir un homme âgé appuyé sur une canne à pommeau d'argent, vêtu d'un veston de lin clair malgré la fraîcheur du matin, mince jusqu'à la fragilité mais gardant un maintien encore fier, presque militaire. Il avait les cheveux blancs clairsemés, peignés en arrière à la gomina, et des yeux bleu clair délavés par l'âge qui conservaient pourtant une vivacité inquiète, comme quelqu'un qui pense toujours un pas en avance sur la conversation qu'il a devant lui.
—Nicanor, enfin. Je commençais à croire que tu avais regretté l'invitation.
—Je ne manquerais jamais tes quatre-vingts ans, mon oncle. Je te présente Julio Morosini, l'ami dont je t'ai parlé.
Don Ovidio Fontana Anchorena tendit une main osseuse mais ferme, et planta sur Julio ce regard bleu clair qui semblait le jauger avec plus d'attention que n'en méritait une simple présentation de courtoisie.
—Ainsi c'est vous, le fameux commissaire.
—À la retraite, don Ovidio. Je ne suis plus rien de fameux ni rien de commissaire.
—Les hommes comme vous ne prennent jamais vraiment leur retraite. Ils changent seulement d'uniforme. —Le vieil homme sourit, avec une chaleur qui parut cependant à Julio à peine forcée, comme quelqu'un qui sourit parce que l'occasion l'exige et non parce que le corps le lui demande. —Venez, venez, je veux vous présenter à ma sœur avant que la meute entière commence à arriver. Felisa a un faible pour les gens nouveaux. Elle dit que nous sommes tous, à ce stade, bien trop prévisibles pour son goût.
Ils marchèrent vers la galerie, où une femme âgée, assise dans un fauteuil en osier le dos absolument droit, les observait arriver sans bouger, les mains croisées sur les genoux et une robe sombre qui tranchait avec la luminosité de ce midi campagnard. Julio, en s'approchant, ressentit cette alerte silencieuse et précise que connaissaient bien les rares personnes ayant travaillé coude à coude avec lui pendant trente ans: la certitude, encore sans nom ni preuve, que dans cette galerie ensoleillée, au milieu de tant d'hospitalité d'estancia et de tant de toasts portés à quatre-vingts années bien vécues, quelque chose ne finissait pas de coller.
Il n'aurait pas su dire pourquoi. Rien ne s'était encore passé.
Presque sans s'en rendre compte, il porta un cure-dent à sa bouche.
DEL CUADERNO DE JULIO MOROSINIFROM JULIO MOROSINI'S NOTEBOOKDO CADERNO DE JULIO MOROSINIDAL QUADERNO DI JULIO MOROSINIDU CARNET DE JULIO MOROSINI
Nicanor dice: "no le des más vuelta de la que tiene". Anoto la frase porque algo me dice que sí la tiene.
Nicanor says: "don't read more into it than there is." I write the phrase down because something tells me there is more to it.
Nicanor diz: "não fica remoendo mais do que precisa". Anoto a frase porque algo me diz que precisa, sim.
Nicanor dice: "non farci più caso di quanto ne meriti". Annoto la frase perché qualcosa mi dice che invece ne merita.
Nicanor dit: "n'y cherche pas plus de sens qu'il n'y en a". Je note la phrase parce que quelque chose me dit que si, il y en a.
REFLEXIÓNREFLECTIONREFLEXÃORIFLESSIONERÉFLEXION
Chesterton decía que el detective es el único hombre de bien que persigue al criminal, y que por eso mismo debe entender al criminal mejor que a sí mismo. El Padre Suncho, con menos ironía inglesa y más paciencia de confesionario, diría que a nadie se lo entiende de verdad hasta que se le conoce el miedo, no el pecado. Yo, con los años, aprendí a usar las dos herramientas juntas: el código que amenaza con la cárcel, y la fe que amenaza con algo peor. Hoy, en una galería llena de sonrisas de cumpleaños, ya sentí que alguna de esas dos amenazas iba a hacer falta antes de que termine la fiesta.
Chesterton said the detective is the only decent man who pursues the criminal, and that for this very reason he must understand the criminal better than himself. Padre Suncho, with less English irony and more confessional patience, would say that no one is truly understood until you know their fear, not their sin. Over the years, I learned to use both tools together: the code that threatens prison, and the faith that threatens something worse. Today, in a gallery full of birthday smiles, I already sensed that one of those two threats was going to be needed before the party was over.
Chesterton dizia que o detetive é o único homem de bem que persegue o criminoso, e que por isso mesmo precisa entender o criminoso melhor do que a si mesmo. O Padre Suncho, com menos ironia inglesa e mais paciência de confessionário, diria que ninguém é entendido de verdade até que se conheça o seu medo, não o seu pecado. Eu, com os anos, aprendi a usar as duas ferramentas juntas: o código que ameaça com a cadeia, e a fé que ameaça com algo pior. Hoje, numa galeria cheia de sorrisos de aniversário, já senti que uma dessas duas ameaças ia fazer falta antes que a festa termine.
Chesterton diceva che il detective è l'unico uomo per bene che dà la caccia al criminale, e che proprio per questo deve capire il criminale meglio di se stesso. Il Padre Suncho, con meno ironia inglese e più pazienza da confessionale, direbbe che nessuno lo si capisce davvero finché non gli si conosce la paura, non il peccato. Io, con gli anni, ho imparato a usare i due strumenti insieme: il codice che minaccia con il carcere, e la fede che minaccia con qualcosa di peggio. Oggi, in una galleria piena di sorrisi di compleanno, ho già sentito che una di quelle due minacce sarebbe servita prima che finisse la festa.
Chesterton disait que le détective est le seul honnête homme à donner la chasse au criminel, et que c'est justement pour cela qu'il doit comprendre le criminel mieux que lui-même. Le Padre Suncho, avec moins d'ironie anglaise et plus de patience de confessionnal, dirait que l'on ne comprend vraiment personne tant qu'on ne connaît pas sa peur, et non son péché. Moi, avec les années, j'ai appris à me servir des deux outils ensemble: le code qui menace de la prison, et la foi qui menace de quelque chose de pire. Aujourd'hui, dans une galerie pleine de sourires d'anniversaire, j'ai déjà senti que l'une de ces deux menaces allait être nécessaire avant la fin de la fête.