Capítulo 01
Truco bajo los tilosTruco Under the LindensTruco à sombra das tíliasTruco sotto i tigliUne partie de truco sous les tilleuls
El sábado había amanecido con ese cielo lavado que suele regalar marzo en el conurbano bonaerense, cuando el calor pesado del verano empieza a aflojar y el aire, por las tardes, se vuelve manso. En Bella Vista, la que todos llaman con orgullo la Ciudad del Árbol, las copas de los tilos de la calle Champagnat ya amarilleaban de a poco, y algunas hojas caían mansas sobre los adoquines desparejos, como si también ellas quisieran tomarse su tiempo antes del otoño definitivo. Más allá, sobre las veredas angostas de las quintas viejas, los jacarandás desnudos de flor esperaban su turno de primavera, pacientes, dueños de una promesa violeta que todavía faltaban meses para cumplir.
En una de esas casas bajas de la calle Champagnat, con parral en el fondo y un asador de ladrillo ennegrecido por generaciones de domingos, Roque Miceli atizaba el fuego con la parsimonia de quien lleva media vida haciendo lo mismo y no tiene apuro en que se note el oficio. Roque, sesenta y dos años, panza generosa bajo el delantal a cuadros, manos curtidas de tanto revolver brasas, era el dueño de casa y, desde hacía más de cuatro décadas, uno de los amigos de aquel grupo que se había formado en las aulas del Colegio Don Jaime, cuando todavía existía, cuando todavía sonaba el timbre a las ocho de la mañana y las madres dejaban a sus hijos en la vereda de enfrente.
A su lado, con el mazo de cartas españolas ya gastado entre las manos, Walter Iturralde —a quien nadie llamaba de otra forma que "el Colo", aunque de rubio ya no le quedara ni el recuerdo— repartía la primera mano de truco con la solemnidad de un ritual sagrado. Y frente a él, del otro lado de la mesa de fórmica que alguna vez había sido blanca, estaba Julio Morosini.
Cincuenta y ocho años, alto, de espaldas todavía firmes a pesar del paso del tiempo, el pelo entrecano y una mirada que parecía siempre estar calculando algo, aunque en ese momento solo estuviera calculando si el Colo tenía flor o estaba tirando faroles. Julio Morosini, comisario retirado de la Policía Federal y ahora consultor itinerante para los casos que otros no lograban cerrar, se había instalado de nuevo en Bella Vista buscando la calma que Buenos Aires ya no le daba. Tenía la costumbre de llevarse un palillo de dientes a la boca cuando pensaba en serio, y esa tarde, con la mano de cartas todavía sin definir, el palillo ya bailaba entre sus labios.
Junto a él, con una copa de vino tinto que apenas había tocado, estaba el Padre Suncho, así, sin más nombre que ese, porque en Bella Vista, en San Rafael, en Suncho Corral y en cualquier lugar donde hubiera puesto un pie, nadie lo llamaba de otra manera. El apodo no venía de su cuna sino de su destino: nacido y criado en la propia Bella Vista, compañero de banco de Julio desde el jardín hasta el último año del Colegio Don Jaime, se había ordenado sacerdote en un seminario de San Rafael, Mendoza, y terminó destinado a una parroquia de Suncho Corral, Santiago del Estero, tan lejos de todo que el nombre del pueblo se le pegó a la sotana para siempre. Cincuenta y ocho años, la misma edad de Julio, la piel curtida por el sol santiagueño, unos ojos oscuros que parecían leer más de lo que la gente contaba, esa tarde vestía una camisa a cuadros no muy distinta de la de Roque, con la cruz de plata como único recordatorio de su vocación. Cada tanto se daba una escapada de su parroquia y de su colegio recién fundado en Santiago del Estero para volver a su Bella Vista de siempre, ver a los amigos de toda la vida, encontrarse con las familias y fundaciones que colaboraban con su obra, y de paso vender algunos bolsones del carbón que le mandaba un chango amigo de allá, tan parejo y tan limpio de humo que en la zona ya le decían, medio en broma medio en serio, el caviar de los carbones. Esa plata, sumada a lo que juntaban las rifas y las donaciones, sostenía la parroquia y el colegio que con tanto esfuerzo había levantado.
—Envido —dijo el Colo, con la cara de póker más falsa de todo el barrio.
—Quiero —contestó Julio, sin sacarse el palillo de la boca, y giró apenas la cabeza hacia el Padre Suncho—. ¿Usted no juega, padre, o está esperando que le paguemos la limosna con las fichas?
—Yo miro nomás, Julio. Mirar también es un oficio, y de los más antiguos —contestó el cura, con esa media sonrisa que dejaba siempre la duda de si hablaba en joda o en serio.
Se rieron los cuatro, y Roque aprovechó para dar vuelta un chorizo en la parrilla, mientras el olor a grasa quemada y a leña de espinillo se mezclaba con el perfume dulzón de las glicinas que trepaban por el alambrado del fondo. Era esa clase de tarde que Julio había ido a buscar cuando decidió dejar Buenos Aires: amigos de toda la vida, vino tinto de la costa que Roque compraba de a cajones, cartas gastadas, y ningún cadáver esperándolo en la otra punta de una llamada. Hacía meses que no resolvía ningún caso, y no lo extrañaba tanto como todos suponían.
El sonido del motor lo escucharon todos casi al mismo tiempo, porque en la calle Champagnat, a esa hora, lo único que solía pasar eran bicicletas y algún que otro auto viejo camino al club. Pero este motor era distinto: potente, apurado, con un frenazo seco justo frente a la casa de Roque que hizo ladrar a dos perros del vecindario. Se abrió una puerta con violencia, y unos pasos cruzaron rápido la vereda hasta golpear el portón de entrada con los nudillos, sin esperar siquiera a que alguien atendiera.
—¡Morosini! ¡Julio Morosini, necesito hablar con usted, urgente!
La voz venía cargada de una ansiedad que no encajaba con la calma de la tarde. Roque se asomó primero, con la pinza todavía en la mano, y no tardó en reconocer, bajo la luz que ya empezaba a caer, la figura del hombre que forzaba la entrada sin que nadie lo hubiese invitado.
Era Hernán Bracco, el Intendente de San Miguel.
Cincuenta y tres años, traje gris que en cualquier otra circunstancia hubiese lucido impecable pero que ahora colgaba desprolijo, corbata aflojada como si se la hubiese arrancado él mismo en el auto, la frente perlada de un sudor que el frescor de la tarde no justificaba. Detrás suyo, un custodio joven se había quedado parado junto al auto oficial, sin saber muy bien qué hacer con las manos ni con la mirada de los vecinos que ya empezaban a asomarse desde las veredas de enfrente. Bracco entró al patio sin que nadie terminara de darle el permiso, con esa costumbre de quien está acostumbrado a que las puertas se abran solas cuando lleva puesto un cargo.
