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Índice

La Quinta de los Tilos

  1. 01Truco bajo los tilosTruco Under the LindensTruco à sombra das tíliasTruco sotto i tigliUne partie de truco sous les tilleuls
  2. 02La escalera de maderaThe Wooden StaircaseA escada de madeiraLa scala di legnoL'escalier de bois
  3. 03Rostros bajo la misma luzFaces Under the Same LightRostos sob a mesma luzVolti sotto la stessa luceDes visages sous la même lumière
  4. 04La luz de la capillaThe Chapel LightA luz da capelaLa luce della cappellaLa lumière de la chapelle
  5. 05Los papeles del escritorioThe Papers on the DeskOs papéis da escrivaninhaLe carte della scrivaniaLes papiers du bureau
  6. 06La discusión que nadie quería contarThe Argument Nobody Wanted to MentionA discussão que ninguém queria contarLa discussione che nessuno voleva raccontareLa dispute que personne ne voulait raconter
  7. 07El caviar de los carbonesThe Caviar of CharcoalsO caviar dos carvõesIl caviale dei carboniLe caviar des charbons
  8. 08El silencio de MercedesMercedes's SilenceO silêncio de MercedesIl silenzio di MercedesLe silence de Mercedes
  9. 09La campanaThe BellO sinoLa campanaLa cloche
  10. 10Una sombra en la vereda de enfrenteA Shadow on the Sidewalk Across the StreetUma sombra na calçada em frenteUn'ombra sul marciapiede di fronteUne ombre sur le trottoir d'en face
  11. 11El expediente que nadie quiere mostrarThe File Nobody Wants to ShowO expediente que ninguém quer mostrarIl fascicolo che nessuno vuole mostrareLe dossier que personne ne veut montrer
  12. 12El secreto de CasianoCasiano's SecretO segredo de CasianoIl segreto di CasianoLe secret de Casiano
  13. 13Lo que Rosario no quiere decirWhat Rosario Won't SayO que Rosario não quer dizerQuello che Rosario non vuole direCe que Rosario ne veut pas dire
  14. 14Presión desde la IntendenciaPressure from the Mayor's OfficePressão da PrefeituraPressione dal MunicipioPression depuis la mairie
  15. 15Mate y silencioMate and SilenceMate e silêncioMate e silenzioMaté et silence
  16. 16El hombre de las torresThe Man of the TowersO homem das torresL'uomo delle torriL'homme des tours
  17. 17Números que no cierranNumbers That Don't Add UpNúmeros que não fechamNumeri che non tornanoDes chiffres qui ne collent pas
  18. 18La llamada de EscobarThe Call from EscobarA ligação de EscobarLa chiamata da EscobarL'appel d'Escobar
  19. 19El secreto de Leandro CuresLeandro Cures's SecretO segredo de Leandro CuresIl segreto di Leandro CuresLe secret de Leandro Cures
  20. 20Lo que vio RosarioWhat Rosario SawO que Rosario viuQuello che ha visto RosarioCe que Rosario a vu
  21. 21La ventana del confesionarioThe Confessional WindowA janela do confessionárioLa finestra del confessionaleLa fenêtre du confessionnal
  22. 22La reconstrucciónThe ReconstructionA reconstituiçãoLa ricostruzioneLa reconstitution
  23. 23Como un amigo, no como un confesorAs a Friend, Not as a ConfessorComo um amigo, não como um confessorCome un amico, non come un confessoreComme un ami, pas comme un confesseur
  24. 24La segunda vezThe Second TimeA segunda vezLa seconda voltaLa seconde fois
  25. 25El nombre detrás de la consultoraThe Name Behind the ConsultancyO nome por trás da consultoriaIl nome dietro la consulenteLe nom derrière le cabinet de conseil
  26. 26Lo que Casiano no quiso contarWhat Casiano Didn't Want to SayO que Casiano não quis contarQuello che Casiano non voleva raccontareCe que Casiano n'avait pas voulu dire
  27. 27La última entrevistaThe Last InterviewA última entrevistaL'ultimo interrogatorioLe dernier entretien
  28. 28La confesiónThe ConfessionA confissãoLa confessioneLa confession
  29. 29TransparenciaTransparencyTransparênciaTrasparenzaTransparence
  30. 30Lo que quedó pendienteWhat Was Left UnfinishedO que ficou pendenteCiò che restava in sospesoCe qui restait en suspens
  31. 31El Centro Cultural Don JaimeThe Don Jaime Cultural CenterO Centro Cultural Don JaimeIl Centro Culturale Don JaimeLe Centre culturel Don Jaime

EMDAI — Relatos donde los vínculos humanos tienen la última palabra

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Capítulo 01

Truco bajo los tilosTruco Under the LindensTruco à sombra das tíliasTruco sotto i tigliUne partie de truco sous les tilleuls

El sábado había amanecido con ese cielo lavado que suele regalar marzo en el conurbano bonaerense, cuando el calor pesado del verano empieza a aflojar y el aire, por las tardes, se vuelve manso. En Bella Vista, la que todos llaman con orgullo la Ciudad del Árbol, las copas de los tilos de la calle Champagnat ya amarilleaban de a poco, y algunas hojas caían mansas sobre los adoquines desparejos, como si también ellas quisieran tomarse su tiempo antes del otoño definitivo. Más allá, sobre las veredas angostas de las quintas viejas, los jacarandás desnudos de flor esperaban su turno de primavera, pacientes, dueños de una promesa violeta que todavía faltaban meses para cumplir.

En una de esas casas bajas de la calle Champagnat, con parral en el fondo y un asador de ladrillo ennegrecido por generaciones de domingos, Roque Miceli atizaba el fuego con la parsimonia de quien lleva media vida haciendo lo mismo y no tiene apuro en que se note el oficio. Roque, sesenta y dos años, panza generosa bajo el delantal a cuadros, manos curtidas de tanto revolver brasas, era el dueño de casa y, desde hacía más de cuatro décadas, uno de los amigos de aquel grupo que se había formado en las aulas del Colegio Don Jaime, cuando todavía existía, cuando todavía sonaba el timbre a las ocho de la mañana y las madres dejaban a sus hijos en la vereda de enfrente.

A su lado, con el mazo de cartas españolas ya gastado entre las manos, Walter Iturralde —a quien nadie llamaba de otra forma que "el Colo", aunque de rubio ya no le quedara ni el recuerdo— repartía la primera mano de truco con la solemnidad de un ritual sagrado. Y frente a él, del otro lado de la mesa de fórmica que alguna vez había sido blanca, estaba Julio Morosini.

Cincuenta y ocho años, alto, de espaldas todavía firmes a pesar del paso del tiempo, el pelo entrecano y una mirada que parecía siempre estar calculando algo, aunque en ese momento solo estuviera calculando si el Colo tenía flor o estaba tirando faroles. Julio Morosini, comisario retirado de la Policía Federal y ahora consultor itinerante para los casos que otros no lograban cerrar, se había instalado de nuevo en Bella Vista buscando la calma que Buenos Aires ya no le daba. Tenía la costumbre de llevarse un palillo de dientes a la boca cuando pensaba en serio, y esa tarde, con la mano de cartas todavía sin definir, el palillo ya bailaba entre sus labios.

Junto a él, con una copa de vino tinto que apenas había tocado, estaba el Padre Suncho, así, sin más nombre que ese, porque en Bella Vista, en San Rafael, en Suncho Corral y en cualquier lugar donde hubiera puesto un pie, nadie lo llamaba de otra manera. El apodo no venía de su cuna sino de su destino: nacido y criado en la propia Bella Vista, compañero de banco de Julio desde el jardín hasta el último año del Colegio Don Jaime, se había ordenado sacerdote en un seminario de San Rafael, Mendoza, y terminó destinado a una parroquia de Suncho Corral, Santiago del Estero, tan lejos de todo que el nombre del pueblo se le pegó a la sotana para siempre. Cincuenta y ocho años, la misma edad de Julio, la piel curtida por el sol santiagueño, unos ojos oscuros que parecían leer más de lo que la gente contaba, esa tarde vestía una camisa a cuadros no muy distinta de la de Roque, con la cruz de plata como único recordatorio de su vocación. Cada tanto se daba una escapada de su parroquia y de su colegio recién fundado en Santiago del Estero para volver a su Bella Vista de siempre, ver a los amigos de toda la vida, encontrarse con las familias y fundaciones que colaboraban con su obra, y de paso vender algunos bolsones del carbón que le mandaba un chango amigo de allá, tan parejo y tan limpio de humo que en la zona ya le decían, medio en broma medio en serio, el caviar de los carbones. Esa plata, sumada a lo que juntaban las rifas y las donaciones, sostenía la parroquia y el colegio que con tanto esfuerzo había levantado.

—Envido —dijo el Colo, con la cara de póker más falsa de todo el barrio.

—Quiero —contestó Julio, sin sacarse el palillo de la boca, y giró apenas la cabeza hacia el Padre Suncho—. ¿Usted no juega, padre, o está esperando que le paguemos la limosna con las fichas?

—Yo miro nomás, Julio. Mirar también es un oficio, y de los más antiguos —contestó el cura, con esa media sonrisa que dejaba siempre la duda de si hablaba en joda o en serio.

Se rieron los cuatro, y Roque aprovechó para dar vuelta un chorizo en la parrilla, mientras el olor a grasa quemada y a leña de espinillo se mezclaba con el perfume dulzón de las glicinas que trepaban por el alambrado del fondo. Era esa clase de tarde que Julio había ido a buscar cuando decidió dejar Buenos Aires: amigos de toda la vida, vino tinto de la costa que Roque compraba de a cajones, cartas gastadas, y ningún cadáver esperándolo en la otra punta de una llamada. Hacía meses que no resolvía ningún caso, y no lo extrañaba tanto como todos suponían.

El sonido del motor lo escucharon todos casi al mismo tiempo, porque en la calle Champagnat, a esa hora, lo único que solía pasar eran bicicletas y algún que otro auto viejo camino al club. Pero este motor era distinto: potente, apurado, con un frenazo seco justo frente a la casa de Roque que hizo ladrar a dos perros del vecindario. Se abrió una puerta con violencia, y unos pasos cruzaron rápido la vereda hasta golpear el portón de entrada con los nudillos, sin esperar siquiera a que alguien atendiera.

—¡Morosini! ¡Julio Morosini, necesito hablar con usted, urgente!

La voz venía cargada de una ansiedad que no encajaba con la calma de la tarde. Roque se asomó primero, con la pinza todavía en la mano, y no tardó en reconocer, bajo la luz que ya empezaba a caer, la figura del hombre que forzaba la entrada sin que nadie lo hubiese invitado.

Era Hernán Bracco, el Intendente de San Miguel.

Cincuenta y tres años, traje gris que en cualquier otra circunstancia hubiese lucido impecable pero que ahora colgaba desprolijo, corbata aflojada como si se la hubiese arrancado él mismo en el auto, la frente perlada de un sudor que el frescor de la tarde no justificaba. Detrás suyo, un custodio joven se había quedado parado junto al auto oficial, sin saber muy bien qué hacer con las manos ni con la mirada de los vecinos que ya empezaban a asomarse desde las veredas de enfrente. Bracco entró al patio sin que nadie terminara de darle el permiso, con esa costumbre de quien está acostumbrado a que las puertas se abran solas cuando lleva puesto un cargo.

—Disculpen que me meta así, señores, discúlpenme de verdad —dijo, aunque su tono no sonaba a disculpa sino a orden apenas disfrazada—. Pero necesito al comisario Morosini ya mismo. Es urgente. Es muy, muy urgente.

Julio dejó las cartas boca abajo sobre la mesa, se sacó el palillo de la boca con calma deliberada, casi provocadora, y clavó en el Intendente esa mirada que tantas confesiones había arrancado a lo largo de los años sin necesidad de levantar la voz.

—Retirado, Intendente. Ya no soy comisario de nada —dijo—. Y estamos en medio de una mano de truco que, para su información, la tenía ganada.

—Por favor —insistió Bracco, y algo en el temblor de esa palabra hizo que hasta el Colo, siempre con un chiste a mano, se quedara en silencio—. Hubo una muerte esta noche, en la Quinta Los Tilos, durante una gala que se estaba haciendo para juntar fondos. Un accidente, dicen, pero yo no sé si creerlo, y si esto se maneja mal, si esto se filtra mal a la prensa, puede terminar conmigo, con mi gestión, con todo lo que venimos construyendo en el Municipio. Necesito a alguien de confianza que mire esto antes de que se me escape de las manos. Me dijeron que usted es el mejor. Me dijeron que usted es el único con quien puedo hablar sin que esto se convierta en un circo.

El silencio que siguió fue apenas interrumpido por el crepitar de las brasas. Julio miró de reojo al Padre Suncho, que ya había dejado la copa de vino sobre la mesa con un gesto lento, casi ceremonial, como quien sabe que la noche recién empezada está a punto de tomar otro rumbo.

—La Quinta Los Tilos —repitió el cura, en voz baja, como si el nombre le despertara algo que todavía no terminaba de ubicar—. Ahí funcionó el Don Jaime, Julio. La última sede.

Julio asintió despacio, sintiendo que el palillo de dientes, entre sus labios, dejaba de ser un gesto de sobremesa para volver a ser, como tantas otras veces, la primera señal de que algo en él ya se había puesto a pensar en serio. Miró a Roque, que seguía con la pinza en la mano sin saber si volver al chorizo o abandonarlo del todo. Miró al Colo, que por primera vez en la tarde no tenía ningún chiste preparado.

—Terminamos la mano después, muchachos —dijo, poniéndose de pie—. Padre, ¿me acompaña?

—Adonde vaya usted, Julio —contestó el Padre Suncho, ya buscando la sotana que había dejado colgada en el respaldo de una silla—. Total, el carbón puede esperar hasta mañana. La justicia, según parece, no.

Salieron los dos juntos hacia el auto oficial que esperaba con el motor encendido, dejando atrás el asador humeante, las cartas boca abajo sobre la mesa de fórmica y el vino a medio tomar. Sobre sus cabezas, las copas de los tilos de la calle Champagnat se mecían apenas con la brisa de la noche que empezaba a caer, indiferentes, como siempre, al drama de los hombres que pasaban debajo.

Saturday had dawned with that washed sky March likes to hand out in the Buenos Aires suburbs, when the heavy heat of summer starts to loosen its grip and the air, in the afternoons, turns gentle. In Bella Vista, the town everyone proudly calls the City of Trees, the linden crowns along Calle Champagnat were already yellowing bit by bit, and a few leaves drifted down onto the uneven cobblestones, as if they too wanted to take their time before autumn set in for good. Farther on, along the narrow sidewalks of the old country houses, the jacarandas stood bare of bloom, waiting their turn for spring, patient, holders of a violet promise still months from being kept.

In one of those low houses on Calle Champagnat, with a grapevine out back and a brick grill blackened by generations of Sundays, Roque Miceli stoked the fire with the unhurried care of a man who's spent half his life doing the same thing and feels no need to make a show of the skill. Roque, sixty-two years old, a generous belly under his checkered apron, hands weathered from decades of turning coals, was the man of the house and, for more than four decades now, one of the friends from that group that had come together in the classrooms of Colegio Don Jaime, back when it still existed, when the bell still rang at eight in the morning and mothers still left their children on the sidewalk across the street.

Beside him, the worn deck of Spanish cards already in hand, Walter Iturralde — whom nobody called anything but "el Colo," though not even a memory of blond hair remained on him — dealt the first hand of truco with the solemnity of a sacred ritual. And across from him, on the other side of the formica table that had once been white, sat Julio Morosini.

