Tapa

Índice

  1. 1El hombre del banco de la esquinaThe man on the corner benchO homem do banco da esquinaL'uomo della panchina all'angoloL'homme du banc du coin
  2. 2La mujer de la libretaThe woman with the sketchbookA mulher do caderninhoLa donna del taccuinoLa femme au carnet
  3. 3El termo vacíoThe empty thermosA garrafa térmica vaziaIl thermos vuotoLe thermos vide
  4. 4Lo que no se formalizóWhat was never made officialO que não se formalizouQuello che non si è formalizzatoCe qui ne s'était pas formalisé
  5. 5La noche que se alargóThe night that stretched onA noite que se alongouLa notte che si allungòLa nuit qui s'étira
  6. 6Palmeras yatayYatay palmsPalmeiras yatayPalme yatayPalmiers yatay
  7. 7El guisoThe stewO guisadoLo stufatoLe ragoût
  8. 8El padreThe fatherO paiIl padreLe père
  9. 9El interrogatorio de BetinaBetina's interrogationO interrogatório da BetinaL'interrogatorio di BetinaL'interrogatoire de Betina
  10. 10El otro lado del ríoThe other side of the riverO outro lado do rioL'altra riva del fiumeL'autre rive du fleuve
  11. 11SilvinaSilvinaSilvinaSilvinaSilvina
  12. 12El primer intentoThe first attemptA primeira tentativaIl primo tentativoLa première tentative
  13. 13Lo que estaba en el bolsilloWhat was in the pocketO que estava no bolsoQuello che c'era nella tascaCe qu'il y avait dans la poche
  14. 14El bancoThe benchO bancoLa panchinaLe banc
  15. 15Todo, esta vezEverything, this timeTudo, desta vezTutto, questa voltaTout, cette fois
  16. 16El doctor FerreiraDoctor FerreiraO doutor FerreiraIl dottor FerreiraLe docteur Ferreira
  17. 17Una sola casaOne single houseUma casa sóUna sola casaUne seule maison
  18. 18Los cincuenta de BetinaBetina's fiftiethOs cinquenta de BetinaI cinquanta di BetinaLes cinquante ans de Betina
  19. 19Un número que subeA number that's climbingUm número que sobeUn numero che saleUn chiffre qui monte
  20. 20Fase aceleradaAccelerated phaseFase aceleradaFase accelerataPhase accélérée
  21. 21Un respiroA breatherUm respiroUn respiroUn répit
  22. 22Dos añosTwo yearsDois anosDue anniDeux ans
  23. 23Mayo tranquiloA quiet MayMaio tranquiloMaggio tranquilloMai tranquille
  24. 24JunioJuneJunhoGiugnoJuin
  25. 25El bancoThe benchO bancoLa panchinaLe banc

EMDAI — Relatos donde los vínculos humanos tienen la última palabra

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Capítulo 1

El hombre del banco de la esquinaThe man on the corner benchO homem do banco da esquinaL'uomo della panchina all'angoloL'homme du banc du coin

Ignacio Beltrán había calculado, alguna vez, cuántas horas de su vida pasó dentro de un ascensor de vidrio en el piso catorce de un edificio de Catalinas, y el número le resultó tan alto que prefirió no volver a hacer esa cuenta nunca más.

Diez años de abogado en uno de esos estudios grandes, de esos que ocupan tres pisos y tienen el nombre de cuatro socios fundadores en la puerta de entrada, le habían dado una tarjeta con su nombre en letras discretas, un sueldo que a los treinta y dos ya le permitía cualquier capricho razonable, y una úlcera que el gastroenterólogo insistía en llamar "reflujo por estrés" para no asustarlo del todo. Le habían dado, también, la costumbre de revisar el teléfono antes de abrir los ojos del todo a la mañana, y la certeza, cada vez más difícil de ignorar, de que estaba construyendo una vida entera alrededor de contratos que en el fondo no le importaban a nadie, ni siquiera a los que los firmaban.

La decisión no fue un quiebre dramático. Fue, más bien, una sucesión de domingos a la noche con esa angustia específica de saber que el lunes empezaba de nuevo la misma rueda, hasta que un domingo cualquiera, a los treinta y cinco años, Ignacio se dio cuenta de que ya no le quedaban ganas de fingir que esa angustia era normal.

Colón apareció en su cabeza casi antes que la decisión misma. De chico, todos los eneros, su papá y Marta —la mujer con la que Horacio había rehecho su vida un par de años después de enviudar, y a la que Ignacio, sin proponérselo nunca del todo, terminó queriendo como a una madre— cargaban el auto y manejaban las cuatro horas desde Buenos Aires hasta esa ciudad chica de Entre Ríos, sobre la costa del río Uruguay, con sus arenas rojizas y sus tardes de sombra bajo los árboles de las playas y el aire liviano que en la City jamás había vuelto a respirar. Su viejo, con el que hablaba casi todos los días por teléfono, todavía se lo repetía cada vez que lo llamaba: que Colón era el único lugar del mundo donde el tiempo pasaba a otra velocidad, más despacio, sin culpa. A Ignacio, treinta años después, esa frase le sonó de golpe como la única indicación de vida que necesitaba seguir.

Renunció al estudio con un preaviso más largo de lo obligado, por prolijo, y con la sensación extraña de estar cometiendo, a los ojos de todos sus colegas, un acto de una locura tan grande como envidiable. Se instaló en una casa baja, de las de antes, a seis cuadras del río, y montó un estudio jurídico chico —él, una secretaria dos veces por semana, y una placa discreta en la puerta— que atendía sobre todo temas de sucesiones, escrituras y algún que otro conflicto vecinal, nada que le acelerara el pulso como antes, y esa ausencia de pulso acelerado, con el tiempo, había empezado a sentirla como salud.

Sus tardes, desde entonces, tenían una arquitectura nueva. A las seis, cerraba el estudio, caminaba las cuatro cuadras hasta la plaza San Martín con un libro bajo el brazo y el mate cebado, se sentaba siempre en el mismo banco —el de la esquina, bajo un jacarandá enorme que en octubre y noviembre tapizaba el suelo de violeta— y leía hasta que el sol empezaba a bajar en serio sobre la ribera. Esa semana llevaba las Meditaciones de Marco Aurelio, un librito viejo, subrayado con las anotaciones de al menos tres lecturas distintas a lo largo de los años, cada una hecha en un momento distinto de su vida y con una letra ligeramente distinta también.

Fue en esa plaza, hacía ya casi dos meses, que empezó a notar a la mujer del otro banco.

Se sentaba casi siempre a la misma hora que él, en un banco en diagonal, del otro lado del sendero de laja, con su propio mate y sin ningún libro: se quedaba mirando el ir y venir de la plaza, a veces con una libretita de dibujo sobre las piernas que abría y cerraba sin aparente urgencia, como quien dibuja solamente cuando algo se lo pide de verdad y no por obligación. Tenía el pelo oscuro atado siempre de un modo distinto, y una forma de tomar mate —lenta, sin apuro, cebando para ella misma con una concentración casi ceremonial— que a Ignacio, sin que pudiera explicar bien por qué, le resultaba hipnótica.

La primera vez que cruzaron miradas, hacía ya varias semanas, Ignacio bajó la vista al libro con una rapidez que después, esa misma noche, le pareció ridícula para un hombre de treinta y cinco años. Pero notó, los días siguientes, que ella también apartaba la vista con una velocidad parecida cuando el cruce ocurría al revés, y esa simetría —esa vergüenza compartida y nunca hablada— se convirtió, sin que ninguno de los dos lo decidiera, en una especie de ritual silencioso. Se miraban. Sabían que se miraban. Ninguno decía nada.

Ignacio había llegado a Colón buscando silencio, y lo había encontrado en el río, en las siestas largas, en la ausencia total de urgencia de sus nuevos clientes. No esperaba encontrar, además, una intriga tan simple y tan antigua como la de una mujer desconocida en la plaza de todas las tardes. Y sin embargo ahí estaba, cada día a las seis, con Marco Aurelio en la mano y la vista, cada vez con menos disimulo, cruzando el sendero de laja hacia el banco de enfrente.

Esa tarde de fines de septiembre, con los jacarandás todavía verdes pero ya anunciando las primeras flores, Ignacio cerró el libro más temprano que de costumbre. El aire tenía esa temperatura exacta de la primavera entrerriana que todavía no decide si es fresca o tibia, y por primera vez en dos meses, en lugar de fingir que leía, se permitió simplemente mirarla, un poco más de lo prudente, un poco menos a escondidas.

Ella, del otro lado del sendero, levantó la vista en el mismo instante, como si algo en el aire hubiera cambiado también para ella. Y por primera vez, ninguno de los dos apartó la mirada enseguida.

Ignacio no lo sabía todavía, mate en mano, con Marco Aurelio cerrado sobre las rodillas, pero esa tarde de plaza iba a ser, con el tiempo, la que dividiera su vida en un antes y un después mucho más profundo que la renuncia al estudio, que la mudanza, que cualquier otra decisión que hubiera tomado hasta entonces.

Todavía no sabía su nombre.

Ignacio Beltrán had once calculated how many hours of his life he had spent inside a glass elevator on the fourteenth floor of a building in Catalinas, and the number had come out so high that he decided never to do that math again.

Ten years as a lawyer at one of those big firms — the kind that occupy three floors and have the names of four founding partners over the door — had given him a business card with his name in discreet lettering, a salary that by thirty-two already let him indulge any reasonable whim, and an ulcer his gastroenterologist insisted on calling "stress reflux" so as not to alarm him outright. They had also given him the habit of checking his phone before he had fully opened his eyes in the morning, and the increasingly hard-to-ignore certainty that he was building an entire life around contracts that, in the end, mattered to no one — not even to the people who signed them.

The decision wasn't a dramatic break. It was, rather, a string of Sunday nights with that particular anguish of knowing Monday would set the same wheel turning again, until one ordinary Sunday, at thirty-five, Ignacio realized he no longer had it in him to pretend that anguish was normal.

Colón had appeared in his mind almost before the decision itself did. As a boy, every January, his father and Marta — the woman with whom Horacio had rebuilt his life a couple of years after being widowed, and whom Ignacio, without ever fully meaning to, had come to love like a mother — used to load up the car and drive the four hours from Buenos Aires to that small city in Entre Ríos, on the banks of the río Uruguay, with its reddish sands and long shaded afternoons beneath the beach trees and that light air he had never managed to breathe again in the City. His old man, whom he spoke to on the phone almost every day, still said it to him every time he called: that Colón was the only place in the world where time moved at a different speed — slower, without guilt. Thirty years later, that phrase had struck Ignacio, all at once, as the only sign of life he needed to follow.

He resigned from the firm giving more notice than required, out of tidiness, with the strange sense that in the eyes of all his colleagues he was committing an act as mad as it was enviable. He settled into a low house, one of the old kind, six blocks from the river, and set up a small law office — himself, a secretary twice a week, and a discreet plaque on the door — that handled mostly inheritance matters, deeds, and the occasional neighborhood dispute, nothing that quickened his pulse the way things used to, and that absence of a quickened pulse had, in time, come to feel to him like health.

His afternoons, from then on, took on a new architecture. At six he closed the office, walked the four blocks to Plaza San Martín with a book under his arm and his mate freshly brewed, always sat on the same bench — the one on the corner, under an enormous jacaranda that in October and November carpeted the ground in violet — and read until the sun really began to sink over the riverbank. That week he was carrying Meditations by Marcus Aurelius, a worn little book, underlined with the notes of at least three separate readings over the years, each made at a different point in his life and in a slightly different hand each time.

It was in that plaza, almost two months ago now, that he had begun to notice the woman on the other bench.

She sat almost always at the same hour as him, on a bench diagonally across, on the other side of the flagstone path, with her own mate and no book at all: she would sit watching the plaza's comings and goings, sometimes with a small sketchbook on her lap that she opened and closed without any apparent urgency, like someone who draws only when something truly calls for it and never out of obligation. She wore her dark hair tied up differently every time, and she had a way of drinking mate — slow, unhurried, brewing it for herself with an almost ceremonial concentration — that Ignacio, without quite being able to explain why, found hypnotic.

The first time their eyes met, several weeks back now, Ignacio had dropped his gaze to the book with a speed that later that same night struck him as ridiculous for a man of thirty-five. But in the days that followed he noticed that she, too, looked away with a similar speed whenever the encounter happened in reverse, and that symmetry — that shared, never-spoken embarrassment — had become, without either of them deciding it, a kind of silent ritual. They watched each other. They knew they watched each other. Neither said a word.