—Disculpen que me meta así, señores, discúlpenme de verdad —dijo, aunque su tono no sonaba a disculpa sino a orden apenas disfrazada—. Pero necesito al comisario Morosini ya mismo. Es urgente. Es muy, muy urgente.
Julio dejó las cartas boca abajo sobre la mesa, se sacó el palillo de la boca con calma deliberada, casi provocadora, y clavó en el Intendente esa mirada que tantas confesiones había arrancado a lo largo de los años sin necesidad de levantar la voz.
—Retirado, Intendente. Ya no soy comisario de nada —dijo—. Y estamos en medio de una mano de truco que, para su información, la tenía ganada.
—Por favor —insistió Bracco, y algo en el temblor de esa palabra hizo que hasta el Colo, siempre con un chiste a mano, se quedara en silencio—. Hubo una muerte esta noche, en la Quinta Los Tilos, durante una gala que se estaba haciendo para juntar fondos. Un accidente, dicen, pero yo no sé si creerlo, y si esto se maneja mal, si esto se filtra mal a la prensa, puede terminar conmigo, con mi gestión, con todo lo que venimos construyendo en el Municipio. Necesito a alguien de confianza que mire esto antes de que se me escape de las manos. Me dijeron que usted es el mejor. Me dijeron que usted es el único con quien puedo hablar sin que esto se convierta en un circo.
El silencio que siguió fue apenas interrumpido por el crepitar de las brasas. Julio miró de reojo al Padre Suncho, que ya había dejado la copa de vino sobre la mesa con un gesto lento, casi ceremonial, como quien sabe que la noche recién empezada está a punto de tomar otro rumbo.
—La Quinta Los Tilos —repitió el cura, en voz baja, como si el nombre le despertara algo que todavía no terminaba de ubicar—. Ahí funcionó el Don Jaime, Julio. La última sede.
Julio asintió despacio, sintiendo que el palillo de dientes, entre sus labios, dejaba de ser un gesto de sobremesa para volver a ser, como tantas otras veces, la primera señal de que algo en él ya se había puesto a pensar en serio. Miró a Roque, que seguía con la pinza en la mano sin saber si volver al chorizo o abandonarlo del todo. Miró al Colo, que por primera vez en la tarde no tenía ningún chiste preparado.
—Terminamos la mano después, muchachos —dijo, poniéndose de pie—. Padre, ¿me acompaña?
—Adonde vaya usted, Julio —contestó el Padre Suncho, ya buscando la sotana que había dejado colgada en el respaldo de una silla—. Total, el carbón puede esperar hasta mañana. La justicia, según parece, no.
Salieron los dos juntos hacia el auto oficial que esperaba con el motor encendido, dejando atrás el asador humeante, las cartas boca abajo sobre la mesa de fórmica y el vino a medio tomar. Sobre sus cabezas, las copas de los tilos de la calle Champagnat se mecían apenas con la brisa de la noche que empezaba a caer, indiferentes, como siempre, al drama de los hombres que pasaban debajo.
Saturday had dawned with that washed sky March likes to hand out in the Buenos Aires suburbs, when the heavy heat of summer starts to loosen its grip and the air, in the afternoons, turns gentle. In Bella Vista, the town everyone proudly calls the City of Trees, the linden crowns along Calle Champagnat were already yellowing bit by bit, and a few leaves drifted down onto the uneven cobblestones, as if they too wanted to take their time before autumn set in for good. Farther on, along the narrow sidewalks of the old country houses, the jacarandas stood bare of bloom, waiting their turn for spring, patient, holders of a violet promise still months from being kept.
In one of those low houses on Calle Champagnat, with a grapevine out back and a brick grill blackened by generations of Sundays, Roque Miceli stoked the fire with the unhurried care of a man who's spent half his life doing the same thing and feels no need to make a show of the skill. Roque, sixty-two years old, a generous belly under his checkered apron, hands weathered from decades of turning coals, was the man of the house and, for more than four decades now, one of the friends from that group that had come together in the classrooms of Colegio Don Jaime, back when it still existed, when the bell still rang at eight in the morning and mothers still left their children on the sidewalk across the street.
Beside him, the worn deck of Spanish cards already in hand, Walter Iturralde — whom nobody called anything but "el Colo," though not even a memory of blond hair remained on him — dealt the first hand of truco with the solemnity of a sacred ritual. And across from him, on the other side of the formica table that had once been white, sat Julio Morosini.
Fifty-eight years old, tall, his shoulders still firm despite the passing of time, hair going gray, and a gaze that always seemed to be calculating something, though at that moment it was only calculating whether el Colo had flor or was bluffing. Julio Morosini, a retired Federal Police commissioner and now a traveling consultant for the cases others couldn't close, had settled back into Bella Vista in search of the calm that Buenos Aires no longer gave him. He had a habit of putting a toothpick to his mouth when he was thinking hard, and that afternoon, with his hand of cards still undecided, the toothpick was already dancing between his lips.
Next to him, a glass of red wine barely touched, sat Father Suncho, just that, no other name, because in Bella Vista, in San Rafael, in Suncho Corral, and anywhere else he'd ever set foot, nobody called him anything else. The nickname hadn't come from his birthplace but from his destiny: born and raised right there in Bella Vista, Julio's deskmate from kindergarten through the last year of Colegio Don Jaime, he'd been ordained a priest at a seminary in San Rafael, Mendoza, and ended up assigned to a parish in Suncho Corral, Santiago del Estero, so far from everything that the town's name stuck to his cassock for good. Fifty-eight years old, the same age as Julio, his skin weathered by the Santiago sun, dark eyes that seemed to read more than people ever said out loud, that afternoon he wore a checkered shirt not so different from Roque's, with the silver cross the only reminder of his calling. Every so often he slipped away from his parish and his newly founded school in Santiago del Estero to come back to his own Bella Vista, to see his lifelong friends, to meet with the families and foundations that supported his work, and, while he was at it, to sell a few sacks of the charcoal a friend up there sent him, so even-burning and so clean of smoke that around town people had taken to calling it, half in jest and half in earnest, the caviar of charcoals. That money, along with what the raffles and donations brought in, was what kept the parish and the school he'd built with such effort afloat.
"Envido," said el Colo, wearing the phoniest poker face in the whole neighborhood.
"Quiero," Julio answered, without taking the toothpick from his mouth, and turned his head slightly toward Father Suncho. "You're not playing, Father, or are you waiting for us to pay the collection plate in chips?"