Fifty-eight years old, tall, his shoulders still firm despite the passing of time, hair going gray, and a gaze that always seemed to be calculating something, though at that moment it was only calculating whether el Colo had flor or was bluffing. Julio Morosini, a retired Federal Police commissioner and now a traveling consultant for the cases others couldn't close, had settled back into Bella Vista in search of the calm that Buenos Aires no longer gave him. He had a habit of putting a toothpick to his mouth when he was thinking hard, and that afternoon, with his hand of cards still undecided, the toothpick was already dancing between his lips.

Next to him, a glass of red wine barely touched, sat Father Suncho, just that, no other name, because in Bella Vista, in San Rafael, in Suncho Corral, and anywhere else he'd ever set foot, nobody called him anything else. The nickname hadn't come from his birthplace but from his destiny: born and raised right there in Bella Vista, Julio's deskmate from kindergarten through the last year of Colegio Don Jaime, he'd been ordained a priest at a seminary in San Rafael, Mendoza, and ended up assigned to a parish in Suncho Corral, Santiago del Estero, so far from everything that the town's name stuck to his cassock for good. Fifty-eight years old, the same age as Julio, his skin weathered by the Santiago sun, dark eyes that seemed to read more than people ever said out loud, that afternoon he wore a checkered shirt not so different from Roque's, with the silver cross the only reminder of his calling. Every so often he slipped away from his parish and his newly founded school in Santiago del Estero to come back to his own Bella Vista, to see his lifelong friends, to meet with the families and foundations that supported his work, and, while he was at it, to sell a few sacks of the charcoal a friend up there sent him, so even-burning and so clean of smoke that around town people had taken to calling it, half in jest and half in earnest, the caviar of charcoals. That money, along with what the raffles and donations brought in, was what kept the parish and the school he'd built with such effort afloat.

"Envido," said el Colo, wearing the phoniest poker face in the whole neighborhood.

"Quiero," Julio answered, without taking the toothpick from his mouth, and turned his head slightly toward Father Suncho. "You're not playing, Father, or are you waiting for us to pay the collection plate in chips?"

"I just watch, Julio. Watching's a trade too, and one of the oldest," the priest answered, with that half-smile that always left you wondering whether he was joking or dead serious.

All four of them laughed, and Roque took the chance to flip a chorizo on the grill, while the smell of scorched fat and espinillo firewood mixed with the sweet perfume of the wisteria climbing the back fence. It was the kind of afternoon Julio had come looking for when he decided to leave Buenos Aires: lifelong friends, red coastal wine that Roque bought by the crate, worn-out cards, and not a single corpse waiting for him on the other end of a phone call. He hadn't closed a case in months, and he didn't miss it half as much as everyone assumed.

They all heard the engine at almost the same moment, because on Calle Champagnat, at that hour, the only things that usually went by were bicycles and the odd old car on its way to the club. But this engine was different: powerful, urgent, braking hard right in front of Roque's house with a screech that set two neighborhood dogs barking. A door was flung open, and footsteps crossed the sidewalk fast, knuckles pounding the front gate without even waiting for anyone to answer.

"Morosini! Julio Morosini, I need to talk to you, it's urgent!"

The voice carried an anxiety that didn't fit the calm of the evening. Roque was the first to look up, tongs still in hand, and it didn't take him long to recognize, in the fading light, the figure of the man forcing his way in without anyone having invited him.

It was Hernán Bracco, the mayor of San Miguel.

Fifty-three years old, a gray suit that under any other circumstance would have looked impeccable but now hung on him rumpled, his tie loosened as if he'd yanked it off himself in the car, his forehead beaded with a sweat the cool of the evening didn't explain. Behind him, a young bodyguard had stayed by the official car, unsure what to do with his hands or with the stares of the neighbors already peering out from the sidewalks across the street. Bracco stepped into the yard before anyone had finished giving him leave to, with the habit of a man used to doors opening on their own once he mentions his office.

"Forgive me for barging in like this, gentlemen, I really am sorry," he said, though his tone sounded less like an apology than like an order barely dressed up as one. "But I need Commissioner Morosini right now. It's urgent. It's very, very urgent."

Julio set his cards face down on the table, took the toothpick from his mouth with deliberate, almost provocative calm, and fixed on the mayor that gaze that had pulled so many confessions out of people over the years without ever needing to raise his voice.

"Retired, Mayor. I'm not a commissioner of anything anymore," he said. "And we're in the middle of a hand of truco that, for your information, I had won."

"Please," Bracco insisted, and something in the tremor of that word made even el Colo, who always had a joke ready, fall silent. "There was a death tonight, at Quinta Los Tilos, during a gala they were holding to raise funds. An accident, they say, but I don't know if I believe it, and if this gets handled badly, if it leaks badly to the press, it could be the end of me, of my administration, of everything we've been building in the municipality. I need someone I trust to look at this before it slips out of my hands. They told me you're the best. They told me you're the only one I can talk to without this turning into a circus."

The silence that followed was broken only by the crackle of the coals. Julio glanced sideways at Father Suncho, who had already set his glass of wine down on the table with a slow, almost ceremonial gesture, like a man who knows the evening that had just begun was about to take a different course.

"Quinta Los Tilos," the priest repeated, low, as if the name were stirring something in him he hadn't quite placed yet. "That's where Don Jaime was, Julio. The last building it had."

Julio nodded slowly, feeling the toothpick between his lips stop being an after-dinner habit and become, once again, as it had so many other times, the first sign that something in him had already begun to think in earnest. He looked at Roque, still holding the tongs, unsure whether to go back to the chorizo or give up on it altogether. He looked at el Colo, who for the first time all evening had no joke ready.

"We'll finish the hand later, fellas," he said, getting to his feet. "Father, will you come with me?"

"Wherever you go, Julio," Father Suncho answered, already reaching for the cassock he'd left hanging on the back of a chair. "The charcoal can wait until tomorrow, after all. Justice, it seems, can't."

The two of them walked off together toward the official car waiting with its engine running, leaving behind the smoking grill, the cards face down on the formica table, and the wine half finished. Above their heads, the linden crowns of Calle Champagnat swayed faintly in the evening breeze beginning to settle in, indifferent, as always, to the drama of the men passing beneath them.

O sábado tinha amanhecido com aquele céu lavado que março costuma presentear no conurbano bonaerense, quando o calor pesado do verão começa a ceder e o ar, à tarde, se torna manso. Em Bella Vista, a que todos chamam com orgulho de Cidade da Árvore, as copas das tílias da rua Champagnat já amareleciam pouco a pouco, e algumas folhas caíam mansas sobre os paralelepípedos desiguais, como se elas também quisessem tomar seu tempo antes do outono definitivo. Mais adiante, sobre as calçadas estreitas das chácaras antigas, os jacarandás despidos de flor esperavam sua vez de primavera, pacientes, donos de uma promessa violeta que ainda faltavam meses para se cumprir.

Numa daquelas casas baixas da rua Champagnat, com parreiral no fundo e uma churrasqueira de tijolo enegrecida por gerações de domingos, Roque Miceli atiçava o fogo com a parcimônia de quem já leva meia vida fazendo o mesmo e não tem pressa de que se note o ofício. Roque, sessenta e dois anos, pança generosa sob o avental xadrez, mãos curtidas de tanto mexer nas brasas, era o dono da casa e, havia mais de quatro décadas, um dos amigos daquele grupo que se formara nas salas do Colégio Don Jaime, quando ele ainda existia, quando ainda tocava o sino às oito da manhã e as mães deixavam os filhos na calçada em frente.

Ao seu lado, com o baralho de cartas espanholas já gasto entre as mãos, Walter Iturralde — a quem ninguém chamava de outro jeito senão "o Colo", embora de loiro já não lhe restasse nem lembrança — distribuía a primeira mão de truco com a solenidade de um ritual sagrado. E diante dele, do outro lado da mesa de fórmica que um dia fora branca, estava Julio Morosini.

Cinquenta e oito anos, alto, de costas ainda firmes apesar da passagem do tempo, o cabelo grisalho e um olhar que parecia estar sempre calculando algo, ainda que naquele momento só estivesse calculando se o Colo tinha flor ou estava blefando. Julio Morosini, comissário aposentado da Polícia Federal e agora consultor itinerante para os casos que outros não conseguiam fechar, tinha se instalado de novo em Bella Vista em busca da calma que Buenos Aires já não lhe dava. Tinha o costume de levar um palito de dente à boca quando pensava a sério, e naquela tarde, com a mão de cartas ainda indefinida, o palito já dançava entre seus lábios.

Junto a ele, com uma taça de vinho tinto que mal havia tocado, estava o Padre Suncho, assim mesmo, sem outro nome além desse, porque em Bella Vista, em San Rafael, em Suncho Corral e em qualquer lugar onde tivesse posto os pés, ninguém o chamava de outra forma. O apelido não vinha do berço, e sim do destino: nascido e criado na própria Bella Vista, colega de carteira de Julio desde o jardim de infância até o último ano do Colégio Don Jaime, tinha se ordenado padre num seminário de San Rafael, Mendoza, e acabara designado a uma paróquia de Suncho Corral, Santiago del Estero, tão longe de tudo que o nome do povoado grudou na batina para sempre. Cinquenta e oito anos, a mesma idade de Julio, a pele curtida pelo sol santiaguenho, uns olhos escuros que pareciam ler mais do que as pessoas contavam, naquela tarde vestia uma camisa xadrez não muito diferente da de Roque, com a cruz de prata como única lembrança de sua vocação. De vez em quando dava uma escapada de sua paróquia e de seu colégio recém-fundado em Santiago del Estero para voltar à sua Bella Vista de sempre, ver os amigos de toda a vida, encontrar-se com as famílias e fundações que colaboravam com sua obra, e de passagem vender alguns sacos do carvão que lhe mandava um rapaz amigo de lá, tão parelho e tão limpo de fumaça que na região já o chamavam, meio de brincadeira meio a sério, de caviar dos carvões. Esse dinheiro, somado ao que juntavam as rifas e as doações, sustentava a paróquia e o colégio que com tanto esforço tinha erguido.

—Envido —disse o Colo, com a cara de pôquer mais falsa de todo o bairro.

—Quero —respondeu Julio, sem tirar o palito da boca, e virou de leve a cabeça para o Padre Suncho—. O senhor não joga, padre, ou está esperando que a gente pague a esmola com as fichas?

—Eu só olho, Julio. Olhar também é um ofício, e dos mais antigos —respondeu o padre, com aquele meio sorriso que sempre deixava a dúvida de se falava de brincadeira ou a sério.

Riram os quatro, e Roque aproveitou para virar um chouriço na grelha, enquanto o cheiro de gordura queimada e de lenha de espinilho se misturava com o perfume adocicado das glicínias que subiam pela cerca do fundo. Era esse tipo de tarde que Julio tinha ido buscar quando decidiu deixar Buenos Aires: amigos de toda a vida, vinho tinto da costa que Roque comprava aos engradados, cartas gastas, e nenhum cadáver esperando por ele do outro lado de um telefonema. Fazia meses que não resolvia nenhum caso, e não sentia tanta falta disso quanto todos supunham.

O som do motor foi ouvido por todos quase ao mesmo tempo, porque na rua Champagnat, àquela hora, o único que costumava passar eram bicicletas e um ou outro carro velho a caminho do clube. Mas esse motor era diferente: potente, apressado, com uma freada seca bem em frente à casa de Roque que fez latir dois cachorros da vizinhança. Uma porta se abriu com violência, e uns passos cruzaram depressa a calçada até bater no portão de entrada com os nós dos dedos, sem sequer esperar que alguém atendesse.

—Morosini! Julio Morosini, preciso falar com o senhor, urgente!

A voz vinha carregada de uma ansiedade que não combinava com a calma da tarde. Roque foi o primeiro a espiar, com a pinça ainda na mão, e não demorou a reconhecer, sob a luz que já começava a cair, a figura do homem que forçava a entrada sem que ninguém o tivesse convidado.

Era Hernán Bracco, o Prefeito de San Miguel.

Cinquenta e três anos, terno cinza que em qualquer outra circunstância teria ficado impecável mas que agora pendia desalinhado, gravata afrouxada como se ele mesmo a tivesse arrancado dentro do carro, a testa perlada de um suor que o frescor da tarde não justificava. Atrás dele, um segurança jovem tinha ficado parado junto ao carro oficial, sem saber muito bem o que fazer com as mãos nem com o olhar dos vizinhos que já começavam a espiar das calçadas em frente. Bracco entrou no quintal sem que ninguém acabasse de lhe dar licença, com aquele costume de quem está acostumado a que as portas se abram sozinhas quando se ocupa um cargo.

—Desculpem eu chegar assim, senhores, desculpem mesmo —disse, embora seu tom não soasse a desculpa, e sim a ordem mal disfarçada—. Mas preciso do comissário Morosini agora mesmo. É urgente. É muito, muito urgente.

Julio deixou as cartas viradas para baixo sobre a mesa, tirou o palito da boca com calma deliberada, quase provocadora, e cravou no Prefeito aquele olhar que tantas confissões já tinha arrancado ao longo dos anos sem necessidade de levantar a voz.

—Aposentado, Prefeito. Já não sou comissário de nada —disse—. E estamos no meio de uma mão de truco que, para sua informação, eu tinha ganhado.

—Por favor —insistiu Bracco, e algo no tremor dessa palavra fez até o Colo, sempre com uma piada à mão, ficar em silêncio—. Houve uma morte esta noite, na Quinta Los Tilos, durante uma gala que se estava fazendo para arrecadar fundos. Um acidente, dizem, mas eu não sei se acredito, e se isso for mal administrado, se isso vazar mal para a imprensa, pode acabar comigo, com minha gestão, com tudo o que estamos construindo no Município. Preciso de alguém de confiança que olhe isso antes que me escape das mãos. Me disseram que o senhor é o melhor. Me disseram que o senhor é o único com quem posso falar sem que isso vire um circo.

O silêncio que se seguiu foi apenas interrompido pelo crepitar das brasas. Julio olhou de soslaio para o Padre Suncho, que já tinha deixado a taça de vinho sobre a mesa com um gesto lento, quase cerimonial, como quem sabe que a noite recém-começada está prestes a tomar outro rumo.

—A Quinta Los Tilos —repetiu o padre, em voz baixa, como se o nome despertasse nele algo que ainda não conseguia situar direito—. Foi lá que funcionou o Don Jaime, Julio. A última sede.

Julio assentiu devagar, sentindo que o palito de dente, entre seus lábios, deixava de ser um gesto de sobremesa para voltar a ser, como tantas outras vezes, o primeiro sinal de que algo nele já tinha começado a pensar a sério. Olhou para Roque, que continuava com a pinça na mão sem saber se voltava ao chouriço ou o abandonava de vez. Olhou para o Colo, que pela primeira vez na tarde não tinha nenhuma piada preparada.

—Terminamos a mão depois, rapazes —disse, pondo-se de pé—. Padre, me acompanha?

—Aonde o senhor for, Julio —respondeu o Padre Suncho, já procurando a batina que tinha deixado pendurada no encosto de uma cadeira—. Afinal, o carvão pode esperar até amanhã. A justiça, ao que parece, não.

Saíram os dois juntos rumo ao carro oficial que esperava com o motor ligado, deixando para trás a churrasqueira fumegante, as cartas viradas para baixo sobre a mesa de fórmica e o vinho pela metade. Sobre suas cabeças, as copas das tílias da rua Champagnat balançavam de leve com a brisa da noite que começava a cair, indiferentes, como sempre, ao drama dos homens que passavam por baixo.