Ignacio had come to Colón looking for quiet, and he had found it in the river, in the long siestas, in the total absence of urgency in his new clients. He had not expected to also find an intrigue as simple and as old as that of an unknown woman in the plaza every afternoon. And yet there she was, every day at six, with Marcus Aurelius in hand and his gaze, with less and less disguise each time, crossing the flagstone path toward the bench across the way.

That late-September afternoon, with the jacarandas still green but already promising their first blooms, Ignacio closed the book earlier than usual. The air held that exact temperature of an Entre Ríos spring that still hasn't decided whether it's cool or warm, and for the first time in two months, instead of pretending to read, he allowed himself simply to look at her — a little longer than was prudent, a little less in secret.

She, on the other side of the path, looked up in that very instant, as if something in the air had shifted for her too. And for the first time, neither of them looked away right away.

Ignacio didn't know it yet, mate in hand, Marcus Aurelius closed on his knees, but that afternoon in the plaza would, in time, turn out to be the one that divided his life into a before and an after far more profound than quitting the firm, than the move, than any other decision he had made until then.

He still didn't know her name.

Ignacio Beltrán tinha calculado, uma vez, quantas horas da vida passara dentro de um elevador de vidro no décimo quarto andar de um edifício em Catalinas, e o número lhe pareceu tão alto que preferiu nunca mais refazer essa conta.

Dez anos como advogado em um daqueles escritórios grandes, desses que ocupam três andares e têm o nome de quatro sócios fundadores na porta de entrada, tinham lhe dado um cartão com o nome em letras discretas, um salário que aos trinta e dois anos já lhe permitia qualquer capricho razoável, e uma úlcera que o gastroenterologista insistia em chamar de "refluxo por estresse" para não assustá-lo de todo. Tinham lhe dado, também, o hábito de checar o celular antes mesmo de abrir os olhos por completo pela manhã, e a certeza, cada vez mais difícil de ignorar, de que estava construindo uma vida inteira em torno de contratos que, no fundo, não importavam a ninguém, nem mesmo a quem os assinava.

A decisão não foi uma ruptura dramática. Foi, antes, uma sucessão de domingos à noite com aquela angústia específica de saber que na segunda-feira a mesma roda recomeçava a girar, até que num domingo qualquer, aos trinta e cinco anos, Ignacio percebeu que não lhe restava mais vontade de fingir que aquela angústia era normal.

Colón surgiu em sua cabeça quase antes da própria decisão. Quando criança, todos os janeiros, seu pai e Marta — a mulher com quem Horacio refizera a vida um par de anos depois de enviuvar, e a quem Ignacio, sem nunca se propor totalmente a isso, acabou amando como a uma mãe — enchiam o carro e dirigiam as quatro horas desde Buenos Aires até aquela cidade pequena de Entre Ríos, na margem do rio Uruguay, com suas areias avermelhadas e suas tardes de sombra sob as árvores das praias e aquele ar leve que na City ele nunca mais voltara a respirar. Seu velho, com quem falava quase todos os dias por telefone, ainda repetia isso toda vez que ligava: que Colón era o único lugar do mundo onde o tempo passava numa outra velocidade, mais devagar, sem culpa. A Ignacio, trinta anos depois, essa frase soou de repente como a única indicação de vida que precisava seguir.

Pediu demissão do escritório com um aviso prévio mais longo que o obrigatório, por capricho de organização, e com a sensação estranha de estar cometendo, aos olhos de todos os colegas, um ato de uma loucura tão grande quanto invejável. Instalou-se numa casa baixa, das antigas, a seis quadras do rio, e montou um escritório jurídico pequeno — ele, uma secretária duas vezes por semana, e uma placa discreta na porta — que atendia sobretudo questões de inventário, escrituras e algum conflito de vizinhança, nada que lhe acelerasse o pulso como antes, e essa ausência de pulso acelerado, com o tempo, passara a sentir como saúde.

Suas tardes, desde então, tinham uma arquitetura nova. Às seis, fechava o escritório, caminhava as quatro quadras até a praça San Martín com um livro debaixo do braço e a cuia de mate pronta, sentava-se sempre no mesmo banco — o da esquina, sob um jacarandá enorme que em outubro e novembro cobria o chão de violeta — e lia até o sol começar a descer de verdade sobre a margem do rio. Naquela semana estava lendo as Meditações de Marco Aurélio, um livrinho velho, sublinhado com anotações de pelo menos três leituras diferentes ao longo dos anos, cada uma feita num momento distinto de sua vida e com uma letra ligeiramente distinta também.

Foi naquela praça, fazia já quase dois meses, que começou a notar a mulher do outro banco.

Ela se sentava quase sempre na mesma hora que ele, num banco na diagonal, do outro lado do caminho de lajotas, com seu próprio mate e sem nenhum livro: ficava olhando o vaivém da praça, às vezes com um caderninho de desenho sobre as pernas, que abria e fechava sem urgência aparente, como quem desenha somente quando algo realmente pede e não por obrigação. Tinha o cabelo escuro preso sempre de um jeito diferente, e um modo de tomar mate — lento, sem pressa, cevando para si mesma com uma concentração quase cerimonial — que a Ignacio, sem que ele conseguisse explicar bem o motivo, parecia hipnótico.

Da primeira vez que os olhares se cruzaram, fazia já várias semanas, Ignacio baixou os olhos para o livro com uma rapidez que, naquela mesma noite, lhe pareceu ridícula para um homem de trinta e cinco anos. Mas notou, nos dias seguintes, que ela também desviava o olhar com uma velocidade parecida quando o cruzamento acontecia ao contrário, e essa simetria — essa vergonha compartilhada e nunca dita — transformou-se, sem que nenhum dos dois decidisse, numa espécie de ritual silencioso. Eles se olhavam. Sabiam que se olhavam. Nenhum dizia nada.

Ignacio tinha chegado a Colón em busca de silêncio, e o havia encontrado no rio, nas sonecas longas, na ausência total de urgência de seus novos clientes. Não esperava encontrar, além disso, um mistério tão simples e tão antigo quanto o de uma mulher desconhecida na praça de todas as tardes. E, no entanto, lá estava ele, todo dia às seis, com Marco Aurélio na mão e o olhar, cada vez com menos disfarce, atravessando o caminho de lajotas rumo ao banco em frente.

Naquela tarde de fins de setembro, com os jacarandás ainda verdes mas já anunciando as primeiras flores, Ignacio fechou o livro mais cedo que de costume. O ar tinha aquela temperatura exata da primavera entrerriana que ainda não decide se é fresca ou amena, e pela primeira vez em dois meses, em vez de fingir que lia, permitiu-se simplesmente olhá-la, um pouco mais do que seria prudente, um pouco menos às escondidas.

Ela, do outro lado do caminho, ergueu os olhos no mesmo instante, como se algo no ar tivesse mudado também para ela. E, pela primeira vez, nenhum dos dois desviou o olhar em seguida.

Ignacio ainda não sabia, mate na mão, com Marco Aurélio fechado sobre os joelhos, mas aquela tarde de praça viria a ser, com o tempo, a que dividiria sua vida num antes e num depois muito mais profundo do que a demissão do escritório, do que a mudança, do que qualquer outra decisão que tivesse tomado até então.

Ainda não sabia o nome dela.

Ignacio Beltrán aveva calcolato, una volta, quante ore della sua vita aveva trascorso dentro un ascensore di vetro al quattordicesimo piano di un edificio di Catalinas, e il numero gli era risultato così alto che preferì non rifare mai più quel conto.

Dieci anni da avvocato in uno di quegli studi grandi, di quelli che occupano tre piani e hanno il nome di quattro soci fondatori sulla porta d'ingresso, gli avevano dato un biglietto da visita con il suo nome in caratteri discreti, uno stipendio che a trentadue anni ormai gli permetteva qualsiasi capriccio ragionevole, e un'ulcera che il gastroenterologo insisteva a chiamare "reflusso da stress" per non spaventarlo del tutto. Gli avevano dato, anche, l'abitudine di controllare il telefono prima ancora di aprire bene gli occhi al mattino, e la certezza, sempre più difficile da ignorare, di stare costruendo un'intera vita attorno a contratti che in fondo non importavano a nessuno, nemmeno a chi li firmava.

La decisione non fu una rottura drammatica. Fu, piuttosto, una successione di domeniche sera con quell'angoscia specifica di sapere che il lunedì ricominciava la stessa ruota, finché una domenica qualsiasi, a trentacinque anni, Ignacio si rese conto che non gli restava più voglia di fingere che quell'angoscia fosse normale.

Colón gli si affacciò in mente quasi prima ancora della decisione stessa. Da bambino, tutti i gennai, suo padre e Marta — la donna con cui Horacio aveva rifatto la sua vita un paio d'anni dopo essere rimasto vedovo, e che Ignacio, senza mai proporselo del tutto, aveva finito per amare come una madre — caricavano l'auto e guidavano le quattro ore da Buenos Aires fino a quella piccola città di Entre Ríos, sulla costa del río Uruguay, con le sue sabbie rossastre e i suoi pomeriggi d'ombra sotto gli alberi delle spiagge e quell'aria leggera che in città non aveva mai più respirato. Suo padre, con cui parlava quasi tutti i giorni al telefono, glielo ripeteva ancora ogni volta che lo chiamava: che Colón era l'unico posto al mondo dove il tempo scorreva a un'altra velocità, più lento, senza colpa. A Ignacio, trent'anni dopo, quella frase suonò all'improvviso come l'unica indicazione di vita che gli restava da seguire.

Si dimise dallo studio con un preavviso più lungo del dovuto, per scrupolo, e con la strana sensazione di star compiendo, agli occhi di tutti i suoi colleghi, un atto di una follia tanto grande quanto invidiabile. Si sistemò in una casa bassa, di quelle di una volta, a sei isolati dal fiume, e mise su uno studio legale piccolo — lui, una segretaria due volte a settimana, e una targa discreta sulla porta — che si occupava soprattutto di successioni, atti notarili e qualche conflitto di vicinato, niente che gli accelerasse il battito come prima, e quell'assenza di battito accelerato, col tempo, aveva cominciato a sentirla come salute.

I suoi pomeriggi, da allora, avevano un'architettura nuova. Alle sei chiudeva lo studio, camminava i quattro isolati fino a plaza San Martín con un libro sotto il braccio e il mate pronto, si sedeva sempre sulla stessa panchina — quella dell'angolo, sotto un jacaranda enorme che in ottobre e novembre tappezzava il suolo di viola — e leggeva finché il sole non cominciava a calare sul serio sopra la riva. Quella settimana portava con sé i Pensieri di Marco Aurelio, un libriccino vecchio, sottolineato con le annotazioni di almeno tre letture diverse nel corso degli anni, ognuna fatta in un momento diverso della sua vita e con una grafia leggermente diversa anche.

Fu in quella piazza, ormai quasi due mesi prima, che cominciò a notare la donna dell'altra panchina.

Si sedeva quasi sempre alla stessa ora di lui, su una panchina in diagonale, dall'altra parte del vialetto di lastre di pietra, con il suo mate e senza nessun libro: restava a guardare il via vai della piazza, a volte con un taccuino da disegno sulle gambe che apriva e chiudeva senza apparente urgenza, come chi disegna soltanto quando qualcosa glielo chiede davvero e non per obbligo. Aveva i capelli scuri legati sempre in un modo diverso, e un modo di prendere il mate — lento, senza fretta, versandolo per sé con una concentrazione quasi cerimoniale — che a Ignacio, senza che potesse spiegarsi bene il perché, risultava ipnotico.

La prima volta che i loro sguardi si incrociarono, ormai diverse settimane prima, Ignacio abbassò gli occhi sul libro con una rapidità che, quella stessa notte, gli parve ridicola per un uomo di trentacinque anni. Ma notò, nei giorni successivi, che anche lei distoglieva lo sguardo con una velocità simile quando l'incrocio avveniva al contrario, e quella simmetria — quel pudore condiviso e mai detto a voce — divenne, senza che nessuno dei due lo decidesse, una specie di rituale silenzioso. Si guardavano. Sapevano di guardarsi. Nessuno dei due diceva nulla.