"I just watch, Julio. Watching's a trade too, and one of the oldest," the priest answered, with that half-smile that always left you wondering whether he was joking or dead serious.
All four of them laughed, and Roque took the chance to flip a chorizo on the grill, while the smell of scorched fat and espinillo firewood mixed with the sweet perfume of the wisteria climbing the back fence. It was the kind of afternoon Julio had come looking for when he decided to leave Buenos Aires: lifelong friends, red coastal wine that Roque bought by the crate, worn-out cards, and not a single corpse waiting for him on the other end of a phone call. He hadn't closed a case in months, and he didn't miss it half as much as everyone assumed.
They all heard the engine at almost the same moment, because on Calle Champagnat, at that hour, the only things that usually went by were bicycles and the odd old car on its way to the club. But this engine was different: powerful, urgent, braking hard right in front of Roque's house with a screech that set two neighborhood dogs barking. A door was flung open, and footsteps crossed the sidewalk fast, knuckles pounding the front gate without even waiting for anyone to answer.
"Morosini! Julio Morosini, I need to talk to you, it's urgent!"
The voice carried an anxiety that didn't fit the calm of the evening. Roque was the first to look up, tongs still in hand, and it didn't take him long to recognize, in the fading light, the figure of the man forcing his way in without anyone having invited him.
It was Hernán Bracco, the mayor of San Miguel.
Fifty-three years old, a gray suit that under any other circumstance would have looked impeccable but now hung on him rumpled, his tie loosened as if he'd yanked it off himself in the car, his forehead beaded with a sweat the cool of the evening didn't explain. Behind him, a young bodyguard had stayed by the official car, unsure what to do with his hands or with the stares of the neighbors already peering out from the sidewalks across the street. Bracco stepped into the yard before anyone had finished giving him leave to, with the habit of a man used to doors opening on their own once he mentions his office.
"Forgive me for barging in like this, gentlemen, I really am sorry," he said, though his tone sounded less like an apology than like an order barely dressed up as one. "But I need Commissioner Morosini right now. It's urgent. It's very, very urgent."
Julio set his cards face down on the table, took the toothpick from his mouth with deliberate, almost provocative calm, and fixed on the mayor that gaze that had pulled so many confessions out of people over the years without ever needing to raise his voice.
"Retired, Mayor. I'm not a commissioner of anything anymore," he said. "And we're in the middle of a hand of truco that, for your information, I had won."
"Please," Bracco insisted, and something in the tremor of that word made even el Colo, who always had a joke ready, fall silent. "There was a death tonight, at Quinta Los Tilos, during a gala they were holding to raise funds. An accident, they say, but I don't know if I believe it, and if this gets handled badly, if it leaks badly to the press, it could be the end of me, of my administration, of everything we've been building in the municipality. I need someone I trust to look at this before it slips out of my hands. They told me you're the best. They told me you're the only one I can talk to without this turning into a circus."
The silence that followed was broken only by the crackle of the coals. Julio glanced sideways at Father Suncho, who had already set his glass of wine down on the table with a slow, almost ceremonial gesture, like a man who knows the evening that had just begun was about to take a different course.
"Quinta Los Tilos," the priest repeated, low, as if the name were stirring something in him he hadn't quite placed yet. "That's where Don Jaime was, Julio. The last building it had."
Julio nodded slowly, feeling the toothpick between his lips stop being an after-dinner habit and become, once again, as it had so many other times, the first sign that something in him had already begun to think in earnest. He looked at Roque, still holding the tongs, unsure whether to go back to the chorizo or give up on it altogether. He looked at el Colo, who for the first time all evening had no joke ready.
"We'll finish the hand later, fellas," he said, getting to his feet. "Father, will you come with me?"
"Wherever you go, Julio," Father Suncho answered, already reaching for the cassock he'd left hanging on the back of a chair. "The charcoal can wait until tomorrow, after all. Justice, it seems, can't."
The two of them walked off together toward the official car waiting with its engine running, leaving behind the smoking grill, the cards face down on the formica table, and the wine half finished. Above their heads, the linden crowns of Calle Champagnat swayed faintly in the evening breeze beginning to settle in, indifferent, as always, to the drama of the men passing beneath them.
O sábado tinha amanhecido com aquele céu lavado que março costuma presentear no conurbano bonaerense, quando o calor pesado do verão começa a ceder e o ar, à tarde, se torna manso. Em Bella Vista, a que todos chamam com orgulho de Cidade da Árvore, as copas das tílias da rua Champagnat já amareleciam pouco a pouco, e algumas folhas caíam mansas sobre os paralelepípedos desiguais, como se elas também quisessem tomar seu tempo antes do outono definitivo. Mais adiante, sobre as calçadas estreitas das chácaras antigas, os jacarandás despidos de flor esperavam sua vez de primavera, pacientes, donos de uma promessa violeta que ainda faltavam meses para se cumprir.
Numa daquelas casas baixas da rua Champagnat, com parreiral no fundo e uma churrasqueira de tijolo enegrecida por gerações de domingos, Roque Miceli atiçava o fogo com a parcimônia de quem já leva meia vida fazendo o mesmo e não tem pressa de que se note o ofício. Roque, sessenta e dois anos, pança generosa sob o avental xadrez, mãos curtidas de tanto mexer nas brasas, era o dono da casa e, havia mais de quatro décadas, um dos amigos daquele grupo que se formara nas salas do Colégio Don Jaime, quando ele ainda existia, quando ainda tocava o sino às oito da manhã e as mães deixavam os filhos na calçada em frente.
Ao seu lado, com o baralho de cartas espanholas já gasto entre as mãos, Walter Iturralde — a quem ninguém chamava de outro jeito senão "o Colo", embora de loiro já não lhe restasse nem lembrança — distribuía a primeira mão de truco com a solenidade de um ritual sagrado. E diante dele, do outro lado da mesa de fórmica que um dia fora branca, estava Julio Morosini.
Cinquenta e oito anos, alto, de costas ainda firmes apesar da passagem do tempo, o cabelo grisalho e um olhar que parecia estar sempre calculando algo, ainda que naquele momento só estivesse calculando se o Colo tinha flor ou estava blefando. Julio Morosini, comissário aposentado da Polícia Federal e agora consultor itinerante para os casos que outros não conseguiam fechar, tinha se instalado de novo em Bella Vista em busca da calma que Buenos Aires já não lhe dava. Tinha o costume de levar um palito de dente à boca quando pensava a sério, e naquela tarde, com a mão de cartas ainda indefinida, o palito já dançava entre seus lábios.