Il sabato si era svegliato con quel cielo lavato che marzo regala spesso nella periferia di Buenos Aires, quando il peso dell'estate comincia ad allentarsi e l'aria, nel pomeriggio, si fa mite. A Bella Vista, che tutti chiamano con orgoglio la Città dell'Albero, le chiome dei tigli di calle Champagnat ingiallivano già a poco a poco, e alcune foglie cadevano placide sui ciottoli sconnessi, come se anch'esse volessero prendersi il loro tempo prima dell'autunno definitivo. Più in là, sui marciapiedi stretti delle vecchie ville, i jacaranda spogli di fiori aspettavano il loro turno di primavera, pazienti, custodi di una promessa violacea che mancavano ancora mesi a mantenere.

In una di quelle case basse di calle Champagnat, con il pergolato d'uva sul retro e un braciere di mattoni annerito da generazioni di domeniche, Roque Miceli attizzava il fuoco con la calma di chi fa la stessa cosa da mezza vita e non ha alcuna fretta di dimostrare il mestiere. Roque, sessantadue anni, pancia generosa sotto il grembiule a quadri, mani indurite da tanto rimestare braci, era il padrone di casa e, da più di quattro decenni, uno degli amici di quel gruppo che si era formato tra i banchi del Colegio Don Jaime, quando ancora esisteva, quando ancora suonava la campanella alle otto del mattino e le madri lasciavano i figli sul marciapiede di fronte.

Accanto a lui, con il mazzo di carte spagnole ormai consumato tra le mani, Walter Iturralde — che nessuno chiamava altrimenti se non "el Colo", anche se del biondo non gli restava più nemmeno il ricordo — distribuiva la prima mano di truco con la solennità di un rito sacro. E di fronte a lui, dall'altro lato del tavolo di formica che un tempo era stato bianco, sedeva Julio Morosini.

Cinquantotto anni, alto, le spalle ancora dritte nonostante il passare del tempo, i capelli brizzolati e uno sguardo che sembrava sempre stare calcolando qualcosa, anche se in quel momento stava solo calcolando se el Colo avesse flor o stesse bluffando. Julio Morosini, commissario in pensione della Policía Federal e ora consulente itinerante per i casi che altri non riuscivano a chiudere, si era di nuovo stabilito a Bella Vista in cerca di quella calma che Buenos Aires non gli dava più. Aveva l'abitudine di portarsi uno stuzzicadenti alla bocca quando pensava sul serio, e quel pomeriggio, con la mano di carte ancora indecisa, lo stuzzicadenti già gli danzava tra le labbra.

Accanto a lui, con un bicchiere di vino rosso che aveva appena sfiorato, sedeva Padre Suncho, così, senza altro nome che questo, perché a Bella Vista, a San Rafael, a Suncho Corral e in qualunque posto avesse mai messo piede, nessuno lo chiamava in altro modo. Il soprannome non veniva dalla culla ma dal destino: nato e cresciuto proprio a Bella Vista, compagno di banco di Julio dall'asilo fino all'ultimo anno del Colegio Don Jaime, si era ordinato sacerdote in un seminario di San Rafael, Mendoza, ed era finito destinato a una parrocchia di Suncho Corral, Santiago del Estero, così lontana da tutto che il nome del paese gli era rimasto attaccato alla tonaca per sempre. Cinquantotto anni, la stessa età di Julio, la pelle indurita dal sole santiagueño, occhi scuri che sembravano leggere più di quanto la gente raccontasse; quel pomeriggio indossava una camicia a quadri non troppo diversa da quella di Roque, con la croce d'argento come unico ricordo della sua vocazione. Ogni tanto si concedeva una fuga dalla sua parrocchia e dalla scuola appena fondata a Santiago del Estero per tornare alla sua Bella Vista di sempre, rivedere gli amici di una vita, incontrare le famiglie e le fondazioni che sostenevano la sua opera, e di passaggio vendere qualche sacco del carbone che gli mandava un amico di laggiù, così uniforme e così privo di fumo che in zona lo chiamavano già, mezzo per scherzo e mezzo sul serio, il caviale dei carboni. Quei soldi, sommati a quanto raccoglievano le lotterie e le donazioni, sostenevano la parrocchia e la scuola che con tanto sforzo aveva costruito.

—Envido — disse el Colo, con la faccia da poker più falsa di tutto il quartiere.

—Quiero — rispose Julio, senza togliersi lo stuzzicadenti dalla bocca, e girò appena la testa verso Padre Suncho —. Lei non gioca, padre, o sta aspettando che le paghiamo l'elemosina con le fiches?

—Io guardo e basta, Julio. Anche guardare è un mestiere, e dei più antichi — rispose il prete, con quel mezzo sorriso che lasciava sempre il dubbio se stesse scherzando o parlando sul serio.

Risero tutti e quattro, e Roque ne approfittò per girare un chorizo sulla griglia, mentre l'odore di grasso bruciato e legna di spinillo si mescolava al profumo dolciastro dei glicini che si arrampicavano sulla rete metallica in fondo al cortile. Era proprio il tipo di pomeriggio che Julio era andato a cercare quando aveva deciso di lasciare Buenos Aires: amici di una vita, vino rosso della costa che Roque comprava a casse intere, carte consumate, e nessun cadavere ad aspettarlo dall'altra parte di una telefonata. Erano mesi che non risolveva nessun caso, e non gli mancava quanto tutti immaginavano.

Il rumore del motore lo sentirono quasi tutti insieme, perché su calle Champagnat, a quell'ora, l'unica cosa che di solito passava erano biciclette e qualche vecchia auto diretta al club. Ma questo motore era diverso: potente, frettoloso, con una frenata secca proprio davanti alla casa di Roque che fece abbaiare due cani del vicinato. Una portiera si aprì con violenza, e dei passi attraversarono rapidi il marciapiede fino a battere sul portone d'ingresso con le nocche, senza nemmeno aspettare che qualcuno rispondesse.

—Morosini! Julio Morosini, devo parlarle, è urgente!

La voce era carica di un'ansia che non si intonava con la calma del pomeriggio. Roque si affacciò per primo, con le pinze ancora in mano, e non tardò a riconoscere, sotto la luce che già cominciava a calare, la figura dell'uomo che forzava l'ingresso senza che nessuno lo avesse invitato.

Era Hernán Bracco, il Sindaco di San Miguel.

Cinquantatré anni, abito grigio che in qualunque altra circostanza sarebbe apparso impeccabile ma che ora pendeva sgualcito, cravatta allentata come se se la fosse strappata lui stesso in macchina, la fronte imperlata di un sudore che il fresco del pomeriggio non giustificava. Dietro di lui, una giovane guardia del corpo era rimasta ferma accanto all'auto ufficiale, senza sapere bene cosa fare con le mani né con lo sguardo dei vicini che già cominciavano ad affacciarsi dai marciapiedi di fronte. Bracco entrò nel cortile senza aspettare che qualcuno gli desse il permesso, con quell'abitudine di chi è avvezzo a vedere le porte aprirsi da sole quando porta addosso una carica.

—Scusate se piombo così, signori, scusatemi davvero — disse, anche se il suo tono non suonava come una scusa ma come un ordine appena camuffato —. Ma ho bisogno del commissario Morosini subito. È urgente. È molto, molto urgente.

Julio posò le carte a faccia in giù sul tavolo, si tolse lo stuzzicadenti dalla bocca con calma deliberata, quasi provocatoria, e piantò addosso al Sindaco quello sguardo che negli anni aveva strappato tante confessioni senza mai bisogno di alzare la voce.

—In pensione, signor Sindaco. Non sono più commissario di niente — disse —. E siamo nel bel mezzo di una mano di truco che, per sua informazione, l'avevo già vinta.

—La prego — insistette Bracco, e qualcosa nel tremito di quella parola fece tacere persino el Colo, sempre pronto con una battuta —. Questa notte c'è stata una morte, alla Quinta Los Tilos, durante una gala di beneficenza che si stava organizzando per raccogliere fondi. Un incidente, dicono, ma io non so se crederci, e se questa storia viene gestita male, se trapela male alla stampa, può finire con me, con la mia amministrazione, con tutto quello che stiamo costruendo nel Municipio. Ho bisogno di qualcuno di fiducia che dia un'occhiata prima che mi sfugga di mano. Mi hanno detto che lei è il migliore. Mi hanno detto che è l'unico con cui posso parlare senza che questo diventi un circo.

Il silenzio che seguì fu appena interrotto dallo scoppiettio delle braci. Julio guardò di sottecchi Padre Suncho, che aveva già posato il bicchiere di vino sul tavolo con un gesto lento, quasi cerimoniale, come chi sa che la serata appena iniziata sta per prendere un'altra direzione.

—La Quinta Los Tilos — ripeté il prete, a voce bassa, come se quel nome gli risvegliasse qualcosa che ancora non riusciva a collocare —. Lì funzionava il Don Jaime, Julio. L'ultima sede.

Julio annuì lentamente, sentendo che lo stuzzicadenti, tra le sue labbra, smetteva di essere un gesto da sovratavola per tornare a essere, come tante altre volte, il primo segnale che qualcosa dentro di lui si era già messo a pensare sul serio. Guardò Roque, che continuava con le pinze in mano senza sapere se tornare al chorizo o abbandonarlo del tutto. Guardò el Colo, che per la prima volta in tutto il pomeriggio non aveva nessuna battuta pronta.

—Finiamo la mano dopo, ragazzi — disse, alzandosi in piedi —. Padre, mi accompagna?

—Dovunque lei vada, Julio — rispose Padre Suncho, già cercando la tonaca che aveva lasciato appesa allo schienale di una sedia —. In fondo, il carbone può aspettare fino a domani. La giustizia, a quanto pare, no.

Uscirono insieme verso l'auto ufficiale che aspettava con il motore acceso, lasciandosi alle spalle la griglia fumante, le carte a faccia in giù sul tavolo di formica e il vino bevuto a metà. Sopra le loro teste, le chiome dei tigli di calle Champagnat ondeggiavano appena nella brezza della sera che scendeva, indifferenti, come sempre, al dramma degli uomini che passavano di sotto.

Le samedi s'était levé sous ce ciel lavé que sait offrir le mois de mars dans la banlieue de Buenos Aires, quand la lourde chaleur de l'été commence à céder et que l'air, en fin d'après-midi, se fait doux. À Bella Vista, que tous surnomment avec fierté la Ville de l'Arbre, les cimes des tilleuls de la rue Champagnat jaunissaient déjà peu à peu, et quelques feuilles tombaient tranquillement sur les pavés inégaux, comme si elles aussi voulaient prendre leur temps avant l'automne définitif. Plus loin, sur les trottoirs étroits des vieilles maisons de campagne, les jacarandas dénudés de leurs fleurs attendaient leur tour, patients, porteurs d'une promesse violette qu'il leur restait encore des mois à tenir.

Dans l'une de ces maisons basses de la rue Champagnat, avec sa treille au fond du jardin et son barbecue de brique noirci par des générations de dimanches, Roque Miceli attisait le feu avec la lenteur de celui qui fait la même chose depuis la moitié de sa vie et n'est pas pressé qu'on remarque son savoir-faire. Roque, soixante-deux ans, bedaine généreuse sous son tablier à carreaux, mains tannées à force de remuer les braises, était le maître de maison et, depuis plus de quatre décennies, l'un des amis de ce groupe qui s'était formé dans les salles du Collège Don Jaime, du temps où il existait encore, du temps où la cloche sonnait encore à huit heures du matin et où les mères déposaient leurs enfants sur le trottoir d'en face.

À côté de lui, le jeu de cartes espagnoles déjà usé entre les mains, Walter Iturralde — que personne n'appelait autrement que « le Colo », bien qu'il ne lui restât plus rien de blond, pas même le souvenir — distribuait la première donne de truco avec la solennité d'un rituel sacré. Et en face de lui, de l'autre côté de la table en formica qui avait autrefois été blanche, se tenait Julio Morosini.

Cinquante-huit ans, grand, les épaules encore fermes malgré le poids des années, les cheveux poivre et sel et un regard qui semblait toujours en train de calculer quelque chose, même si à cet instant il ne calculait rien de plus que de savoir si le Colo avait une flor ou bluffait. Julio Morosini, commissaire retraité de la Police Fédérale et désormais consultant itinérant pour les affaires que d'autres ne parvenaient pas à résoudre, s'était réinstallé à Bella Vista en quête du calme que Buenos Aires ne lui offrait plus. Il avait pour habitude de porter un cure-dent à la bouche quand il réfléchissait sérieusement, et cet après-midi-là, sa main de cartes encore indécise, le cure-dent dansait déjà entre ses lèvres.

À côté de lui, un verre de vin rouge à peine entamé, se tenait le Père Suncho, ainsi, sans autre nom que celui-là, parce qu'à Bella Vista, à San Rafael, à Suncho Corral et partout où il avait posé le pied, personne ne l'appelait autrement. Le surnom ne venait pas de son berceau mais de son destin : né et élevé à Bella Vista même, compagnon de banc de Julio depuis la maternelle jusqu'à la dernière année du Collège Don Jaime, il s'était fait ordonner prêtre dans un séminaire de San Rafael, à Mendoza, et avait fini affecté à une paroisse de Suncho Corral, à Santiago del Estero, si loin de tout que le nom du village s'était collé à sa soutane pour toujours. Cinquante-huit ans, le même âge que Julio, la peau tannée par le soleil de Santiago, des yeux sombres qui semblaient lire plus que ce que les gens racontaient, il portait ce soir-là une chemise à carreaux pas très différente de celle de Roque, avec pour seul rappel de sa vocation une croix d'argent. De temps à autre, il s'échappait de sa paroisse et de son collège tout juste fondé à Santiago del Estero pour revenir dans sa Bella Vista de toujours, revoir les amis de toute une vie, retrouver les familles et les fondations qui soutenaient son œuvre, et vendre au passage quelques sacs du charbon que lui envoyait un ami de là-bas, si régulier et si peu fumeux que dans la région on l'appelait déjà, moitié en plaisantant moitié sérieusement, le caviar des charbons. Cet argent, ajouté à ce que rapportaient les tombolas et les dons, faisait vivre la paroisse et le collège qu'il avait bâtis à si grand-peine.

— Envido, dit le Colo, avec la mine de poker la plus fausse de tout le quartier.

— Je veux, répondit Julio, sans se retirer le cure-dent de la bouche, et il tourna à peine la tête vers le Père Suncho. Vous ne jouez pas, mon père, ou vous attendez qu'on vous paie l'aumône en jetons ?

— Moi, je regarde, Julio. Regarder aussi, c'est un métier, et l'un des plus anciens, répondit le curé, avec ce demi-sourire qui laissait toujours planer le doute : parlait-il pour rire ou sérieusement ?

Ils rirent tous les quatre, et Roque en profita pour retourner un chorizo sur le gril, tandis que l'odeur de graisse brûlée et de bois de mimosa se mêlait au parfum sucré des glycines qui grimpaient le long du grillage du fond. C'était ce genre d'après-midi que Julio était venu chercher en décidant de quitter Buenos Aires : des amis de toujours, du vin rouge de la côte que Roque achetait par caisses, des cartes usées, et aucun cadavre qui l'attendait au bout d'un coup de fil. Cela faisait des mois qu'il n'avait résolu aucune affaire, et cela ne lui manquait pas autant qu'on aurait pu le croire.

Le bruit du moteur, ils l'entendirent tous presque en même temps, car sur la rue Champagnat, à cette heure-là, il ne passait d'habitude que des bicyclettes et de temps en temps une vieille voiture en route vers le club. Mais ce moteur-là était différent : puissant, pressé, avec un coup de frein sec juste devant la maison de Roque qui fit aboyer deux chiens du voisinage. Une portière s'ouvrit avec violence, et des pas traversèrent rapidement le trottoir jusqu'à frapper le portail d'entrée à coups de poing, sans même attendre que quelqu'un vienne répondre.

— Morosini ! Julio Morosini, il faut que je vous parle, c'est urgent !