Ignacio era arrivato a Colón cercando silenzio, e lo aveva trovato nel fiume, nei lunghi pisolini pomeridiani, nell'assenza totale di urgenza dei suoi nuovi clienti. Non si aspettava di trovare, in più, un intrigo tanto semplice e tanto antico come quello di una donna sconosciuta nella piazza di tutti i pomeriggi. Eppure eccolo lì, ogni giorno alle sei, con Marco Aurelio in mano e lo sguardo, ogni volta con meno finzione, che attraversava il vialetto di pietra verso la panchina di fronte.

Quel pomeriggio di fine settembre, con i jacaranda ancora verdi ma che già annunciavano i primi fiori, Ignacio chiuse il libro più presto del solito. L'aria aveva quella temperatura esatta della primavera di Entre Ríos che ancora non decide se essere fresca o tiepida, e per la prima volta in due mesi, invece di fingere di leggere, si concesse semplicemente di guardarla, un po' più a lungo di quanto fosse prudente, un po' meno di nascosto.

Lei, dall'altra parte del vialetto, alzò lo sguardo nello stesso istante, come se anche per lei qualcosa nell'aria fosse cambiato. E per la prima volta, nessuno dei due distolse subito gli occhi.

Ignacio ancora non lo sapeva, mate in mano, con Marco Aurelio chiuso sulle ginocchia, ma quel pomeriggio di piazza sarebbe diventato, col tempo, quello che avrebbe diviso la sua vita in un prima e un dopo molto più profondo delle dimissioni dallo studio, del trasloco, di qualsiasi altra decisione presa fino ad allora.

Non sapeva ancora il suo nome.

Ignacio Beltrán avait calculé, une fois, combien d'heures de sa vie il avait passées dans un ascenseur de verre au quatorzième étage d'un immeuble de Catalinas, et le chiffre lui avait paru si élevé qu'il avait préféré ne plus jamais refaire ce calcul.

Dix ans d'avocat dans l'un de ces grands cabinets, de ceux qui occupent trois étages et affichent à l'entrée le nom de quatre associés fondateurs, lui avaient valu une carte de visite avec son nom en lettres discrètes, un salaire qui, à trente-deux ans déjà, lui permettait n'importe quel caprice raisonnable, et un ulcère que le gastro-entérologue s'obstinait à appeler "reflux dû au stress" pour ne pas trop l'effrayer. Ils lui avaient donné aussi l'habitude de consulter son téléphone avant même d'avoir vraiment ouvert les yeux le matin, et la certitude, de plus en plus difficile à ignorer, qu'il était en train de bâtir toute une vie autour de contrats qui, au fond, n'importaient à personne, pas même à ceux qui les signaient.

La décision ne fut pas une rupture spectaculaire. Ce fut plutôt une succession de dimanches soir avec cette angoisse particulière de savoir que le lundi la même roue recommençait à tourner, jusqu'à ce qu'un dimanche quelconque, à trente-cinq ans, Ignacio se rende compte qu'il n'avait plus la force de faire semblant que cette angoisse était normale.

Colón s'imposa dans son esprit presque avant la décision elle-même. Enfant, tous les mois de janvier, son père et Marta — la femme avec qui Horacio avait refait sa vie quelques années après être devenu veuf, et qu'Ignacio, sans jamais vraiment se le proposer, avait fini par aimer comme une mère — chargeaient la voiture et conduisaient les quatre heures depuis Buenos Aires jusqu'à cette petite ville d'Entre Ríos, sur la côte du fleuve Uruguay, avec ses sables rougeâtres, ses après-midis d'ombre sous les arbres des plages, et cet air léger qu'il n'avait plus jamais retrouvé dans la City. Son vieux, avec qui il parlait presque tous les jours au téléphone, le lui répétait encore à chaque appel : que Colón était le seul endroit au monde où le temps s'écoulait à une autre vitesse, plus lente, sans culpabilité. À Ignacio, trente ans plus tard, cette phrase avait soudain résonné comme la seule indication de vie qu'il lui restait à suivre.

Il démissionna du cabinet avec un préavis plus long que nécessaire, par souci de tenue, et avec l'étrange sensation de commettre, aux yeux de tous ses collègues, un acte d'une folie aussi grande qu'enviable. Il s'installa dans une maison basse, à l'ancienne, à six rues du fleuve, et monta un petit cabinet juridique — lui, une secrétaire deux fois par semaine, et une plaque discrète sur la porte — qui traitait surtout des successions, des actes notariés et quelques conflits de voisinage, rien qui lui accélère le pouls comme avant, et cette absence de pouls accéléré, avec le temps, il avait commencé à la ressentir comme une forme de santé.

Ses après-midis, depuis lors, avaient une architecture nouvelle. À six heures, il fermait le cabinet, marchait les quatre rues jusqu'à la place San Martín avec un livre sous le bras et le mate déjà préparé, s'asseyait toujours sur le même banc — celui du coin, sous un jacaranda immense qui, en octobre et novembre, tapissait le sol de violet — et lisait jusqu'à ce que le soleil commence vraiment à descendre sur la rive. Cette semaine-là, il avait emporté les Pensées de Marc Aurèle, un petit livre ancien, souligné avec les annotations d'au moins trois lectures différentes au fil des années, chacune faite à un moment distinct de sa vie et avec une écriture légèrement différente aussi.

C'est sur cette place, il y avait déjà presque deux mois, qu'il commença à remarquer la femme de l'autre banc.

Elle s'asseyait presque toujours à la même heure que lui, sur un banc en diagonale, de l'autre côté de l'allée de dalles, avec son propre mate et sans aucun livre : elle restait à observer le va-et-vient de la place, parfois avec un petit carnet à dessin posé sur les jambes, qu'elle ouvrait et refermait sans urgence apparente, comme quelqu'un qui ne dessine que lorsque quelque chose le lui demande vraiment, et non par obligation. Elle avait les cheveux sombres, toujours attachés d'une façon différente, et une manière de boire le mate — lente, sans hâte, se le préparant à elle-même avec une concentration presque cérémonielle — qu'Ignacio, sans pouvoir bien expliquer pourquoi, trouvait hypnotique.

La première fois que leurs regards se croisèrent, il y avait déjà plusieurs semaines, Ignacio baissa les yeux vers son livre avec une rapidité qui, le soir même, lui parut ridicule pour un homme de trente-cinq ans. Mais il remarqua, les jours suivants, qu'elle aussi détournait le regard avec une vitesse semblable quand le croisement se produisait dans l'autre sens, et cette symétrie — cette pudeur partagée et jamais évoquée — devint, sans qu'aucun des deux ne le décide, une sorte de rituel silencieux. Ils se regardaient. Ils savaient qu'ils se regardaient. Aucun des deux ne disait rien.

Ignacio était arrivé à Colón en quête de silence, et il l'avait trouvé dans le fleuve, dans les longues siestes, dans l'absence totale d'urgence de ses nouveaux clients. Il ne s'attendait pas à trouver, en plus, une intrigue aussi simple et aussi ancienne que celle d'une femme inconnue sur la place de tous les après-midis. Et pourtant elle était bien là, chaque jour à six heures, avec Marc Aurèle à la main et le regard, chaque fois avec moins de retenue, traversant l'allée de dalles vers le banc d'en face.

Cet après-midi de fin septembre, avec les jacarandas encore verts mais annonçant déjà leurs premières fleurs, Ignacio ferma son livre plus tôt que d'habitude. L'air avait cette température exacte du printemps entrerriano qui ne décide pas encore s'il est frais ou tiède, et pour la première fois en deux mois, au lieu de faire semblant de lire, il se permit simplement de la regarder, un peu plus longtemps que de raison, un peu moins en cachette.

Elle, de l'autre côté de l'allée, leva les yeux au même instant, comme si quelque chose dans l'air avait changé pour elle aussi. Et pour la première fois, aucun des deux ne détourna le regard tout de suite.

Ignacio ne le savait pas encore, mate à la main, Marc Aurèle refermé sur les genoux, mais cet après-midi de place allait devenir, avec le temps, celui qui diviserait sa vie en un avant et un après bien plus profond que sa démission du cabinet, que son déménagement, que toute autre décision qu'il eût prise jusque-là.

Il ne connaissait pas encore son nom.

Del cuaderno de Ignacio

Marco Aurelio escribía sus Meditaciones para nadie, o para todos, lo cual es la misma cosa. Hoy entendí algo que él ya sabía, y que había olvidado: que el tiempo no se mide en años vividos, sino en los pocos instantes en que uno decide, de verdad, mirar. Hoy miré. No sé todavía qué es lo que empecé a mirar, pero sé que ya no voy a poder dejar de hacerlo.

From Ignacio's notebook

Marcus Aurelius wrote his Meditations for no one, or for everyone, which amounts to the same thing. Today I understood something he already knew, and that I had forgotten: that time isn't measured in years lived, but in the few instants when one truly decides to look. Today I looked. I still don't know what it is I began to look at, but I know I won't be able to stop.

Do caderno de Ignacio

Marco Aurélio escrevia suas Meditações para ninguém, ou para todos, o que é a mesma coisa. Hoje entendi algo que ele já sabia, e que eu tinha esquecido: que o tempo não se mede em anos vividos, mas nos poucos instantes em que a gente decide, de verdade, olhar. Hoje eu olhei. Ainda não sei o que comecei a olhar, mas sei que já não vou conseguir parar.

Dal quaderno di Ignacio

Marco Aurelio scriveva le sue Meditazioni per nessuno, o per tutti, il che è la stessa cosa. Oggi ho capito qualcosa che lui già sapeva, e che avevo dimenticato: che il tempo non si misura in anni vissuti, ma nei pochi istanti in cui uno decide, davvero, di guardare. Oggi ho guardato. Non so ancora cosa ho iniziato a guardare, ma so che non potrò più smettere di farlo.

Du carnet d'Ignacio

Marc Aurèle écrivait ses Pensées pour personne, ou pour tout le monde, ce qui revient au même. Aujourd'hui j'ai compris quelque chose qu'il savait déjà, et que j'avais oublié : que le temps ne se mesure pas en années vécues, mais dans les rares instants où l'on décide, vraiment, de regarder. Aujourd'hui, j'ai regardé. Je ne sais pas encore ce que j'ai commencé à regarder, mais je sais que je ne pourrai plus m'arrêter.

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Capítulo 2

La mujer de la libretaThe woman with the sketchbookA mulher do caderninhoLa donna del taccuinoLa femme au carnet

Guadalupe Iturbe había vuelto a Colón un 2 de marzo, con dos valijas, un título de Profesora de Bellas Artes recién impreso y la certeza tranquila de que Buenos Aires, con todo lo que le había dado en esos cinco años, nunca iba a ser el lugar donde ella quisiera envejecer.

No había sido una decisión difícil, a diferencia de lo que le costó explicarle a más de un profesor de la facultad, convencidos de que quedarse en la Capital era el único camino serio para alguien con su talento. Guadalupe los escuchaba, asentía con educación, y por dentro sabía que ellos entendían el arte como una carrera y ella lo entendía como una forma de mirar el mundo, y que esa forma de mirar el mundo le salía mucho mejor con el río Uruguay de fondo que con la General Paz.

Se instaló en la casa de sus padres —vacía desde que los dos habían muerto, su madre de un cáncer de páncreas rapidísimo cuando Guadalupe todavía cursaba tercer año, su padre dos inviernos después, de una tristeza que los médicos prefirieron llamar "insuficiencia cardíaca" antes que llamarla por su nombre verdadero— y convirtió el cuarto más luminoso, el que había sido de sus padres, en un atelier con caballetes, olor a óleo y una ventana enorme por la que entraba, según la hora, una luz que ningún departamento de Buenos Aires le había regalado nunca.

Daba clases tres veces por semana en la Escuela de Bellas Artes de la ciudad, a chicos de doce a diecisiete años que llegaban con más ganas de mirar el celular que el papel, y a los que de a poco, con una paciencia que no sabía que tenía hasta que empezó a ejercerla, les iba mostrando que dibujar bien era, antes que nada, animarse a mirar mal durante un buen rato. El resto de la semana pintaba para ella, acuarelas sobre todo, casi siempre del río, de la costanera, de los pescadores de madrugada, de una luz de atardecer que en Colón tenía una intensidad casi injusta.

Tenía treinta años, ningún interés en compararse con el ritmo de vida de sus excompañeras porteñas, y una vida armada con el cuidado de quien construye algo para quedarse mucho tiempo.