Junto a ele, com uma taça de vinho tinto que mal havia tocado, estava o Padre Suncho, assim mesmo, sem outro nome além desse, porque em Bella Vista, em San Rafael, em Suncho Corral e em qualquer lugar onde tivesse posto os pés, ninguém o chamava de outra forma. O apelido não vinha do berço, e sim do destino: nascido e criado na própria Bella Vista, colega de carteira de Julio desde o jardim de infância até o último ano do Colégio Don Jaime, tinha se ordenado padre num seminário de San Rafael, Mendoza, e acabara designado a uma paróquia de Suncho Corral, Santiago del Estero, tão longe de tudo que o nome do povoado grudou na batina para sempre. Cinquenta e oito anos, a mesma idade de Julio, a pele curtida pelo sol santiaguenho, uns olhos escuros que pareciam ler mais do que as pessoas contavam, naquela tarde vestia uma camisa xadrez não muito diferente da de Roque, com a cruz de prata como única lembrança de sua vocação. De vez em quando dava uma escapada de sua paróquia e de seu colégio recém-fundado em Santiago del Estero para voltar à sua Bella Vista de sempre, ver os amigos de toda a vida, encontrar-se com as famílias e fundações que colaboravam com sua obra, e de passagem vender alguns sacos do carvão que lhe mandava um rapaz amigo de lá, tão parelho e tão limpo de fumaça que na região já o chamavam, meio de brincadeira meio a sério, de caviar dos carvões. Esse dinheiro, somado ao que juntavam as rifas e as doações, sustentava a paróquia e o colégio que com tanto esforço tinha erguido.
—Envido —disse o Colo, com a cara de pôquer mais falsa de todo o bairro.
—Quero —respondeu Julio, sem tirar o palito da boca, e virou de leve a cabeça para o Padre Suncho—. O senhor não joga, padre, ou está esperando que a gente pague a esmola com as fichas?
—Eu só olho, Julio. Olhar também é um ofício, e dos mais antigos —respondeu o padre, com aquele meio sorriso que sempre deixava a dúvida de se falava de brincadeira ou a sério.
Riram os quatro, e Roque aproveitou para virar um chouriço na grelha, enquanto o cheiro de gordura queimada e de lenha de espinilho se misturava com o perfume adocicado das glicínias que subiam pela cerca do fundo. Era esse tipo de tarde que Julio tinha ido buscar quando decidiu deixar Buenos Aires: amigos de toda a vida, vinho tinto da costa que Roque comprava aos engradados, cartas gastas, e nenhum cadáver esperando por ele do outro lado de um telefonema. Fazia meses que não resolvia nenhum caso, e não sentia tanta falta disso quanto todos supunham.
O som do motor foi ouvido por todos quase ao mesmo tempo, porque na rua Champagnat, àquela hora, o único que costumava passar eram bicicletas e um ou outro carro velho a caminho do clube. Mas esse motor era diferente: potente, apressado, com uma freada seca bem em frente à casa de Roque que fez latir dois cachorros da vizinhança. Uma porta se abriu com violência, e uns passos cruzaram depressa a calçada até bater no portão de entrada com os nós dos dedos, sem sequer esperar que alguém atendesse.
—Morosini! Julio Morosini, preciso falar com o senhor, urgente!
A voz vinha carregada de uma ansiedade que não combinava com a calma da tarde. Roque foi o primeiro a espiar, com a pinça ainda na mão, e não demorou a reconhecer, sob a luz que já começava a cair, a figura do homem que forçava a entrada sem que ninguém o tivesse convidado.
Era Hernán Bracco, o Prefeito de San Miguel.
Cinquenta e três anos, terno cinza que em qualquer outra circunstância teria ficado impecável mas que agora pendia desalinhado, gravata afrouxada como se ele mesmo a tivesse arrancado dentro do carro, a testa perlada de um suor que o frescor da tarde não justificava. Atrás dele, um segurança jovem tinha ficado parado junto ao carro oficial, sem saber muito bem o que fazer com as mãos nem com o olhar dos vizinhos que já começavam a espiar das calçadas em frente. Bracco entrou no quintal sem que ninguém acabasse de lhe dar licença, com aquele costume de quem está acostumado a que as portas se abram sozinhas quando se ocupa um cargo.
—Desculpem eu chegar assim, senhores, desculpem mesmo —disse, embora seu tom não soasse a desculpa, e sim a ordem mal disfarçada—. Mas preciso do comissário Morosini agora mesmo. É urgente. É muito, muito urgente.
Julio deixou as cartas viradas para baixo sobre a mesa, tirou o palito da boca com calma deliberada, quase provocadora, e cravou no Prefeito aquele olhar que tantas confissões já tinha arrancado ao longo dos anos sem necessidade de levantar a voz.
—Aposentado, Prefeito. Já não sou comissário de nada —disse—. E estamos no meio de uma mão de truco que, para sua informação, eu tinha ganhado.
—Por favor —insistiu Bracco, e algo no tremor dessa palavra fez até o Colo, sempre com uma piada à mão, ficar em silêncio—. Houve uma morte esta noite, na Quinta Los Tilos, durante uma gala que se estava fazendo para arrecadar fundos. Um acidente, dizem, mas eu não sei se acredito, e se isso for mal administrado, se isso vazar mal para a imprensa, pode acabar comigo, com minha gestão, com tudo o que estamos construindo no Município. Preciso de alguém de confiança que olhe isso antes que me escape das mãos. Me disseram que o senhor é o melhor. Me disseram que o senhor é o único com quem posso falar sem que isso vire um circo.
O silêncio que se seguiu foi apenas interrompido pelo crepitar das brasas. Julio olhou de soslaio para o Padre Suncho, que já tinha deixado a taça de vinho sobre a mesa com um gesto lento, quase cerimonial, como quem sabe que a noite recém-começada está prestes a tomar outro rumo.
—A Quinta Los Tilos —repetiu o padre, em voz baixa, como se o nome despertasse nele algo que ainda não conseguia situar direito—. Foi lá que funcionou o Don Jaime, Julio. A última sede.
Julio assentiu devagar, sentindo que o palito de dente, entre seus lábios, deixava de ser um gesto de sobremesa para voltar a ser, como tantas outras vezes, o primeiro sinal de que algo nele já tinha começado a pensar a sério. Olhou para Roque, que continuava com a pinça na mão sem saber se voltava ao chouriço ou o abandonava de vez. Olhou para o Colo, que pela primeira vez na tarde não tinha nenhuma piada preparada.
—Terminamos a mão depois, rapazes —disse, pondo-se de pé—. Padre, me acompanha?
—Aonde o senhor for, Julio —respondeu o Padre Suncho, já procurando a batina que tinha deixado pendurada no encosto de uma cadeira—. Afinal, o carvão pode esperar até amanhã. A justiça, ao que parece, não.