La voix était chargée d'une anxiété qui ne cadrait pas avec le calme de l'après-midi. Roque s'avança le premier, la pince encore à la main, et ne tarda pas à reconnaître, sous la lumière qui commençait déjà à baisser, la silhouette de l'homme qui forçait l'entrée sans que personne ne l'y eût invité.

C'était Hernán Bracco, le maire de San Miguel.

Cinquante-trois ans, costume gris qui en toute autre circonstance aurait eu fière allure mais qui pendait maintenant tout débraillé, cravate desserrée comme s'il se l'était arrachée lui-même dans la voiture, le front perlé d'une sueur que la fraîcheur du soir ne justifiait pas. Derrière lui, un jeune garde du corps était resté planté près de la voiture officielle, ne sachant trop que faire de ses mains ni où poser son regard face aux voisins qui commençaient déjà à se montrer sur les trottoirs d'en face. Bracco entra dans le patio sans que personne n'ait fini de lui en donner la permission, avec cette habitude propre à celui qui a l'habitude que les portes s'ouvrent d'elles-mêmes dès qu'il porte un titre.

— Excusez-moi de faire irruption ainsi, messieurs, vraiment, excusez-moi, dit-il, bien que son ton ne sonnât pas comme des excuses mais comme un ordre à peine déguisé. Mais j'ai besoin du commissaire Morosini tout de suite. C'est urgent. C'est très, très urgent.

Julio posa ses cartes face contre la table, retira le cure-dent de sa bouche avec un calme délibéré, presque provocateur, et planta sur le maire ce regard qui, au fil des années, avait arraché tant d'aveux sans qu'il eût jamais besoin d'élever la voix.

— Retraité, monsieur le maire. Je ne suis plus commissaire de rien du tout, dit-il. Et nous sommes en pleine partie de truco que, pour votre information, j'avais gagnée.

— Je vous en prie, insista Bracco, et quelque chose dans le tremblement de ce mot fit taire jusqu'au Colo, pourtant toujours prêt à sortir une blague. Il y a eu une mort cette nuit, à la Quinta Los Tilos, pendant un gala qu'on organisait pour récolter des fonds. Un accident, à ce qu'on dit, mais je ne sais pas si je dois le croire, et si cette affaire est mal gérée, si elle fuite mal vers la presse, ça peut me couler, couler ma gestion, couler tout ce qu'on est en train de construire dans la municipalité. J'ai besoin de quelqu'un de confiance qui examine ça avant que ça ne m'échappe des mains. On m'a dit que vous étiez le meilleur. On m'a dit que vous étiez le seul avec qui je pouvais parler sans que ça tourne au cirque.

Le silence qui suivit ne fut interrompu que par le crépitement des braises. Julio jeta un regard en coin au Père Suncho, qui avait déjà reposé son verre de vin sur la table d'un geste lent, presque cérémonial, comme quelqu'un qui sait que la soirée à peine commencée est sur le point de prendre un autre tour.

— La Quinta Los Tilos, répéta le curé à voix basse, comme si ce nom réveillait en lui quelque chose qu'il n'arrivait pas encore tout à fait à situer. C'est là qu'a fonctionné le Don Jaime, Julio. Son dernier siège.

Julio hocha lentement la tête, sentant que le cure-dent, entre ses lèvres, cessait d'être un geste de fin de repas pour redevenir, comme tant de fois auparavant, le premier signe que quelque chose en lui s'était déjà mis à réfléchir sérieusement. Il regarda Roque, qui restait la pince à la main, sans savoir s'il devait retourner au chorizo ou l'abandonner tout à fait. Il regarda le Colo, qui pour la première fois de l'après-midi n'avait aucune blague en réserve.

— On finira la partie plus tard, les gars, dit-il en se levant. Mon père, vous m'accompagnez ?

— Où que vous alliez, Julio, répondit le Père Suncho, cherchant déjà la soutane qu'il avait laissée accrochée au dossier d'une chaise. De toute façon, le charbon peut attendre jusqu'à demain. La justice, elle, semble-t-il, non.

Ils sortirent tous les deux ensemble vers la voiture officielle qui attendait moteur allumé, laissant derrière eux le gril fumant, les cartes face contre la table en formica et le vin à moitié bu. Au-dessus de leurs têtes, les cimes des tilleuls de la rue Champagnat se balançaient à peine sous la brise du soir qui commençait à tomber, indifférentes, comme toujours, au drame des hommes qui passaient dessous.

Del cuaderno de Julio MorosiniFrom Julio Morosini's notebookDo caderno de Julio MorosiniDal quaderno di Julio MorosiniDu carnet de Julio Morosini

Hay noches que uno elige y noches que lo eligen a uno. Esta empezó como las que yo elijo: asado, vino, amigos de toda la vida y una mano de truco que, dicho sea de paso, tenía ganada. Terminó como las que me eligen a mí: con un Intendente sudando en la vereda y una palabra, Quinta Los Tilos, que el padre Suncho pronunció como quien nombra un lugar sagrado.

Todavía no sé qué pasó esta noche en esa quinta. Pero ya sé una cosa, y la anoto acá porque después, cuando el caso se complique, quiero poder volver a leerla: cuando un hombre con poder llega de prepo y con miedo, casi siempre no le teme tanto a la verdad en sí, sino a lo que la verdad puede costarle. Y ese miedo, más que cualquier otra pista, suele ser el primer testigo del caso.

Vamos ahora mismo hacia esa quinta, donde funcionó, en su última sede, el Colegio Don Jaime, el mismo donde aprendí a leer, a sumar y, sin saberlo entonces, a desconfiar con respeto. Habrá que ver qué más quedó en pie, además de los recuerdos.

There are nights a man chooses and nights that choose him. This one started as the kind I choose: asado, wine, lifelong friends, and a hand of truco that, incidentally, I had won. It ended as the kind that choose me: with a mayor sweating on the sidewalk and a phrase, Quinta Los Tilos, that Father Suncho spoke the way a man names something sacred.

I still don't know what happened tonight at that estate. But I already know one thing, and I'm writing it down here because later, when the case gets complicated, I want to be able to come back and read it: when a man with power arrives uninvited and afraid, more often than not he isn't so afraid of the truth itself, but of what the truth might cost him. And that fear, more than any other clue, tends to be the case's first witness.

We're heading now to that estate, where Colegio Don Jaime once stood, in its last building, the same school where I learned to read, to add, and, without knowing it then, to distrust with respect. We'll have to see what else is still standing there, besides the memories.

Há noites que a gente escolhe e noites que escolhem a gente. Esta começou como as que eu escolho: churrasco, vinho, amigos de toda a vida e uma mão de truco que, aliás, eu tinha ganhado. Terminou como as que me escolhem: com um Prefeito suando na calçada e uma palavra, Quinta Los Tilos, que o padre Suncho pronunciou como quem nomeia um lugar sagrado.

Ainda não sei o que aconteceu esta noite naquela chácara. Mas já sei uma coisa, e anoto aqui porque depois, quando o caso complicar, quero poder voltar a lê-la: quando um homem com poder chega afobado e com medo, quase sempre não teme tanto a verdade em si, mas o que a verdade pode lhe custar. E esse medo, mais do que qualquer outra pista, costuma ser a primeira testemunha do caso.

Vamos agora mesmo até essa chácara, onde funcionou, em sua última sede, o Colégio Don Jaime, o mesmo onde aprendi a ler, a somar e, sem saber ainda, a desconfiar com respeito. Será preciso ver o que mais restou de pé, além das lembranças.

Ci sono notti che uno sceglie e notti che scelgono lui. Questa è cominciata come quelle che scelgo io: asado, vino, amici di una vita e una mano di truco che, detto per inciso, avevo vinta. È finita come quelle che scelgono me: con un Sindaco che sudava sul marciapiede e una parola, Quinta Los Tilos, che padre Suncho ha pronunciato come chi nomina un luogo sacro.

Non so ancora cosa sia successo stanotte in quella quinta. Ma una cosa già la so, e la annoto qui perché più avanti, quando il caso si complicherà, voglio poterla rileggere: quando un uomo di potere arriva di prepotenza e con paura, quasi sempre non teme tanto la verità in sé, quanto quello che la verità può costargli. E quella paura, più di qualsiasi altro indizio, è di solito il primo testimone del caso.

Andiamo proprio ora verso quella quinta, dove funzionava, nella sua ultima sede, il Colegio Don Jaime, lo stesso dove ho imparato a leggere, a fare i conti e, senza saperlo allora, a diffidare con rispetto. Bisognerà vedere cos'altro è rimasto in piedi, oltre ai ricordi.

Il y a des nuits qu'on choisit et des nuits qui nous choisissent. Celle-ci a commencé comme celles que je choisis : un asado, du vin, des amis de toujours et une partie de truco que, soit dit en passant, j'avais gagnée. Elle s'est terminée comme celles qui me choisissent : avec un maire en sueur sur le trottoir et un mot, Quinta Los Tilos, que le père Suncho a prononcé comme on nomme un lieu sacré.

Je ne sais pas encore ce qui s'est passé cette nuit dans cette propriété. Mais je sais déjà une chose, et je la note ici parce que plus tard, quand l'affaire se compliquera, je voudrai pouvoir la relire : quand un homme de pouvoir débarque à l'improviste et apeuré, ce n'est presque jamais la vérité elle-même qu'il craint tant, mais ce qu'elle peut lui coûter. Et cette peur, plus que n'importe quel autre indice, est souvent le premier témoin de l'affaire.

Allons-y tout de suite, vers cette propriété où a fonctionné, dans son dernier siège, le Collège Don Jaime, celui-là même où j'ai appris à lire, à compter et, sans le savoir alors, à me méfier avec respect. Il faudra voir ce qu'il en reste debout, en dehors des souvenirs.

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Capítulo 02

La escalera de maderaThe Wooden StaircaseA escada de madeiraLa scala di legnoL'escalier de bois

El auto oficial dejó atrás las calles arboladas de Bella Vista en pocos minutos, cruzó las vías del Ferrocarril San Martín y enfiló hacia el extremo más silencioso de la ciudad, ese donde las quintas viejas todavía se defienden, con jardines centenarios y tapiales de ladrillo visto, del avance de los edificios en altura. Julio iba callado en el asiento trasero, con el codo apoyado contra la ventanilla y la vista perdida en la sucesión de rejas y araucarias, mientras a su lado el Padre Suncho rezaba en voz baja, casi imperceptible, un padrenuestro que no parecía dirigido a nadie en particular sino a la noche entera.

Un poco antes de las once, el auto frenó frente al portón de hierro forjado de la Quinta Los Tilos, custodiado esa noche no por el silencio habitual de las quintas sino por dos patrulleros con las balizas encendidas, una ambulancia con las puertas traseras abiertas de par en par y un grupo de invitados que, todavía vestidos de gala, se apretaban contra el cerco de ligustros como si el frío recién los hubiera alcanzado. Algunas mujeres lloraban en silencio, sostenidas por sus maridos; otros, con la copa de champán todavía tibia en la mano, miraban hacia la casa con esa mezcla de morbo y espanto que solo produce la muerte cuando se cuela sin avisar en medio de una fiesta.

El camino de entrada, de piedra partida, estaba flanqueado por una doble hilera de tilos y jacarandás que en otra época, primavera de por medio, debían transformar aquel paseo en un túnel de sombra verde y flores violetas. Esa noche, apenas iluminados por los faroles de sable dispuestos para la gala, los árboles parecían más altos, más quietos, testigos centenarios de algo que todavía no terminaban de entender del todo. Al fondo, la casona se alzaba en dos cuerpos bien diferenciados: uno, el más cercano, iluminado y bullicioso todavía con los restos de la fiesta interrumpida; el otro, hacia la derecha, en penumbras casi totales, con ventanas tapiadas y una galería que se hundía a trechos, testimonio mudo de años de abandono.

Bracco los guio hasta la entrada principal, y ahí, junto a la puerta, un hombre de unos sesenta años los interceptó con las manos temblorosas y los ojos hinchados de tanto llorar. Vestía ropa de trabajo, no de gala, y llevaba todavía puestos los guantes de jardinero, como si el cuerpo se hubiese negado a completar el gesto de sacárselos.

—Soy Casiano Bracamonte —dijo, casi sin que se lo preguntaran, con la voz quebrada—. Cuidador de la quinta hace treinta años. Fui yo el que lo encontró.

Julio asintió despacio, sin apuro, y le puso una mano breve en el hombro, el gesto justo para transmitir que ahí había alguien dispuesto a escucharlo, aunque no fuera todavía el momento.

—Después hablamos con calma, Casiano. Ahora necesito ver el lugar.

El interior de la casona conservaba, a pesar de los años, la solemnidad de un edificio pensado para algo más grande que una vivienda familiar. El vestíbulo, de techos altos y molduras de yeso descascaradas en las esquinas, todavía guardaba, atornillada sobre el dintel de una puerta lateral, una placa de bronce oxidada donde apenas podía leerse "Dirección" en letras góticas. Y al fondo, dominando el espacio entero, se alzaba la escalera principal.

Era de madera maciza, oscura, ancha, de esas escaleras pensadas para que subieran y bajaran decenas de personas a la vez sin cruzarse. Pero la madera, en el centro exacto de cada peldaño, estaba gastada en una suave hondonada, pulida hasta perder el barniz original, marcada por el paso de miles de zapatillas y guardapolvos a lo largo de décadas. Julio se detuvo un instante frente a esa erosión silenciosa y sintió, sin poder evitarlo, que sus propios pies habían recorrido esos mismos escalones alguna vez, en otra vida, cuando todavía usaba pantalón corto y le temía más a una nota baja que a cualquier otra cosa en el mundo.

Al pie de esa misma escalera, cubierto apenas con una sábana blanca que alguien había traído de urgencia, yacía el cuerpo de Edelmiro O'Farrell Zubiría.

Un médico de la ambulancia terminaba de completar una planilla en silencio, y dos oficiales de la policía de San Miguel montaban guardia sin saber muy bien qué hacer con las manos, incómodos ante la presencia repentina del Intendente. Julio se acercó despacio, se puso en cuclillas junto al cuerpo y corrió apenas la sábana. El rostro de Edelmiro, setenta y cuatro años bien llevados hasta esa misma noche, conservaba una expresión de sorpresa más que de dolor, como si la muerte lo hubiese tomado a mitad de una frase. Un hilo de sangre, ya seco, le bajaba desde la sien hasta la mandíbula. La posición del cuerpo, con una pierna doblada hacia atrás en un ángulo que ningún hombre elige voluntariamente, hablaba de una caída violenta, aunque Julio, con los años, había aprendido a desconfiar de lo que las caídas parecían decir a simple vista.

—Comisario Braulio Sosa, de la Seccional Primera —se presentó uno de los oficiales, con más alivio que protocolo en la voz—. La verdad, Intendente, agradezco que haya traído ayuda. Esto se nos está yendo de las manos.

—Retirado, comisario. Solo vine a mirar —aclaró Julio, aunque ya tenía el escarbadientes entre los labios, señal inequívoca, para quien lo conociera, de que la mirada llevaba rato dejando de ser casual.

Se incorporó despacio, con las rodillas protestando un poco más que veinte años atrás, y giró la cabeza hacia el Padre Suncho, que había quedado unos pasos detrás, con las manos entrelazadas frente al cuerpo, murmurando una oración corta. Cuando terminó, el cura levantó la vista hacia la escalera, después hacia el vestíbulo en penumbras, y finalmente hacia una ventana lateral que daba al parque trasero. Ahí, entre la oscuridad casi total del ala abandonada, una luz cálida y constante recortaba, a lo lejos, la silueta inconfundible de una pequeña capilla con su cruz de hierro en lo alto.