Los viernes eran sagrados. A las diez de la noche, cuando Betina cerraba las puertas de su restaurante —un lugar chico, de ocho mesas, sobre la calle 12 de Abril, que había abierto hacía seis años con la plata de una herencia y una tozudez enorme—, las dos se sentaban en la barra de la cocina, todavía con el delantal puesto una y las manos manchadas de pintura la otra, y comían lo que hubiera sobrado del servicio mientras se contaban la semana entera, sin editar nada. Se conocían desde que Guadalupe era chica: Betina había sido amiga íntima de su madre, veinte años mayor que ella, y desde que sus padres murieron se había ido convirtiendo, sin que ninguna de las dos lo decidiera del todo, en la persona adulta más cercana que Guadalupe tenía en Colón. Betina era, junto con sus hermanos, la persona que mejor la conocía en el mundo, con la diferencia de que a ella la tenía todos los viernes y a sus hermanos los tenía, en el mejor de los casos, dos veces por año.

Silvina, la hermana, vivía en California desde hacía once años: se había ido a hacer un posgrado y se había quedado, primero por un trabajo y después por un marido norteamericano y dos hijos que hablaban un español correcto pero con acento, algo que a Guadalupe siempre le daba una ternura rara cuando los escuchaba por videollamada. Nicolás, el hermano, vivía en Madrid, era arquitecto, tenía una hija de cuatro años que todavía no conocía Colón más que en fotos. Hablaban cada tanto, lo justo para saber que todos estaban bien, con ese cariño de familia que la distancia no rompe pero sí adelgaza, y cada dos años, con suerte, coincidían todos en algún verano en la casa de la infancia, que Guadalupe cuidaba también un poco por ellos, como quien guarda un lugar en la mesa para gente que llega tarde pero siempre llega.

—¿Y el señor del banco de enfrente? —le preguntó Betina ese viernes, con esa sonrisa que usaba cuando ya sabía la respuesta antes de preguntar.

—No sé de qué me hablás.

—Guada. Hace dos meses que me contás, cada viernes, algún detalle nuevo de un hombre que lee en un banco de la plaza San Martín. Sé exactamente de qué te hablo.

Guadalupe se rió, un poco pescada en su propia mentira.

—Es raro. Ni le hablé nunca. Pero hay algo en cómo se sienta, en cómo lee, que me da curiosidad. Parece de esos hombres que piensan mucho y hablan poco.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Todavía no sé. Por eso me da curiosidad.

La plaza San Martín era, desde que había vuelto a Colón, uno de los pocos lugares donde a Guadalupe no le hacía falta ni el caballete ni el lápiz para sentir que estaba haciendo algo importante. Se sentaba ahí casi todas las tardes, con su mate y su libreta, más para mirar que para dibujar, y esa costumbre de mirar sin apuro —la misma que les enseñaba a sus alumnos, la misma que le habían enseñado a ella— fue la que, sin buscarlo, la llevó a notar al hombre del banco de enfrente.

Llegaba siempre a la misma hora, con un libro distinto cada semana pero un mate igual de cebado, y se sentaba con una quietud que a Guadalupe, acostumbrada a observar cuerpos para dibujarlos, le pareció desde el principio la de alguien que hacía poco había decidido, con esfuerzo, dejar de andar apurado por la vida. No sabía nada de él. No sabía su nombre, ni a qué se dedicaba, ni de dónde había salido esa costumbre de leer con tanta atención en una plaza de pueblo. Sabía, sí, que la miraba, con la misma discreción torpe con la que ella lo miraba a él, y que ese juego silencioso, sostenido ya durante semanas, le generaba una expectativa que hacía mucho tiempo no sentía por nadie.

Esa tarde de fines de septiembre, con los jacarandás todavía sin florecer del todo, Guadalupe guardó la libreta más temprano que de costumbre, sin un motivo claro, solo con la sensación de que algo en el aire pedía estar más atenta que de costumbre. Levantó la vista hacia el banco de enfrente en el momento exacto en que él hacía lo mismo.

Ninguno de los dos apartó la mirada esta vez.

Guadalupe sintió, por primera vez en esas semanas de juego silencioso, que la próxima jugada le tocaba a ella. Y por primera vez, en lugar de bajar la vista, sonrió.

Ella tampoco sabía su nombre todavía.

Guadalupe Iturbe had come back to Colón on the second of March, with two suitcases, a freshly printed degree in Fine Arts Teaching, and the calm certainty that Buenos Aires, for everything it had given her in those five years, was never going to be the place where she wanted to grow old.

It hadn't been a hard decision, unlike what it cost her to explain to more than one professor at the university, convinced as they were that staying in the Capital was the only serious path for someone with her talent. Guadalupe listened to them, nodded politely, and inside she knew that they understood art as a career while she understood it as a way of looking at the world, and that way of looking at the world came to her far more easily with the río Uruguay in the background than with the General Paz.

She moved into her parents' house — empty since both of them had died, her mother of a swift pancreatic cancer when Guadalupe was still in her third year of university, her father two winters later, of a sadness the doctors preferred to call "heart failure" rather than call it by its true name — and turned the brightest room, the one that had been her parents', into a studio with easels, the smell of oil paint, and an enormous window through which, depending on the hour, came a light no Buenos Aires apartment had ever given her.

She taught three times a week at the city's School of Fine Arts, to kids from twelve to seventeen who arrived far more eager to look at their phones than at the page, and to whom, little by little, with a patience she hadn't known she had until she started exercising it, she showed that drawing well meant, before anything else, daring to draw badly for quite a while. The rest of the week she painted for herself, watercolors mostly, almost always of the river, of the costanera, of fishermen at dawn, of a sunset light that in Colón had an almost unfair intensity.

She was thirty, had no interest in measuring herself against the pace of her old classmates from Buenos Aires, and had built a life with the care of someone constructing something meant to last a long time.

Fridays were sacred. At ten at night, when Betina closed the doors of her restaurant — a small place, eight tables, on Calle 12 de Abril, which she had opened six years earlier with money from an inheritance and an enormous stubbornness — the two of them sat at the kitchen counter, one still wearing her apron and the other with paint-stained hands, and ate whatever was left over from service while they told each other about the whole week, holding nothing back. They had known each other since Guadalupe was a girl: Betina had been a close friend of her mother's, twenty years older than Guadalupe, and since her parents died she had become, without either of them fully deciding it, the closest adult person Guadalupe had in Colón. Betina was, along with her siblings, the person who knew her best in the world, with the difference that she had her every Friday, while she had her siblings, at best, twice a year.

Silvina, her sister, had been living in California for eleven years: she had gone to do a graduate degree and had stayed, first for a job and then for an American husband and two children who spoke correct Spanish but with an accent, something that always gave Guadalupe a strange tenderness when she heard them over video calls. Nicolás, her brother, lived in Madrid, was an architect, and had a four-year-old daughter who still knew Colón only from photographs. They talked every so often, just enough to know everyone was well, with that family affection that distance doesn't break but does thin out, and every couple of years, with luck, they all managed to overlap for some summer at the house they'd grown up in, which Guadalupe looked after partly for their sake too, the way one keeps a place set at the table for people who arrive late but always arrive.

"And the gentleman on the bench across the way?" Betina asked her that Friday, with that smile she used when she already knew the answer before asking.

"I don't know what you're talking about."

"Guada. For two months now you've told me, every Friday, some new detail about a man who reads on a bench in Plaza San Martín. I know exactly what I'm talking about."

Guadalupe laughed, a little caught in her own lie.

"It's strange. I've never even spoken to him. But there's something in the way he sits, in the way he reads, that makes me curious. He seems like one of those men who think a lot and talk little."

"And is that good or bad?"

"I still don't know. That's why he makes me curious."

Plaza San Martín had been, ever since she'd come back to Colón, one of the few places where Guadalupe didn't need an easel or a pencil to feel she was doing something important. She sat there almost every afternoon, with her mate and her sketchbook, more to watch than to draw, and that habit of watching without hurry — the same one she taught her students, the same one that had been taught to her — was, without her seeking it, what led her to notice the man on the bench across the way.

He always arrived at the same hour, with a different book every week but the same freshly brewed mate, and he sat with a stillness that Guadalupe, used to observing bodies in order to draw them, had thought from the start belonged to someone who had recently decided, with effort, to stop rushing through life. She knew nothing about him. She didn't know his name, or what he did for a living, or where that habit of reading with such attention in a small-town plaza had come from. She did know that he watched her, with the same clumsy discretion with which she watched him, and that this silent game, sustained now for weeks, stirred up an anticipation she hadn't felt for anyone in a long time.

That late-September afternoon, with the jacarandas not yet fully in bloom, Guadalupe put away her sketchbook earlier than usual, for no clear reason, only with the sense that something in the air was asking her to pay closer attention than usual. She looked up toward the bench across the way at the exact moment he did the same.

Neither of them looked away this time.

Guadalupe felt, for the first time in those weeks of silent game, that the next move was hers to make. And for the first time, instead of lowering her eyes, she smiled.

She, too, still didn't know his name.

Guadalupe Iturbe tinha voltado a Colón num 2 de março, com duas malas, um diploma de Professora de Belas Artes recém-impresso e a certeza tranquila de que Buenos Aires, com tudo o que lhe dera naqueles cinco anos, nunca seria o lugar onde ela quisesse envelhecer.

Não tinha sido uma decisão difícil, ao contrário do que lhe custou explicar para mais de um professor da faculdade, convencidos de que ficar na Capital era o único caminho sério para alguém com seu talento. Guadalupe os escutava, concordava com educação, e por dentro sabia que eles entendiam a arte como uma carreira e ela a entendia como uma forma de olhar o mundo, e que essa forma de olhar o mundo lhe saía muito melhor com o rio Uruguay ao fundo do que com a General Paz.

Instalou-se na casa dos pais — vazia desde que os dois haviam morrido, sua mãe de um câncer de pâncreas fulminante quando Guadalupe ainda cursava o terceiro ano, seu pai dois invernos depois, de uma tristeza que os médicos preferiram chamar de "insuficiência cardíaca" a chamar pelo nome verdadeiro — e transformou o quarto mais claro, o que tinha sido dos pais, num ateliê com cavaletes, cheiro de óleo e uma janela enorme por onde entrava, conforme a hora, uma luz que nenhum apartamento de Buenos Aires jamais lhe dera.

Dava aulas três vezes por semana na Escola de Belas Artes da cidade, para crianças e adolescentes de doze a dezessete anos que chegavam com mais vontade de olhar o celular do que o papel, e aos quais, aos poucos, com uma paciência que nem sabia que tinha até começar a exercê-la, ia mostrando que desenhar bem era, antes de mais nada, ter coragem de desenhar mal por um bom tempo. O resto da semana pintava para si mesma, aquarelas sobretudo, quase sempre do rio, da orla, dos pescadores de madrugada, de uma luz de entardecer que em Colón tinha uma intensidade quase injusta.

Tinha trinta anos, nenhum interesse em se comparar com o ritmo de vida das antigas colegas portenhas, e uma vida montada com o cuidado de quem constrói algo para ficar muito tempo.

As sextas-feiras eram sagradas. Às dez da noite, quando Betina fechava as portas do restaurante — um lugar pequeno, de oito mesas, na rua 12 de Abril, que tinha aberto seis anos antes com o dinheiro de uma herança e uma teimosia enorme —, as duas se sentavam no balcão da cozinha, ainda de avental uma e com as mãos manchadas de tinta a outra, e comiam o que tivesse sobrado do serviço enquanto contavam a semana inteira, sem editar nada. Conheciam-se desde que Guadalupe era pequena: Betina tinha sido amiga íntima de sua mãe, vinte anos mais velha que ela, e desde que os pais morreram tinha ido se tornando, sem que nenhuma das duas decidisse totalmente, a pessoa adulta mais próxima que Guadalupe tinha em Colón. Betina era, junto com os irmãos, a pessoa que melhor a conhecia no mundo, com a diferença de que a ela tinha todas as sextas-feiras, e os irmãos, na melhor das hipóteses, duas vezes por ano.

Silvina, a irmã, morava na Califórnia havia onze anos: tinha ido fazer uma pós-graduação e ficara, primeiro por um emprego e depois por um marido norte-americano e dois filhos que falavam um espanhol correto mas com sotaque, algo que sempre dava a Guadalupe uma ternura estranha quando os escutava por videochamada. Nicolás, o irmão, morava em Madri, era arquiteto, tinha uma filha de quatro anos que ainda não conhecia Colón a não ser em fotos. Falavam de vez em quando, o suficiente para saber que todos estavam bem, com aquele carinho de família que a distância não rompe mas afina, e a cada dois anos, com sorte, coincidiam todos em algum verão na casa da infância, que Guadalupe cuidava também um pouco por eles, como quem guarda um lugar à mesa para gente que chega atrasada mas sempre chega.