Saíram os dois juntos rumo ao carro oficial que esperava com o motor ligado, deixando para trás a churrasqueira fumegante, as cartas viradas para baixo sobre a mesa de fórmica e o vinho pela metade. Sobre suas cabeças, as copas das tílias da rua Champagnat balançavam de leve com a brisa da noite que começava a cair, indiferentes, como sempre, ao drama dos homens que passavam por baixo.
Il sabato si era svegliato con quel cielo lavato che marzo regala spesso nella periferia di Buenos Aires, quando il peso dell'estate comincia ad allentarsi e l'aria, nel pomeriggio, si fa mite. A Bella Vista, che tutti chiamano con orgoglio la Città dell'Albero, le chiome dei tigli di calle Champagnat ingiallivano già a poco a poco, e alcune foglie cadevano placide sui ciottoli sconnessi, come se anch'esse volessero prendersi il loro tempo prima dell'autunno definitivo. Più in là, sui marciapiedi stretti delle vecchie ville, i jacaranda spogli di fiori aspettavano il loro turno di primavera, pazienti, custodi di una promessa violacea che mancavano ancora mesi a mantenere.
In una di quelle case basse di calle Champagnat, con il pergolato d'uva sul retro e un braciere di mattoni annerito da generazioni di domeniche, Roque Miceli attizzava il fuoco con la calma di chi fa la stessa cosa da mezza vita e non ha alcuna fretta di dimostrare il mestiere. Roque, sessantadue anni, pancia generosa sotto il grembiule a quadri, mani indurite da tanto rimestare braci, era il padrone di casa e, da più di quattro decenni, uno degli amici di quel gruppo che si era formato tra i banchi del Colegio Don Jaime, quando ancora esisteva, quando ancora suonava la campanella alle otto del mattino e le madri lasciavano i figli sul marciapiede di fronte.
Accanto a lui, con il mazzo di carte spagnole ormai consumato tra le mani, Walter Iturralde — che nessuno chiamava altrimenti se non "el Colo", anche se del biondo non gli restava più nemmeno il ricordo — distribuiva la prima mano di truco con la solennità di un rito sacro. E di fronte a lui, dall'altro lato del tavolo di formica che un tempo era stato bianco, sedeva Julio Morosini.
Cinquantotto anni, alto, le spalle ancora dritte nonostante il passare del tempo, i capelli brizzolati e uno sguardo che sembrava sempre stare calcolando qualcosa, anche se in quel momento stava solo calcolando se el Colo avesse flor o stesse bluffando. Julio Morosini, commissario in pensione della Policía Federal e ora consulente itinerante per i casi che altri non riuscivano a chiudere, si era di nuovo stabilito a Bella Vista in cerca di quella calma che Buenos Aires non gli dava più. Aveva l'abitudine di portarsi uno stuzzicadenti alla bocca quando pensava sul serio, e quel pomeriggio, con la mano di carte ancora indecisa, lo stuzzicadenti già gli danzava tra le labbra.
Accanto a lui, con un bicchiere di vino rosso che aveva appena sfiorato, sedeva Padre Suncho, così, senza altro nome che questo, perché a Bella Vista, a San Rafael, a Suncho Corral e in qualunque posto avesse mai messo piede, nessuno lo chiamava in altro modo. Il soprannome non veniva dalla culla ma dal destino: nato e cresciuto proprio a Bella Vista, compagno di banco di Julio dall'asilo fino all'ultimo anno del Colegio Don Jaime, si era ordinato sacerdote in un seminario di San Rafael, Mendoza, ed era finito destinato a una parrocchia di Suncho Corral, Santiago del Estero, così lontana da tutto che il nome del paese gli era rimasto attaccato alla tonaca per sempre. Cinquantotto anni, la stessa età di Julio, la pelle indurita dal sole santiagueño, occhi scuri che sembravano leggere più di quanto la gente raccontasse; quel pomeriggio indossava una camicia a quadri non troppo diversa da quella di Roque, con la croce d'argento come unico ricordo della sua vocazione. Ogni tanto si concedeva una fuga dalla sua parrocchia e dalla scuola appena fondata a Santiago del Estero per tornare alla sua Bella Vista di sempre, rivedere gli amici di una vita, incontrare le famiglie e le fondazioni che sostenevano la sua opera, e di passaggio vendere qualche sacco del carbone che gli mandava un amico di laggiù, così uniforme e così privo di fumo che in zona lo chiamavano già, mezzo per scherzo e mezzo sul serio, il caviale dei carboni. Quei soldi, sommati a quanto raccoglievano le lotterie e le donazioni, sostenevano la parrocchia e la scuola che con tanto sforzo aveva costruito.
—Envido — disse el Colo, con la faccia da poker più falsa di tutto il quartiere.
—Quiero — rispose Julio, senza togliersi lo stuzzicadenti dalla bocca, e girò appena la testa verso Padre Suncho —. Lei non gioca, padre, o sta aspettando che le paghiamo l'elemosina con le fiches?
—Io guardo e basta, Julio. Anche guardare è un mestiere, e dei più antichi — rispose il prete, con quel mezzo sorriso che lasciava sempre il dubbio se stesse scherzando o parlando sul serio.
Risero tutti e quattro, e Roque ne approfittò per girare un chorizo sulla griglia, mentre l'odore di grasso bruciato e legna di spinillo si mescolava al profumo dolciastro dei glicini che si arrampicavano sulla rete metallica in fondo al cortile. Era proprio il tipo di pomeriggio che Julio era andato a cercare quando aveva deciso di lasciare Buenos Aires: amici di una vita, vino rosso della costa che Roque comprava a casse intere, carte consumate, e nessun cadavere ad aspettarlo dall'altra parte di una telefonata. Erano mesi che non risolveva nessun caso, e non gli mancava quanto tutti immaginavano.
Il rumore del motore lo sentirono quasi tutti insieme, perché su calle Champagnat, a quell'ora, l'unica cosa che di solito passava erano biciclette e qualche vecchia auto diretta al club. Ma questo motore era diverso: potente, frettoloso, con una frenata secca proprio davanti alla casa di Roque che fece abbaiare due cani del vicinato. Una portiera si aprì con violenza, e dei passi attraversarono rapidi il marciapiede fino a battere sul portone d'ingresso con le nocche, senza nemmeno aspettare che qualcuno rispondesse.
—Morosini! Julio Morosini, devo parlarle, è urgente!
La voce era carica di un'ansia che non si intonava con la calma del pomeriggio. Roque si affacciò per primo, con le pinze ancora in mano, e non tardò a riconoscere, sotto la luce che già cominciava a calare, la figura dell'uomo che forzava l'ingresso senza che nessuno lo avesse invitato.