Julio notó cómo, por un segundo, algo se le quebraba al padre en la mirada, algo que no tenía que ver con el cadáver que tenían delante sino con un tiempo mucho más viejo. Pero no dijo nada, y el Padre Suncho tampoco, y ambos entendieron, sin palabras, que esa luz iba a esperar hasta que el resto de la noche lo permitiera.

—Comisario Sosa —dijo Julio, ya de vuelta en el presente—, necesito saber quién más estaba en la fiesta, quién encontró el cuerpo además de Casiano, y a qué hora exactamente empezó todo esto. Y necesito hablar con la familia.

—Están en la biblioteca, al fondo del ala que todavía se usa. La señora, el hermano, el hijo. Nadie se movió de ahí desde que se supo lo del accidente.

—Todavía no sabemos si fue un accidente, comisario —contestó Julio, guardándose la libreta que recién había empezado a abrir, sin haber escrito una sola palabra.

The official car left the tree-lined streets of Bella Vista behind within a few minutes, crossed the tracks of the San Martín railway, and headed for the quietest edge of the city, where the old country estates still hold their ground, with century-old gardens and exposed-brick walls, against the advance of high-rise buildings. Julio rode in silence in the back seat, elbow against the window, his gaze lost in the passing succession of iron fences and araucarias, while beside him Father Suncho murmured a low, almost inaudible Our Father that seemed directed not at anyone in particular but at the whole night.

A little before eleven, the car pulled up to the wrought-iron gate of Quinta Los Tilos, guarded that night not by the usual silence of the estates but by two patrol cars with their lights still flashing, an ambulance with its back doors thrown wide open, and a cluster of guests who, still dressed for the gala, huddled against the privet hedge as if the cold had only just reached them. Some of the women were crying quietly, held up by their husbands; others, a glass of champagne still warm in hand, stared at the house with that mix of morbid fascination and dread that only death produces when it slips uninvited into the middle of a party.

The gravel driveway was flanked by a double row of lindens and jacarandas that, in another season, come spring, must have turned that walk into a tunnel of green shade and violet blossoms. That night, lit only by the saber-shaped lamps set out for the gala, the trees looked taller, stiller, century-old witnesses to something they hadn't quite finished understanding themselves. At the far end, the old house rose in two clearly separate wings: one, the nearer one, still lit and buzzing with the remnants of the interrupted party; the other, off to the right, in near-total darkness, its windows boarded and its gallery sagging in places, mute testimony to years of neglect.

Bracco led them to the main entrance, and there, by the door, a man of about sixty intercepted them, his hands trembling and his eyes swollen from crying. He wore work clothes, not gala attire, and still had his gardening gloves on, as if his body had refused to finish the gesture of taking them off.

"I'm Casiano Bracamonte," he said, almost before anyone asked, his voice breaking. "Caretaker of the estate for thirty years. I'm the one who found him."

Julio nodded slowly, unhurried, and rested a brief hand on his shoulder, just enough of a gesture to signal that here was someone willing to listen, even if this wasn't yet the moment.

"We'll talk properly later, Casiano. Right now I need to see the place."

The inside of the old house still held, despite the years, the solemnity of a building meant for something bigger than a family home. The entrance hall, with its high ceilings and plaster moldings chipped at the corners, still bore, screwed above the lintel of a side door, a tarnished bronze plaque where the word "Dirección" could barely still be made out in gothic lettering. And at the far end, dominating the whole space, rose the main staircase.

It was made of solid, dark wood, wide, the kind of staircase built for dozens of people to go up and down at once without ever bumping into each other. But the wood, right in the center of each step, had worn into a gentle hollow, polished past its original varnish, marked by the passing of thousands of sneakers and school smocks over the decades. Julio paused a moment in front of that quiet erosion and felt, unable to help it, that his own feet had once walked those same steps, in another life, back when he still wore short pants and feared a bad grade more than anything else in the world.

At the foot of that same staircase, covered only by a white sheet someone had hastily brought, lay the body of Edelmiro O'Farrell Zubiría.

A medic from the ambulance was finishing a form in silence, and two San Miguel police officers stood guard, unsure what to do with their hands, uneasy at the mayor's sudden presence. Julio walked over slowly, crouched beside the body, and drew back the sheet a little. Edelmiro's face, seventy-four years worn well until that very night, held an expression more of surprise than of pain, as if death had caught him mid-sentence. A thread of blood, already dried, ran from his temple to his jaw. The position of the body, one leg bent back at an angle no man chooses on his own, spoke of a violent fall, though Julio, over the years, had learned to distrust what falls seemed to say at first glance.

"Commissioner Braulio Sosa, First Precinct," one of the officers introduced himself, more relief than protocol in his voice. "Honestly, Mayor, I'm grateful you brought help. This is getting away from us."

"Retired, Commissioner. I only came to look," Julio clarified, though he already had the toothpick between his lips, an unmistakable sign, to anyone who knew him, that the looking had long since stopped being casual.

He straightened up slowly, his knees complaining a bit more than they had twenty years ago, and turned his head toward Father Suncho, who had stayed a few steps back, hands clasped in front of the body, murmuring a short prayer. When he finished, the priest raised his eyes to the staircase, then to the darkened entrance hall, and finally to a side window that looked out over the back grounds. There, amid the near-total darkness of the abandoned wing, a warm, steady light outlined, in the distance, the unmistakable silhouette of a small chapel with its iron cross rising above it.

Julio noticed how, for a second, something cracked in the priest's expression, something that had nothing to do with the body in front of them but with a much older time. But he said nothing, and Father Suncho said nothing either, and both understood, without words, that light would have to wait until the rest of the night allowed it.

"Commissioner Sosa," Julio said, back in the present now, "I need to know who else was at the party, who found the body besides Casiano, and exactly what time all this started. And I need to talk to the family."

"They're in the library, at the far end of the wing that's still in use. The wife, the brother, the son. Nobody's moved from there since word got out about the accident."

"We don't know yet that it was an accident, Commissioner," Julio answered, putting away the notebook he'd only just started to open, without having written a single word.

O carro oficial deixou para trás as ruas arborizadas de Bella Vista em poucos minutos, cruzou os trilhos da Ferrovia San Martín e seguiu rumo ao extremo mais silencioso da cidade, aquele onde as chácaras antigas ainda resistem, com jardins centenários e muros de tijolo aparente, ao avanço dos prédios em altura. Julio ia calado no banco de trás, com o cotovelo apoiado na janela e o olhar perdido na sucessão de grades e araucárias, enquanto ao seu lado o Padre Suncho rezava em voz baixa, quase imperceptível, um pai-nosso que não parecia dirigido a ninguém em particular, e sim à noite inteira.

Um pouco antes das onze, o carro parou diante do portão de ferro forjado da Quinta Los Tilos, vigiada aquela noite não pelo silêncio habitual das chácaras, mas por duas viaturas com os giroflex acesos, uma ambulância com as portas traseiras escancaradas e um grupo de convidados que, ainda vestidos a rigor, se apertavam contra a cerca de ligustros como se o frio só então os tivesse alcançado. Algumas mulheres choravam em silêncio, amparadas pelos maridos; outros, com a taça de champanhe ainda morna na mão, olhavam para a casa com aquela mistura de morbidez e espanto que só a morte produz quando se infiltra sem avisar no meio de uma festa.

O caminho de entrada, de pedra britada, era ladeado por uma dupla fileira de tílias e jacarandás que em outra época, com a primavera de permeio, deviam transformar aquele passeio num túnel de sombra verde e flores violeta. Naquela noite, apenas iluminadas pelos archotes dispostos para a gala, as árvores pareciam mais altas, mais quietas, testemunhas centenárias de algo que ainda não acabavam de entender direito. Ao fundo, o casarão se erguia em dois corpos bem diferenciados: um, o mais próximo, iluminado e ainda em alvoroço com os restos da festa interrompida; o outro, à direita, em penumbra quase total, com janelas tapadas e uma galeria que cedia em trechos, testemunho mudo de anos de abandono.

Bracco os conduziu até a entrada principal, e ali, junto à porta, um homem de uns sessenta anos os interceptou com as mãos trêmulas e os olhos inchados de tanto chorar. Vestia roupa de trabalho, não de gala, e ainda usava as luvas de jardineiro, como se o corpo tivesse se recusado a completar o gesto de tirá-las.

—Sou Casiano Bracamonte —disse, quase sem que lhe perguntassem, com a voz embargada—. Caseiro da chácara há trinta anos. Fui eu quem o encontrou.

Julio assentiu devagar, sem pressa, e pousou por um instante a mão no ombro dele, o gesto justo para transmitir que ali havia alguém disposto a escutá-lo, ainda que não fosse o momento.

—Depois conversamos com calma, Casiano. Agora preciso ver o lugar.

O interior do casarão conservava, apesar dos anos, a solenidade de um edifício pensado para algo maior do que uma moradia familiar. O vestíbulo, de tetos altos e molduras de gesso descascadas nos cantos, ainda guardava, aparafusada sobre a verga de uma porta lateral, uma placa de bronze oxidada onde mal se lia "Direção" em letras góticas. E ao fundo, dominando o espaço inteiro, erguia-se a escada principal.

Era de madeira maciça, escura, larga, dessas escadas pensadas para que subissem e descessem dezenas de pessoas ao mesmo tempo sem se cruzarem. Mas a madeira, bem no centro de cada degrau, estava desgastada numa suave depressão, polida até perder o verniz original, marcada pela passagem de milhares de tênis e guarda-pós ao longo de décadas. Julio parou um instante diante daquela erosão silenciosa e sentiu, sem poder evitá-lo, que seus próprios pés já tinham percorrido aqueles mesmos degraus alguma vez, numa outra vida, quando ainda usava calça curta e temia mais uma nota baixa do que qualquer outra coisa no mundo.

Ao pé daquela mesma escada, coberto apenas com um lençol branco que alguém trouxera às pressas, jazia o corpo de Edelmiro O'Farrell Zubiría.

Um médico da ambulância acabava de preencher uma ficha em silêncio, e dois policiais de San Miguel montavam guarda sem saber muito bem o que fazer com as mãos, incomodados com a presença repentina do Prefeito. Julio se aproximou devagar, agachou-se junto ao corpo e afastou um pouco o lençol. O rosto de Edelmiro, setenta e quatro anos bem levados até aquela mesma noite, conservava uma expressão de surpresa mais do que de dor, como se a morte o tivesse colhido no meio de uma frase. Um fio de sangue, já seco, descia da têmpora até a mandíbula. A posição do corpo, com uma perna dobrada para trás num ângulo que nenhum homem escolhe voluntariamente, falava de uma queda violenta, ainda que Julio, com os anos, tivesse aprendido a desconfiar do que as quedas pareciam dizer à primeira vista.

—Comissário Braulio Sosa, da Delegacia Primeira —se apresentou um dos policiais, com mais alívio do que protocolo na voz—. Sinceramente, Prefeito, agradeço que tenha trazido ajuda. Isto está fugindo do nosso controle.

—Aposentado, comissário. Só vim olhar —esclareceu Julio, embora já tivesse o palito entre os lábios, sinal inequívoco, para quem o conhecesse, de que o olhar já fazia tempo que tinha deixado de ser casual.

Ergueu-se devagar, com os joelhos protestando um pouco mais do que vinte anos atrás, e virou a cabeça para o Padre Suncho, que tinha ficado uns passos atrás, com as mãos entrelaçadas diante do corpo, murmurando uma oração curta. Quando terminou, o padre ergueu o olhar para a escada, depois para o vestíbulo em penumbra, e por fim para uma janela lateral que dava para o parque dos fundos. Ali, em meio à escuridão quase total da ala abandonada, uma luz quente e constante recortava, ao longe, a silhueta inconfundível de uma pequena capela com sua cruz de ferro no alto.

Julio notou como, por um segundo, algo se quebrava no olhar do padre, algo que não tinha a ver com o cadáver que tinham diante de si, e sim com um tempo bem mais antigo. Mas não disse nada, e o Padre Suncho tampouco, e ambos entenderam, sem palavras, que aquela luz ia esperar até que o resto da noite permitisse.

—Comissário Sosa —disse Julio, já de volta ao presente—, preciso saber quem mais estava na festa, quem encontrou o corpo além de Casiano, e a que horas exatamente tudo isso começou. E preciso falar com a família.

—Estão na biblioteca, no fundo da ala que ainda se usa. A senhora, o irmão, o filho. Ninguém se mexeu dali desde que se soube do acidente.

—Ainda não sabemos se foi um acidente, comissário —respondeu Julio, guardando o caderninho que tinha acabado de abrir, sem ter escrito uma única palavra.

L'auto ufficiale si lasciò alle spalle le strade alberate di Bella Vista in pochi minuti, attraversò i binari della Ferrovia San Martín e puntò verso l'angolo più silenzioso della città, quello dove le vecchie ville ancora resistono, con giardini secolari e muri di cinta in mattoni a vista, all'avanzata degli edifici in altezza. Julio se ne stava zitto sul sedile posteriore, con il gomito appoggiato al finestrino e lo sguardo perso nella sequenza di cancellate e araucarie, mentre accanto a lui Padre Suncho pregava a voce bassa, quasi impercettibile, un padrenostro che non sembrava rivolto a nessuno in particolare ma alla notte intera.

Poco prima delle undici, l'auto si fermò davanti al cancello di ferro battuto della Quinta Los Tilos, sorvegliato quella notte non dal silenzio abituale delle ville ma da due auto di pattuglia con i lampeggianti accesi, un'ambulanza con le porte posteriori spalancate e un gruppo di invitati che, ancora in abito da sera, si stringevano contro la siepe di ligustro come se il freddo li avesse appena raggiunti. Alcune donne piangevano in silenzio, sorrette dai mariti; altri, con il calice di champagne ancora tiepido in mano, guardavano verso la casa con quel misto di morbosità e spavento che solo la morte produce quando si infila senza preavviso in mezzo a una festa.

Il vialetto d'ingresso, di pietrisco, era fiancheggiato da un doppio filare di tigli e jacaranda che in un'altra epoca, a primavera inoltrata, dovevano trasformare quel percorso in un tunnel di ombra verde e fiori violacei. Quella notte, appena illuminati dalle torce a stelo disposte per la gala, gli alberi sembravano più alti, più immobili, testimoni secolari di qualcosa che ancora non finivano di capire del tutto. In fondo, la casa padronale si ergeva in due corpi ben distinti: uno, il più vicino, ancora illuminato e chiassoso con i resti della festa interrotta; l'altro, verso destra, in una penombra quasi totale, con finestre murate e una galleria che sprofondava a tratti, muta testimonianza di anni di abbandono.

Bracco li guidò fino all'ingresso principale, e lì, accanto alla porta, un uomo sulla sessantina li intercettò con le mani tremanti e gli occhi gonfi dal pianto. Indossava abiti da lavoro, non da gala, e portava ancora i guanti da giardiniere, come se il corpo si fosse rifiutato di completare il gesto di toglierseli.

—Sono Casiano Bracamonte — disse, quasi senza che glielo chiedessero, con la voce spezzata —. Custode della tenuta da trent'anni. Sono stato io a trovarlo.

Julio annuì lentamente, senza fretta, e gli posò per un attimo una mano sulla spalla, il gesto giusto per fargli capire che c'era qualcuno disposto ad ascoltarlo, anche se non era ancora il momento.

—Dopo parliamo con calma, Casiano. Adesso devo vedere il posto.

L'interno della casa padronale conservava, nonostante gli anni, la solennità di un edificio pensato per qualcosa di più grande di un'abitazione familiare. L'atrio, dai soffitti alti e le cornici di gesso scrostate agli angoli, custodiva ancora, avvitata sull'architrave di una porta laterale, una targa di bronzo ossidata dove si riusciva appena a leggere "Direzione" in lettere gotiche. E in fondo, dominando l'intero spazio, si ergeva la scala principale.