—E o senhor do banco em frente? — perguntou Betina naquela sexta-feira, com aquele sorriso que usava quando já sabia a resposta antes de perguntar.

—Não sei do que você está falando.

—Guada. Faz dois meses que você me conta, toda sexta, algum detalhe novo sobre um homem que lê num banco da praça San Martín. Sei exatamente do que estou falando.

Guadalupe riu, um pouco pega na própria mentira.

—É estranho. Nem falei com ele nunca. Mas tem alguma coisa no jeito como ele se senta, como lê, que me deixa curiosa. Parece um daqueles homens que pensam muito e falam pouco.

—E isso é bom ou ruim?

—Ainda não sei. Por isso me deixa curiosa.

A praça San Martín era, desde que voltara a Colón, um dos poucos lugares onde Guadalupe não precisava do cavalete nem do lápis para sentir que estava fazendo algo importante. Sentava-se ali quase todas as tardes, com seu mate e seu caderninho, mais para olhar do que para desenhar, e esse hábito de olhar sem pressa — o mesmo que ensinava aos alunos, o mesmo que tinham lhe ensinado — foi o que, sem procurar, a levou a notar o homem do banco em frente.

Ele chegava sempre na mesma hora, com um livro diferente a cada semana mas um mate igualmente bem cevado, e sentava-se com uma quietude que, para Guadalupe, acostumada a observar corpos para desenhá-los, pareceu desde o início a de alguém que havia pouco tinha decidido, com esforço, parar de andar apressado pela vida. Não sabia nada sobre ele. Não sabia seu nome, nem o que fazia, nem de onde vinha esse hábito de ler com tanta atenção numa praça de cidade pequena. Sabia, sim, que ele a olhava, com a mesma discrição desajeitada com que ela o olhava, e que esse jogo silencioso, sustentado já havia semanas, despertava nela uma expectativa que fazia muito tempo não sentia por ninguém.

Naquela tarde de fins de setembro, com os jacarandás ainda sem florescer de todo, Guadalupe guardou o caderninho mais cedo que de costume, sem um motivo claro, apenas com a sensação de que algo no ar pedia mais atenção do que o habitual. Ergueu os olhos para o banco em frente no exato momento em que ele fazia o mesmo.

Nenhum dos dois desviou o olhar dessa vez.

Guadalupe sentiu, pela primeira vez naquelas semanas de jogo silencioso, que a próxima jogada era dela. E pela primeira vez, em vez de baixar os olhos, sorriu.

Ela também ainda não sabia o nome dele.

Guadalupe Iturbe era tornata a Colón un 2 marzo, con due valigie, un diploma da insegnante di Belle Arti appena stampato e la certezza tranquilla che Buenos Aires, con tutto quello che le aveva dato in quei cinque anni, non sarebbe mai stata il posto dove lei avrebbe voluto invecchiare.

Non era stata una decisione difficile, a differenza di quanto le era costato spiegarlo a più di un professore della facoltà, convinti che restare nella Capitale fosse l'unica strada seria per qualcuno con il suo talento. Guadalupe li ascoltava, annuiva con educazione, e dentro di sé sapeva che loro intendevano l'arte come una carriera mentre lei la intendeva come un modo di guardare il mondo, e che quel modo di guardare il mondo le riusciva molto meglio con il río Uruguay sullo sfondo che con la General Paz.

Si sistemò nella casa dei suoi genitori — vuota da quando erano morti entrambi, sua madre di un cancro al pancreas fulmineo quando Guadalupe frequentava ancora il terzo anno, suo padre due inverni dopo, di una tristezza che i medici preferirono chiamare "insufficienza cardiaca" piuttosto che chiamarla con il suo vero nome — e trasformò la stanza più luminosa, quella che era stata dei suoi genitori, in un atelier con cavalletti, odore di olio e una finestra enorme da cui entrava, a seconda dell'ora, una luce che nessun appartamento di Buenos Aires le aveva mai regalato.

Insegnava tre volte a settimana alla Scuola di Belle Arti della città, a ragazzi dai dodici ai diciassette anni che arrivavano con più voglia di guardare il cellulare che il foglio, e a cui, poco a poco, con una pazienza che non sapeva di avere finché non aveva cominciato a esercitarla, andava mostrando che disegnare bene era, prima di tutto, avere il coraggio di guardare male per un bel po'. Il resto della settimana dipingeva per sé, acquerelli soprattutto, quasi sempre del fiume, della costanera, dei pescatori dell'alba, di una luce del tramonto che a Colón aveva un'intensità quasi ingiusta.

Aveva trent'anni, nessun interesse a paragonarsi al ritmo di vita delle sue ex compagne di Buenos Aires, e una vita costruita con la cura di chi edifica qualcosa per restarci a lungo.

I venerdì erano sacri. Alle dieci di sera, quando Betina chiudeva le porte del suo ristorante — un locale piccolo, di otto tavoli, sulla calle 12 de Abril, che aveva aperto sei anni prima con i soldi di un'eredità e una testardaggine enorme —, le due si sedevano al bancone della cucina, ancora con il grembiule addosso una e le mani macchiate di pittura l'altra, e mangiavano quel che era avanzato dal servizio mentre si raccontavano l'intera settimana, senza filtrare nulla. Si conoscevano da quando Guadalupe era bambina: Betina era stata amica intima di sua madre, venti anni più grande di lei, e da quando i suoi genitori erano morti era diventata, senza che nessuna delle due lo decidesse del tutto, la persona adulta più vicina che Guadalupe avesse a Colón. Betina era, insieme ai suoi fratelli, la persona che la conosceva meglio al mondo, con la differenza che lei la vedeva ogni venerdì e i fratelli, nella migliore delle ipotesi, due volte l'anno.

Silvina, la sorella, viveva in California da undici anni: era partita per fare un dottorato e vi era rimasta, prima per un lavoro e poi per un marito americano e due figli che parlavano uno spagnolo corretto ma con accento, cosa che a Guadalupe faceva sempre una strana tenerezza quando li sentiva in videochiamata. Nicolás, il fratello, viveva a Madrid, era architetto, aveva una figlia di quattro anni che ancora non conosceva Colón se non in fotografia. Si sentivano ogni tanto, il minimo indispensabile per sapere che stavano tutti bene, con quell'affetto di famiglia che la distanza non spezza ma assottiglia, e ogni due anni, con fortuna, coincidevano tutti in qualche estate nella casa dell'infanzia, di cui Guadalupe si prendeva cura anche un po' per loro, come chi tiene un posto a tavola per gente che arriva tardi ma arriva sempre.

— E il signore della panchina di fronte? — le chiese Betina quel venerdì, con quel sorriso che usava quando già sapeva la risposta prima di fare la domanda.

— Non so di cosa parli.

— Guada. Sono due mesi che mi racconti, ogni venerdì, qualche dettaglio nuovo su un uomo che legge su una panchina di plaza San Martín. So esattamente di cosa parlo.

Guadalupe rise, un po' colta in fallo dalla propria bugia.

— È strano. Non gli ho mai nemmeno parlato. Ma c'è qualcosa nel modo in cui si siede, in cui legge, che mi incuriosisce. Sembra uno di quegli uomini che pensano molto e parlano poco.

— E questo è un bene o un male?

— Ancora non lo so. Per questo mi incuriosisce.

Plaza San Martín era, da quando era tornata a Colón, uno dei pochi posti dove a Guadalupe non serviva né il cavalletto né la matita per sentire che stava facendo qualcosa di importante. Si sedeva lì quasi tutti i pomeriggi, con il suo mate e il suo taccuino, più per guardare che per disegnare, e quell'abitudine di guardare senza fretta — la stessa che insegnava ai suoi allievi, la stessa che avevano insegnato a lei — fu quella che, senza cercarlo, la portò a notare l'uomo della panchina di fronte.

Arrivava sempre alla stessa ora, con un libro diverso ogni settimana ma un mate ugualmente pronto, e si sedeva con una quiete che a Guadalupe, abituata a osservare i corpi per disegnarli, parve fin dall'inizio quella di qualcuno che da poco aveva deciso, con sforzo, di smettere di correre nella vita. Non sapeva niente di lui. Non sapeva il suo nome, né di cosa si occupasse, né da dove venisse quell'abitudine di leggere con tanta attenzione in una piazza di paese. Sapeva, sì, che la guardava, con la stessa discrezione goffa con cui lei guardava lui, e che quel gioco silenzioso, ormai portato avanti da settimane, le generava un'attesa che da molto tempo non provava per nessuno.

Quel pomeriggio di fine settembre, con i jacaranda ancora non del tutto fioriti, Guadalupe ripose il taccuino più presto del solito, senza un motivo chiaro, con la sola sensazione che qualcosa nell'aria le chiedesse di essere più attenta del solito. Alzò lo sguardo verso la panchina di fronte nell'istante esatto in cui lui faceva lo stesso.

Nessuno dei due distolse lo sguardo, questa volta.

Guadalupe sentì, per la prima volta in quelle settimane di gioco silenzioso, che la prossima mossa toccava a lei. E per la prima volta, invece di abbassare gli occhi, sorrise.

Nemmeno lei sapeva ancora il suo nome.

Guadalupe Iturbe était revenue à Colón un 2 mars, avec deux valises, un diplôme de professeure de Beaux-Arts fraîchement imprimé et la certitude tranquille que Buenos Aires, malgré tout ce qu'elle lui avait donné pendant ces cinq années, ne serait jamais l'endroit où elle voudrait vieillir.

Ça n'avait pas été une décision difficile, contrairement à ce qu'il lui en avait coûté de l'expliquer à plus d'un professeur de la faculté, convaincus que rester dans la Capitale était le seul chemin sérieux pour quelqu'un avec son talent. Guadalupe les écoutait, acquiesçait poliment, et savait en son for intérieur qu'eux comprenaient l'art comme une carrière, tandis qu'elle le comprenait comme une façon de regarder le monde, et que cette façon de regarder le monde lui réussissait bien mieux avec le fleuve Uruguay en toile de fond qu'avec la General Paz.

Elle s'installa dans la maison de ses parents — vide depuis leur mort à tous les deux, sa mère d'un cancer du pancréas foudroyant alors que Guadalupe était encore en troisième année, son père deux hivers plus tard, d'une tristesse que les médecins avaient préféré appeler "insuffisance cardiaque" plutôt que par son vrai nom — et transforma la pièce la plus lumineuse, celle qui avait été celle de ses parents, en atelier avec chevalets, odeur d'huile et une immense fenêtre par laquelle entrait, selon l'heure, une lumière qu'aucun appartement de Buenos Aires ne lui avait jamais offerte.

Elle donnait des cours trois fois par semaine à l'École des Beaux-Arts de la ville, à des enfants de douze à dix-sept ans qui arrivaient avec plus d'envie de regarder leur téléphone que le papier, et à qui, peu à peu, avec une patience qu'elle ne se connaissait pas avant de commencer à l'exercer, elle montrait que bien dessiner, c'était avant tout oser mal regarder pendant un bon moment. Le reste de la semaine, elle peignait pour elle-même, des aquarelles surtout, presque toujours le fleuve, la promenade, les pêcheurs de l'aube, une lumière de crépuscule qui à Colón avait une intensité presque injuste.

Elle avait trente ans, aucun intérêt à se comparer au rythme de vie de ses anciennes camarades portègnes, et une vie bâtie avec le soin de quelqu'un qui construit quelque chose pour y rester longtemps.

Les vendredis étaient sacrés. À dix heures du soir, quand Betina fermait les portes de son restaurant — un petit endroit, huit tables, sur la rue 12 de Abril, qu'elle avait ouvert six ans plus tôt avec l'argent d'un héritage et une ténacité immense —, toutes les deux s'asseyaient au comptoir de la cuisine, l'une encore en tablier, l'autre les mains tachées de peinture, et mangeaient ce qui restait du service en se racontant la semaine entière, sans rien censurer. Elles se connaissaient depuis que Guadalupe était petite : Betina avait été une amie intime de sa mère, de vingt ans son aînée, et depuis la mort de ses parents, elle était devenue, sans qu'aucune des deux ne le décide vraiment, la personne adulte la plus proche que Guadalupe avait à Colón. Betina était, avec ses frère et sœur, la personne qui la connaissait le mieux au monde, à la différence près qu'elle la voyait tous les vendredis, alors que son frère et sa sœur, au mieux, deux fois par an.