Era Hernán Bracco, il Sindaco di San Miguel.
Cinquantatré anni, abito grigio che in qualunque altra circostanza sarebbe apparso impeccabile ma che ora pendeva sgualcito, cravatta allentata come se se la fosse strappata lui stesso in macchina, la fronte imperlata di un sudore che il fresco del pomeriggio non giustificava. Dietro di lui, una giovane guardia del corpo era rimasta ferma accanto all'auto ufficiale, senza sapere bene cosa fare con le mani né con lo sguardo dei vicini che già cominciavano ad affacciarsi dai marciapiedi di fronte. Bracco entrò nel cortile senza aspettare che qualcuno gli desse il permesso, con quell'abitudine di chi è avvezzo a vedere le porte aprirsi da sole quando porta addosso una carica.
—Scusate se piombo così, signori, scusatemi davvero — disse, anche se il suo tono non suonava come una scusa ma come un ordine appena camuffato —. Ma ho bisogno del commissario Morosini subito. È urgente. È molto, molto urgente.
Julio posò le carte a faccia in giù sul tavolo, si tolse lo stuzzicadenti dalla bocca con calma deliberata, quasi provocatoria, e piantò addosso al Sindaco quello sguardo che negli anni aveva strappato tante confessioni senza mai bisogno di alzare la voce.
—In pensione, signor Sindaco. Non sono più commissario di niente — disse —. E siamo nel bel mezzo di una mano di truco che, per sua informazione, l'avevo già vinta.
—La prego — insistette Bracco, e qualcosa nel tremito di quella parola fece tacere persino el Colo, sempre pronto con una battuta —. Questa notte c'è stata una morte, alla Quinta Los Tilos, durante una gala di beneficenza che si stava organizzando per raccogliere fondi. Un incidente, dicono, ma io non so se crederci, e se questa storia viene gestita male, se trapela male alla stampa, può finire con me, con la mia amministrazione, con tutto quello che stiamo costruendo nel Municipio. Ho bisogno di qualcuno di fiducia che dia un'occhiata prima che mi sfugga di mano. Mi hanno detto che lei è il migliore. Mi hanno detto che è l'unico con cui posso parlare senza che questo diventi un circo.
Il silenzio che seguì fu appena interrotto dallo scoppiettio delle braci. Julio guardò di sottecchi Padre Suncho, che aveva già posato il bicchiere di vino sul tavolo con un gesto lento, quasi cerimoniale, come chi sa che la serata appena iniziata sta per prendere un'altra direzione.
—La Quinta Los Tilos — ripeté il prete, a voce bassa, come se quel nome gli risvegliasse qualcosa che ancora non riusciva a collocare —. Lì funzionava il Don Jaime, Julio. L'ultima sede.
Julio annuì lentamente, sentendo che lo stuzzicadenti, tra le sue labbra, smetteva di essere un gesto da sovratavola per tornare a essere, come tante altre volte, il primo segnale che qualcosa dentro di lui si era già messo a pensare sul serio. Guardò Roque, che continuava con le pinze in mano senza sapere se tornare al chorizo o abbandonarlo del tutto. Guardò el Colo, che per la prima volta in tutto il pomeriggio non aveva nessuna battuta pronta.
—Finiamo la mano dopo, ragazzi — disse, alzandosi in piedi —. Padre, mi accompagna?
—Dovunque lei vada, Julio — rispose Padre Suncho, già cercando la tonaca che aveva lasciato appesa allo schienale di una sedia —. In fondo, il carbone può aspettare fino a domani. La giustizia, a quanto pare, no.
Uscirono insieme verso l'auto ufficiale che aspettava con il motore acceso, lasciandosi alle spalle la griglia fumante, le carte a faccia in giù sul tavolo di formica e il vino bevuto a metà. Sopra le loro teste, le chiome dei tigli di calle Champagnat ondeggiavano appena nella brezza della sera che scendeva, indifferenti, come sempre, al dramma degli uomini che passavano di sotto.
Le samedi s'était levé sous ce ciel lavé que sait offrir le mois de mars dans la banlieue de Buenos Aires, quand la lourde chaleur de l'été commence à céder et que l'air, en fin d'après-midi, se fait doux. À Bella Vista, que tous surnomment avec fierté la Ville de l'Arbre, les cimes des tilleuls de la rue Champagnat jaunissaient déjà peu à peu, et quelques feuilles tombaient tranquillement sur les pavés inégaux, comme si elles aussi voulaient prendre leur temps avant l'automne définitif. Plus loin, sur les trottoirs étroits des vieilles maisons de campagne, les jacarandas dénudés de leurs fleurs attendaient leur tour, patients, porteurs d'une promesse violette qu'il leur restait encore des mois à tenir.
Dans l'une de ces maisons basses de la rue Champagnat, avec sa treille au fond du jardin et son barbecue de brique noirci par des générations de dimanches, Roque Miceli attisait le feu avec la lenteur de celui qui fait la même chose depuis la moitié de sa vie et n'est pas pressé qu'on remarque son savoir-faire. Roque, soixante-deux ans, bedaine généreuse sous son tablier à carreaux, mains tannées à force de remuer les braises, était le maître de maison et, depuis plus de quatre décennies, l'un des amis de ce groupe qui s'était formé dans les salles du Collège Don Jaime, du temps où il existait encore, du temps où la cloche sonnait encore à huit heures du matin et où les mères déposaient leurs enfants sur le trottoir d'en face.
À côté de lui, le jeu de cartes espagnoles déjà usé entre les mains, Walter Iturralde — que personne n'appelait autrement que « le Colo », bien qu'il ne lui restât plus rien de blond, pas même le souvenir — distribuait la première donne de truco avec la solennité d'un rituel sacré. Et en face de lui, de l'autre côté de la table en formica qui avait autrefois été blanche, se tenait Julio Morosini.
Cinquante-huit ans, grand, les épaules encore fermes malgré le poids des années, les cheveux poivre et sel et un regard qui semblait toujours en train de calculer quelque chose, même si à cet instant il ne calculait rien de plus que de savoir si le Colo avait une flor ou bluffait. Julio Morosini, commissaire retraité de la Police Fédérale et désormais consultant itinérant pour les affaires que d'autres ne parvenaient pas à résoudre, s'était réinstallé à Bella Vista en quête du calme que Buenos Aires ne lui offrait plus. Il avait pour habitude de porter un cure-dent à la bouche quand il réfléchissait sérieusement, et cet après-midi-là, sa main de cartes encore indécise, le cure-dent dansait déjà entre ses lèvres.