Era di legno massiccio, scura, larga, di quelle scale pensate perché decine di persone potessero salire e scendere insieme senza incrociarsi. Ma il legno, esattamente al centro di ogni gradino, era consumato in un lieve avvallamento, levigato fino a perdere la vernice originale, segnato dal passaggio di migliaia di scarpe e grembiuli lungo i decenni. Julio si fermò un istante davanti a quell'erosione silenziosa e sentì, senza poterlo evitare, che i suoi stessi piedi avevano percorso quegli stessi gradini una volta, in un'altra vita, quando ancora portava i pantaloni corti e temeva un brutto voto più di qualsiasi altra cosa al mondo.

Ai piedi di quella stessa scala, coperto appena da un lenzuolo bianco che qualcuno aveva portato in fretta, giaceva il corpo di Edelmiro O'Farrell Zubiría.

Un medico dell'ambulanza finiva di compilare in silenzio un modulo, e due agenti della polizia di San Miguel facevano la guardia senza sapere bene cosa fare con le mani, a disagio per la presenza improvvisa del Sindaco. Julio si avvicinò lentamente, si accovacciò accanto al corpo e scostò appena il lenzuolo. Il volto di Edelmiro, settantaquattro anni portati bene fino a quella stessa notte, conservava un'espressione di sorpresa più che di dolore, come se la morte lo avesse colto a metà di una frase. Un filo di sangue, ormai secco, gli scendeva dalla tempia fino alla mascella. La posizione del corpo, con una gamba piegata all'indietro in un angolo che nessun uomo sceglie volontariamente, parlava di una caduta violenta, anche se Julio, con gli anni, aveva imparato a diffidare di quello che le cadute sembrano dire a prima vista.

—Commissario Braulio Sosa, del Commissariato Primo — si presentò uno degli agenti, con più sollievo che protocollo nella voce —. Sinceramente, signor Sindaco, la ringrazio per aver portato aiuto. Questa storia ci sta sfuggendo di mano.

—In pensione, commissario. Sono venuto solo a dare un'occhiata — precisò Julio, anche se aveva già lo stuzzicadenti tra le labbra, segno inequivocabile, per chi lo conoscesse, che il suo sguardo aveva già smesso da un pezzo di essere casuale.

Si rialzò lentamente, con le ginocchia che protestavano un po' più di vent'anni prima, e girò la testa verso Padre Suncho, rimasto qualche passo indietro, con le mani intrecciate davanti al corpo, mormorando una breve preghiera. Quando finì, il prete alzò lo sguardo verso la scala, poi verso l'atrio in penombra, e infine verso una finestra laterale che dava sul parco sul retro. Lì, tra il buio quasi totale dell'ala abbandonata, una luce calda e costante ritagliava, in lontananza, la sagoma inconfondibile di una piccola cappella con la sua croce di ferro in cima.

Julio notò come, per un secondo, qualcosa si incrinasse nello sguardo del prete, qualcosa che non aveva a che fare con il cadavere che avevano davanti ma con un tempo molto più antico. Ma non disse nulla, e nemmeno Padre Suncho, ed entrambi capirono, senza parole, che quella luce avrebbe aspettato finché il resto della notte lo avesse permesso.

—Commissario Sosa — disse Julio, ormai di nuovo nel presente —, devo sapere chi altro c'era alla festa, chi ha trovato il corpo oltre a Casiano, e a che ora esatta è cominciato tutto questo. E devo parlare con la famiglia.

—Sono in biblioteca, in fondo all'ala ancora in uso. La signora, il fratello, il figlio. Nessuno si è mosso da lì da quando si è saputo dell'incidente.

—Non sappiamo ancora se sia stato un incidente, commissario — rispose Julio, rimettendosi in tasca il taccuino che aveva appena cominciato ad aprire, senza avere scritto una sola parola.

La voiture officielle laissa derrière elle en quelques minutes les rues arborées de Bella Vista, franchit les voies du chemin de fer San Martín et fila vers l'extrémité la plus silencieuse de la ville, celle où les vieilles propriétés se défendent encore, avec leurs jardins centenaires et leurs murs de brique apparente, contre l'avancée des immeubles en hauteur. Julio restait silencieux sur la banquette arrière, le coude appuyé contre la vitre et le regard perdu dans la succession de grilles et d'araucarias, tandis qu'à côté de lui le Père Suncho priait à voix basse, presque imperceptible, un notre-père qui ne semblait s'adresser à personne en particulier, sinon à la nuit tout entière.

Un peu avant onze heures, la voiture s'arrêta devant le portail en fer forgé de la Quinta Los Tilos, gardée cette nuit-là non plus par le silence habituel des propriétés mais par deux voitures de patrouille gyrophares allumés, une ambulance aux portes arrière grandes ouvertes et un groupe d'invités qui, encore en tenue de soirée, se serraient contre la haie de troènes comme si le froid venait tout juste de les atteindre. Certaines femmes pleuraient en silence, soutenues par leurs maris ; d'autres, la coupe de champagne encore tiède à la main, regardaient vers la maison avec ce mélange de fascination morbide et d'effroi que seule produit la mort quand elle s'invite sans prévenir au milieu d'une fête.

L'allée d'entrée, en pierre concassée, était bordée d'une double rangée de tilleuls et de jacarandas qui, à une autre époque, le printemps venu, devaient transformer cette promenade en un tunnel d'ombre verte et de fleurs violettes. Cette nuit-là, à peine éclairés par les lampadaires à sabre disposés pour le gala, les arbres semblaient plus hauts, plus immobiles, témoins centenaires de quelque chose qu'ils ne finissaient pas encore tout à fait de comprendre. Au fond, la bâtisse s'élevait en deux corps bien distincts : l'un, le plus proche, encore éclairé et bruyant des restes de la fête interrompue ; l'autre, vers la droite, plongé dans une pénombre presque totale, fenêtres murées et galerie qui s'affaissait par endroits, témoignage muet d'années d'abandon.

Bracco les guida jusqu'à l'entrée principale, et là, près de la porte, un homme d'une soixantaine d'années les intercepta, les mains tremblantes et les yeux gonflés à force de pleurer. Il portait des vêtements de travail, pas de gala, et gardait encore ses gants de jardinier, comme si son corps avait refusé d'achever le geste de les retirer.

— Je suis Casiano Bracamonte, dit-il, presque sans qu'on le lui demande, la voix brisée. Gardien de la propriété depuis trente ans. C'est moi qui l'ai trouvé.

Julio hocha lentement la tête, sans se presser, et posa brièvement une main sur son épaule, le geste juste pour faire comprendre qu'il y avait là quelqu'un prêt à l'écouter, même si ce n'était pas encore le moment.

— On parlera calmement après, Casiano. Pour l'instant, j'ai besoin de voir l'endroit.

L'intérieur de la bâtisse conservait, malgré les années, la solennité d'un édifice pensé pour quelque chose de plus grand qu'une habitation familiale. Le vestibule, aux plafonds hauts et aux moulures de plâtre écaillées dans les coins, gardait encore, vissée au-dessus du linteau d'une porte latérale, une plaque de bronze oxydée où l'on pouvait à peine lire « Direction » en lettres gothiques. Et au fond, dominant tout l'espace, se dressait l'escalier principal.

Il était en bois massif, sombre, large, de ces escaliers pensés pour que des dizaines de personnes puissent y monter et y descendre à la fois sans se croiser. Mais le bois, au centre exact de chaque marche, était creusé d'un doux affaissement, poli jusqu'à perdre son vernis d'origine, marqué par le passage de milliers de chaussures et de blouses d'écolier au fil des décennies. Julio s'arrêta un instant devant cette érosion silencieuse et sentit, sans pouvoir s'en empêcher, que ses propres pieds avaient parcouru ces mêmes marches autrefois, dans une autre vie, quand il portait encore des culottes courtes et craignait davantage une mauvaise note que n'importe quoi d'autre au monde.

Au pied de ce même escalier, à peine recouvert d'un drap blanc que quelqu'un avait apporté en urgence, gisait le corps d'Edelmiro O'Farrell Zubiría.

Un médecin de l'ambulance achevait de remplir un formulaire en silence, et deux agents de la police de San Miguel montaient la garde sans trop savoir que faire de leurs mains, mal à l'aise devant la présence soudaine du maire. Julio s'approcha lentement, s'accroupit près du corps et écarta un peu le drap. Le visage d'Edelmiro, soixante-quatorze ans bien portés jusqu'à cette nuit même, conservait une expression de surprise plus que de douleur, comme si la mort l'avait saisi en pleine phrase. Un filet de sang, déjà séché, descendait de sa tempe jusqu'à sa mâchoire. La position du corps, une jambe repliée en arrière selon un angle qu'aucun homme ne choisit volontairement, parlait d'une chute violente, bien que Julio, avec les années, eût appris à se méfier de ce que les chutes semblent dire à première vue.

— Commissaire Braulio Sosa, du commissariat central, se présenta l'un des agents, avec plus de soulagement que de protocole dans la voix. Franchement, monsieur le maire, je vous remercie d'avoir amené de l'aide. Ça nous échappe complètement.

— Retraité, commissaire. Je suis simplement venu regarder, précisa Julio, bien qu'il eût déjà le cure-dent entre les lèvres, signe sans équivoque, pour qui le connaissait, que ce regard avait depuis un moment cessé d'être anodin.

Il se releva lentement, les genoux protestant un peu plus qu'ils ne l'auraient fait vingt ans plus tôt, et tourna la tête vers le Père Suncho, resté quelques pas en arrière, les mains jointes devant le corps, murmurant une courte prière. Quand il eut terminé, le curé leva les yeux vers l'escalier, puis vers le vestibule plongé dans la pénombre, et enfin vers une fenêtre latérale donnant sur le parc arrière. Là, au sein de l'obscurité presque totale de l'aile abandonnée, une lumière chaude et constante découpait, au loin, la silhouette reconnaissable entre toutes d'une petite chapelle surmontée de sa croix de fer.

Julio remarqua comment, l'espace d'une seconde, quelque chose se brisait dans le regard du prêtre, quelque chose qui n'avait rien à voir avec le cadavre qu'ils avaient devant eux mais avec un temps bien plus ancien. Mais il ne dit rien, et le Père Suncho non plus, et tous deux comprirent, sans un mot, que cette lumière allait devoir attendre que le reste de la nuit le permette.

— Commissaire Sosa, dit Julio, de retour dans le présent, j'ai besoin de savoir qui d'autre était à la fête, qui a trouvé le corps en plus de Casiano, et à quelle heure exactement tout ceci a commencé. Et j'ai besoin de parler à la famille.

— Ils sont dans la bibliothèque, au fond de l'aile encore utilisée. Madame, le frère, le fils. Personne n'a bougé de là depuis qu'on a appris pour l'accident.

— On ne sait pas encore si c'était un accident, commissaire, répondit Julio, en rangeant le carnet qu'il venait tout juste d'ouvrir, sans y avoir écrit le moindre mot.

Una reflexión al cierre del díaA reflection at day's endUma reflexão ao fim do diaUna riflessione a fine giornataUne réflexion à la fin de la journée

Toda casa guarda dos historias: la que se cuenta en las fiestas, con las luces encendidas y las copas llenas, y la que se guarda en el desgaste de sus propios escalones, invisible hasta que alguien se agacha a mirarla de cerca. Esta noche, en la Quinta Los Tilos, ambas historias coincidieron en el mismo lugar y a la misma hora, como si llevaran años esperando el momento justo para encontrarse.

Es una paradoja extraña, pero cierta: cuanto más pulida está la madera por el paso de la gente, menos brilla, y sin embargo más cuenta. Lo mismo pasa, a veces, con las personas. Las más gastadas por la vida suelen ser las que menos brillan en una sala llena de gente, y las que más verdad esconden cuando uno se agacha, con paciencia, a mirarlas de cerca.

Every house keeps two histories: the one told at parties, with the lights on and the glasses full, and the one kept in the wear of its own steps, invisible until someone crouches down to look closely. Tonight, at Quinta Los Tilos, both histories met in the same place at the same hour, as if they'd spent years waiting for the right moment to collide.

It's a strange paradox, but a true one: the more polished the wood becomes from people passing over it, the less it shines, and yet the more it tells. The same thing happens, sometimes, with people. The ones most worn down by life are usually the ones who shine least in a crowded room, and the ones who hide the most truth when someone crouches down, patiently, to look at them closely.

Toda casa guarda duas histórias: a que se conta nas festas, com as luzes acesas e as taças cheias, e a que se guarda no desgaste dos próprios degraus, invisível até que alguém se abaixe para olhá-la de perto. Esta noite, na Quinta Los Tilos, as duas histórias coincidiram no mesmo lugar e na mesma hora, como se fizesse anos que esperavam o momento certo de se encontrar.

É um paradoxo estranho, mas verdadeiro: quanto mais polida está a madeira pela passagem das pessoas, menos brilha, e no entanto mais conta. O mesmo acontece, às vezes, com as pessoas. As mais desgastadas pela vida costumam ser as que menos brilham numa sala cheia de gente, e as que mais verdade escondem quando alguém se abaixa, com paciência, para olhá-las de perto.

Ogni casa custodisce due storie: quella che si racconta alle feste, con le luci accese e i calici pieni, e quella che si conserva nell'usura dei propri gradini, invisibile finché qualcuno non si china a guardarla da vicino. Questa notte, alla Quinta Los Tilos, le due storie hanno coinciso nello stesso luogo e alla stessa ora, come se aspettassero da anni il momento giusto per incontrarsi.

È un paradosso strano, ma vero: quanto più il legno è levigato dal passaggio della gente, tanto meno brilla, eppure tanto più racconta. Lo stesso succede, a volte, con le persone. Quelle più consumate dalla vita sono spesso quelle che brillano meno in una sala piena di gente, e quelle che nascondono più verità quando ci si china, con pazienza, a guardarle da vicino.

Toute maison garde deux histoires : celle qu'on raconte dans les fêtes, lumières allumées et coupes pleines, et celle qui se conserve dans l'usure de ses propres marches, invisible jusqu'à ce que quelqu'un se penche pour la regarder de près. Cette nuit, à la Quinta Los Tilos, les deux histoires se sont rencontrées au même endroit et à la même heure, comme si elles attendaient depuis des années le moment juste pour se croiser.

C'est un paradoxe étrange, mais vrai : plus le bois est poli par le passage des gens, moins il brille, et pourtant plus il en dit long. Il en va parfois de même avec les personnes. Celles que la vie a le plus usées sont souvent celles qui brillent le moins dans une salle pleine de monde, et celles qui cachent le plus de vérité quand on se penche, avec patience, pour les regarder de près.

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Capítulo 03

Rostros bajo la misma luzFaces Under the Same LightRostos sob a mesma luzVolti sotto la stessa luceDes visages sous la même lumière

La biblioteca de la Quinta Los Tilos era, de todas las salas que Julio había recorrido esa noche, la única que parecía haber escapado del deterioro general del ala abandonada. Los estantes de roble oscuro llegaban hasta el techo, cargados de libros que probablemente nadie abría desde hacía años, y una araña de caireles, encendida a media luz, dejaba caer sobre los muebles un resplandor amarillento que suavizaba, sin lograr disimular del todo, la tensión de los tres rostros que esperaban sentados alrededor de una mesa ratona.

Mercedes Padín de O'Farrell fue la primera en levantar la vista cuando Julio entró, acompañado del Padre Suncho y con el comisario Sosa un paso atrás. Cincuenta y dos años, un vestido de gala color champán que ahora parecía fuera de lugar, el pelo rubio recogido en un rodete que empezaba a deshacerse en algunos mechones sueltos. Tenía las manos entrelazadas sobre la falda, quietas, y los ojos enrojecidos pero secos, como si el llanto hubiese pasado por ella hacía un rato y ya no encontrara más lugar donde asentarse. Había en su compostura algo estudiado, una elegancia que ni siquiera la tragedia lograba del todo desarmar, y que a Julio, con los años, ya no le resultaba ni sospechosa ni inocente por sí sola: apenas un dato más para guardar.