Silvina, sa sœur, vivait en Californie depuis onze ans : elle était partie faire un troisième cycle et y était restée, d'abord pour un travail, puis pour un mari américain et deux enfants qui parlaient un espagnol correct mais avec un accent, ce qui donnait toujours à Guadalupe une tendresse étrange quand elle les écoutait en visioconférence. Nicolás, son frère, vivait à Madrid, il était architecte, il avait une fille de quatre ans qui ne connaissait encore Colón qu'en photos. Ils se parlaient de temps en temps, juste assez pour savoir que tout le monde allait bien, avec cette affection familiale que la distance ne brise pas mais qu'elle amincit, et tous les deux ans, avec un peu de chance, ils se retrouvaient tous ensemble un été dans la maison de leur enfance, que Guadalupe entretenait aussi un peu pour eux, comme on garde une place à table pour des gens qui arrivent en retard mais qui arrivent toujours.

— Et le monsieur du banc d'en face ? lui demanda Betina ce vendredi-là, avec ce sourire qu'elle affichait quand elle connaissait déjà la réponse avant de poser la question.

— Je ne sais pas de quoi tu parles.

— Guada. Ça fait deux mois que tu me racontes, chaque vendredi, un nouveau détail sur un homme qui lit sur un banc de la place San Martín. Je sais exactement de quoi je parle.

Guadalupe rit, un peu prise dans son propre mensonge.

— C'est bizarre. Je ne lui ai même jamais parlé. Mais il y a quelque chose dans sa façon de s'asseoir, de lire, qui m'intrigue. Il a l'air d'un de ces hommes qui pensent beaucoup et parlent peu.

— Et c'est bon signe ou mauvais signe ?

— Je ne sais pas encore. C'est pour ça que ça m'intrigue.

La place San Martín était, depuis son retour à Colón, l'un des rares endroits où Guadalupe n'avait besoin ni de chevalet ni de crayon pour sentir qu'elle faisait quelque chose d'important. Elle s'y asseyait presque tous les après-midis, avec son mate et son carnet, plus pour regarder que pour dessiner, et cette habitude de regarder sans hâte — la même qu'elle enseignait à ses élèves, la même qu'on lui avait enseignée à elle — fut celle qui, sans qu'elle le cherche, la conduisit à remarquer l'homme du banc d'en face.

Il arrivait toujours à la même heure, avec un livre différent chaque semaine mais un mate tout aussi bien préparé, et s'asseyait avec une immobilité qui, à Guadalupe, habituée à observer des corps pour les dessiner, avait paru dès le début celle de quelqu'un qui avait récemment décidé, non sans effort, de cesser de courir dans la vie. Elle ne savait rien de lui. Elle ne connaissait ni son nom, ni son métier, ni d'où lui venait cette habitude de lire avec tant d'attention sur une place de petite ville. Elle savait, en revanche, qu'il la regardait, avec la même discrétion maladroite qu'elle mettait à le regarder, et que ce jeu silencieux, entretenu déjà depuis des semaines, faisait naître en elle une attente qu'elle n'avait pas ressentie pour personne depuis longtemps.

Cet après-midi de fin septembre, avec les jacarandas pas encore tout à fait fleuris, Guadalupe rangea son carnet plus tôt que d'habitude, sans raison précise, avec seulement la sensation que quelque chose dans l'air demandait plus d'attention que d'ordinaire. Elle leva les yeux vers le banc d'en face au moment exact où lui faisait de même.

Aucun des deux ne détourna le regard cette fois.

Guadalupe sentit, pour la première fois durant ces semaines de jeu silencieux, que le prochain geste lui revenait à elle. Et pour la première fois, au lieu de baisser les yeux, elle sourit.

Elle non plus ne connaissait pas encore son nom.

Del cuaderno de Ignacio

Platón decía que el alma reconoce, cuando ve algo bello, un fragmento de una verdad que ya conocía de antes, de un lugar anterior a esta vida. No sé si creo en las vidas anteriores. Pero hoy, cuando ella sonrió, tuve la sensación exacta de estar reconociendo algo, no de estar descubriéndolo. Como si ya supiera esa sonrisa de antes, y solo hubiera estado esperando, todo este tiempo, a que el mundo me la mostrara otra vez.

From Ignacio's notebook

Plato said that the soul, when it sees something beautiful, recognizes a fragment of a truth it already knew, from a place before this life. I don't know if I believe in past lives. But today, when she smiled, I had the exact sensation of recognizing something, not of discovering it. As if I had already known that smile before, and had only been waiting, all this time, for the world to show it to me again.

Do caderno de Ignacio

Platão dizia que a alma reconhece, quando vê algo belo, um fragmento de uma verdade que já conhecia de antes, de um lugar anterior a esta vida. Não sei se acredito em vidas anteriores. Mas hoje, quando ela sorriu, tive a sensação exata de estar reconhecendo alguma coisa, não de estar descobrindo. Como se já conhecesse aquele sorriso de antes, e só tivesse estado esperando, todo esse tempo, que o mundo voltasse a me mostrá-lo.

Dal quaderno di Ignacio

Platone diceva che l'anima riconosce, quando vede qualcosa di bello, un frammento di una verità che già conosceva da prima, da un luogo anteriore a questa vita. Non so se credo nelle vite precedenti. Ma oggi, quando lei ha sorriso, ho avuto la sensazione esatta di riconoscere qualcosa, non di scoprirlo. Come se conoscessi già quel sorriso da prima, e avessi solo aspettato, tutto questo tempo, che il mondo me lo mostrasse di nuovo.

Du carnet d'Ignacio

Platon disait que l'âme reconnaît, quand elle voit quelque chose de beau, un fragment d'une vérité qu'elle connaissait déjà, d'un lieu antérieur à cette vie. Je ne sais pas si je crois aux vies antérieures. Mais aujourd'hui, quand elle a souri, j'ai eu la sensation exacte de reconnaître quelque chose, non de le découvrir. Comme si je connaissais déjà ce sourire, et que j'avais seulement attendu, tout ce temps, que le monde me le montre à nouveau.

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Capítulo 3

El termo vacíoThe empty thermosA garrafa térmica vaziaIl thermos vuotoLe thermos vide

Ignacio se dio cuenta del desastre recién en la plaza, cuando destapó el termo esperando el chorro de agua humeante de siempre y lo que le cayó en la boca del mate fue apenas tibio, casi frío, la prueba evidente de que esa mañana, distraído revisando un expediente de sucesión, se había olvidado de calentar el agua antes de salir del estudio.

Cebó igual, por costumbre más que por esperanza, y el mate le salió tan lavado que ni siquiera fingió tomarlo. Se quedó ahí, con el termo inútil entre las manos y una sensación de fracaso menor pero real, cuando escuchó pasos sobre la laja y levantó la vista.

Era ella. Cruzando el sendero, directo hacia su banco, con su propio termo en la mano y una sonrisa que todavía no terminaba de decidir si era de lástima o de gracia.

—Perdón que me meta —dijo, deteniéndose a un metro de distancia, la distancia justa de alguien que todavía no sabe si tiene permiso para acortarla—. Pero te vi destapar el termo con esa cara, y no hacía falta ser adivina.

—Se me cortó el agua. Literal.

—Tengo de sobra. —Le extendió el termo—. Si querés.

Ignacio dudó apenas un segundo, no por el mate sino por la magnitud del momento, que le pareció, incluso mientras lo vivía, desproporcionada para algo tan simple como compartir agua caliente. Aceptó. Ella se sentó, sin pedir permiso esta vez, en la punta del banco, y por primera vez en dos meses estuvieron a menos de un metro de distancia.

—Ignacio —dijo él, extendiendo la mano con una formalidad que le salió sin pensar, resabio de tantos años de estudios jurídicos.

—Guadalupe. —Le estrechó la mano, y se rió—. Qué formal. Hace dos meses que nos miramos como dos idiotas y recién ahora nos saludamos como en una reunión de directorio.

—Es una deformación profesional. Soy abogado.

—Se nota. Yo soy profesora de Bellas Artes. Se nota menos, seguramente, pero se nota.

Hablaron esa primera tarde de nada en particular y de todo al mismo tiempo, con esa avidez de dos personas que llevan semanas juntando preguntas sin tener a quién hacérselas. Ignacio le contó de Buenos Aires, del estudio, de la decisión de mudarse; Guadalupe le contó de la facultad, de la vuelta a Colón, del atelier con la ventana grande. Cuando el sol empezó a bajar del todo sobre el río y las luces de la plaza se encendieron con ese parpadeo eléctrico de los focos viejos, ninguno de los dos había notado cuánto tiempo había pasado.

—Mañana te traigo el termo lleno —le dijo Ignacio, al despedirse—. Te debo el agua.

—Mañana a la misma hora, entonces.

Y así, sin decidirlo del todo, sin ponerle nombre a lo que estaba empezando, quedó fundada una costumbre.

Las semanas que siguieron tuvieron la estructura secreta de un ritual: todos los días, a las seis, en la plaza San Martín, un tema nuevo. Un lunes hablaron de la familia —Ignacio le contó, con más cautela de la que hubiera querido, de su padre, de las charlas que tenían casi a diario; Guadalupe le habló de Silvina y de Nicolás, de lo raro que era querer tanto a alguien que ves cada dos años—. Otro día hablaron de comida, y descubrieron que a los dos les gustaba cocinar sin receta, improvisando, y que Ignacio hacía, según él, un guiso de lentejas memorable, afirmación que Guadalupe prometió poner a prueba en cuanto se animara a invitarla.

Hablaron de libros —ella le prestó una novela que a él, para su sorpresa, le gustó más de lo que esperaba; él le prestó las Meditaciones, que Guadalupe leyó en dos noches y le devolvió llena de anotaciones propias en los márgenes, al lado de las de él, como si el librito ya no perteneciera del todo a ninguno de los dos sino a la conversación que habían tenido sobre cada página—. Hablaron de pintura, y de leyes, y de esa costumbre entrerriana de no apurar nunca un mate ni una charla. Ignacio empezó a notar que sabía, cada noche, algo nuevo sobre Guadalupe que la noche anterior no sabía, y que ese saber se le acumulaba adentro con una calidez que hacía mucho tiempo no sentía.

Los viernes, después de cada una de esas tardes, Guadalupe llegaba al restaurante de Betina con una novedad distinta.

—Hoy hablamos de Aristóteles —le contó un viernes, sentada en la barra de la cocina—. De eso que llaman el "devenir". Que nada de lo que somos es fijo, que todo el tiempo estamos siendo otra cosa.

—Suena a excusa filosófica para justificar que te estás enamorando de a poco sin querer admitirlo.

—Puede ser las dos cosas.

Betina se rió, y siguió sirviendo el postre que había sobrado del servicio, pero por dentro tomó nota de algo que Guadalupe todavía no decía en voz alta: que cada viernes hablaba más de Ignacio y menos de cualquier otra cosa.

Del otro lado del río, en llamadas cada vez más frecuentes, Ignacio le contaba a su padre algo parecido.

—Hay una mujer —le dijo, una noche, con esa mezcla de pudor y necesidad de contarlo que solamente con su padre se permitía—. Profesora de arte. Hablamos todas las tardes.

—¿Y? —preguntó su padre, con esa capacidad suya de meter en un monosílabo toda la expectativa de un padre viudo que quiere ver a su hijo bien antes de que sea tarde.

—Y nada. Hablamos. Por ahora es eso.

—Por ahora —repitió su padre, y en su voz había algo que a Ignacio le sonó, incómodamente, a una esperanza demasiado parecida a la urgencia.

Ignacio cambió de tema rápido, como hacía siempre que la conversación se acercaba, aunque fuera de lejos, al motivo real de esa urgencia. Todavía no era momento. Todavía, se decía cada noche, faltaba tiempo para tener que decir nada.

Ignacio only realized the disaster once he was at the plaza, when he unscrewed the thermos expecting the usual jet of steaming water and what landed in the mate's mouth was barely lukewarm, almost cold — clear proof that that morning, distracted going over an inheritance file, he had forgotten to heat the water before leaving the office.