À côté de lui, un verre de vin rouge à peine entamé, se tenait le Père Suncho, ainsi, sans autre nom que celui-là, parce qu'à Bella Vista, à San Rafael, à Suncho Corral et partout où il avait posé le pied, personne ne l'appelait autrement. Le surnom ne venait pas de son berceau mais de son destin : né et élevé à Bella Vista même, compagnon de banc de Julio depuis la maternelle jusqu'à la dernière année du Collège Don Jaime, il s'était fait ordonner prêtre dans un séminaire de San Rafael, à Mendoza, et avait fini affecté à une paroisse de Suncho Corral, à Santiago del Estero, si loin de tout que le nom du village s'était collé à sa soutane pour toujours. Cinquante-huit ans, le même âge que Julio, la peau tannée par le soleil de Santiago, des yeux sombres qui semblaient lire plus que ce que les gens racontaient, il portait ce soir-là une chemise à carreaux pas très différente de celle de Roque, avec pour seul rappel de sa vocation une croix d'argent. De temps à autre, il s'échappait de sa paroisse et de son collège tout juste fondé à Santiago del Estero pour revenir dans sa Bella Vista de toujours, revoir les amis de toute une vie, retrouver les familles et les fondations qui soutenaient son œuvre, et vendre au passage quelques sacs du charbon que lui envoyait un ami de là-bas, si régulier et si peu fumeux que dans la région on l'appelait déjà, moitié en plaisantant moitié sérieusement, le caviar des charbons. Cet argent, ajouté à ce que rapportaient les tombolas et les dons, faisait vivre la paroisse et le collège qu'il avait bâtis à si grand-peine.
— Envido, dit le Colo, avec la mine de poker la plus fausse de tout le quartier.
— Je veux, répondit Julio, sans se retirer le cure-dent de la bouche, et il tourna à peine la tête vers le Père Suncho. Vous ne jouez pas, mon père, ou vous attendez qu'on vous paie l'aumône en jetons ?
— Moi, je regarde, Julio. Regarder aussi, c'est un métier, et l'un des plus anciens, répondit le curé, avec ce demi-sourire qui laissait toujours planer le doute : parlait-il pour rire ou sérieusement ?
Ils rirent tous les quatre, et Roque en profita pour retourner un chorizo sur le gril, tandis que l'odeur de graisse brûlée et de bois de mimosa se mêlait au parfum sucré des glycines qui grimpaient le long du grillage du fond. C'était ce genre d'après-midi que Julio était venu chercher en décidant de quitter Buenos Aires : des amis de toujours, du vin rouge de la côte que Roque achetait par caisses, des cartes usées, et aucun cadavre qui l'attendait au bout d'un coup de fil. Cela faisait des mois qu'il n'avait résolu aucune affaire, et cela ne lui manquait pas autant qu'on aurait pu le croire.
Le bruit du moteur, ils l'entendirent tous presque en même temps, car sur la rue Champagnat, à cette heure-là, il ne passait d'habitude que des bicyclettes et de temps en temps une vieille voiture en route vers le club. Mais ce moteur-là était différent : puissant, pressé, avec un coup de frein sec juste devant la maison de Roque qui fit aboyer deux chiens du voisinage. Une portière s'ouvrit avec violence, et des pas traversèrent rapidement le trottoir jusqu'à frapper le portail d'entrée à coups de poing, sans même attendre que quelqu'un vienne répondre.
— Morosini ! Julio Morosini, il faut que je vous parle, c'est urgent !
La voix était chargée d'une anxiété qui ne cadrait pas avec le calme de l'après-midi. Roque s'avança le premier, la pince encore à la main, et ne tarda pas à reconnaître, sous la lumière qui commençait déjà à baisser, la silhouette de l'homme qui forçait l'entrée sans que personne ne l'y eût invité.
C'était Hernán Bracco, le maire de San Miguel.
Cinquante-trois ans, costume gris qui en toute autre circonstance aurait eu fière allure mais qui pendait maintenant tout débraillé, cravate desserrée comme s'il se l'était arrachée lui-même dans la voiture, le front perlé d'une sueur que la fraîcheur du soir ne justifiait pas. Derrière lui, un jeune garde du corps était resté planté près de la voiture officielle, ne sachant trop que faire de ses mains ni où poser son regard face aux voisins qui commençaient déjà à se montrer sur les trottoirs d'en face. Bracco entra dans le patio sans que personne n'ait fini de lui en donner la permission, avec cette habitude propre à celui qui a l'habitude que les portes s'ouvrent d'elles-mêmes dès qu'il porte un titre.
— Excusez-moi de faire irruption ainsi, messieurs, vraiment, excusez-moi, dit-il, bien que son ton ne sonnât pas comme des excuses mais comme un ordre à peine déguisé. Mais j'ai besoin du commissaire Morosini tout de suite. C'est urgent. C'est très, très urgent.
Julio posa ses cartes face contre la table, retira le cure-dent de sa bouche avec un calme délibéré, presque provocateur, et planta sur le maire ce regard qui, au fil des années, avait arraché tant d'aveux sans qu'il eût jamais besoin d'élever la voix.
— Retraité, monsieur le maire. Je ne suis plus commissaire de rien du tout, dit-il. Et nous sommes en pleine partie de truco que, pour votre information, j'avais gagnée.
— Je vous en prie, insista Bracco, et quelque chose dans le tremblement de ce mot fit taire jusqu'au Colo, pourtant toujours prêt à sortir une blague. Il y a eu une mort cette nuit, à la Quinta Los Tilos, pendant un gala qu'on organisait pour récolter des fonds. Un accident, à ce qu'on dit, mais je ne sais pas si je dois le croire, et si cette affaire est mal gérée, si elle fuite mal vers la presse, ça peut me couler, couler ma gestion, couler tout ce qu'on est en train de construire dans la municipalité. J'ai besoin de quelqu'un de confiance qui examine ça avant que ça ne m'échappe des mains. On m'a dit que vous étiez le meilleur. On m'a dit que vous étiez le seul avec qui je pouvais parler sans que ça tourne au cirque.
Le silence qui suivit ne fut interrompu que par le crépitement des braises. Julio jeta un regard en coin au Père Suncho, qui avait déjà reposé son verre de vin sur la table d'un geste lent, presque cérémonial, comme quelqu'un qui sait que la soirée à peine commencée est sur le point de prendre un autre tour.
— La Quinta Los Tilos, répéta le curé à voix basse, comme si ce nom réveillait en lui quelque chose qu'il n'arrivait pas encore tout à fait à situer. C'est là qu'a fonctionné le Don Jaime, Julio. Son dernier siège.