—Inspector Morosini, supongo —dijo, con la voz firme, aunque algo quebrada en el final de la frase—. El Intendente nos avisó que vendría. Gracias por venir a esta hora.

—Retirado, señora, pero sí, Morosini. Y este es el Padre Suncho, que me acompaña.

A su lado, con la corbata todavía perfectamente anudada, como si la muerte de su cuñado no hubiese logrado torcerle ni un centímetro de la compostura, estaba Norberto Padín. Cuarenta y ocho años, hermano de Mercedes, de traje oscuro y anteojos de marco fino, Secretario de Obras y Planeamiento Urbano de la Municipalidad de San Miguel. Se puso de pie para saludar con un apretón de manos correcto, casi protocolar, pero Julio notó que sus ojos, al hacerlo, evitaban cruzarse del todo con los suyos, como quien saluda mirando un punto apenas desviado del interlocutor.

—Norberto Padín —se presentó—. Cualquier cosa que necesiten, cuenten conmigo. Esto es una tragedia terrible para toda la familia, y también, me atrevo a decir, para toda Bella Vista.

—Y para el colegio —agregó una voz desde el sillón más alejado, con un tono que no ocultaba del todo el resentimiento—. No se olvide de mencionar el colegio, Norberto. Esta noche era justamente para eso.

El que hablaba era Federico O'Farrell, hijo de Edelmiro de su primer matrimonio. Cuarenta años, corbata aflojada hasta la mitad del pecho, el saco tirado de mala manera sobre el respaldo del sillón, tenía la mirada de alguien que hace rato dejó de fingir que le importaba guardar las formas. Se pasaba una mano por el pelo, corto y prolijo salvo por ese gesto nervioso que lo desordenaba cada tanto, y no se levantó a saludar.

—Federico —dijo apenas, sin ofrecer la mano—. Perdón si no me pongo de pie. No tengo muchas ganas de protocolo esta noche.

Mercedes cerró los ojos un segundo, como quien ya conoce el tono y prefiere no gastar energía en corregirlo. Norberto, en cambio, volvió a sentarse con una media sonrisa incómoda, la de alguien que decide no darle demasiada importancia a la provocación de un momento así.

—Federico está pasando un momento difícil —dijo Mercedes, en voz baja, casi como una disculpa dirigida a los recién llegados—. Todos lo estamos.

—Me imagino —contestó Julio, sin apuro, tomando asiento frente a los tres sin que nadie lo invitara, algo que hacía siempre, con la misma naturalidad con la que un médico se acerca a examinar a un paciente—. Por eso mismo voy a tratar de ser breve esta noche. Mañana, con la cabeza más descansada, vamos a necesitar hablar con más calma.

—¿Qué necesita saber ahora? —preguntó Norberto, cruzando una pierna sobre la otra con un movimiento demasiado tranquilo para las circunstancias.

—Quién vio a Edelmiro por última vez, y en qué estado de ánimo estaba.

El silencio que siguió duró apenas un par de segundos, pero a Julio, acostumbrado a medir esos silencios como quien mide el pulso de un enfermo, le alcanzó para notar que los tres habían mirado, aunque fuera por una fracción de instante, hacia direcciones distintas: Mercedes hacia la ventana, Federico hacia el piso, Norberto hacia el propio Julio, con una fijeza que a esa altura de la noche ya no podía pasar por simple atención.

—Estaba feliz —dijo Mercedes, al fin—. Entusiasmado con el anuncio que iba a hacer. Llevaba semanas hablando de eso.

—¿Qué anuncio?

—La restauración del colegio —intervino Federico, con una amargura que no se molestó en disimular—. Su gran obra final. Siempre tuvo debilidad por esa parte de la quinta, más que por cualquiera de nosotros, si quiere que le sea sincero.

—Federico, por favor —murmuró Norberto, con un tono que buscaba sonar conciliador y sonaba, en cambio, apenas fastidiado.

—¿Y usted, Norberto? —preguntó Julio, girando apenas la cabeza hacia él—. ¿Habló con Edelmiro esta noche?

—Un par de palabras, nomás. Como todos. Era una fiesta, inspector, no una reunión de trabajo.

La respuesta salió demasiado rápida, demasiado prolija, y Julio la guardó, sin comentario alguno, en ese lugar de la memoria donde solía guardar las frases que después terminaban repitiéndose, casi siempre, en el momento menos esperado. Se llevó el escarbadientes a la boca, giró la vista hacia el Padre Suncho, que había permanecido en silencio junto a la puerta observando a los tres con esa mirada suya capaz de leer, debajo de cada gesto, algo que las palabras todavía no se animaban a decir, y decidió que, por esa noche, ya era suficiente.

—Vamos a dejarlos descansar —dijo, poniéndose de pie—. Mañana volvemos con más preguntas. Y con más tiempo.

Mercedes asintió, agradecida. Federico no dijo nada. Norberto se limitó a acomodarse otra vez los anteojos, con un gesto que a cualquier otro le hubiese pasado desapercibido, pero que a Julio, que llevaba media vida leyendo manos antes que palabras, le quedó dando vueltas todo el camino de regreso.

Coplas de la noche

The library at Quinta Los Tilos was, of all the rooms Julio had walked through that night, the only one that seemed to have escaped the general decay of the abandoned wing. Dark oak shelves rose to the ceiling, loaded with books probably no one had opened in years, and a crystal chandelier, lit at half power, let a yellowish glow fall over the furniture, softening, without quite hiding, the tension on the three faces waiting, seated around a low table.

Mercedes Padín de O'Farrell was the first to look up when Julio came in, Father Suncho beside him and Commissioner Sosa a step behind. Fifty-two years old, a champagne-colored gala dress that now seemed out of place, blond hair pulled into a bun that was starting to come loose in a few strands. She held her hands clasped over her lap, still, her eyes red but dry, as if the crying had passed through her a while ago and could no longer find anywhere to settle. There was something studied in her composure, an elegance that not even tragedy could fully undo, and which Julio, after all his years, no longer found either suspicious or innocent on its own: just one more detail to keep.

"Inspector Morosini, I assume," she said, her voice steady, though it cracked a little at the end of the sentence. "The mayor told us you'd be coming. Thank you for coming at this hour."

"Retired, ma'am, but yes, Morosini. And this is Father Suncho, who's with me."

Beside her, his tie still perfectly knotted, as if his brother-in-law's death hadn't managed to disturb so much as an inch of his composure, sat Norberto Padín. Forty-eight years old, Mercedes's brother, dark suit and thin-framed glasses, Secretary of Public Works and Urban Planning for the Municipality of San Miguel. He stood to greet Julio with a correct, almost official handshake, but Julio noticed that his eyes, as he did it, avoided meeting his own straight on, the way a man greets someone while looking at a point just off to the side.

"Norberto Padín," he introduced himself. "Whatever you need, count on me. This is a terrible tragedy for the whole family, and also, I'd venture to say, for all of Bella Vista."

"And for the school," a voice added from the farthest armchair, in a tone that didn't quite hide its resentment. "Don't forget to mention the school, Norberto. That's exactly what tonight was for."

The one speaking was Federico O'Farrell, Edelmiro's son from his first marriage. Forty years old, tie loosened halfway down his chest, his jacket tossed carelessly over the back of the armchair, he had the look of a man who'd stopped bothering to keep up appearances a while ago. He kept running a hand through his hair, short and neat except for that nervous gesture that mussed it every so often, and he didn't get up to say hello.

"Federico," he said curtly, without offering his hand. "Forgive me if I don't stand. I'm not much in the mood for protocol tonight."

Mercedes closed her eyes for a second, like someone who already knows the tone and would rather not spend energy correcting it. Norberto, on the other hand, settled back into his seat with an uneasy half-smile, the kind of a man who decides not to make too much of a moment's provocation.

"Federico is having a hard time," Mercedes said, quietly, almost like an apology aimed at the newcomers. "We all are."

"I imagine so," Julio answered, unhurried, taking a seat across from the three of them without waiting to be invited, something he always did, with the same natural ease a doctor uses approaching a patient for examination. "That's exactly why I'll try to keep this brief tonight. Tomorrow, with clearer heads, we'll need to talk more calmly."

"What do you need to know now?" Norberto asked, crossing one leg over the other with a movement too composed for the circumstances.

"Who saw Edelmiro last, and what mood he was in."

The silence that followed lasted barely a couple of seconds, but for Julio, used to measuring such silences the way one measures a patient's pulse, it was enough to notice that all three of them had glanced, even if just for a fraction of a second, in different directions: Mercedes toward the window, Federico toward the floor, Norberto toward Julio himself, with a fixedness that at this hour of the night could no longer pass for simple attention.

"He was happy," Mercedes said finally. "Excited about the announcement he was going to make. He'd been talking about it for weeks."

"What announcement?"

"The restoration of the school," Federico cut in, with a bitterness he didn't bother to hide. "His great final project. He always had a soft spot for that part of the estate, more than for any of us, if you want me to be honest."

"Federico, please," Norberto murmured, in a tone meant to sound conciliatory but that came out merely annoyed.

"And you, Norberto?" Julio asked, turning his head slightly toward him. "Did you speak with Edelmiro tonight?"

"A couple of words, that's all. Like everyone. It was a party, Inspector, not a business meeting."

The answer came out too fast, too polished, and Julio filed it away, without comment, in that part of his memory where he tended to keep the phrases that would end up, almost always, resurfacing at the least expected moment. He brought the toothpick to his mouth, glanced over at Father Suncho, who had stayed silent by the door watching the three of them with that gaze of his, capable of reading, beneath every gesture, something the words themselves hadn't yet dared to say, and decided that, for that night, it was enough.

"We'll let you rest," he said, standing. "We'll be back tomorrow with more questions. And with more time."

Mercedes nodded, grateful. Federico said nothing. Norberto merely adjusted his glasses again, a gesture that would have gone unnoticed by anyone else, but that stayed turning over in Julio's mind the whole way back, he who had spent half his life reading hands before words.

Coplas de la noche

A biblioteca da Quinta Los Tilos era, de todas as salas que Julio tinha percorrido aquela noite, a única que parecia ter escapado da deterioração geral da ala abandonada. As estantes de carvalho escuro chegavam até o teto, carregadas de livros que provavelmente ninguém abria havia anos, e um lustre de cristais, aceso em meia luz, deixava cair sobre os móveis um brilho amarelado que suavizava, sem conseguir disfarçar de todo, a tensão dos três rostos que esperavam sentados ao redor de uma mesa de centro.

Mercedes Padín de O'Farrell foi a primeira a erguer o olhar quando Julio entrou, acompanhado do Padre Suncho e com o comissário Sosa um passo atrás. Cinquenta e dois anos, um vestido de gala cor champanhe que agora parecia fora de lugar, o cabelo loiro preso num coque que começava a se desfazer em algumas mechas soltas. Tinha as mãos entrelaçadas sobre a saia, quietas, e os olhos vermelhos mas secos, como se o choro tivesse passado por ela havia pouco e já não encontrasse mais lugar onde se assentar. Havia em sua compostura algo estudado, uma elegância que nem a tragédia conseguia desarmar de todo, e que a Julio, com os anos, já não lhe parecia nem suspeita nem inocente por si só: apenas mais um dado para guardar.

—Inspetor Morosini, suponho —disse, com a voz firme, ainda que um pouco embargada no final da frase—. O Prefeito nos avisou que o senhor viria. Obrigada por vir a esta hora.

—Aposentado, senhora, mas sim, Morosini. E este é o Padre Suncho, que me acompanha.

Ao seu lado, com a gravata ainda perfeitamente dada, como se a morte do cunhado não tivesse conseguido torcer nem um centímetro de sua compostura, estava Norberto Padín. Quarenta e oito anos, irmão de Mercedes, de terno escuro e óculos de armação fina, Secretário de Obras e Planejamento Urbano da Prefeitura de San Miguel. Levantou-se para cumprimentar com um aperto de mão correto, quase protocolar, mas Julio notou que seus olhos, ao fazê-lo, evitavam cruzar totalmente com os dele, como quem cumprimenta olhando um ponto ligeiramente desviado do interlocutor.

—Norberto Padín —se apresentou—. Qualquer coisa que precisem, contem comigo. Isto é uma tragédia terrível para toda a família, e também, ouso dizer, para toda Bella Vista.

—E para o colégio —acrescentou uma voz vinda da poltrona mais afastada, com um tom que não escondia de todo o ressentimento—. Não esqueça de mencionar o colégio, Norberto. Esta noite era justamente para isso.

Quem falava era Federico O'Farrell, filho de Edelmiro de seu primeiro casamento. Quarenta anos, gravata afrouxada até a metade do peito, o paletó jogado de qualquer jeito sobre o encosto da poltrona, tinha o olhar de quem havia muito tempo tinha deixado de fingir que se importava em guardar as formas. Passava a mão pelo cabelo, curto e arrumado exceto por aquele gesto nervoso que o desarrumava de vez em quando, e não se levantou para cumprimentar.

—Federico —disse apenas, sem estender a mão—. Desculpe se não me levanto. Não estou com muita vontade de protocolo esta noite.

Mercedes fechou os olhos por um segundo, como quem já conhece o tom e prefere não gastar energia corrigindo-o. Norberto, por sua vez, voltou a se sentar com um meio sorriso incômodo, o de alguém que decide não dar importância demais à provocação de um momento assim.

—Federico está passando por um momento difícil —disse Mercedes, em voz baixa, quase como um pedido de desculpas dirigido aos recém-chegados—. Todos nós estamos.

—Imagino —respondeu Julio, sem pressa, tomando assento diante dos três sem que ninguém o convidasse, algo que sempre fazia, com a mesma naturalidade com que um médico se aproxima para examinar um paciente—. Por isso mesmo vou tentar ser breve esta noite. Amanhã, com a cabeça mais descansada, vamos precisar conversar com mais calma.

—O que o senhor precisa saber agora? —perguntou Norberto, cruzando uma perna sobre a outra com um movimento tranquilo demais para as circunstâncias.

—Quem viu Edelmiro pela última vez, e em que estado de espírito ele estava.

O silêncio que se seguiu durou apenas alguns segundos, mas a Julio, acostumado a medir esses silêncios como quem mede o pulso de um doente, bastou para notar que os três tinham olhado, ainda que por uma fração de instante, em direções diferentes: Mercedes para a janela, Federico para o chão, Norberto para o próprio Julio, com uma fixidez que àquela altura da noite já não podia passar por simples atenção.

—Estava feliz —disse Mercedes, por fim—. Animado com o anúncio que ia fazer. Fazia semanas que falava disso.

—Que anúncio?

—A restauração do colégio —interveio Federico, com uma amargura que não se deu ao trabalho de disfarçar—. A grande obra final dele. Sempre teve fraqueza por essa parte da chácara, mais do que por qualquer um de nós, se quer que eu seja sincero.

—Federico, por favor —murmurou Norberto, num tom que buscava soar conciliador e soava, em vez disso, apenas incomodado.

—E o senhor, Norberto? —perguntou Julio, virando a cabeça na direção dele—. Falou com Edelmiro esta noite?

—Umas duas palavras, só. Como todo mundo. Era uma festa, inspetor, não uma reunião de trabalho.

A resposta saiu rápida demais, arrumada demais, e Julio a guardou, sem nenhum comentário, naquele lugar da memória onde costumava guardar as frases que depois acabavam se repetindo, quase sempre, no momento menos esperado. Levou o palito à boca, virou o olhar para o Padre Suncho, que tinha permanecido em silêncio junto à porta observando os três com aquele olhar seu capaz de ler, por baixo de cada gesto, algo que as palavras ainda não se animavam a dizer, e decidiu que, por aquela noite, já era suficiente.