He brewed it anyway, out of habit more than hope, and the mate came out so watery he didn't even pretend to drink it. He sat there, the useless thermos in his hands and a feeling of minor but real failure, when he heard footsteps on the flagstone and looked up.

It was her. Crossing the path, straight toward his bench, her own thermos in hand and a smile that hadn't quite decided yet whether it was pity or amusement.

"Sorry to butt in," she said, stopping a meter away, the exact distance of someone who still isn't sure she has permission to close it. "But I saw you uncap that thermos with that face, and you didn't need to be a psychic."

"My water ran out. Literally."

"I've got plenty." She held out her thermos. "If you want."

Ignacio hesitated for barely a second, not over the mate but over the sheer scale of the moment, which struck him, even as he was living it, as disproportionate for something as simple as sharing hot water. He accepted. She sat down, without asking this time, at the end of the bench, and for the first time in two months they were less than a meter apart.

"Ignacio," he said, extending his hand with a formality that came out of him without thinking, a holdover from so many years in law firms.

"Guadalupe." She shook his hand, and laughed. "So formal. Two months of staring at each other like a couple of idiots and only now do we greet each other like it's a board meeting."

"Professional deformation. I'm a lawyer."

"Figures. I'm an art teacher. Shows less, probably, but it shows."

They talked that first afternoon about nothing in particular and everything at once, with the eagerness of two people who had spent weeks stockpiling questions with no one to ask them of. Ignacio told her about Buenos Aires, about the firm, about the decision to move; Guadalupe told him about university, about coming back to Colón, about the studio with the big window. By the time the sun had fully dropped over the river and the plaza's lights came on with that electric flicker of old bulbs, neither of them had noticed how much time had passed.

"Tomorrow I'll bring you a full thermos," Ignacio told her as they said goodbye. "I owe you the water."

"Tomorrow, same time, then."

And just like that, without quite deciding it, without putting a name to what was beginning, a habit was founded.

The weeks that followed had the secret structure of a ritual: every day, at six, in Plaza San Martín, a new subject. One Monday they talked about family — Ignacio told her, with more caution than he would have liked, about his father, about the conversations they had almost daily; Guadalupe told him about Silvina and Nicolás, about how strange it was to love someone so much whom you see once every couple of years. Another day they talked about food, and discovered they both liked to cook without a recipe, improvising, and that Ignacio made, according to him, a memorable lentil stew, a claim Guadalupe promised to put to the test as soon as he worked up the nerve to invite her.

They talked about books — she lent him a novel that, to his surprise, he liked more than he expected; he lent her the Meditations, which Guadalupe read in two nights and returned to him full of her own notes in the margins, alongside his, as if the little book no longer belonged fully to either of them but to the conversation they'd had over every page. They talked about painting, and about law, and about that Entre Ríos habit of never rushing a mate or a conversation. Ignacio began to notice that every night he knew something new about Guadalupe that he hadn't known the night before, and that this knowing was building up inside him with a warmth he hadn't felt in a long time.

On Fridays, after each of those afternoons, Guadalupe would arrive at Betina's restaurant with a different piece of news.

"Today we talked about Aristotle," she told her one Friday, sitting at the kitchen counter. "About that thing they call 'becoming.' That nothing we are is fixed, that we're always turning into something else."

"Sounds like a philosophical excuse to justify that you're falling in love little by little without wanting to admit it."

"Could be both."

Betina laughed, and went on serving the leftover dessert from the night's service, but inside she took note of something Guadalupe still wasn't saying out loud: that every Friday she talked more about Ignacio and less about anything else.

On the other side of the river, in increasingly frequent calls, Ignacio was telling his father something similar.

"There's a woman," he told him one night, with that mixture of bashfulness and the need to say it out loud that he allowed himself only with his father. "An art teacher. We talk every afternoon."

"And?" his father asked, with that gift of his for packing into a single syllable all the expectation of a widowed father who wants to see his son well before it's too late.

"And nothing. We talk. For now that's it."

"For now," his father repeated, and there was something in his voice that struck Ignacio, uncomfortably, as a hope too close to urgency.

Ignacio changed the subject quickly, as he always did whenever the conversation drew near, even distantly, to the real reason behind that urgency. It still wasn't time. There was still time left, he told himself every night, before he'd have to say anything.

Ignacio percebeu o desastre só na praça, quando destampou a garrafa térmica esperando o jorro de água fumegante de sempre, e o que caiu na cuia do mate foi apenas morno, quase frio, a prova evidente de que naquela manhã, distraído revisando um processo de inventário, tinha esquecido de esquentar a água antes de sair do escritório.

Cevou mesmo assim, por hábito mais que por esperança, e o mate saiu tão aguado que nem fingiu tomá-lo. Ficou ali, com a garrafa inútil entre as mãos e uma sensação de fracasso pequeno mas real, quando ouviu passos sobre as lajotas e ergueu os olhos.

Era ela. Atravessando o caminho, direto para o banco dele, com sua própria garrafa térmica na mão e um sorriso que ainda não tinha decidido se era de pena ou de graça.

—Desculpa a intromissão — disse, parando a um metro de distância, a distância exata de quem ainda não sabe se tem permissão para encurtá-la. — Mas te vi destampar a garrafa com essa cara, e não precisava ser adivinha.

—Acabou minha água. Literalmente.

—Tenho de sobra. — Estendeu a garrafa. — Se você quiser.

Ignacio hesitou apenas um segundo, não pelo mate, mas pela magnitude do momento, que lhe pareceu, mesmo enquanto o vivia, desproporcional para algo tão simples quanto compartilhar água quente. Aceitou. Ela se sentou, sem pedir licença dessa vez, na ponta do banco, e pela primeira vez em dois meses ficaram a menos de um metro de distância.

—Ignacio — disse ele, estendendo a mão com uma formalidade que lhe saiu sem pensar, resquício de tantos anos de escritórios jurídicos.

—Guadalupe. — Apertou a mão dele, e riu. — Que formal. Faz dois meses que ficamos nos olhando feito dois idiotas e só agora nos cumprimentamos como numa reunião de diretoria.

—É deformação profissional. Sou advogado.

—Dá pra notar. Eu sou professora de Belas Artes. Deve notar menos, certamente, mas nota.

Conversaram naquela primeira tarde sobre nada em particular e sobre tudo ao mesmo tempo, com aquela avidez de duas pessoas que há semanas acumulam perguntas sem ter a quem fazê-las. Ignacio contou de Buenos Aires, do escritório, da decisão de se mudar; Guadalupe contou da faculdade, da volta a Colón, do ateliê com a janela grande. Quando o sol começou a descer de vez sobre o rio e as luzes da praça se acenderam com aquele piscar elétrico dos postes velhos, nenhum dos dois tinha percebido quanto tempo havia passado.

—Amanhã trago a garrafa cheia — disse Ignacio, ao se despedir. — Te devo a água.

—Amanhã, na mesma hora, então.

E assim, sem decidir de todo, sem dar nome ao que estava começando, ficou fundado um hábito.

As semanas que se seguiram tiveram a estrutura secreta de um ritual: todos os dias, às seis, na praça San Martín, um assunto novo. Numa segunda-feira falaram da família — Ignacio contou, com mais cautela do que gostaria, sobre o pai, sobre as conversas que tinham quase todos os dias; Guadalupe falou de Silvina e de Nicolás, de como era estranho amar tanto alguém que se vê a cada dois anos. Em outro dia falaram de comida, e descobriram que os dois gostavam de cozinhar sem receita, improvisando, e que Ignacio fazia, segundo ele, um guisado de lentilha memorável, afirmação que Guadalupe prometeu testar assim que ele criasse coragem de convidá-la.

Falaram de livros — ela emprestou a ele um romance que, para sua surpresa, gostou mais do que esperava; ele emprestou a ela as Meditações, que Guadalupe leu em duas noites e devolveu cheia de anotações próprias nas margens, ao lado das dele, como se o livrinho já não pertencesse totalmente a nenhum dos dois, mas à conversa que tinham tido sobre cada página. Falaram de pintura, e de leis, e daquele hábito entrerriano de nunca apressar um mate nem uma conversa. Ignacio começou a notar que sabia, cada noite, algo novo sobre Guadalupe que na noite anterior não sabia, e que esse saber se acumulava dentro dele com um calor que fazia muito tempo não sentia.

Nas sextas-feiras, depois de cada uma dessas tardes, Guadalupe chegava ao restaurante de Betina com uma novidade diferente.

—Hoje falamos de Aristóteles — contou numa sexta-feira, sentada no balcão da cozinha. — Daquilo que chamam de "devir". Que nada do que somos é fixo, que o tempo todo estamos sendo outra coisa.

—Parece desculpa filosófica para justificar que você está se apaixonando aos poucos sem querer admitir.

—Pode ser as duas coisas.

Betina riu, e continuou servindo a sobremesa que tinha sobrado do serviço, mas por dentro anotou algo que Guadalupe ainda não dizia em voz alta: que a cada sexta-feira falava mais de Ignacio e menos de qualquer outra coisa.

Do outro lado do rio, em ligações cada vez mais frequentes, Ignacio contava algo parecido ao pai.

—Tem uma mulher — disse, uma noite, com aquela mistura de pudor e necessidade de contar que só permitia a si mesmo com o pai. — Professora de arte. Conversamos todas as tardes.

—E? — perguntou o pai, com aquela capacidade de colocar num monossílabo toda a expectativa de um pai viúvo que quer ver o filho bem antes que seja tarde.

—E nada. Conversamos. Por enquanto é isso.

—Por enquanto — repetiu o pai, e na voz dele havia algo que soou a Ignacio, desconfortavelmente, como uma esperança parecida demais com a urgência.

Ignacio mudou de assunto depressa, como fazia sempre que a conversa se aproximava, mesmo de longe, do motivo real daquela urgência. Ainda não era o momento. Ainda faltava tempo, dizia a si mesmo toda noite, para ter que dizer qualquer coisa.

Ignacio si accorse del disastro solo in piazza, quando svitò il thermos aspettando il solito getto d'acqua fumante e quello che gli cadde in bocca al mate fu appena tiepido, quasi freddo, la prova evidente che quella mattina, distratto a rileggere un fascicolo di successione, si era dimenticato di scaldare l'acqua prima di uscire dallo studio.

Versò comunque, per abitudine più che per speranza, e il mate gli venne così scialbo che non finse nemmeno di berlo. Rimase lì, con il thermos inutile tra le mani e una sensazione di fallimento minore ma reale, quando sentì dei passi sulla lastra di pietra e alzò lo sguardo.

Era lei. Attraversava il vialetto, dritta verso la sua panchina, con il proprio thermos in mano e un sorriso che ancora non riusciva a decidere se fosse di compassione o di divertimento.

— Scusa se mi intrometto — disse, fermandosi a un metro di distanza, la distanza giusta di chi ancora non sa se ha il permesso di accorciarla —. Ma ti ho visto svitare il thermos con quella faccia, e non serviva essere indovine.

— Mi si è tagliata l'acqua. Letteralmente.

— Ne ho in abbondanza. — Gli porse il thermos —. Se vuoi.

Ignacio esitò appena un secondo, non per il mate ma per la portata del momento, che gli parve, anche mentre lo viveva, sproporzionata per qualcosa di così semplice come condividere acqua calda. Accettò. Lei si sedette, senza chiedere permesso questa volta, sull'estremità della panchina, e per la prima volta in due mesi si trovarono a meno di un metro di distanza.

— Ignacio — disse lui, tendendo la mano con una formalità che gli venne senza pensarci, retaggio di tanti anni di studi legali.

— Guadalupe. — Gli strinse la mano, e rise —. Che formalità. Sono due mesi che ci guardiamo come due sceme, e solo adesso ci salutiamo come in una riunione di consiglio d'amministrazione.

— È una deformazione professionale. Sono avvocato.

— Si vede. Io sono insegnante di Belle Arti. Si nota meno, di sicuro, ma si nota.

Parlarono, quel primo pomeriggio, di niente in particolare e di tutto allo stesso tempo, con quell'avidità di due persone che da settimane accumulano domande senza avere a chi farle. Ignacio le raccontò di Buenos Aires, dello studio, della decisione di trasferirsi; Guadalupe gli raccontò della facoltà, del ritorno a Colón, dell'atelier con la finestra grande. Quando il sole cominciò a calare del tutto sul fiume e le luci della piazza si accesero con quello sfarfallio elettrico dei vecchi lampioni, nessuno dei due si era accorto di quanto tempo fosse passato.