Julio hocha lentement la tête, sentant que le cure-dent, entre ses lèvres, cessait d'être un geste de fin de repas pour redevenir, comme tant de fois auparavant, le premier signe que quelque chose en lui s'était déjà mis à réfléchir sérieusement. Il regarda Roque, qui restait la pince à la main, sans savoir s'il devait retourner au chorizo ou l'abandonner tout à fait. Il regarda le Colo, qui pour la première fois de l'après-midi n'avait aucune blague en réserve.
— On finira la partie plus tard, les gars, dit-il en se levant. Mon père, vous m'accompagnez ?
— Où que vous alliez, Julio, répondit le Père Suncho, cherchant déjà la soutane qu'il avait laissée accrochée au dossier d'une chaise. De toute façon, le charbon peut attendre jusqu'à demain. La justice, elle, semble-t-il, non.
Ils sortirent tous les deux ensemble vers la voiture officielle qui attendait moteur allumé, laissant derrière eux le gril fumant, les cartes face contre la table en formica et le vin à moitié bu. Au-dessus de leurs têtes, les cimes des tilleuls de la rue Champagnat se balançaient à peine sous la brise du soir qui commençait à tomber, indifférentes, comme toujours, au drame des hommes qui passaient dessous.
Del cuaderno de Julio MorosiniFrom Julio Morosini's notebookDo caderno de Julio MorosiniDal quaderno di Julio MorosiniDu carnet de Julio Morosini
Hay noches que uno elige y noches que lo eligen a uno. Esta empezó como las que yo elijo: asado, vino, amigos de toda la vida y una mano de truco que, dicho sea de paso, tenía ganada. Terminó como las que me eligen a mí: con un Intendente sudando en la vereda y una palabra, Quinta Los Tilos, que el padre Suncho pronunció como quien nombra un lugar sagrado.
Todavía no sé qué pasó esta noche en esa quinta. Pero ya sé una cosa, y la anoto acá porque después, cuando el caso se complique, quiero poder volver a leerla: cuando un hombre con poder llega de prepo y con miedo, casi siempre no le teme tanto a la verdad en sí, sino a lo que la verdad puede costarle. Y ese miedo, más que cualquier otra pista, suele ser el primer testigo del caso.
Vamos ahora mismo hacia esa quinta, donde funcionó, en su última sede, el Colegio Don Jaime, el mismo donde aprendí a leer, a sumar y, sin saberlo entonces, a desconfiar con respeto. Habrá que ver qué más quedó en pie, además de los recuerdos.
There are nights a man chooses and nights that choose him. This one started as the kind I choose: asado, wine, lifelong friends, and a hand of truco that, incidentally, I had won. It ended as the kind that choose me: with a mayor sweating on the sidewalk and a phrase, Quinta Los Tilos, that Father Suncho spoke the way a man names something sacred.
I still don't know what happened tonight at that estate. But I already know one thing, and I'm writing it down here because later, when the case gets complicated, I want to be able to come back and read it: when a man with power arrives uninvited and afraid, more often than not he isn't so afraid of the truth itself, but of what the truth might cost him. And that fear, more than any other clue, tends to be the case's first witness.
We're heading now to that estate, where Colegio Don Jaime once stood, in its last building, the same school where I learned to read, to add, and, without knowing it then, to distrust with respect. We'll have to see what else is still standing there, besides the memories.
Há noites que a gente escolhe e noites que escolhem a gente. Esta começou como as que eu escolho: churrasco, vinho, amigos de toda a vida e uma mão de truco que, aliás, eu tinha ganhado. Terminou como as que me escolhem: com um Prefeito suando na calçada e uma palavra, Quinta Los Tilos, que o padre Suncho pronunciou como quem nomeia um lugar sagrado.
Ainda não sei o que aconteceu esta noite naquela chácara. Mas já sei uma coisa, e anoto aqui porque depois, quando o caso complicar, quero poder voltar a lê-la: quando um homem com poder chega afobado e com medo, quase sempre não teme tanto a verdade em si, mas o que a verdade pode lhe custar. E esse medo, mais do que qualquer outra pista, costuma ser a primeira testemunha do caso.
Vamos agora mesmo até essa chácara, onde funcionou, em sua última sede, o Colégio Don Jaime, o mesmo onde aprendi a ler, a somar e, sem saber ainda, a desconfiar com respeito. Será preciso ver o que mais restou de pé, além das lembranças.
Ci sono notti che uno sceglie e notti che scelgono lui. Questa è cominciata come quelle che scelgo io: asado, vino, amici di una vita e una mano di truco che, detto per inciso, avevo vinta. È finita come quelle che scelgono me: con un Sindaco che sudava sul marciapiede e una parola, Quinta Los Tilos, che padre Suncho ha pronunciato come chi nomina un luogo sacro.
Non so ancora cosa sia successo stanotte in quella quinta. Ma una cosa già la so, e la annoto qui perché più avanti, quando il caso si complicherà, voglio poterla rileggere: quando un uomo di potere arriva di prepotenza e con paura, quasi sempre non teme tanto la verità in sé, quanto quello che la verità può costargli. E quella paura, più di qualsiasi altro indizio, è di solito il primo testimone del caso.
Andiamo proprio ora verso quella quinta, dove funzionava, nella sua ultima sede, il Colegio Don Jaime, lo stesso dove ho imparato a leggere, a fare i conti e, senza saperlo allora, a diffidare con rispetto. Bisognerà vedere cos'altro è rimasto in piedi, oltre ai ricordi.
Il y a des nuits qu'on choisit et des nuits qui nous choisissent. Celle-ci a commencé comme celles que je choisis : un asado, du vin, des amis de toujours et une partie de truco que, soit dit en passant, j'avais gagnée. Elle s'est terminée comme celles qui me choisissent : avec un maire en sueur sur le trottoir et un mot, Quinta Los Tilos, que le père Suncho a prononcé comme on nomme un lieu sacré.
Je ne sais pas encore ce qui s'est passé cette nuit dans cette propriété. Mais je sais déjà une chose, et je la note ici parce que plus tard, quand l'affaire se compliquera, je voudrai pouvoir la relire : quand un homme de pouvoir débarque à l'improviste et apeuré, ce n'est presque jamais la vérité elle-même qu'il craint tant, mais ce qu'elle peut lui coûter. Et cette peur, plus que n'importe quel autre indice, est souvent le premier témoin de l'affaire.
Allons-y tout de suite, vers cette propriété où a fonctionné, dans son dernier siège, le Collège Don Jaime, celui-là même où j'ai appris à lire, à compter et, sans le savoir alors, à me méfier avec respect. Il faudra voir ce qu'il en reste debout, en dehors des souvenirs.