—Vamos deixá-los descansar —disse, pondo-se de pé—. Amanhã voltamos com mais perguntas. E com mais tempo.

Mercedes assentiu, agradecida. Federico não disse nada. Norberto se limitou a ajeitar de novo os óculos, com um gesto que a qualquer outro teria passado despercebido, mas que a Julio, que levava meia vida lendo mãos antes de palavras, ficou girando na cabeça durante todo o caminho de volta.

Coplas da noite

La biblioteca della Quinta Los Tilos era, tra tutte le stanze che Julio aveva percorso quella notte, l'unica che sembrava essersi salvata dal deterioro generale dell'ala abbandonata. Gli scaffali di rovere scuro arrivavano fino al soffitto, carichi di libri che probabilmente nessuno apriva da anni, e un lampadario di cristalli, acceso a mezza luce, lasciava cadere sui mobili un bagliore giallastro che addolciva, senza riuscire a nascondere del tutto, la tensione dei tre volti che aspettavano seduti intorno a un tavolino basso.

Mercedes Padín de O'Farrell fu la prima ad alzare lo sguardo quando Julio entrò, accompagnato da Padre Suncho e con il commissario Sosa un passo indietro. Cinquantadue anni, un abito da sera color champagne che ora sembrava fuori luogo, i capelli biondi raccolti in uno chignon che cominciava a disfarsi in alcune ciocche sciolte. Teneva le mani intrecciate sulla gonna, immobili, e gli occhi arrossati ma asciutti, come se il pianto fosse passato per lei un po' prima e non trovasse più dove posarsi. C'era nel suo contegno qualcosa di studiato, un'eleganza che nemmeno la tragedia riusciva del tutto a disarmare, e che a Julio, con gli anni, non risultava più né sospetta né innocente di per sé: solo un altro dato da conservare.

—Ispettore Morosini, immagino — disse, con voce ferma, anche se un po' incrinata alla fine della frase —. Il Sindaco ci ha avvisati che sarebbe venuto. Grazie per essere venuto a quest'ora.

—In pensione, signora, ma sì, Morosini. E questo è Padre Suncho, che mi accompagna.

Accanto a lei, con la cravatta ancora perfettamente annodata, come se la morte del cognato non fosse riuscita a scalfire di un centimetro il suo contegno, sedeva Norberto Padín. Quarantotto anni, fratello di Mercedes, abito scuro e occhiali dalla montatura sottile, Segretario alle Opere Pubbliche e alla Pianificazione Urbana del Comune di San Miguel. Si alzò per salutare con una stretta di mano corretta, quasi protocollare, ma Julio notò che i suoi occhi, nel farlo, evitavano di incrociare del tutto i propri, come chi saluta guardando un punto appena spostato rispetto all'interlocutore.

—Norberto Padín — si presentò —. Per qualsiasi cosa vi serva, contate su di me. Questa è una tragedia terribile per tutta la famiglia, e anche, oso dire, per tutta Bella Vista.

—E per la scuola — aggiunse una voce dalla poltrona più lontana, con un tono che non nascondeva del tutto il risentimento —. Non si dimentichi di menzionare la scuola, Norberto. Questa sera era proprio per quello.

A parlare era Federico O'Farrell, figlio di Edelmiro dal primo matrimonio. Quarant'anni, cravatta allentata fino a metà petto, la giacca buttata alla bell'e meglio sullo schienale della poltrona, aveva lo sguardo di chi ha smesso da tempo di fingere che gli importasse mantenere le apparenze. Si passava una mano tra i capelli, corti e ordinati se non per quel gesto nervoso che li scompigliava ogni tanto, e non si alzò per salutare.

—Federico — disse appena, senza porgere la mano —. Scusi se non mi alzo. Stasera non ho molta voglia di protocollo.

Mercedes chiuse gli occhi per un secondo, come chi conosce già quel tono e preferisce non sprecare energie per correggerlo. Norberto, invece, tornò a sedersi con un mezzo sorriso a disagio, quello di chi decide di non dare troppa importanza alla provocazione di un momento simile.

—Federico sta attraversando un momento difficile — disse Mercedes, a voce bassa, quasi come una scusa rivolta ai nuovi arrivati —. Lo stiamo attraversando tutti.

—Immagino — rispose Julio, senza fretta, sedendosi di fronte ai tre senza che nessuno lo invitasse, cosa che faceva sempre, con la stessa naturalezza con cui un medico si avvicina a esaminare un paziente —. Proprio per questo cercherò di essere breve stasera. Domani, con la testa più riposata, dovremo parlare con più calma.

—Cosa ha bisogno di sapere adesso? — chiese Norberto, accavallando le gambe con un movimento troppo tranquillo per le circostanze.

—Chi ha visto Edelmiro per ultimo, e in che stato d'animo era.

Il silenzio che seguì durò appena un paio di secondi, ma a Julio, abituato a misurare quei silenzi come chi misura il polso di un malato, bastò per notare che tutti e tre avevano guardato, anche solo per una frazione di istante, in direzioni diverse: Mercedes verso la finestra, Federico verso il pavimento, Norberto verso lo stesso Julio, con una fissità che a quel punto della notte non poteva più passare per semplice attenzione.

—Era felice — disse Mercedes, alla fine —. Entusiasta dell'annuncio che stava per fare. Ne parlava da settimane.

—Che annuncio?

—Il restauro della scuola — intervenne Federico, con un'amarezza che non si preoccupò di nascondere —. La sua grande opera finale. Ha sempre avuto un debole per quella parte della tenuta, più che per ognuno di noi, se vuole che sia sincero.

—Federico, per favore — mormorò Norberto, con un tono che cercava di suonare conciliante e che suonava, invece, semplicemente infastidito.

—E lei, Norberto? — chiese Julio, girando appena la testa verso di lui —. Ha parlato con Edelmiro stasera?

—Solo un paio di parole. Come tutti. Era una festa, ispettore, non una riunione di lavoro.

La risposta uscì troppo rapida, troppo curata, e Julio la conservò, senza alcun commento, in quel luogo della memoria dove era solito custodire le frasi che poi finivano per ripresentarsi, quasi sempre, nel momento meno atteso. Si portò lo stuzzicadenti alla bocca, girò lo sguardo verso Padre Suncho, che era rimasto in silenzio accanto alla porta osservando i tre con quel suo sguardo capace di leggere, sotto ogni gesto, qualcosa che le parole non osavano ancora dire, e decise che, per quella notte, bastava così.

—Vi lasciamo riposare — disse, alzandosi in piedi —. Domani torniamo con altre domande. E con più tempo.

Mercedes annuì, riconoscente. Federico non disse nulla. Norberto si limitò a sistemarsi di nuovo gli occhiali, un gesto che a chiunque altro sarebbe passato inosservato, ma che a Julio, che passava mezza vita a leggere le mani prima delle parole, rimase a rimuginare per tutto il tragitto di ritorno.

Coplas della notte

La bibliothèque de la Quinta Los Tilos était, de toutes les pièces que Julio avait parcourues cette nuit-là, la seule qui semblait avoir échappé à la dégradation générale de l'aile abandonnée. Les étagères de chêne sombre montaient jusqu'au plafond, chargées de livres que personne, probablement, n'ouvrait plus depuis des années, et un lustre à pendeloques, allumé en veilleuse, laissait tomber sur les meubles une lueur jaunâtre qui adoucissait, sans parvenir tout à fait à la masquer, la tension des trois visages qui attendaient, assis autour d'une table basse.

Mercedes Padín de O'Farrell fut la première à lever les yeux quand Julio entra, accompagné du Père Suncho et du commissaire Sosa un pas en retrait. Cinquante-deux ans, une robe de soirée couleur champagne qui semblait à présent déplacée, les cheveux blonds ramassés en chignon d'où s'échappaient déjà quelques mèches. Elle tenait les mains jointes sur sa jupe, immobiles, et les yeux rougis mais secs, comme si les larmes étaient déjà passées par elle un moment plus tôt et ne trouvaient plus où se poser. Il y avait dans sa tenue quelque chose d'étudié, une élégance que même la tragédie ne parvenait pas tout à fait à désarmer, et qui, pour Julio, avec les années, n'était plus en soi ni suspecte ni innocente : simplement une donnée de plus à conserver.

— Inspecteur Morosini, je suppose, dit-elle, la voix ferme, bien que légèrement brisée à la fin de la phrase. Le maire nous a prévenus que vous viendriez. Merci d'être venu à cette heure.

— Retraité, madame, mais oui, Morosini. Et voici le Père Suncho, qui m'accompagne.

À côté d'elle, la cravate encore parfaitement nouée, comme si la mort de son beau-frère n'avait pas réussi à froisser d'un centimètre sa tenue, se tenait Norberto Padín. Quarante-huit ans, frère de Mercedes, costume sombre et lunettes à fine monture, secrétaire aux Travaux et à l'Urbanisme de la municipalité de San Miguel. Il se leva pour saluer d'une poignée de main correcte, presque protocolaire, mais Julio remarqua que ses yeux, ce faisant, évitaient de croiser tout à fait les siens, comme celui qui salue en regardant un point légèrement décalé de son interlocuteur.

— Norberto Padín, se présenta-t-il. Pour tout ce dont vous auriez besoin, comptez sur moi. C'est une tragédie terrible pour toute la famille, et aussi, j'ose le dire, pour tout Bella Vista.

— Et pour le collège, ajouta une voix depuis le fauteuil le plus éloigné, sur un ton qui ne cachait pas tout à fait le ressentiment. N'oublie pas de mentionner le collège, Norberto. Cette soirée était justement pour ça.

Celui qui parlait était Federico O'Farrell, fils d'Edelmiro issu de son premier mariage. Quarante ans, cravate desserrée jusqu'à mi-poitrine, veste jetée sans façon sur le dossier du fauteuil, il avait le regard de quelqu'un qui a depuis longtemps cessé de faire semblant que les convenances lui importaient. Il se passait une main dans les cheveux, courts et soignés hormis ce geste nerveux qui les décoiffait de temps à autre, et ne se leva pas pour saluer.

— Federico, dit-il simplement, sans tendre la main. Excusez-moi si je ne me lève pas. Je n'ai pas très envie de protocole ce soir.

Mercedes ferma les yeux un instant, comme quelqu'un qui connaît déjà ce ton et préfère ne pas gaspiller d'énergie à le corriger. Norberto, lui, se rassit avec un demi-sourire gêné, celui de quelqu'un qui décide de ne pas accorder trop d'importance à la provocation d'un pareil moment.

— Federico traverse un moment difficile, dit Mercedes à voix basse, presque comme une excuse adressée aux nouveaux arrivants. Nous le sommes tous.

— Je m'en doute, répondit Julio sans se presser, prenant place face aux trois sans que personne ne l'y ait invité, ce qu'il faisait toujours, avec la même naturalité qu'un médecin s'approchant d'un patient à examiner. C'est justement pour ça que je vais tâcher d'être bref ce soir. Demain, l'esprit plus reposé, nous aurons besoin de parler plus calmement.

— Qu'avez-vous besoin de savoir maintenant ? demanda Norberto, croisant une jambe sur l'autre d'un mouvement trop tranquille pour les circonstances.

— Qui a vu Edelmiro en dernier, et dans quel état d'esprit il se trouvait.

Le silence qui suivit ne dura qu'une paire de secondes, mais à Julio, habitué à mesurer ces silences comme on prend le pouls d'un malade, cela suffit pour remarquer que tous les trois avaient regardé, ne serait-ce qu'une fraction d'instant, dans des directions différentes : Mercedes vers la fenêtre, Federico vers le sol, Norberto vers Julio lui-même, avec une fixité qui, à cette heure de la nuit, ne pouvait plus passer pour de la simple attention.

— Il était heureux, dit enfin Mercedes. Enthousiaste à propos de l'annonce qu'il allait faire. Cela faisait des semaines qu'il en parlait.

— Quelle annonce ?

— La restauration du collège, intervint Federico avec une amertume qu'il ne se donna pas la peine de dissimuler. Sa grande œuvre finale. Il a toujours eu un faible pour cette partie de la propriété, plus que pour n'importe lequel d'entre nous, si vous voulez que je sois sincère.

— Federico, je t'en prie, murmura Norberto, sur un ton qui cherchait à sonner conciliant et qui, au contraire, sonnait simplement agacé.

— Et vous, Norberto ? demanda Julio en tournant à peine la tête vers lui. Avez-vous parlé à Edelmiro ce soir ?

— Quelques mots, à peine. Comme tout le monde. C'était une fête, inspecteur, pas une réunion de travail.

La réponse sortit trop vite, trop soignée, et Julio la rangea, sans commentaire, dans ce coin de sa mémoire où il avait l'habitude de conserver les phrases qui, plus tard, finissaient presque toujours par ressurgir au moment le moins attendu. Il porta le cure-dent à sa bouche, tourna les yeux vers le Père Suncho, qui était resté silencieux près de la porte à observer les trois avec ce regard bien à lui, capable de lire, sous chaque geste, quelque chose que les mots n'osaient pas encore dire, et décida que, pour cette nuit, cela suffisait.

— Nous allons vous laisser vous reposer, dit-il en se levant. Nous reviendrons demain avec d'autres questions. Et avec plus de temps.

Mercedes acquiesça, reconnaissante. Federico ne dit rien. Norberto se contenta de rajuster ses lunettes, d'un geste qui serait passé inaperçu aux yeux de n'importe qui d'autre, mais qui, pour Julio, habitué depuis la moitié de sa vie à lire les mains avant les mots, continua de tourner dans sa tête tout le long du chemin du retour.

Coplas de la nuit

Coplas de la nocheCoplas of the nightCoplas da noiteCoplas della notteCoplas de la nuit

Bajo la araña encendida
tres rostros, una verdad,
cada uno con su herida
guardada a su manera y edad.

La que no llora ya llora
por dentro, sin que se vea;
el que se queja, se ignora
a sí mismo en lo que desea.

Y el que más calma parece
suele guardar, bajo el traje,
la palabra que estremece
cuando por fin sale de viaje.

Under the chandelier's glow
three faces, one same truth,
each one nursing its own wound,
kept in its own way, its own age.

She who no longer weeps still weeps
within, where no one sees;
he who complains, ignores
himself in what he wants.

And he who seems most calm
tends to keep, beneath his suit,
the word that shakes the room
once it finally comes out.

Sob o lustre iluminado
três rostos, uma verdade,
cada um com seu machucado
guardado à sua idade.

A que não chora, já chora
por dentro, sem que se veja;
o que reclama, ele ignora
a si mesmo no que deseja.

E o que mais calma parece
costuma guardar, sob o traje,
a palavra que estremece
quando enfim sai de viagem.

Sotto il lampadario acceso
tre volti, una sola verità,
ognuno con la sua ferita
custodita a modo e età.

Chi non piange, piange ancora
dentro, senza farsi vedere;
chi si lamenta, ignora
se stesso in ciò che vuole avere.

E chi più calmo sembra
suole celare, sotto l'abito,
la parola che fa tremare
quando finalmente parte in viaggio.

Sous le lustre allumé
trois visages, une vérité,
chacun avec sa blessure
gardée à sa façon, à son âge.

Celle qui ne pleure plus pleure
en dedans, sans que ça se voie ;
celui qui se plaint s'ignore
lui-même dans ce qu'il désire.

Et celui qui paraît le plus calme
garde souvent, sous son habit,
le mot qui fait trembler
quand il finit par sortir en voyage.

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Una novela del Inspector Julio Morosini

Saga policial Julio Morosini · Libro 2

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