— Domani ti porto il thermos pieno — le disse Ignacio, salutandosi —. Ti devo l'acqua.

— Domani alla stessa ora, allora.

E così, senza deciderlo del tutto, senza dare un nome a quello che stava iniziando, rimase fondata un'abitudine.

Le settimane seguenti ebbero la struttura segreta di un rituale: tutti i giorni, alle sei, a plaza San Martín, un argomento nuovo. Un lunedì parlarono della famiglia — Ignacio le raccontò, con più cautela di quanta ne avrebbe voluta, di suo padre, delle chiacchierate che facevano quasi ogni giorno; Guadalupe gli parlò di Silvina e di Nicolás, di quanto fosse strano voler bene così tanto a qualcuno che vedi ogni due anni. Un altro giorno parlarono di cibo, e scoprirono che a entrambi piaceva cucinare senza ricetta, improvvisando, e che Ignacio faceva, a suo dire, uno stufato di lenticchie memorabile, affermazione che Guadalupe promise di mettere alla prova non appena si fosse fatta coraggio a invitarla.

Parlarono di libri — lei gli prestò un romanzo che a lui, con sua sorpresa, piacque più di quanto si aspettasse; lui le prestò le Meditazioni, che Guadalupe lesse in due notti e gli restituì piena di annotazioni proprie a margine, accanto a quelle di lui, come se il libriccino ormai non appartenesse più del tutto a nessuno dei due ma alla conversazione che avevano avuto su ogni pagina. Parlarono di pittura, e di leggi, e di quell'abitudine entrerriana di non affrettare mai un mate né una chiacchierata. Ignacio cominciò a notare che sapeva, ogni sera, qualcosa di nuovo su Guadalupe che la sera prima non sapeva, e che quel sapere gli si accumulava dentro con un calore che da molto tempo non provava.

Il venerdì, dopo ognuno di quei pomeriggi, Guadalupe arrivava al ristorante di Betina con una novità diversa.

— Oggi abbiamo parlato di Aristotele — gli raccontò un venerdì, seduta al bancone della cucina —. Di quello che chiamano il "divenire". Che niente di ciò che siamo è fisso, che stiamo continuamente diventando qualcos'altro.

— Sembra una scusa filosofica per giustificare che ti stai innamorando poco a poco senza volerlo ammettere.

— Possono essere vere entrambe le cose.

Betina rise, e continuò a servire il dolce avanzato dal servizio, ma dentro di sé prese nota di qualcosa che Guadalupe ancora non diceva ad alta voce: che ogni venerdì parlava sempre di più di Ignacio e sempre meno di qualsiasi altra cosa.

Dall'altra parte del fiume, in telefonate sempre più frequenti, Ignacio raccontava a suo padre qualcosa di simile.

— C'è una donna — gli disse, una sera, con quel misto di pudore e bisogno di raccontarlo che si concedeva solo con suo padre —. Insegnante d'arte. Parliamo tutti i pomeriggi.

— E? — chiese suo padre, con quella sua capacità di mettere in un monosillabo tutta l'attesa di un padre vedovo che vuole vedere il figlio sistemato prima che sia tardi.

— E niente. Parliamo. Per ora è così.

— Per ora — ripeté suo padre, e nella sua voce c'era qualcosa che a Ignacio suonò, con disagio, come una speranza troppo simile all'urgenza.

Ignacio cambiò argomento in fretta, come faceva sempre quando la conversazione si avvicinava, anche solo da lontano, al vero motivo di quell'urgenza. Non era ancora il momento. Ancora, si diceva ogni sera, c'era tempo prima di dover dire qualcosa.

Ignacio ne s'aperçut du désastre qu'une fois à la place, quand il déboucha le thermos en attendant le jet d'eau fumante habituel, et que ce qui tomba dans la bombilla du mate n'était que tiède, presque froid, la preuve évidente que ce matin-là, distrait par un dossier de succession, il avait oublié de faire chauffer l'eau avant de quitter le cabinet.

Il prépara quand même le mate, par habitude plus que par espoir, et le résultat fut si insipide qu'il ne fit même pas semblant d'en boire. Il resta là, le thermos inutile entre les mains, avec une sensation d'échec mineur mais bien réel, quand il entendit des pas sur les dalles et leva les yeux.

C'était elle. Traversant l'allée, droit vers son banc, son propre thermos à la main et un sourire qui n'avait pas encore décidé s'il était de pitié ou d'amusement.

— Excuse-moi de m'imposer, dit-elle en s'arrêtant à un mètre de distance, la distance exacte de quelqu'un qui ne sait pas encore s'il a la permission de la réduire. Mais je t'ai vu déboucher ton thermos avec cette tête-là, pas besoin d'être devin.

— Je suis tombé à court d'eau. Littéralement.

— J'en ai en trop. — Elle lui tendit son thermos. — Si tu veux.

Ignacio hésita à peine une seconde, non pas à cause du mate mais à cause de l'ampleur du moment, qui lui parut, même en le vivant, disproportionnée pour quelque chose d'aussi simple que partager de l'eau chaude. Il accepta. Elle s'assit, sans demander la permission cette fois, au bout du banc, et pour la première fois en deux mois, ils se trouvèrent à moins d'un mètre l'un de l'autre.

— Ignacio, dit-il, en tendant la main avec une formalité qui lui vint sans qu'il y pense, reste de tant d'années de cabinets juridiques.

— Guadalupe. — Elle lui serra la main, et rit. — Qu'est-ce que t'es formel. Ça fait deux mois qu'on se regarde comme deux idiots et c'est seulement maintenant qu'on se salue comme dans une réunion de conseil d'administration.

— C'est une déformation professionnelle. Je suis avocat.

— Ça se voit. Moi, je suis professeure de Beaux-Arts. Ça se voit sûrement moins, mais ça se voit.

Ils parlèrent, cet après-midi-là, de rien de particulier et de tout à la fois, avec cette avidité de deux personnes qui accumulent des questions depuis des semaines sans avoir à qui les poser. Ignacio lui parla de Buenos Aires, du cabinet, de sa décision de déménager ; Guadalupe lui parla de la faculté, de son retour à Colón, de l'atelier à la grande fenêtre. Quand le soleil commença à descendre pour de bon sur le fleuve et que les lumières de la place s'allumèrent avec ce clignotement électrique des vieux réverbères, aucun des deux n'avait remarqué combien de temps s'était écoulé.

— Demain je t'apporte le thermos plein, lui dit Ignacio en la quittant. Je te dois l'eau.

— Demain à la même heure, alors.

Et ainsi, sans vraiment le décider, sans mettre de nom sur ce qui commençait, une habitude fut fondée.

Les semaines qui suivirent eurent la structure secrète d'un rituel : tous les jours, à six heures, sur la place San Martín, un nouveau sujet. Un lundi, ils parlèrent de la famille — Ignacio lui raconta, avec plus de prudence qu'il n'aurait voulu, son père, les conversations qu'ils avaient presque tous les jours ; Guadalupe lui parla de Silvina et de Nicolás, de ce que c'était étrange d'aimer autant quelqu'un qu'on ne voit qu'une fois tous les deux ans. Un autre jour, ils parlèrent de cuisine, et découvrirent qu'ils aimaient tous les deux cuisiner sans recette, en improvisant, et qu'Ignacio préparait, selon lui, un ragoût de lentilles mémorable, affirmation que Guadalupe promit de vérifier dès qu'il se déciderait à l'inviter.

Ils parlèrent de livres — elle lui prêta un roman qui, à sa grande surprise, lui plut plus qu'il ne s'y attendait ; il lui prêta les Pensées, que Guadalupe lut en deux nuits et lui rendit couvertes de ses propres annotations dans les marges, à côté des siennes, comme si le petit livre n'appartenait plus vraiment ni à l'un ni à l'autre, mais à la conversation qu'ils avaient eue sur chaque page. Ils parlèrent de peinture, de droit, et de cette habitude entrerriana de ne jamais presser ni un mate ni une conversation. Ignacio commença à remarquer qu'il savait, chaque soir, quelque chose de nouveau sur Guadalupe qu'il ignorait la veille, et que ce savoir s'accumulait en lui avec une chaleur qu'il n'avait pas ressentie depuis très longtemps.

Les vendredis, après chacun de ces après-midis, Guadalupe arrivait au restaurant de Betina avec une nouveauté différente.

— Aujourd'hui on a parlé d'Aristote, lui raconta-t-elle un vendredi, assise au comptoir de la cuisine. De ce qu'on appelle le "devenir". Que rien de ce que nous sommes n'est figé, qu'on est constamment en train de devenir autre chose.

— Ça ressemble à une excuse philosophique pour justifier que tu es en train de tomber amoureuse petit à petit sans vouloir l'admettre.

— Ça peut être les deux à la fois.

Betina rit, et continua de servir le dessert qui restait du service, mais en son for intérieur, elle prit note de quelque chose que Guadalupe ne disait pas encore à voix haute : que chaque vendredi, elle parlait davantage d'Ignacio et de moins en moins d'autre chose.

De l'autre côté du fleuve, dans des appels de plus en plus fréquents, Ignacio racontait quelque chose de semblable à son père.

— Il y a une femme, lui dit-il un soir, avec ce mélange de pudeur et de besoin d'en parler qu'il ne se permettait qu'avec son père. Professeure d'art. On se parle tous les après-midis.

— Et ? demanda son père, avec cette capacité qu'il avait de faire tenir dans un monosyllabe toute l'attente d'un père veuf qui veut voir son fils heureux avant qu'il ne soit trop tard.

— Et rien. On parle. Pour l'instant c'est tout.

— Pour l'instant, répéta son père, et il y avait dans sa voix quelque chose qui sonna, désagréablement, aux oreilles d'Ignacio, comme un espoir trop proche de l'urgence.

Ignacio changea vite de sujet, comme il le faisait toujours quand la conversation s'approchait, même de loin, du véritable motif de cette urgence. Ce n'était pas encore le moment. Il restait encore du temps, se disait-il chaque soir, avant d'avoir à dire quoi que ce soit.

Del cuaderno de Ignacio

Aristóteles decía que somos, todo el tiempo, potencia convirtiéndose en acto. Que no hay una versión final y fija de una persona, sino un movimiento constante hacia lo que todavía no es. Nunca entendí tan bien esa idea como esta semana, hablando con ella cada tarde, sintiendo que cada charla me vuelve, de a poco, en alguien un poco distinto del que era el día anterior. Ojalá el tiempo me alcance para terminar de convertirme en esa persona.

From Ignacio's notebook

Aristotle said that we are, all the time, potential becoming act. That there is no final, fixed version of a person, only a constant movement toward what one is not yet. I never understood that idea as well as I have this week, talking with her every afternoon, feeling that each conversation turns me, little by little, into someone slightly different from who I was the day before. I hope I have enough time left to finish becoming that person.

Do caderno de Ignacio

Aristóteles dizia que somos, o tempo todo, potência se transformando em ato. Que não existe uma versão final e fixa de uma pessoa, mas um movimento constante rumo ao que ainda não é. Nunca entendi tão bem essa ideia como nesta semana, conversando com ela todas as tardes, sentindo que cada conversa me torna, aos poucos, alguém um pouco diferente do que eu era no dia anterior. Tomara que o tempo me alcance para terminar de me tornar essa pessoa.

Dal quaderno di Ignacio

Aristotele diceva che siamo, in ogni momento, potenza che diventa atto. Che non esiste una versione finale e fissa di una persona, ma un movimento costante verso ciò che ancora non è. Non ho mai capito così bene quell'idea come questa settimana, parlando con lei ogni pomeriggio, sentendo che ogni chiacchierata mi rende, poco a poco, un po' diverso da quello che ero il giorno prima. Spero che il tempo mi basti per finire di diventare quella persona.

Du carnet d'Ignacio

Aristote disait que nous sommes, à chaque instant, puissance se transformant en acte. Qu'il n'existe pas de version finale et figée d'une personne, mais un mouvement constant vers ce qu'elle n'est pas encore. Je n'ai jamais aussi bien compris cette idée que cette semaine, à lui parler chaque après-midi, sentant que chaque conversation fait de moi, peu à peu, quelqu'un d'un peu différent de celui que j'étais la veille. Pourvu que le temps me suffise pour finir de devenir cette personne-là.

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Pentimento

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